POR: Juan José Gaviria FOTOGRAFÍA: Sebastián Jaramillo Miércoles, 13 Agosto 2014

Alejandro Duque ha vivido, de verdad, la historia reciente del rock colombiano. Como baterista de Aterciopelados y otras bandas de todos los géneros o como integrante del equipo logístico de conciertos y festivales, conoce los altibajos de un mundo que, en este país, más parece un sueño adolescente que un oficio.separador

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El Duque golpeaba los tambores con la misma energía de siempre. En las vallas más cercanas reconoció a la mujer que desde hacía varios meses lo buscaba en los conciertos y decidió que esta vez hablaría con ella. Era evidente que no seguía a Andrea Echeverri ni a Héctor Buitrago, los dos integrantes fundacionales de Aterciopelados, la banda colombiana más exitosa de los noventa. Quería hablar con el baterista. Aquella tarde fría en el Simón Bolívar, El Duque se bajó de la tarima y no hizo caso a nadie más, sólo a la señora que lo llamaba. Cuando llegó a su lado, la mujer le pidió que la acompañara hasta donde estaba su nieta. Los dos atravesaron el parque entre miles de personas. Algunos fanáticos trataban de retener a El Duque, pero él se soltaba para seguir su camino. Al fondo, en el último rincón de la explanada, una niña esperaba en silencio.

—Ella es —dijo la señora, y él se inclinó para saludarla.

La niña lloró mientras conversaban. Le dijo que lo incluía en sus oraciones, que este era el momento más esperado de su vida. El Duque no entendió muy bien la conmoción, pero se enterneció al ver la fragilidad de esa inesperada fan que lo había hecho bajar de la tarima. Intercambiaron teléfonos y El Duque volvió a perderse entre el público en dirección a la tarima.

Dos meses después recibió la llamada de la señora que lo había llamado desde las vallas. Le contó que su nieta había muerto de leucemia. El Duque lloró. Mientras dejaba salir las lágrimas, pensaba en la locura que era ser una estrella de rock.

***

Diez años atrás, Alejandro Duque era un niño que no sabía nada de su papá y quería descubrir por qué. Su mamá lo había criado sola, en medio de los privilegios que le otorgaban su apellido (pertenecía a una estirpe de empresarios textileros) y una fuerza de trabajo inagotable que ella había ejercido en diferentes cargos públicos y privados (llegó a ser secretaria de Gobierno de Pereira y directiva de varias empresas). A veces, después del colegio, Alejandro iba al Rialto y otras al Campestre, los dos clubes más prestigiosos de Pereira, de los que eran socios su mamá, sus abuelos y sus tíos. En vez de disfrutar de las clases de natación o de tenis, Alejandro se reunía con su amigo Juan Pablo Roldán (quien sería el guitarrista de su primera banda) en el salón de billares y bebía cerveza que un mesero alcahueta les servía de contrabando. Su actitud distaba mucho de la de sus primos, pequeñas réplicas de adultos. Por aquel entonces, Alejandro empezaba a sentir que no era allí adonde pertenecía y que su barco amenazaba naufragio.

Como en el club, en las calles de Pereira Alejandro tampoco necesitaba llevar plata en los bolsillos. Si quería algo, pronunciaba el nombre de su abuelo en un almacén del Centro y sabía que la factura sería cancelada en la oficina de su mamá. Todos en Pereira respetaban y conocían a los Valencia, los fundadores del grupo Valher, una tienda de ropa formal para hombres que dominaba el mercado en el sur y el centro del país.

Uno de esos días azules, impulsado por la insistencia de la mamá de Alejandro, apareció el hombre que tanto había querido conocer el niño moreno de ojos achinados que bebía cerveza en el Rialto.

No se trataba de un aventurero que hubiera pasado los últimos años en el Caribe o en una expedición a la Antártida. Su papá vivía no muy lejos de su casa y es posible que Alejandro lo hubiera visto pasar frente a él una de esas tardes calurosas de Pereira. El hombre llegó como si nada hubiera pasado y lo invitó al Parque de Los Nevados. En lugar de ser un paseo idílico en el que un padre se reencuentra con su hijo, la caminata fue una muestra de poder gratuito, una exhibición de la potencia de un hombre atlético sobre las capacidades limitadas de un niño de doce años. Su papá no lo esperaba en la subida y las únicas palabras que le dirigía eran para reprochar su falta de estado físico y su resistencia de niño consentido. En Alejandro despertó un volcán como el que escondía el nevado y la rabia creció lenta e imperceptible, como un aluvión.

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El bombo retumbaba contra la espalda del muchacho. Sentado sobre una canasta llena de ladrillos (el extraño invento que servía para que el instrumento no se moviera), cada golpe de pedal se sentía muy adentro, como otro corazón. Los tornillos se hundían en la carne de Alejandro Duque, quien sentado sobre la estructura y con la espalda recostada en la cara trasera del bombo, servía de soporte adicional mientras el baterista de Belial, una de las bandas de metal más reconocidas de Pereira, golpeaba los tambores en un sótano del barrio Cuba. Duque quería saber cada vez menos de los clubes a los que iba su familia, de la ropa que le compraban, de sus privilegios gratuitos, esas manifestaciones que se parecían tanto al poder de su padre en aquel viaje a los nevados. La música lo había infectado y las pústulas crecían en él mientras sentía la batería en su espalda cuando servía de soporte humano.

Alejandro esperó a que todos salieran para un descanso, se sentó en la butaca y agarró las baquetas. Golpeó los toms, el redoblante, los platillos, el bombo. Cuando se percató de la presencia de sus amigos, los jóvenes lo miraban desde la puerta mientras comían empanadas que sacaban de una bolsa grasosa de papel.

—Buena esa, Duque.

***

Alejandro ya era El Duque. Había participado en la fundación de Ritual, su primera banda, y había tocado en varios conciertos en el Eje Cafetero. Vestía siempre con botas Grulla y camisetas chinas que él mismo decoraba con diseños sacados de las cubiertas de su colección de acetatos. Los bluyines Girbaud y las camisas Gap que le regalaba su mamá terminaban siempre en el ropero de alguno de sus amigos del barrio Cuba, donde hacía trueques por ropa vieja de gente pobre. Lo mismo ocurría con los guayos Adidas que le daban o los guantes Reusch que le traía el técnico de fútbol Óscar Héctor Quintabani de Argentina. Por aquel entonces, El Duque jugaba en las inferiores del Deportivo Pereira y había sido preseleccionado para el equipo juvenil de Colombia. Después de los entrenamientos, el muchacho salía a ensayar con su banda y, más tarde, pasaba horas con sus amigos oyendo el estruendo de Bulldozer, Destruction, Sodom, Venom, Bathory o Kreator. También disfrutaba el sonido de las nuevas bandas de hardcore estadounidenses: Agnostic Front, Forbbiden o Death Angel.

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Una tarde, El Duque entró al almacén de bicicletas de Metrocentro con todo planeado. Ya no quería más respuestas erráticas, no esperaría más a que su papá regresara en una escena de arrepentimiento. Esta vez no lo dejaría evadirse.

El hombre estaba con el grupo de amigos con el que salía a montar en bicicleta todas las semanas. Su semblante era el de siempre, no dejaba ver mucho de sí. Alejandro reparó en ese rostro del que decían que había conquistado a muchas mujeres en Pereira y no quiso esperar más. Sin dar espacio para nada, hizo todas las preguntas que tenía atrapadas en el pecho.

—¿Por qué no me buscaste nunca?

El hombre comprendió la emboscada y guardó silencio por unos segundos.

—¿Por qué no me querés? —volvió a decir El Duque.

—Calmate, negro, calmate —atinó a decir el hombre, que apenas miraba a sus amigos sin saber qué hacer.

—¿Calmate? ¡Ni chimba! ¿Por qué siempre tratás tan mal a la gente?

Las preguntas brotaron como lava. Muchos de los amigos ciclistas parecían darle la razón a aquel adolescente enfurecido que ya no quería saber de ninguna autoridad, de ninguna convención, de ningún poder que brotaba sin sentido de la nada. Su papá no respondió ninguna pregunta, sólo volvió a decir:

—Calmate, negro, calmate.

***
noba de calmarlo, pero El Duque que no quer a nada, El Duque hizo todas las preguntas que tensosus privilegios gratuitos, como eno

Tenía veinte años y llevaba seis meses en Bogotá. Había llegado a estudiar Filosofía y Letras, pero no estaba muy seguro de querer terminar la carrera. El Duque recogió el casete en la portería de la emisora de la Universidad Javeriana. Lo había dejado Héctor Buitrago, el fundador de Aterciopelados, quien en ese entonces era también el director de la emisora. Buitrago lo había conocido en el movimiento underground, en conciertos de La Pestilencia y de Masacre. También lo había visto en alguno de sus toques con Tránsito Libre, la banda más importante de metal de Pereira a inicios de los noventa, con quienes colaboró en algún momento. Buitrago apreciaba el sonido de la batería de El Duque y había hablado con él en varias ocasiones.

El Duque oyó el casete y compuso la batería que le habían pedido. La canción se llamaba “Si no se pudo, pues no se pudo” y empezaba con una guitarra arpegiada en acordes oscuros. Hizo sonar los platillos con delicadeza y acompañó las notas sin opacarlas. Después aparecía la voz de Andrea Echeverri: “Cocodrilo, no llores, no llores / con lágrimas ni temblores. / Cocodrilo, no te acalores / con las penas de amores (…)”. En ese momento, dejó caer las baquetas sobre el redoblante y avanzó en un ritmo sincopado. La rutina parecía un juego en el que todo quedaba a medio camino y volvía a empezar de cero.

Llegó cumplido a la cita en el estudio y grabó la canción. Los demás miraban a través del vidrio y asentían. Cuando terminó, le preguntaron si quería continuar con otras canciones, y él no vio problema en hacerlo. Entonces sonaron “Candela”, “El Dorado” y la que cambiaría la vida de todos: “Bolero falaz”. Ese día, El Duque grabó el 60% del disco que sería prensado bajo el título de El Dorado, y que le dio la vuelta al mundo.

Apenas unos meses después, Alejandro Duque, el baterista metalero del barrio Cuba, el muchacho abandonado por su padre, el fanático de Slayer, Black Sabbath y Barón Rojo estaba montado en una tarima con miles de personas que oían sus tambores y platillos. En los siguientes tres años fue a veintidós países y tocó para millones de personas. Se hizo amigo de Vicentico, el líder de Los Fabulosos Cadillacs; de Saúl, el de Caifanes; de Rubén, de Café Tacvba; de Cerati… Dio miles de entrevistas en todo tipo de programas y formatos, y participó en conciertos como el que dieron en La Plata, Argentina, donde tocaron para 210.000 personas.

El Duque abandonó su apariencia de baterista pereirano con ropa de segunda y su puesta en escena se hizo cada vez más vistosa. En el video de “Bolero falaz”, apenas al comienzo de su carrera, puede verse con camiseta china blanca, chaqueta de cuero negra con taches, jeans ajustados y las botas Grulla que habían representado su rebeldía frente a la familia materna. Está bien afeitado y a veces pasa frente a Andrea Echeverri, quien canta persiguiendo la cámara con unas gafas moradas con montura en forma de corazón. No se le ven tatuajes, aunque ya para ese entonces tenía una telaraña mal hecha en la espalda, un rayón que según él parecía una cola de vaca y que haría arreglar muchos años más tarde por el mejor tatuador de Bogotá.


Un tiempo después, El Duque parecía otra persona. En un concierto en el famoso formato unplugged de MTV, apareció en el escenario con una espesa barba y el pelo corto, casi al rape. Se veía muy joven. Ni siquiera la barba y el éxito desbordado podían ocultar sus 22 años.


Después se le vería con rastas y toda clase de piercings. Sus dientes empezarían a sufrir y perdería alguno. La telaraña de la espalda haría metástasis y aparecería rodeada de unos veinte tatuajes, muchos de ellos inacabados. Unas veces El Duque aparecía con una cresta punk; otras, se rapaba y su cara volvía a parecer la del niño pereirano que corría tras su padre en las faldas del nevado.

Por aquellos años de Aterciopelados, El Duque mutaba al ritmo de su batería y todo el mundo pensaba que aquel muchacho que había conocido la fama antes de los veinte años había clavado un ancla firme en el océano de las estrellas del rock. Nadie podía imaginar que el futuro de aquel talento excepcional tenía los días contados en los grandes escenarios y en el mundo de la industria musical latinoamericana.

***

El Duque caminaba sin rumbo por Medellín. Había perdido quince kilos y pasaba sus noches en casas de amigos que querían ayudarle. Hacía unos meses había recibido la llamada que pareció detener el tiempo. Andrea Echeverri y Héctor Buitrago decidieron sacarlo de Aterciopelados sin dar explicaciones. Ahora andaba sin un peso en los bolsillos por la ciudad en la que había quedado varado. Llegó a Medellín para colaborar con Bajo Tierra, una banda local que hacía rock alternativo con muy buenas letras y una textura que parecía tejida con el aire de la ciudad. Su vida de rock star no se caracterizaba por el ahorro y sus finanzas eran un desastre. El Duque estaba solo y sin rumbo, como un náufrago.

Mientras caminaba bordeando los puestos de comida, vio un pedazo de chicharrón al alcance de su mano y lo cogió. Después de cerciorarse de que nadie lo había notado, alargó la mano de nuevo y agarró una arepa de otro plato, la metió al mismo bolsillo en el que había dejado el chicharrón y supo que había conseguido su almuerzo.

Unos días después, el dueño del bar Berlín, uno de los lugares de culto de la movida alternativa de Medellín en los noventa, conoció a El Duque. No podía creer su historia y le ofreció trabajo y el bar para que viviera allí. Al medio día servía almuerzos y en las noches atendía muchachos de El Poblado que llegaban a tomar cerveza, ron y aguardiente. El Duque acomodó un sofá en uno de los parqueaderos y puso una manta que le servía de biombo. Cuando entraban los carros en la noche, la sábana parecía un espectáculo de sombras chinas y los clientes podían ver a un hombre que organizaba cosas o que besaba a una mujer.

Por esos días, mientras fumaba un cigarrillo en la acera afuera de Berlín, apareció Alex Oquendo, líder de Masacre, probablemente la banda de metal más emblemática de Medellín. Oquendo conocía a El Duque de su época metalera y cuando oyó su historia decidió adoptarlo. El Duque pasaba ahora las tardes en el puesto de tatuajes de Oquendo junto al parque de El Poblado y por esa época se conectó con el mundo underground de la ciudad. Fue invitado a tocar con Neus, la primera banda de metal industrial de Medellín y siguió colaborando con Bajo Tierra. También hacía hip hop en las comunas con un grupo que se llamaba Cool Young y después fue reclutado por Black and Basa, una agrupación de reggae.

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Con su trabajo en el bar y las propinas que recogía, El Duque logró estabilizarse y tomó en arriendo una casa en Santa Elena, un corregimiento de Medellín. Allá vivía con su amigo Nicolás Velásquez y sus perros: Dalia (quien había vivido con él en el bar), Pecado y la Pota. Hacía poco había conocido a la novia que sería la mamá de Mía, su hija (que ahora tiene nueve años), y parecía que todo empezaba a tomar un rumbo más claro.

Una tarde, cuando regresaba a su casa, El Duque encontró a Pecado muerto junto a la rústica construcción. Agarró una pala y cavó un hueco en el que dejó el cuerpo. Se percató de que los otros perros tampoco estaban por ahí. Buscó toda la noche hasta que encontró a la Pota entre el bosque. Estaba tan muerta como Pecado. Entonces repitió el ritual y siguió buscando sin esperanzas. Ya de día, a unos tres kilómetros de la casa, encontró el cadáver de Dalia junto a una quebrada. Cargó el cadáver y fue con ella hasta la casa para despedirla. Al parecer, un vecino había matado a los perros para espantar a los inquilinos. Ese día, El Duque volvió a empacar su batería y salió de Medellín sin ganas de regresar jamás.

El Duque vagó por España y luego por Centroamérica. Vivió poco más de un año en Guatemala, de donde regresó a Bogotá sin saber muy bien si se quedaría. Desde entonces, El Duque ha participado en decenas de proyectos. Su batería ha sonado con Dub Killer Combo (reggae-dance hall), Alerta Kamarada (reggae), Nadie (punk-rock), The Black Cat Bone (blues-rock), Estoy Puto (punk), Los Malditos (psychobilly) y Veneno (synthpunk), entre otros. Ha sido invitado a colaborar con Alfonso Espriella, Poper y La Cirugía. Ha sido roadie y stage manager de La Pestilencia, Koyi K Huto, Masacre, La Etnnia, Anathema (Inglaterra), Meshuggah (Suecia) y Kraken, entre otros. Este año cuenta su participación número dieciocho en Rock al Parque, donde desde hace nueve años es el técnico jefe de baterías y stage manager de la tarima principal.

***

Las reservas están agotadas desde el inicio de la semana. El restaurante Bandido se convirtió en uno de los centros nocturnos más apetecidos de Bogotá. Todas las noches se presenta un grupo con repertorio vintage, entre los cuales destaca el Trío Bandido. El Duque llega con su carro cargado de instrumentos y cables. Parquea junto a la iglesia (“Dios bendiga este negocio”, dice con una sonrisa) y descarga todo lo que necesita. Ha ganado peso pero no se ve gordo, es más bien la contextura de un luchador antiguo. Bajo la chaqueta lleva una camiseta sin mangas y, cuando se la quita, destaca entre la oscuridad de la mayoría de los tatuajes un pequeño corazón rojo que parece hecho por una niña. Lo hizo Alex Oquendo, el vocalista de Masacre, el tatuador oficial de los metaleros de Medellín (incluido Juan Esteban Aristizábal, Juanes, antes de convertirse en estrella del pop).

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En las noches del Bandido, El Duque lleva una batería pequeña con un redoblante, un charles, un platillo, un tom y un bombo. Instala con meticulosidad los instrumentos y se cerciora de que el sonido le guste. Se sienta en una pequeña butaca y cuchichea algo con Lina, su mujer, quien espera que suene el piano para empezar a cantar. Prueba el bombo con un pisotón en el pedal. Ahora ya no usa Grulla sino Dr. Martens. El Duque se enajena y deja que sus brazos descarguen las baquetas con la precisión que requiere la canción. Suena raro, produce la ilusión de que la batería es un instrumento melódico, y es imposible dejar de fijarse en el hombre con cara de pirata y peinado a lo Johnny Cash que toca la batería mientras mujeres con abrigos costosos entran al bar y hombres ricos de corbata caminan por el pasillo. La batería de El Duque inunda todo y a veces suena como la lluvia o como el viento que mueve las hojas de un bosque. Otras, parece un corazón, el suyo propio, y pocos clientes del Bandido saben que lo que les está pasando por dentro tiene que ver con la vida del hombre de cara redonda que tiene los ojos cerrados y agarra las baquetas como si fueran un madero en medio del naufragio.separador

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