POR: Natalia Zuluaga S. ILUSTRACIÓN: Cristhian Ramírez Lunes, 16 Enero 2017

En esta historia, como en cualquiera que tenga que ver con el mundo de la sumisión, el sadismo y el masoquismo, no va a suceder nada que usted no quiera.

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Bondage, disciplina, dominación, sumisión, sadismo y masoquismo son las palabras que conforman la sigla BDSM, aunque sus prácticas sean mucho más variadas y numerosas. Grupos y fanpages de Facebook alrededor de estas prácticas tienen entre 4.000 y 81.000 seguidores, esto sin contar las que son denunciadas y sancionadas a diario. La página de la Corporación BDSM Colombia tiene 2.889 seguidores y otros miles que no se atreven a seguirla por la divulgación que la red social puede hacer de sus gustos.

En un rincón de la sigla están el bondage y el shibari, que en palabras más sencillas significan la manipulación de cuerdas para privar de movimiento. Sobre todo lo que se le haga a una o varias personas amarradas y colgadas del techo sin ropa, debe sobreponerse el lema que cobija al BDSM: “Sensato, seguro y consensuado”. Ni en esta historia ni en ninguna otra que tenga que ver con el mundo de la sumisión, el sadismo y el masoquismo va a suceder nada que ni usted ni yo no queramos.

A las ocho de la noche llego a una casa en el barrio residencial Bella Vista. Nada indica que esta casa sea diferente de las demás que hay en la cuadra, pero una vez adentro, las cosas cambian. Aunque los bombillos sean amarillos, todo adentro se ve rojo y negro: las paredes y los adornos son de estos colores.

El corredor que da paso al resto de la casa me recibe sin discreción con tres habitaciones temáticas: el consultorio con sillas de odontología, guantes y tapabocas; la mazmorra con esposas, sillas de tortura y una celda, y el salón de clases con pupitres, sillas y un tablero que reza:

“Debo ser buena sumisa.
Debo ser buena sumisa.
Debo ser buena perra sumisa”.

Las escaleras que llevan al segundo piso están antecedidas por un cuadro con los diferentes tipos de nudos que se pueden hacer en el bondage o el shibari, y una vez arriba, se nota que es este el espacio donde se practica todo esto y quién sabe cuántas cosas más: las paredes rojas, algunos andamios en el techo, dos equis de madera contra los muros, esposas, fustas, cuerdas, espejos, sillones y fotografías de parejas semidesnudas adornan la sala donde se dictará esta noche una sesión de bondage.

Somos pocas mujeres. Dos de ellas vienen acompañadas de sus parejas, las demás venimos solas. Aunque el BDSM no exige códigos de vestimenta para ocasiones como esta, todos están vestidos de negro y un poco de blanco. Seis hombres se acomodan en el espacio, en sus sofás y sillas, disfrutan conversando y viendo cómo una pareja empieza a hacer uso de la sala: ella, de espaldas, se recuesta contra una de las equis de madera. Él le pega con una fusta, primero suave y pausado, luego más fuerte.

Hay un hombre que hasta ahora, para mí, era un asistente más a la sesión. Es bajito, moreno, medio calvo, tiene un morral y lleva puesta una chaqueta negra, un jean y una camiseta oscura. Lo llaman Kanji y me entero de que es el instructor de bondage. Saca de su morral unas cuerdas: azules, rosadas, amarillas y rojas. Las azules y rosadas son para Josei, su esposa. Las amarillas son para una asistente a la sesión y las rojas son para mí

Después amarrar a Josei, Kanji le indica que debe permanecer sentada durante un rato. Es una orden. La siguiente orden es para mí: “párate y abre los brazos”. La sumisa ahora soy yo.

Kanji es un colombiano como cualquier otro. Tiene 41 años, trabaja como contratista y vive con su esposa y sus tres hijos en el barrio Castilla de Bogotá. Su nombre real no es Kanji ni su esposa se llama Josei, pero en el mundo del BDSM se identifican con estos seudónimos. Juntos han recorrido el mundo del BDSM y se han encontrado con actividades que disfrutan tanto como salir a bailar o a comer: tener una sumisa, amarrarla y suspenderla en el aire.

Su historia comenzó en el colegio donde se conocieron, se hicieron amigos y más tarde novios. Una vez graduados, Kanji prestó servicio militar y su trabajo en el Ejército se extendió por más de una década. Allí se convirtió en profesional en ciencias militares. Josei se mantuvo a su lado durante todo ese tiempo, aunque tuvieran que separarse por largas temporadas.

Después de haber sido instructor de una unidad élite del Ejército en Melgar y de haberse retirado de sus servicios militares, entre el 2004 y el 2005, un viejo amigo lo contactó para lo que parecía ser un asunto muy personal, pero que terminó siendo el comienzo de un nuevo estilo de vida para Kanji:

—El matrimonio de mi amigo estaba a punto de acabarse porque su esposa descubrió que él le estaba siendo infiel con otra mujer. Me contó todo esto no solo porque tenía la confianza para hacerlo sino porque además estaba buscando una solución, y la solución la tenía yo —cuenta Kanji.

Su amigo le explicó que en una terapia de pareja, él y su esposa habían decidido que querían explorar prácticas sexuales distintas: querían jugar con cuerdas en la cama, y Kanji sabía cómo hacerlo pues por su formación militar era experto en el manejo de cuerdas para el transporte de personas y mercancías por trochas, ríos y montañas.

—El desplazamiento de personas y equipos necesitaba de las cuerdas y todavía más de los nudos. Desde 1995 estoy jugando con ellas y haciendo nudos en todas partes —dice Kanji–, cuando estaba en el Ejército había semanas en que sujetaba entre 400 y 600 personas para subir montañas o atravesar ríos.

Su amigo quería que le enseñara de nudos y manejo de cuerdas. Las sesiones se abrieron lugar en la oficina del amigo, y de la mano de un libro de shibari, Kanji comprendió fácilmente los amarres y las suspensiones que esta práctica propone.

—Este tipo compró un maniquí y con eso yo le enseñaba lo que le tenía que hacer a su esposa. Por dónde pasar las cuerdas y cómo hacer los nudos que mostraban esas imágenes.

El amigo consiguió arreglar su matrimonio y de qué manera: después de practicar por un tiempo los amarres y las suspensiones, él y su esposa se encontraron con la amante y la acogieron en su relación para hacerla parte de un matrimonio más sólido.

—Después de todo eso, este tipo contó su historia a otros amigos y varios empezaron a llegar a mí con la misma petición: “enséñanos a amarrar, a suspender, a hacer nudos”. Aunque ninguno de nosotros estaba realmente empapado del tema del bondage o del shibari, yo les enseñé varias cosas —dice Kanji.

Hasta ese momento Josei no sabía nada de lo que su esposo había aprendido a hacer con las cuerdas, y el tiempo de Kanji se recortaba cada vez más por estar enseñándole a hombres y mujeres a amarrar y dejar amarrarse. Josei y Kanji pusieron el tema sobre la mesa y les tomó entre tres y cinco meses llegar a un acuerdo: Josei se dejaría amarrar, aprendería a hacerlo y además, una mujer entraría a formar parte de su relación. Una sumisa.

Una sumisa (o un sumiso) es una persona que cumple con ciertas órdenes porque hacerlo lo excita. Dentro de las prácticas del BDSM la sumisión se puede dar solo a la hora de tener sexo, pero también puede ser parte de la vida diaria.

—El primer acuerdo fue ese, que fuera una chica y no un chico. El segundo: que estábamos buscando a alguien estable, no queríamos tener a una persona en nuestra vida cada semana o cada quince días —dice Josei.

En una celebración de pocos amigos, Kanji y Josei conocieron a Camila, con quien desde el principio tuvieron buena química. Días después de esa celebración la pareja dio el primer paso invitándola a salir y ella aceptó.

—Esa noche nos acercamos más a ella. Comenzamos a hacer bromas de doble sentido y Camila las respondía. Parecía no tener problema con una unión entre los tres. En un punto de la noche me pidió que la acompañara al baño y me preguntó si me molestaba que se acercara a mí y a mi esposo. Le dije que no había nada de malo, que era precisamente lo que estábamos buscando —cuenta Josei.

Sin saber técnicamente qué era lo que estaba sucediendo, Camila comenzó a obedecer órdenes y a complacer a la pareja: no bailes con otros hombres. Sal con nosotros este fin de semana. Vístete de esta forma y no de esta.

—Durante un año fue una sumisa sin saberlo, y fue una sumisa casi perfecta —dice Josei—. Más tarde se enamoró de alguien más y nos pusimos en la tarea de buscar una nueva mujer.

En el segundo piso de la casa en el barrio Bella Vista las cuerdas pasan por todo mi cuerpo. Es difícil entender qué está haciendo Kanji, pero es fácil sentir el movimiento rápido de las cuerdas pasando por debajo de los brazos, por encima del estómago, por entre las piernas. Más que un amarre, lo que empieza a aparecer en mi cuerpo es un traje. Un vestido hecho de cuerdas con detallados nudos en lugares estratégicos como el espacio que hay entre una teta y la otra: esta noche el maniquí soy yo.

El traje de cuerdas rojas en mi cuerpo está terminado y las órdenes son claras: “agáchate en cuatro y camina”. De alguna parte del traje se desprende una cuerda que logra tener control sobre mis movimientos. Para donde Kanji hale, yo debo moverme.

Además de obedecer órdenes en la cama, en el piso, en la pista de baile, en el teatro o por whatsapp, confirmo que la sumisión debe ser un proceso mental y una fantasía. El hecho de estar obedeciendo a Kanji, lejos de excitarme, me provoca algo de risa.

A diferencia de Camila, yo sabía que estaba siendo sometida a una práctica bondage y a algo de sumisión. A diferencia de mí, Camila se excitaba con las órdenes, las cumplía y pedía más. Después de cinco minutos, yo ya estaba cansada de estar amarrada.

Después de Camila, Kanji y Josei han compartido cuerdas, nudos, películas, bailes y camas con otras cuatro mujeres. La última de ellas, Delia, se separó de la pareja cerca a cumplir un año de estar juntos. Su esposo se dio cuenta de que estaba siendo engañado con dos personas y Kanji y Josei se enteraron de que ella estaba casada.

Como Delia, varias mujeres han llegado a Kanji y a Josei a través de las redes sociales. Kanji y Delia coincidieron en un grupo de whatsapp y de ahí decidieron hablar en privado, con Josei. Antes de esta relación, la pareja había encontrado a otra sumisa a través de una red social que se define como la indicada para “la comunidad BDSM, Fetiche y Kinky”: Fetlife.

Las sesiones privadas que Kanji y Josei dictan de bondage y shibari se han vuelto uno de los escenarios más apropiados para conocer mujeres interesadas en el tema de la sumisión. A estas sesiones han llegado chicas que finalmente terminan siendo de la pareja, como Lorena, una mujer con la que por ahora apenas conversan, pero con la cual ya sienten la química.

Cómo ser la sumisa ideal (Para Kanji y Josei)

 

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