POR: Natalie López Valencia Martes, 09 Mayo 2017

Algunos dicen que Edgar Rueda “se engüevonó”, porque después de diecisiete años de talar la Sierra Nevada de Santa Marta, decidió dedicarse a sembrar. Él piensa que simplemente es cuestión de paciencia y cuidado para que sus ideas germinen en terrenos áridos.

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ara Edgar Rueda, dejar de talar fue como si dejara de fumar. «Voy a dejarlo, este es el último», se prometía a sí mismo pero sin soltar la motosierra. «Es como un vicio, que además permite mantener pesos en el bolsillo». Sin embargo, hace tres años renunció al oficio que aprendió de su familia y que desempeñó durante diecisiete años. ¿La causa? Reforestar la Sierra Nevada de Santa Marta. Para este fin ha creado en Palomino, su lugar de residencia actualmente, el vivero Futuro de la Sierra que cuenta con ocho mil árboles y dieciocho especies aproximadamente.

Después de tomarseun tinto a las cinco de la mañana, Rueda llega al vivero, un espacio lleno de plantitas débiles en bolsas negras destinadas a reverdecer la Sierra. La luz se filtra por entre las hojas de los árboles más grandes que resguardan a los retoños del sol implacable del Caribe. Dice que cada mañana encuentra las plántulas clamando en un idioma que solo él entiende: «¡Hey, Rueda, agüita que estoy seca!». Y cuando tiene que irse lejos siente «como si dejara un poco de niños en la casa sin comida». Sembrar un árbol en el monte es prácticamente enseñarle a un hijo a ser independiente porque ya no hay quien los riegue regularmente y les toca recibir los benévolos o inclementes rayos de sol.

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Tarzán, el perro, y Sopetrán, el caballo, son sus compañeros de “voliar rula”, que significa limpiar un terreno donde hubo cultivos de coca. Su esposa, que siempre lo acompañó a internarse en el monte a talar, ahora, incondicional, lo acompaña a sembrar. Sus tres hijas lo apoyan pero esperan escépticas a que “la cosa funcione”. El resto de su familia, que pertenece al movimiento pentecostal, tiene catorce aserradores, y él es la oveja negra desde todo punto de vista. Sin embargo, con el pasar del tiempo su mamá ha aprendido a valorar su trabajo y hasta le pide a Dios que todas sus cosas le salgan bien.

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Rueda nació en La Dorada, Caldas. Llegó de siete años al Caribe colombiano, su mamá es tolimense y su papá era antioqueño, su cédula es de Santa Marta y dice que tiene 47 años. Su conversa es paciente, cada palabra emerge sin prisa a través de su sonrisa en cuarto creciente, que casi nunca se borra de su rostro, ni siquiera al abordar temas álgidos. Tiene ojos verdes, bonachones, mirada dulce, manos ásperas y carga siempre su machete al costado izquierdo.

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Toda su familia es de aserradores. ¿Qué más podía hacer sino aceptar su destino? Sus padres llegaron a Guachaca en 1976 atraídos por la madera de la Sierra. En ese entonces se aserraba a mano con trocero y serrucho. En 1980 llegaron las motosierras y fue un boom, todos querían una. Por supuesto Edgar Rueda no era la excepción y fue el asistente de su padre hasta que se ganó el honor de tener la suya.

Rueda se sintió orgulloso cuando logró derribar el primer gigante: un árbol que taló asumiendo un reto de su padre, quién le prometió ayudarle a conseguir una motosierra si lograba la hazaña; una modelo 070 que él mismo tendría que ir pagando.

«Nosotros tumbamos los árboles más grandes —asegura—. Yo tumbé un caracolí que es como la mamá de todos los árboles de por aquí, son los que más crecen, están siempre en la orilla de los ríos y ayudan a cuidar el agua. Yo le saqué novecientas tablas, ese árbol tenía por ahí nueve mil pies, debía tener unos quinientos años, me demoré medio día. En ese momento sentí que se movió la tierra».

Cuando Rueda empezó con lo de sembrar, muchos de sus antiguos compañeros dijeron: «Rueda se engüevonó». Y es que es fácil pensar eso cuando un hombre decide abandonar tierra firme para arrojarse a la incertidumbre por una causa: «Ellos dicen que uno está pescando en río revuelto, ¡ahí no llegan tiburones!».

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En la ley de la naturaleza, vida y muerte son caras de una misma moneda. La idea de reforestar ya rondaba por la cabeza de Rueda, como una semilla que por suerte ha caído en tierra fértil y ahora busca emerger de la sepultura. Sin embargo, el detonante que le hizo renunciar a su pasado y sembrar un nuevo futuro fue la muerte de su padre y la gran decepción que sintió al ver que su condición económica era tan precaria que no tenía dinero para comprarle un ataúd de madera, de esa misma que él había talado. «A mí me dolió bastante —cuenta—. Le da a uno berraquera todo el daño que se hizo y no tener cuatro tablas para enterrarlo. De nada sirvió acabar la Sierra». Fue en ese momento cuándo tomó por fin la decisión de crear un vivero, en el que gana con creces la satisfacción de enmendar un daño.

«A mí me dijo un tipo: “Rueda, usted ya taló toda la Sierra, ¿usted ya qué va a hacer?”. Yo le dije: “Yo soy como el asesino que se entregó a la autoridad, estoy cansado de todo esto”». Y con poco dinero y muchas ganas de hacer, las cosas se fueron dando. El lote en el que actualmente existe el vivero no es de su propiedad, es de un amigo que se lo prestó entusiasmado con el proyecto. 

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Según Gestión Ambiental de la Corporación Autónoma Regional del Magdalena (CORPOMAG), los procesos económicos y sociales que se han generado en la Sierra durante las últimas décadas han provocado secuelas devastadoras para el medio ambiente. Entre esos procesos se encuentran las olas migratorias provenientes de diferentes lugares del país —e incluso de extranjeros— que han supuesto la introducción de formas de explotación inadecuadas que han diezmado los bosques.

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La tala y quema indiscriminada que aún se practican para el desarrollo de actividades ganaderas, la introducción de nuevas variedades de café, la expansión de cultivos ilícitos y la constante extracción de maderas para la colonización, han generado la pérdida de más del 80 % de la cobertura vegetal boscosa de la Sierra, y la consecuente erosión y sedimentación de las cuencas hidrográficas.

Edgar Rueda es enfático en que la culpa de la deforestación de la Sierra no es únicamente de los aserradores, sino que comprende que ellos son apenas un eslabón en la cadena. El Corazón del Mundo, como le llaman los indígenas a la Sierra, tiene alterado su pulso como consecuencia de varios factores: la bonanza marimbera en la década de los ochenta, la siembra de coca de los noventa hasta el 2012, la violencia, las fumigaciones con glifosato, la ganadería y, por supuesto, la construcción de “ecohostales” y de nuevas viviendas para los colonizadores, que es actualmente el destino de la madera de la Sierra.

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«Los peces que abundaban hace veinte años en los ríos: el besote, el rayado, el guabino, el pargo blanco, entre otros, ya no se ven tan fácilmente, cuencas que nunca se secaban ahora están secas y de cien semillas, quince salen buenas por falta de lluvia», asegura Rueda.

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Sin embargo, su idea no es juzgar sino invitar, a todos los interesados a unirse su proyecto, puntualmente al sector del turismo, y así devolver a la Sierra un poquito de las ganancias. «Todos los días mandan a una persona a bajar en boya por el río. ¿Qué le aportan? Solo le sacan plata… ¿Y cuando no haya río, qué? A mí me gustaría que los turistas no vengan solo a eso. Me gustaría contarles cuáles son nuestras especies de árboles y las que están por extinguirse». Afirma Rueda, que busca brindarle al turista la experiencia de visitar la Sierra y dejar una huella, una semilla, un árbol.

Esta actividad tiene un valor de treinta y cinco mil pesos, que incluye el valor simbólico de seis meses de mantenimiento (simbólico porque cada árbol requiere los cuidados de Rueda durante sus primeros tres años de vida). El costo incluye el mapeo del árbol y fotografías de su crecimiento. El proyecto ya se está llevando a cabo en Ciudad Perdida, donde se está aprovechando el flujo de catorce mil turistas anuales.

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Otra manera en que funciona la adopción de árboles es mediante la reforestación de terrenos que compran personas del interior para construir sus fincas y que se hacen conscientes de la necesidad de sembrar árboles nativos en la región. Cuenta que hace poco una cantante colombiana dijo que iba a sembrar mil árboles para una campaña y un video, pero que en realidad apenas compró cien.

Sin embargo, el ideal de Rueda es que algún día cada aserrador se encargue de reforestar la cuenca taló. Es una gran hazaña porque la Sierra comprende tres departamentos −Magdalena, La Guajira y El Cesar−, y calcula Rueda que en ella hay entre trece mil y quince mil familias que viven del aserrío, que cada aserrador tumba al menos dos árboles por semana, y cuenta con un equipo de trabajo de cinco personas que dependen económicamente de este oficio. Por ello es difícil que los aserradores se le midan a este proceso si no tienen un respaldo económico.

En sus inicios, el proyecto fue pensado como una organización llamada Unión de Salvabosques Sierra Nevada de Santa Marta, en la que iban a participar veintitrés familias de aserradores. Sin embargo, los enredos burocráticos hicieron estancar el proceso en trámites y papelería, y Rueda no tenía capital para pagar a los recién rehabilitados guardabosques, a quienes les tocó seguir aserrando para poder subsistir. «¿Qué me tocaba hacer a mí? Echarles agua a los arbolitos temprano en la mañana, ir a aserrar y volver por la tarde. Era como el dicho que dice: “El que reza y peca, empata”».

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Rueda decidió continuar el proyecto por su cuenta: «Yo no vivo muy pegado a corporaciones porque ellos entran hasta adonde entre el carro», dice, convencido de que con ejemplo se puede lograr más que con trámites. Le gustaría que todos los sectores que han dañado la Sierra y los nativos de Palomino se apropiaran del vivero como si fuera suyo: «En la puerta de La Guajira tenemos las empresas más contaminantes, y ellos ni siquiera saben que existimos, no hay que hacerlo por Rueda hay que hacerlo por La Sierra».

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El último árbol que taló fue un cansanegro en pleno verano. El sentimiento de culpa distó mucho del sentimiento de orgullo que sintió al derribar el primer gigante. De Santa Marta a Mingueo no hay una cuenca en la que no haya tumbado un árbol, lo dice sin jactarse, pero sin vergüenza, porque su compromiso es devolverle a cada cuenca al menos un árbol y servir de ejemplo.

Este hombre cuya vida ha girado siempre en torno a los gigantes verdes es humilde con respecto a su conocimiento sobre ellos. Asegura que en un pequeño espacio de la Sierra puede conocer de diez a veinte especies cuando mucho. Aprendió a sembrar empíricamente, ensayando y errando, porque a los árboles nativos nadie los cultiva y no hay una fórmula determinada.

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La experiencia le ha enseñado que no todos los árboles se siembran igual, hay diferentes técnicas: hay que saber buscar las semillas y hay diferentes formas de sembrarlas. Especies como el gusanero, el trementino y el aceituno, que son de las que ofrecen mejor calidad de madera, “especies eternas”, son las más explotadas y las difíciles de pegar. Sin embargo, dice orgulloso que en marzo del año pasado ensayó una técnica para sembrar en pleno verano que ha resultado exitosa: «Consiste en mojar los árboles y el hueco en la tierra antes de sembrar. Después de sembrarlos hay que mojarlos de nuevo, y para resguardar la humedad hay que tapar la raíz utilizando maleza».

Cualquier vicisitud que implique su nueva labor de guardabosques no la cambiaría por nada de lo que antes tenía: «Entrar a la Sierra con una motosierra es atentarse a usted mismo, porque la naturaleza también se defiende, yo tengo compañeros que se han mochado una mano, se han partido las piernas, los brazos, gente que los ha matado un palo, uno todavía le da gracias a Dios que salió aliviado. La motosierra solamente se me comió la esquina de este dedo —señala el índice izquierdo— ese fue el pago, muy poquito en realidad. Somos nosotros los que tenemos que adaptarnos a la Sierra, no la Sierra a nosotros».

   

Según datos del IDEAM, la superficie de bosque natural en Colombia con respecto a la superficie total del país ha venido disminuyendo de manera gradual desde 1990, con valores correspondientes a 56,4 % en 1990, 53 % en 2010 y 51,6 % en 2014. No obstante, la cifra de deforestación para 2015 fue de 124.035 hectáreas afectadas, presentando una reducción significativa del 12 % con respecto al año anterior.

La deforestación durante el 2015 se concentró en las regiones de la Amazonía, con el 46 %, y la región Andina, con el 24 % del total nacional. Sin embargo, la región con mayor pérdida de bosque, ha sido la Caribe con 16.785 hectáreas, donde la superficie deforestada es equivalente al 1 % de la cobertura boscosa total de la región (que equivale a 1.746.754 hectáreas), lo que implica una pérdida importante en áreas de bosque seco tropical, característico de esta región.

   

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