POR: Andrea Uribe Yepes FOTOGRAFÍA: Natalia Zuluaga S. Lunes, 14 Agosto 2017

“Cuando la gente me pregunta si lo que hago es arte o moda, yo siempre digo orgullosamente que es ropa, que es vestuario. Yo no digo que soy diseñador de moda, sino que hago ropa que para mí es algo alucinante. La ropa se hace, se pone y solo ahí tiene valor”.separador

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Miguel Mesa Posada tiene 23 años pero cree que ha vivido demasiado. Cree que su tiempo va precoz, siempre adelante, y que las cosas le llegan con mayor premura que a cualquiera en su campo.

A los 17 años entró a la Colegiatura a estudiar Diseño de Moda, con 21 estaba en Oaxaca, México, aprendiendo de los artesanos a construir faldas, y unos meses después le abrieron las puertas de las casas que hacen las flores y las plumas para Chanel, en París. Tal vez por eso, aunque quiere ser inmortal, cree que va a morir joven. Hoy se prepara para estudiar lo que en Colombia no se enseña y lo hace de la única forma que sabe: con muchos libros sobre el escritorio.

Sus manos son delgadas y no muestran la fuerza que ha necesitado para moldear materiales tan densos como lona textil para llantas. Tal vez trabajar la tela, como sí lo hacen la madera o el hierro, no deja marcas irreversibles. Su cuerpo es delgado y su voz delata su procedencia –Medellín– y todo lo que tiene en la cabeza. Se mueve como si todo lo que lo rodea fuera frágil. Pero sus ojos, tranquilos bajo unas cejas desordenadas, son los que muestran más: la curiosidad, la precisión y la calma. Todo en él es grácil.

El diseño de los vestidos de Miguel ha tenido siempre un sello académico, aun así siente que la universidad no le impuso demasiado,sino que se ha hecho las preguntas que son y cada tela, cada vestido, cada chaqueta habla de sus obsesiones que son, sobre todo, flexibles. Su curiosidad puede pasar por la antropología, seguir en la ciencia ficción y terminar en la orquideología. Tiene la capacidad de unir puntos con sutileza para hacer colecciones cargadas de concepto. No duda, por ejemplo, en hacer vestidos inspirados en la unión de lo mítico del oro de la mina de plata de Potosí, retratada en Las venas abiertas de América Latina, con esa cualidad, para él tan latina, de una fortuna absoluta siempre seguida por la ruina. Él dice que su proceso es como una bola de nieve, que una vez tiene una idea esta se va cargando con otras hasta convertirse en prenda. Trabaja en su casa y las manos de su madre y su hermana siempre ayudan.

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La posibilidad de hacer de la realidad una ficción marca de forma particular sus creaciones, como cuando se preguntó si el dénim se hubiese creado en México, cómo serían sus tejidos, de dónde se extraería el añil. De esto nació la colección Etnobotánica. Este pensamiento lo ha llevado a las pasarelas de Colombiamoda en Medellín (2013, 2014 y 2015), Arts of Fashion en San Francisco (2014), International Showcase en Londres (2015) y B Capital en Bogotá (2016). Tiene claro que lo que importa es el camino, que el desfile, la exposición y la última parada son recuadros para marcar con una X, son la cuenta de cobro. Por eso no tiene sueños fijos, sino la conciencia de no poner límites. Miguel Mesa Posada es un trabajo en construcción.

Ha dicho que para usted es necesario seguir estudiando antes de establecer lo que realmente quiere hacer como diseñador, ¿por qué?

Siento que mi generación es la primera que realmente estudió diseño de moda. La generación de antes, que es la de Olga Piedrahita, Hernán Zajar, no estudiaron moda sino otras cosas y tuvieron un acercamiento muy empírico al vestuario. Por eso creo que hay que solidificar mejor las bases, no me parece suficiente lo que uno aprende acá. Quiero seguir estudiando por un tiempo hasta que sienta que puedo hacerlo mejor. La moda es una materia que está entre la artesanía y la industria y creo que es necesario volcarla sobre la academia un poco más.

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¿Está de acuerdo con que Medellín es la capital de la moda de Colombia?

Es un mito. Tal vez a principios del siglo xx sí era real, hubo un boom muy grande de empresas, de maquilas, pero ahora para los diseñadores es muy difícil conseguir telas especiales, no hay donde comprar buenas telas que no sean retazos. Aquí uno no encuentra fácil una seda, por ejemplo. Hay diseñadores que les toca acomodarse a lo que tiene la industria porque es más fácil. Entonces uno se pregunta qué falta o qué pasó, porque mi abuela era costurera y yo no la recuerdo sufriendo tanto por encontrar telas.

A veces las academias exigen trabajar con ciertos insumos…

Yo a veces peleaba porque nos imponían materiales, pero ahora lo valoro. Cuando estuve en París trabajando en Maison Lesage, vi que hacer procesos a la tela era muy complicado, son muy lentos y muy costosos. Acá en Colombia ese tipo de lavados son muy fáciles y podemos hacerlos con muchos insumos, entonces ahora sí lo valoro.

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Dice que su abuela era costurera, ¿fue por ella que estudió moda?

No, ella se murió cuando yo estaba en tercero de primaria, entonces casi no la conocí. Obviamente sí crecí viendo señoras en la casa de ella cambiándose y poniéndose ropa. Recuerdo que era un salón lleno de espejos gigantes opacos, oscurecidos por el tiempo, con retazos colgados. Pero no fue mi influencia directa para estudiar diseño.

¿Entonces qué hizo que decidiera estudiar moda?

Yo creo que los libros del Museo Metropolitano de Nueva York. Ahí empecé a ver que tenía un sentido superior el hecho de hacer la ropa, que no era solamente cortar y coser, sino que tenía trasfondo y mucha seriedad y no iba a ser tiempo perdido el que iba a invertir, sino que quizá podía generar en las personas la posibilidad de crear un universo propio con la ropa que yo hiciera.                                                                                                                                                     

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¿Por qué no ha trabajado tanto en moda masculina?

En la ciudad donde he vivido, Medellín, no hay mucha libertad para los hombres en el vestido; entonces, cuando proponía vestuario masculino con mi estética, parecía un disfraz. Por ejemplo, mi papá era médico y usaba siempre las mismas prendas y eso fue lo que vi mientras crecía. En cambio, con las mujeres todo es tan fantástico, todo es posible, todo es muy poético. Los hombres me parecen un campo más complicado.

¿Busca contar historias por medio de la ropa?

Es de cuidado. Cuando uno es muy purista con los conceptos puede terminar haciendo un disfraz muy literal o una cosa muy complicada que nadie además de uno va a entender. También cuando uno va del otro lado, preocupándose solamente por lo bonito, lo estéticamente agradable, lo “ponible”, termina haciendo cosas vacías. Uno tiene que estar en la mitad. No se puede matar la intuición por el concepto ni matar el concepto por la intuición, ese es el punto al que uno tiene que llegar: que la gente entienda algo y luzca bien.

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¿Cree que nombrar las colecciones ayuda, o la gente no se fija en eso?

Para mis colecciones uso nombres que tengan doble sentido. Potosí significa “riqueza incalculable”, y es también la mina más grande de oro y el pueblo de Potosí. Altiplano, si bien es una forma montañosa, es también una definición de la forma, entonces la gente empieza a hacerse su propia idea. Otramina es un lugar cerca de Titiribí, pero si separas la palabra hace alusión a “otro lugar” y, además, es una colección heredada de Potosí, entonces la gente viene a saber qué es sin yo decir “minería dolorosa” o “afectaciones del cuerpo” o cosas así. Pero debe ser algo muy orgánico, repito, el concepto no puede matar la intuición y la “ingenuidad” que la gente tiene cuando se acerca a la moda.

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¿Cómo llega a esos conceptos?

Siempre he dicho que el diseñador es una persona que tiene que saber de todo y verlo todo desde un lente muy personal. Uno tiene que empezar a construirse como persona y para eso tiene que saber leer desde muchas perspectivas. Yo sabía que iba a estudiar moda, pero disfrutaba también las matemáticas, por ejemplo, porque siento que la formación integral no puede estar alejada de la moda. Como diseñador se tiene que ser abierto para poder entender o apreciar de todas las disciplinas alguna cosa.

¿Lee mucho de moda?

No, realmente casi no leo sobre moda. Leo algunos journals, sigo el trabajo de Suzy Menkes, veo algunos desfiles y consumo muchas cosas de teoría pero ya no compro revistas de moda. Siento que tengo que crear mi camino y reunir mis propios referentes, tener un bagaje cultural distinto que ayude a crear un concepto propio.

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¿Considera que su trabajo es, de alguna manera, producto de la ficción?

Sí, total. Mi trabajo es producto de la ficción, de la melancolía de la ficción. Yo suelo preguntarme mucho qué hubiera pasado sí…, es el tema recurrente en mis colecciones. Mi trabajo es llenar esos vacíos, responder esa pregunta. Una gran ficción. Me gustan los temas que no resuelven qué es verdad y qué no. En América Latina hay siempre posibilidades de seguir la historia, de inventarla. Creo que es un ejercicio que todo el mundo puede hacer.

¿Cree que son procesos que hacen todos los diseñadores?

Yo acompañé clases a veces y me sorprendía que había estudiantes que no sentían ninguna atracción por ningún tema. No creo que esto sea exclusivo al diseño, es muy humano tener preguntas, pero también parece muy humano no quererlas hacer y uno tiene que aprender a enfrentarse a eso.

¿Cómo se apropia de los conceptos para ponerlos en la ropa?

Con Potosí, por ejemplo, encontré que hay unos satélites bacanísimos que son capaces de tomar unas fotos que muestran qué hay debajo de la tierra. Mirando una foto de una mina pensé que para ellos lo que está allí es riqueza y metal, para mí lo que hay debajo del papel es la riqueza y es tejido. Una vez tengo una idea así, nacen un montón de analogías que se convierten en una bola gigante de referentes que espero que al final la gente pueda entender al ver o tener la prenda. En este caso quería que sintieran una sensación de cicatriz, como de dolor, y lo hice haciendo ropa en papel que de alguna manera se pudiera rasgar: con el uso de la prenda se iba rasgando el papel, era como un objeto vivo, como una realidad que iba cambiando cada vez que la usas.

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Su trabajo está anclado a la tierra, a lo natural, ¿tiene un animal preferido?

Me gustaría moverme como un venado, con esa manera de mirar y de estar. El oso perezoso también me encanta, me parecen mágicos sus movimientos. Siento que hemos perdido mucho los atributos de esos dos animales; muy poquitos serían venados y perezosos y más serían chitas y anacondas. Quizá esa relación animalista tan fuerte se ha perdido un poco, pero yo lo que busco con mis colecciones es hacer sentir esa elegancia del venado.

¿Cómo es la mujer que quiere vestir?

Cuando diseño me imagino esas mujeres cariátides con rasgos aborígenes, esas mujeres de herencia griega, pero indígenas, que sostienen los edificios y las estructuras de piedra. Pienso en mujeres mágicas.

¿Cómo es su desfile soñado?

Yo creo que lo haría en Monguí. Es un lugar pequeño donde uno no se pierde. Me parece hermoso y un espacio donde los asistentes podrían ver los diseños desde diferentes ángulos, además es un escenario de película pero habitado, con cotidianidad. Ahora los desfiles están apropiándose de lugares que están lejos de lo predecible, lugares no tan obvios que den más pistas sobre el ADN y el contexto que quiere transmitir la marca.

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¿Qué piensa de esa frase cansada de “la moda es muy banal”?

Creo que en Colombia, en particular, hay muchas ambigüedades porque hemos crecido con chistes sobre lo que es la moda. La gente cree que porque uno hace ropa es Hugo Lombardi [personaje de Betty la fea], que uno diseña así y piensa así. Creo que hay personas que creen que no puedo entablar una conversación seria porque no estoy en ingeniería o arquitectura, piensan que somos un mal chiste. También en mi caso, que me gustan los temas como la arqueología, encuentro que en esos círculos tampoco te toman lo suficientemente en serio en un principio.

Una de las imágenes de la colección Potosí está en el journal de teoría de moda más importante, Fashion Theory, ¿cómo pasó esto?

Regina Root me escribió porque alguien le mostró la colección Potosí y me dijo que en esa edición de Fashion Theory, que para mí es el journal más cool, iban a sacar cosas sobre América Latina y quería una foto de mi trabajo para las tapas internas. Quería una imagen que no fuera muy obvia, sin sexo definido, y lo que hice fue una foto de espaldas de una mujer con el pelo recogido. Digamos que no tuvo mucha trascendencia, pero definitivamente es uno de los grandes logros de mi carrera, estar presente de alguna manera en una construcción académica.

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Antes de acabar la universidad se fue a México, ¿verdad?

Sí, me fui al Museo Textil de Oaxaca para hacer mi práctica. Allá quise hacer un intercambio con una comunidad y me fui a Pinotepa de Don Luis, que queda a doce horas en bus de Oaxaca. Me quedé en la casa de Isabel Hernández, una tejedora, que es la personificación de ese mito de la mujer echada para adelante de América Latina. Allá son mixtecas, y ella hace unas faldas posauanco, de las que usan en esa comunidad –sin nada en la parte superior del cuerpo–, que tienen un ceñido bellísimo hecho de palma y tela que evita que se caiga la falda. Yo aprendí a hacerlas y me encantaba trenzar los hilos amarrándolos en una madeja. Fue una gran experiencia, todos los días quisiera levantarme en Oaxaca. Es un estilo de vida que tiene muy en cuenta la relación mística con las cosas. Cuando llueve y caen truenos, por ejemplo, uno no puede estar tejiendo, ni siquiera puede tocar el hilo, porque se enreda. Es todo como de otro mundo y a la vez tan nuestro.

¿Con qué recuerdo de México se queda?

Me parece un país mágico. Hay algo muy lindo con el miedo, por ejemplo. Si alguien te asusta, debes volver al lugar en que te asustaron y ser soplado con aguardiente o tabaco, porque un miedo te puede matar. También me encanta todo lo que hay para teñir. Ver mujeres que todavía visten con los senos afuera también fue muy irrisorio, sentía que estaba en un libro de fantasía.

¿Qué piensa de todos los problemas que hay ahora con la apropiación de las técnicas artesanales por parte de marcas?

Hay algo que no he sido capaz de entender y es cómo, honestamente, se puede hacer un intercambio que no sea una contratación. Pienso en las artesanías ancestrales y pienso que es un conocimiento que ellos han adquirido y heredado y no sé si es muy honesto usarlo comercialmente. Estamos enfrentándonos muy seguido con eso, hay muchas preguntas como qué es mío, hasta dónde puedo usar. A mí me parece bien que los artesanos tengan trabajo y al mismo tiempo den a conocer sus técnicas, pero todavía en mi mente no tengo el mapa conceptual claro para abordar esos temas. Prefiero no meterme.

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¿Y de la discusión de si la moda es arte?

Cuando la gente me pregunta si lo que hago es arte o moda, yo siempre digo orgullosamente que es ropa, que es vestuario. Yo no digo que soy diseñador de moda, sino que hago ropa que para mí es algo alucinante. La ropa se hace, se pone y solo ahí tiene valor. Tal vez por eso el arte se ha sacralizado, porque hay una distancia, en cambio la ropa se suda, hace parte de la vida cotidiana en lo físico. La gente se pone una prenda y hace su vida en ella, me parece lo máximo.

Después de México fue París, ¿cómo fue la experiencia allí?

En Arts of Fashion me gané la posibilidad de hacer una pasantía en Maison Lesage y otra en Maison Lemarié, que son casas que hacen flores y plumas respectivamente para Chanel. Ese mundo me gustó, pero es una manera muy diferente de tratar la artesanía, allí el archivo es su gran tesoro y hay un perfeccionamiento de la técnica por mujeres que llevan años trabajando en eso y que estudian carreras profesionales para ser bordadoras. Además, hay que entender que hay un tratamiento gubernamental diferente, hay muchas becas, premios y garantías de trabajo. El savoir faire, el saber hacer, es algo que se valora mucho, que se protege. También me impresionó la forma en que se mitifica el vestido. La ropa allá se hereda, acá no sé si la artesanía llegue a ese punto de heredarse.

Puede viajar por todo el mundo pero sus temas siempre son de América Latina, ¿por qué cree que pasa eso?

Yo siempre he vivido en un edificio y cuando crecí nunca tuve el campo al lado. Digamos que siempre lo consideré una carencia y ahora quisiera conocer cada rincón de Colombia y de América Latina. Los libros también son mis grandes aliados para entrar en el territorio, son mi guía, mi motor y de donde saco toda la inspiración. Los uso siempre para saber de dónde vengo, cuál es mi origen o qué origen quiero otorgarme.

¿Quiénes son sus grandes referentes?

Me encanta la vida de los arqueólogos y ahora estoy enfocado más en algunas cosas de artesanía. Hay temas que se apropian de mí por unos meses y me obsesiono, y esos son mis referentes del momento. En la parte estética me encanta mirar a los futuristas, me gusta mucho su pensamiento. Me fijo también en los rusos de principios de siglo como Aleksandr Rodchenko y Varvara Stepánova, y las vanguardias de principios de siglo. Más aterrizado al diseño me encanta mirar a los asiáticos y como construyen los patrones.

¿Qué hay en su biblioteca?

Desde chiquito empecé a leer autores como Lipovetsky y pedía muchos libros del Museo Metropolitano de Nueva York. Mi biblioteca es en lo que más invierto, además de artesanías y viajes. Mi primer acercamiento a la moda fue a través de la literatura.

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¿Quiere estar siempre vinculado a la moda?

No, ojalá no siempre haga moda, porque uno puede tostarse mucho y yo creo que la riqueza de un pensamiento es poder aplicarlo a varias áreas.

¿Cuál es su trabajo soñado?

Sería tener un equipo de trabajo colectivo donde se hiciera producción escrita, audiovisual y productos que abarcaran muchos saberes. Estar siempre investigando temas diversos. Mejor dicho, tener un núcleo de investigación con muchas patas. Me imagino un bordador, un artesano textil, un sociólogo, un antropólogo, un ceramista y hacer proyectos conjuntos.

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¿Se imagina siempre en Colombia o quiere irse a otros lugares?

Lo que quiero hacer es estudiar en el exterior e irme a robar el fuego para tenerlo luego en mi propia casa. Lo veo de esa manera, hay un fuego en otra parte y en la mía no, entonces voy a quemar mi casa con ese fuego.

¿Tiene un sueño pendiente?

No me gusta tener muchos sueños determinados. No te voy a decir que es un sueño tener una pasarela en Milán porque no es cierto, es simplemente algo que puede pasar en el camino, pero mis expectativas no son para puntualizarlas, creo que limitar los sueños es matar un poco el sentido.

¿Cree que va a vivir muchos años?

Yo quisiera ser inmortal. Quisiera vivir todos los años, pero a veces creo que voy a morir joven. No es para vanagloriarme, pero he tenido una carrera precoz, hay gente mucho mayor que ha hecho menos de lo que yo he hecho, entonces a veces pienso que ya es tarde para mí y que me voy a morir joven. ¡Quién sabe!

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