POR: Juana Restrepo Martes, 10 Junio 2014

 

A pocos días del Mundial, las playas de Río de Janeiro son carnavales donde los balones vuelan por el aire y, como por obra de gracia, no caen en la cabeza de los incautos que caminan por ahí. Esta es una visita a una ciudad atestada de turistas pero que merece su fama y que merece ser visitada.

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Sin quererlo, mi viaje a Río fue un recorrido de olores: mi sentido del olfato se activó desde la noche anterior al viaje en una despedida inaplazable a lo que yo llamaba “el amor de ese momento de mi vida”. Como un mal chiste del destino, el olor de esa persona viajó conmigo desde Bogotá porque se quedó impregnado en una bufanda que llevaba colgada en el cuello como un escudo protector contra besos “deslizantes”. Durante casi seis horas en el avión hasta São Paulo lo percibía como una presencia olfativa a pesar de distractores como el vino o la gran oferta de películas.

Después de una escala y de tomar otro avión hacia Río de Janeiro, ese aroma parecía no estar. Sin embargo, el olfato se había despertado para encontrarse con que las calles en Brasil huelen a orines, sin importar el barrio. El olor es la mejor forma de recordar una cosa: una persona querida, un lugar, una comida, un libro o hasta una prenda favorita. Es por eso que a veces prefiero pensar con la nariz.

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Fue así como cada olor se me fue grabando en la mente: el de los muebles antiguos de madera de un apartamento de los años setenta; el de la brisa tibia que entraba por la ventana; el de la pizza que se cocinaba en un local del primer piso del edificio y el del sudor de quienes dormían, mientras los ventiladores se movían…

Estando en Río tuve la oportunidad de quedarme en un apartamento alquilado en Copacabana, pero otra buena opción que tienen los turistas es hospedarse en los hostales de la zona Sul, como Catete, Botafogo, Copacabana o Ipanema, que tienen algunos relativamente baratos y donde también se hacen fiestas. Si se cuenta con un mayor presupuesto no habría por qué perderse del Copacabana Palace o el Fasano en Ipanema.

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Al caminar por Copacabana, y seguir a mi nariz, llegué hasta un puesto de frutas en la esquina. Desde ahí me asomé y vi que en cada cuadra había otro y otro puesto de frutas, así como de flores. Toda la calle olía a durazno, patilla, mango y papaya. Este es un barrio bohemio. Cines, sinagogas y teatros confluyen en un mismo lugar.

La nariz también me llevó hasta la calle (rúa) Dias Ferreira. Es un sitio chic de Río con varios restaurantes y bares de comida internacional. Por recomendación de una amiga probamos las delicias de Stuzzi, sitio italiano en el que toca un DJ los fines de semana. También están Venga, un bar de tapas y Quadrucci, entre otros que se pueden acomodar a diferentes presupuestos.

Si quiere probar los famosos rodizios, los mejores de la ciudad son el Fogo deChão –ubicado en la Bahía de Guanabara– o el Porcão o la tradicional Churrasquería Palace, al lado del Copacabana Palace. También para comerse un buen desayuno puede ir a la Confeitaria Colombo(en el centro) o al fuerte de Copacabana.

Uno de los platos tradicionales de Brasil es la feijoada, una mezcla de carne seca de cerdo, arroz, harina de mandioca y naranja. En Río, las comidas en carritos son muy típicas o también los restaurantes donde la comida se vende por peso. En mi caso, el precio con un buen restaurante no se diferenció mucho de los corrientes, así que recomiendo entrar a los mejores. Es época de Mundial y los bajos precios son escasos. En cuanto a bebidas, encontrará mucha agua de coco, una gaseosa hecha de Guaraná o el Açaí, un fruto del Amazonas que tiene propiedades enérgicas y puede ayudar a una jornada con mucho fútbol, playa y rumba.

Hablando de rumba, en Río es variada. Puede ir a discotecas como 00, Lapa 40 Graus o Rio Scenarium, lugares con varios ambientes y pisos. En esta época, la oferta aumenta y va a haber fiestas con diferentes grupos de música en el Morro de Urca, el Jockey Club o en la Marina de Gloria. Si quiere encontrarse con otros colombianos, puede ir a un bar en los kioskos de la Orla de Copacabana que se llama Praia Skol 360°.

La idea, en estos días, es ver partidos. Los que se jugarán en el mítico Maracaná serán el 15 de junio entre Argentina y Bosnia-Herzegovina. El 18, España contra Chile; el 22 Bélgica y Rusia y el 25 Ecuador y Francia. El 28 se juegan los octavos de final, el 4 de julio los cuartos y el 13 se disputa la copa. Las entradas ya están agotadas, pero vale la pena hacer el intento de pasar por el estadio en esas fechas.

Lo interesante es que si no va a entrar a los partidos, la FIFA ubicará los Fan Fests: pantallas gigantes en la Playa de Copacabana, donde podrá comer, beber y bailar todo lo que se le antoje junto al mar. La tradición de estos puntos comenzó en el 2006 en Alemania y se continuó en diversas ciudades de Sudáfrica.

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En cuanto a compras, le recomiendo pasearse por las tiendas de artesanías en las calles (muchas cerca de la playa). Los precios de los centros comerciales son altos, aunque si quiere buscar algunas de las marcas más famosas del mundo está el Village Mall, también reconocido por sus buenas salas de cine. Si busca uno de un precio más bajo, están el Río Sul o el Shopping Leblon.

Y si lo que más le gusta es la playa, Copacabana es el paraíso. El agua es helada, pero quedarse en la blanca –y suave– arena puede ser un mejor plan. Obviamente que no se puede perder del Cristo Redentor, que mira vigilante desde un morro alto a los bañistas, gente devota de la belleza del cuerpo y el bronceado. Muchos se ejercitan alrededor de la playa mientras otros compiten en un concurso imaginario por obtener el mejor bronceado. Es por eso que litros de bronceador se apoderan del aire. El aceite, repartido entre las pronunciadas curvas de las mujeres –que parecen imitar los morros que rodean a la ciudad– inundó mi nariz. En ese lugar mi vista no fue esquiva ante la famosa tanga brasilera y su sentido: no importa si se es flaca o gorda, todas las llevan con el mismo orgullo. Ser nalgona (algo que me ha acomplejado en ciertos sitios) en Brasil no está mal y por eso admito que me pude sentir, y sentar, a mis anchas.

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Limitando con Copacabana está Ipanema. Allí todo se condensa. Lo bueno y lo malo: el olor a orín con la marihuana o las caipiriñas. Esta ciudad es de aromas penetrantes y, desde el paisaje hasta la comida y las personas, no tiene puntos medios: todo es fuerte, colorido, amargo, dulce, feo o lindo. Un olor a incienso trata de disimular el cannabis. Mientras tanto, mujeres aguerridas, con diminutos bikinis, luchan por el balón en contra de hombres fornidos.

Para los menos atléticos, existe el combo perfecto: “cachorros calientes” (mini hot dogs) que se venden con cerveza y, para el que quiera algo exótico, con agua de coco. Cuando estuve ahí, nadar no era una opción. El mar aleteaba enfurecido y creaba olas gigantescas. Solo podíamos contemplarlo. Me senté a leer hasta que llamó mi atención una morena de pelo largo y nalgas paradas que se paseaba sobre el paisaje como en la famosa canción de La chica de Ipanema. Ella se contoneaba con un movimiento elegante. A su paso las parejas tiradas en la arena producían envidia con esa capacidad tan brasileña de tocarse y besarse, de manera natural y sin pena, ante los ojos ajenos.

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La garota se perdió en el paisaje con su parado de jirafa. Era imposible no pensar en la canción de Tom Jobin, el famoso músico con cuyo nombre bautizaron el aeropuerto internacional de la ciudad.

Otro ídolo brasileño –no precisamente Ronaldinho o Roberto Carlos– sino el arquitecto Oscar Niemeyer, inspiró su carrera en la forma curvilínea de cada cosa en la ciudad. “No es el ángulo recto que me atrae, ni la línea recta, dura, inflexible, creada por el hombre. Lo que me atrae es la curva libre y sensual, la curva que encuentro en las montañas de mi país, en el curso sinuoso de sus ríos, en las olas del mar, en el cuerpo de la mujer preferida. De curvas es hecho todo el universo, el universo curvo de Einstein”, escribió.

A lo alto del morro Pan de Azúcar (a 396 metros de altura) admirar esa curva por horas puede ser un excelente plan. Al ascender en un teleférico, la vista se vuelve impresionante. Como casi todo Río, huele a bosque y a mar. Una mezcla de sal con agua se combina en un tufillo húmedo y vivo, selvático, que recuerda a una ciudad abierta pero a la vez inhóspita.

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Allá arriba, varios fotógrafos profesionales tomaban fotos hasta que atardeció y el cielo, con una inmensa luna llena de fondo, se tornó azul, azul muy clarito, y con tonos fluorescentes. Mientras observaba a los fotógrafos y respiraba este nuevo aire, encontré un olor familiar que traía mi madre en sus manos. Eran pandeyucas (en Brasil se llaman pan de queso). Son pequeños y redondos y se comen como palomitas de maíz. Aunque su sabor es más salado, fueron una bendición y nos hicieron sentir extrañamente como en casa.

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Pronto se fueron acabando las vacaciones. Para despedirnos de la playa, nos sentamos en el borde a ver las olas crecer. Descubrí que Río le había dado una nueva oportunidad a mis otros sentidos y ahora podía oír las risas y el parloteo constante de los brasileros; mirar esos picos poderosos y vigilantes que acompañan al mar –y desde donde apuntan más y más favelas–; sentir el tacto de la arena; degustar el agua de coco y mirar con deseo y desparpajo el color y la forma que adquiría mi piel. Me sentí muito obrigada (muy agradecida). Al regresar a Colombia, extrañaría ese sonido melódico del portugués y la brisa que mezclaba todos los olores en un solo coctel que se lleva en la memoria como una fragancia sin nombre.

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