POR: Andrea Melo Tobón Jueves, 09 Abril 2015

Este es un bogotano que se ha dedicado a retratar a personas de todo el mundo con el único fin de mostrar la belleza de sus gestos.

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osé Alejandro González lleva años retratando a los ciudadanos del mundo. Y por ciudadanos no nos referimos a un artista, un político o un personaje escarchado; más allá de un tema para una exposición específica, González decidió inmortalizar en su lente a aquellos que transitan la calle, porque les toca o porque les gusta, porque tienen su historia marcada en el rostro.

Desde 2011, José ha viajado por varios continentes y, cuando uno ve sus fotos, la nacionalidad de sus personajes se desdibuja en los surcos de la edad y el gesto de cada momento. González ha publicado cerca de dos mil fotografías y ha grabado al menos 260 piezas audiovisuales que cumplen la función de retratos parlantes: desde una inmigrante colombiana en Londres hasta un pescador en Caquetá, son personas comunes, sin filtros. Ha proyectado en el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona y en otros espacios de arte y bares de la ciudad; junto a David Barrera, ganó con The insider project el premio de ficción en la Plataforma de Innovación en Internet (INVI) de Radio Televisión Española en 2010 y participó con El septimazo de Fernando Vallejo en el Festival de Cine de Bogotá. Con 3101 subscriptores y casi 4 millones de visitas en su canal de YouTube, José ha creado un universo en el que ciudadanos de todo el mundo se encuentran en la pantalla. 

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González empezó a sonar hace unos cuatro años con el documental La verdad, en el que, entre otros personajes, un niño de quince años cuenta cómo perdió a su familia por su adicción a las drogas y cómo ha sobrevivido a las sombras de la calle. El desparpajo y la resolución con la que cuenta sin pena que robaba para poder conseguir bazuco, no solo habla de la realidad de muchos jóvenes en la capital sino que revela la capacidad del autor por acercarse a la gente sin juicios o morbo. Curiosidad pura y cruda.

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Cuando era pequeño, González no soñaba con ser veterinario o bombero, no tenía idea de lo que quería hacer con su vida. Barcelombia, como es conocido en las redes, decidió estudiar comunicación social en la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Sus acercamientos con el cine fueron con Víctor Gaviria, “yo creo que todo lo que he hecho y lo que he dejado de hacer ha sido por lo que sentí cuando vi La vendedora de rosas y Rodrigo D”. Su primera grabación fue con una cámara video 8 a un niño habitante de la calle que un día estaba bailando en plena calle 23 con carrera cuarta. Después de eso se fue hasta Argentina en bus durante unas vacaciones, pero cuando volvió a Colombia no halló razón para seguir estudiando y continuó con su viaje. Esta vez el destino fue Londres, donde le tocó conseguir trabajo como mesero, recepcionista y actor secundario; gracias a eso logró ahorrar para viajar a India y China.

Después de su recorrido, se fue a Barcelona a estudiar cine con el apoyo de sus padres y vio un montón de películas pero nunca entregó un corto. Sin embargo, siguió con esa manía de grabar gente en las calles.

Los papás de José Alejandro se llaman Lázaro y Pilar, él trabajaba en un banco y ella es astróloga y pintora, su hermano Carlos es diseñador. Don Lázaro sufre de Alzheimer desde hace varios años y José lo ha grabado desde entonces, “comencé un día que me llamó y me dijo que necesitaba que volviera a Colombia porque él ya estaba mal. Es duro, pero no me da tristeza”.

Barcelombia le dio forma a los retratos y los microdocumentales en el aeropuerto de Ciudad de México una noche de Navidad: le tomó fotos a las personas del aseo que eran las únicas que estaban a esa hora y desde ahí no ha parado. Ha conocido el Bronx bogotano, el infierno del bóxer en Medellín, la desolación de Armero… Muchos podrían pensar que se trata de pornomiseria, pero las historias de campesinos, carpinteros, vendedoras, inmigrantes, escritores y heladeros, entre otros personajes, hacen de su trabajo una inmersión en la oscuridad y la luz por igual. “Le gustan las cosas de riesgo, poco convencionales; eso para mí no ha sido fácil de entender”, confiesa su madre.

Actualmente José está en plena posproducción de una serie documental que se llama Todos somos buenos: se trata de un viaje que hizo desde Nueva York hasta Bogotá por tierra en el que retrata a un personaje por cada ciudad. “Vendí absolutamente todo lo que tenía: un coche, desarmé mi apartamento, me quedé con una maleta y los equipos fotográficos”, afirma el realizador. El viaje no fue fácil.

En Los Ángeles, lo primero que hizo fue ir a Skid Row, hogar de miles de indigentes que duermen esparcidos en los andenes; desde la mañana buscó un lugar donde quedarse pero mucha gente le gritó ofendida por la presencia de la cámara; incluso, un hombre lo confrontó: ¿qué es lo que usted quiere mostrar de este lugar?, después de darle un dólar, se pudo sentar a beber margaritas en un bar y a celebrar los retratos que hizo a pesar del ambiente pesado de la zona.

En Tegucigalpa, Honduras, un taxista lo dejó en un paraje inhóspito alegando que la dirección no existía, hasta que apareció un carro con tres hombres que lo recogieron y lo invitaron a quedarse con ellos durante una semana. Gracias a los contactos que hizo en sus viajes, mucha gente le ayudó a encontrar hospedaje en otras ciudades. Como no ha tenido financiación de ningún tipo, Juan Fernando Lava y Efraín Tarriba han estado junto a él en el proyecto mientras encuentran apoyo para finalizarlo. La serie se estrena el día de hoy así que esté pendiente de los capítulos en su fan page.

Puede que José, aun después de todo lo que ha recorrido, no sepa dónde acabará. Lo que tiene claro es que está gestando Proyecto Colombia, una idea que consiste en retratar todo el país por medio de fotos, videos y sonidos para crear un mundo audiovisual en la web donde el público pueda encontrarse “una Colombia más chévere”. “Tengo una obsesión con los campesinos porque son gente muy humilde que no tiene plata y le toca hacer cambalaches. Siembran una cosa, entregan otra. Además, nuestro país está bastante equivocado porque se quiere parecer a Suiza o a Estados Unidos. En cambio, hay una parte de Colombia que anda a caballo o a pie o que se levanta a las cuatro de la mañana a trabajar la tierra; quiero descubrir esos valores. El país necesita que sepamos quiénes somos”, afirma.

No tiene celular ni se preocupa por tenerlo. Lo único que necesita a la mano es su cámara Canon 6D y su lente favorito, un 85 mm. Le gustan el aguardiente, la cerveza y Chico Buarque. Es un hombre alto y calvo que tiene un aire extranjero: puede que sea el tiempo que vivió fuera, o solo sea que la gente se le pegó a la piel y ahora es un ciudadano del mundo.

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