POR: Dahiana Rodríguez ILUSTRACIÓN: Willian Pineda Lunes, 06 Febrero 2017

La locutora nos cuenta cómo se enamoró de esa caja de mundos sonoros y cómo ha cambiado su vida y la de los que la oyen.

Dahana-Rodriguez

S


oy de radio, siempre lo fui. En mi casa teníamos una grabadora gigante en la que me grababa cantando en un inglés inexistente, leyendo cuentos sin saber leer, inventando radionovelas con mi mamá y siempre entrevistando a mi abuelo. Soñaba con la radio, literalmente. Mi tío me trajo un walkman en la época del apagón en 1992 y me levantaba, almorzaba y acostaba con los audífonos puestos.

Devoraba la radio. Me fui acercando a ella, como oyente que se respete, por medio de los concursos. Recuerdo que en La X me gané tres vinilos cantando: Enigma, Tony Braxton y Ace Of Base. Pero más allá de los premios, mi felicidad radicaba en el momento en el que fuera a reclamarlos, pues sí o sí conocería lo que tanto idealizaba; me puse guapa, mi abuelo me acompañó, llegué puntual, con cara de ponqué y la realidad fue que nunca pasé de la recepción de Todelar.

No importó: lo que es sueño es sueño y fue tomando forma con el tiempo. En el 96, terminando mi bachillerato, llegué a la radio por primera vez contestando las llamadas en un programa de Radio Reloj los sábados en la mañana. 88.9 fue mi escuela, La Superestación me recibió en 1998, cuando cumplía 18 años, como creativa y practicante; una escuela brutal en la que aprendí el oficio de la mano de quienes cambiaron la historia de la radio juvenil en Colombia.

Pasé de llenar el álbum con laminitas del Zoológico de la mañana a ser parte de su equipo. Aunque tenía tareas asignadas, me ofrecía para todo: transmisiones, asistencia, eventos, libretos, voces, control y edición. Siempre he creído que para hacer radio se debe aprender todo lo posible, en todos los campos que existen. La radio es un mundo gigante que hay que recorrer de punta a punta. 

La universidad me enseñó mucho, pero no todo lo que pasa por la academia es real. La teoría es una cosa, la práctica es otra. Tenía profesores que enseñaban cosas que no se aplicaban al mundo real, por eso es tan importante vivirlo y no quedarse en los textos, en la idea. Recuerdo mucho a un profesor que dictaba Tecnologías de la Comunicación. Cuando estuvo de visita en 88.9 con el curso, no reconoció la mitad de equipos que manejábamos en la emisora. Me dijo que no fuera más a su clase, me puso cinco en el semestre y no volví.

A RCN Radio llegué como productora del archivo sonoro y nuevamente hice lo mismo: me ofrecí para todo. Terminé haciendo un programa de salsa en las mañanas, transmitiendo fútbol y escribiendo cosas de humor político. La radio te enseña hasta el infinito. 

De RCN pasé a Radiónica. El amor, mi chica bonita, ella fue mi crecimiento. Hacer radio pública me dio una nueva perspectiva de ser radial y de reafirmar la importancia del respeto, del hacer todo de la mejor manera, con amor, porque eso se siente al aire, eso lo perciben los oyentes. Saber decir lo que se debe decir y cómo se debe decir. Impecable. Tener un micrófono al frente supone una gran responsabilidad. Una palabra, una sonrisa, una canción pueden cambiar el día de alguien, mejorarlo o empeorarlo. Eso lo fui aprendiendo en Radiónica día tras día. Después de 10 años le dije hasta luego a Radiónica con lágrimas, con sonrisas, con el corazón arrugado y conmovida hasta los huesos por la reacción de las personas y su cariño gigante. 

Muchos creen que trabajar en radio es sinónimo de estrellato: ir a todos los conciertos, fiestas, festivales y lanzamientos. Para algunos tal vez sí, personalmente no soy muy amiga de la calle –soy más guardada– y no he condicionado mi ida a eventos por las acreditaciones o entradas gratis. Cuando han venido los artistas por los que alucino, pago la boleta. Es bueno hacerlo, pagar por ver a tus artistas, sin esperar nada regalado. 

Frente a la idea del estrellato en este oficio, debo decir que la radio que yo conocí y de la que aprendí, aquella que me marcó, no es fácil de hacer; no es esa falsa idea de sentarse a hablar de lo que quiero y chao. Lo vital es no saltarse los pasos, vivirlos. La experiencia hace crecer, desde recoger cables, trasnochar, madrugar, sin pago o con pago, con lluvia, con sol, festivos, tarde y noche, grabar, editar, producir, investigar, locutar, hacer transmisiones, contestar teléfonos, llenar formatos, conseguir entrevistados, imaginar campañas y realizarlas, crear día a día. Cada detalle hace que la radio sea gigante, no es soplar y hacer botellas como decía mi abuelo, aunque soplar y hacer botellas tampoco es fácil. 

Soy una eterna enamorada de la radio, pero de la radio trabajada, la que apasiona, que aporta, que respeta, que entretiene pero que de paso enseña, que hace brillar los ojos. Y eso viene en quién la hace. Animales de radio, como bien se dice.

Volvería a recorrer cada paso que di. Soy feliz cuando encuentro personas que aman la radio, que trabajan en ella porque ha sido su sueño, porque han laborado con la convicción necesaria, conocen su poder, lo que es y lo que representa. Por fortuna, conmigo funcionó aquello de “querer es poder”. La radio ha puesto en mi camino gente increíble, maestros, amigos y colegas que me enseñaron, que me retaron, que dieron de sí para formar lo que soy hoy. Pero, sobre todo, la radio puso en mi vida a los oyentes, los adorados, los alegres, los amargados, los que siempre están, los que llegaron y se fueron. 

Mi camino en la radio se sigue construyendo. A alguien a quien quiero mucho le leí hace poco que no se imaginaba a ningún enamorado de la radio por fuera de ella mucho tiempo, y es verdad: por estos días, en medio de la escritura de esta reflexión, aquellas puertas de La X que no pude franquear hace tantos años, ahora se abren para recibirme. Allí seguiré enamorándome más de mi camino radial, construyendo de la mano de un gran equipo, disfrutando cada segundo al aire y encontrándome nuevamente con lo más bonito e importante que tiene la radio, los oyentes.

Creo en la radio. Hay que respetarla, en ciertos momentos rescatarla: el facilismo también la ha tocado y de cierta manera la ha manoseado, robándole la mística que debe tener un medio tan bello. Me pongo de pie y le doy las gracias por todo, por ser mi compañía y porque me ha dado la posibilidad de ser compañía. Por abrir mis oídos, mi voz y mi corazón a este mundo maravilloso que se vive con los audífonos puestos y el micrófono en frente.separador

COMPARTIR ESTE ARTICULO:

Compartir en FACEBOOK AUTORSEPARADOR

RECOMENDADOS

INTERESAR

RECIENTE

instagram

INSTAGRAM