POR: Alfonso Buitrago Londoño Miércoles, 28 Diciembre 2016

Durante 25 años, este reportero fotografió los estragos del conflicto armado en las zonas más apartadas de Colombia. Hoy muestra su trabajo en las ciudades para crear conciencia acerca de los beneficios de la paz.separador

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A punto de cumplir cincuenta años —nació en Medellín el 22 de abril de 1967—, casi tantos como ha durado nuestra violencia más reciente, el reportero gráfico Jesús Abad Colorado se dedica a recorrer el país dando charlas y revisitando muchos de los lugares trágicos que aparecen en sus fotografías de guerra. Hoy en esos viajes busca imágenes de cielos estrellados, imágenes que evocan la vida rural que resiste y se abre paso superando las heridas del conflicto armado.

Desde que se inició en el oficio en el periódico El Colombiano, en 1992, Jesús Abad ha documentado de forma permanente y sistemática muchos de los momentos más crueles de la guerra entre el Estado, la guerrilla y los paramilitares. Sus fotografías han sido publicadas en los principales periódicos del país y han hecho parte de más de treinta exposiciones, entre nacionales e internacionales. Ha publicado tres libros: Relatos e imágenes: El desplazamiento forzado en Colombia; Desde la prisión, realidades de las cárceles en Colombia y Mirar de la vida profunda, y ha colaborado en múltiples publicaciones colectivas que hablan sobre las víctimas, la resistencia civil y los derechos humanos. Ha recibido el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en tres oportunidades, el Premio Caritas, otorgado en Suiza, y el Premio Internacional a la Libertad de Prensa del Comité para la Protección de los Periodistas.

 

 

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El último año no ha sido fácil para Jesús Abad. Tiene las rodillas desgastadas y tuvo que ser operado de un hombro, producto de los rigores de su trabajo. No se le mira la cara a la violencia sin pagar un precio. Por estos días, además de seguir viajando para dar cuenta del daño que nos ha traído la guerra, aprovecha para recuperar parte del tiempo que no compartió con su familia en estos últimos veinticinco años dedicados a tomar fotografías.

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¿Cuáles son sus orígenes, de dónde viene su familia?

 

Hay una anécdota que refleja lo que a veces este país no entiende: están construyendo unos tanques de gasolina en el barrio Castilla, junto a la terminal de transportes, y mi papá está revolviendo y cargando concreto. Como sus manos no están enseñadas a trabajar con cemento, porque llegó a Medellín desplazado de San Carlos, Antioquia, la pala se mancha con sangre. Un capataz le dice: “¿qué le pasó? ¿se cortó?”, y mi padre le dice que no, que no estaba enseñado a trabajar con cemento. “Usted sí es muy flojo, hombre”. Y mi padre le dice: “Flojo no, señor, yo estoy enseñado a trabajar con la tierra y vengo derrotado por la violencia porque mataron a mi papá, a mi hermanito y mi madre se acaba de morir”. Estaban en el Frente Nacional, la forma como las élites han negociado la violencia: exacerban los odios, arrojan a la muerte a los campesinos y a los más pobres y terminan haciendo un pacto en el que se reparten el poder político y económico con total impunidad. Con la memoria de los campesinos y los ausentes no pasa nada. Ese es el surgimiento de las violencias que tenemos todavía. Pongo de ejemplo un caso familiar para mostrar a alguien que documenta temas del conflicto armado.

 

 

 

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¿Cómo es la historia de la fotografía de sus papás?

 

Es de hace dos años y medio. Un día fui a llevarlos a la cuadra de tierra que tienen en Olaya y le pregunté a mi papá si tenía alguna cosita para llevar para la casa. Me dijo que la cosecha se había acabado, pero que fuera a buscar con mi hermano. En un solo árbol encontramos los aguacates que aparecen en la foto. A la par cogimos unos zapotes y luego sacamos unas cosas de la casa y las pusimos afuera. Le dije a mi papá que se quedara con mi mamá para una foto. Mi mamá llamó a Luci, una hermana de crianza, especial. “No, yo estoy muy mal vestido”, dijo mi papá. “No papá, usted está bien vestido, así tal cual”, le dije e hice la fotografía. Y te digo que faltan la mitad de los productos que produce la parcela. La vida de un campesino, cuando tiene la tierra y quiere sembrar, en un país tan generoso como el nuestro, es tranquila y digna. 

 

 

¿Por qué terminó estudiando periodismo?

 

 

Cuando estaba terminado bachillerato, el periódico que llegaba a la casa de mi hermana mayor era El Mundo. En él leía a columnistas como Alberto Aguirre y Héctor Abad Gómez, que eran mis ídolos. Cuando me gradué me fui para San Andrés porque tenía dos hermanos viviendo allá y había la posibilidad de quedarse trabajando en un almacén o en un banco, pero me vine porque me quería presentar a Comunicación Social en la Universidad de Antioquia. La Universidad Nacional también tuvo mucho que ver. Mi padre empezó a trabajar en ella en temas de agronomía y avicultura. Aprendí a leer en las paredes con grafitis. Nunca se me olvida el día que pintaron un rostro en el bloque 46, de un muchacho de Pasto que habían matado en una pedrea, creo que era Edmundo Bravo. Fue como leer un dibujo que hablaba del conflicto. 

 

 

¿Cuál fue su primera fotografía del conflicto armado en Colombia?

 

 

En mayo de 1992 catorce militares murieron en una emboscada entre Mutatá y Dabeiba, junto a la escuela de Alto Bonito. Las primeras personas que llegamos fuimos Juan Carlos Pérez, que ahora trabaja en la BBC, y yo. Vimos los platos de peltre, los uniformes, y al fondo, a unos cuarenta metros, la escuela con las puertas cerradas. Quise asomarme a ver qué había quedado escrito en el tablero antes de que allí murieran catorce militares, y en el tablero de esa escuela estaba la historia de Caín y Abel. Era la historia repetida de Colombia, un país en el que nos hemos matado entre hermanos desde hace siglos.

 

 

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Y desde entonces las escuelas son parte importante de su trabajo...

 

 

Tengo una serie de fotos de tableros de escuelas que no es muy conocida. Recuerdo que en 1999 entré a una escuela abandonada en Caucheras, entre Mutatá y Chigorodó, y decía: “A la profesora la mató tal”, una cosa chiquitica, “ahora es buscado por todo el mundo”. Lo de las escuelas me ha impactado mucho. Urabá en los años noventa tuvo una alta tasa de asesinatos de maestros. Ser maestro era un delito, y si a la par estaban sindicalizados, peor. Enseñar a leer y a escribir en un país donde tanto ignorante tiene las armas, donde además tanta persona “inteligente” utiliza la política para acabar con el otro, puede verse como un crimen. Es muy sencillo mantener a la gente dominada por medio de la ignorancia.

 

 

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¿Cómo se prepara para cubrir un hecho noticioso?

 

 

Soy enfermo leyendo sobre la historia de Colombia, porque una cámara no es taxímetro para hacer fotografías. Para hacer fotografías hay que tener paciencia, contextos, y para eso hay que caminar. Nunca he tenido afán por chivas periodísticas. Cuando documenté Bojayá me ofrecieron miles de dólares por ese trabajo y no se lo quise vender a ninguna agencia internacional. Después inventaron que me habían amenazado para no publicar esas fotos, pero a mí nadie me amenazó. 

 

 

¿Tiene algunos principios en su trabajo que no negocia?

 

 

Si te digo “tomé una fotografía”, es una. No suelo trabajar con ráfagas, como es costumbre de muchos reporteros gráficos, sino foto a foto. En 98 de 100 fotografías que yo haya publicado, el encuadre con el que la tomé es con el que salen. Posiblemente, a veces por temas de la distancia o por un ruido, quito el distractor en el laboratorio, pero lo que el ojo vio es lo que queda. Otro principio que tengo es ir una vez y volver, no solamente ir por el hecho noticioso, sino volver a dialogar con la gente, compartir con ellos. Por eso me conocen; yo manejo una base de datos de unas dos mil personas adonde puedo llegar. 

 

 

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¿De qué están hechas sus fotos?

 

La decencia y la ética vienen de la casa. Desde muy niño he escuchado a mis padres decir: “¿Cuándo vamos a vivir en paz?, ¿cuándo se va a acabar esta guerra?”. He podido ver la resistencia, la resiliencia, en el Oriente antioqueño, en el Magdalena Medio, en el Chocó, en Urabá. La gente vive una tragedia y no pierde la esperanza; hacen música, poesía, pintura. He visto la vida misma de una persona como si fuera una obra de arte y lo único que yo tengo que hacer es apretar el botón de mi cámara. Uno hace clic con el dedo porque recibe pulsaciones del alma, y el alma está hecha de aprender a ver la dignidad, la belleza, la fuerza de tantos hombres y mujeres que en circunstancias difíciles siguen creyendo, educando, sembrando, haciendo constantemente un homenaje a la vida.

 

De eso trata su trabajo actual sobre los cielos estrellados. Háblenos de esa serie...

 

El último trabajo que estoy haciendo tiene que ver con unas fotografías en medio de cielos estrellados en regiones donde he documentado la guerra. Las hago en menguante porque no hay luna y se ven las estrellas. Además, porque es la época propicia para hacer corte o para sembrar. Tienen que ver con la esperanza de los campesinos, los pastores, los pescadores, en regiones muchas veces apartadas, donde no hay luz y la gente se guía por las estrellas. Esas fotografías juegan con ese sentido de vida. Las últimas las hice en 2016 en Nueva Venecia, un pueblo palafítico donde murieron cuarenta pescadores a manos de las AUC en noviembre de 2000. 

 

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Por esa misma línea está la foto de sus papás. ¿Cómo es la historia de esa fotografía?

Es de hace dos años y medio. Un día fui a llevarlos a la parcela que tienen en Olaya y le pregunté a mi papá si tenía alguna cosita para llevar para la casa. Me dijo que la cosecha se había acabado, pero que fuera a buscar con mi hermano a ver qué encontrábamos. En un solo árbol encontramos los aguacates que aparecen en la foto. A la par cogimos unos zapotes y luego sacamos unas cosas de la casa y las pusimos afuera. Le dije a mi papá que se quedara con mi mamá para una foto. Mi mamá llamó a Luci, una hermana de crianza, especial. “No, yo estoy muy mal vestido”, dijo mi papá. “No papá, usted está bien vestido, así tal cual”, le dije e hice la fotografía. Y te digo que faltan la mitad de los productos que produce la parcela. La vida de un campesino, cuando tiene la tierra y quiere sembrar, en un país tan generoso como el nuestro, es tranquila y digna.

¿Qué se necesita para ser un buen reportero gráfico?

 

Lo mismo que se necesita para ser un buen periodista. Leer mucho sobre la historia de este país, preguntar, caminar, pero sobre todo mirar con respeto a la gente sin importar quién esté al frente. A mí nunca nadie me ha dicho que mentí, que publiqué una foto y dije algo que no era. Esa es la garantía. Mirar de frente en una sociedad donde muchas veces hay clasismo, racismo, y miramos de acuerdo con la condición social del otro. El otro puede ser un corrupto, pero si es muy rico la gente casi se arrodilla para entrevistarlo. Ni arrodillarse ante el otro ni mirarlo desde arriba para menospreciarlo, porque es un soldado, o un guerrillero, o un delincuente. En este trabajo la sencillez debe ser la mejor herramienta.

 

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¿Cómo se mueve durante el cubrimiento en una zona de conflicto?

 

Soy historiador y contador de historias. No voy a un lugar a hacer clic, sino a entender el territorio. Por eso mi trabajo a veces es como una película, cuando voy a un lugar siempre miro qué se cultiva, cómo son las casas, qué hay alrededor, cómo se llega, ¿hay un grafiti?, ¿hay una marca en los árboles?, ¿qué quedó en el piso? Para poder ambientar y hacer una crónica fotográfica. Puedo volver a las zonas porque la gente sabe quién soy, no estoy al servicio de un poder político o económico, estoy tratando de dar fe de lo que pasó, ayudando a juntar los pedazos del espejo roto de la guerra y a encontrar la verdad. Y la verdad, hermano, generalmente la tiene la gente que ha sufrido, las víctimas de este país. Un actor armado o un actor político siempre te van a mentir sobre los hechos; la gente, no; la gente te dice quién lo hizo y por qué. 

 

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¿Qué tan difícil es no intervenir en un hecho que está fotografiando? ¿Ha sentido la tentación de dejar la cámara y participar en lo que está pasando frente a usted?

 

Pongo un caso: un policía coge a un muchacho de escudo humano, usted tiene que hacer la fotografía y también tiene que tratar de defender al muchacho. Esa famosa foto mía del INEM, la hice y casi me pegan con piedras y gases lacrimógenos. Una de las cosas que hice fue protegerme la cara con el morral. Tengo el rostro del muchacho y del policía, y me acerqué al policía y le dije: “por favor, no lo ponga de escudo humano. Si estaba tirando piedra métalo a la patrulla”. “Haga su trabajo, que yo sé hacer el mío”, me dijo. “Listo, señor”. Me fui para El Colombiano y al día siguiente la foto fue primera página y hubo un debate nacional porque en ese momento se estaba hablando de que en el sur de Bolívar el ELN estaba utilizando a los campesinos de escudos humanos. Hay momentos en los que uno tiene que hacer la foto y nada más, y hay casos en los que uno se mete un poco en la acción.

 

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¿Cuál ha sido el precio personal que ha tenido que pagar por su trabajo?

 

Físicamente tengo un desgaste de rodillas, por el peso con el que he caminado, y tengo un daño en el manguito rotador del hombro izquierdo. Desde el punto de vista personal, me perdí de compartir con la familia muchos momentos, algo que me conmueve. Por fortuna tengo la misma compañera que conocí en la universidad en 1987, ella estudiaba Trabajo Social. Esa mujer ha soportado los riesgos y las ausencias y se ha hecho cargo del cuidado de nuestros dos hijos. De los nueve años largos que trabajé en El Colombiano, durante ocho años descansaba sólo los días jueves. Sábados y domingos trabajaba en distintas actividades periodísticas o viajaba a las zonas de conflicto. Eso hace mella.

 

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¿Se arrepiente de haber tomado este camino?

No, a mí el periodismo me encanta, sobre todo el conocimiento que adquiere uno del país. Si este fuera un país en paz, con la riqueza que tenemos, si yo pudiera estar yendo a muchos más lugares de Colombia a ver un atardecer, a ver a la gente disfrutar, a los campesinos en sus cultivos, ver los ríos, los animales, la pesca… Me detengo ante una flor, ante el vuelo de una mariposa, contemplo un amanecer, la lluvia, soy feliz haciendo mi trabajo, pero me duele ver tanta injusticia y tanta tragedia. Ni uno nace ni se hace periodista para decir que la pasión de uno es la violencia o la guerra. Mi pasión es la vida.

¿Recuerda alguna lección aprendida en estos años?

Los paras y el Ejército habían hecho una acción conjunta en Ituango y la guerrilla los emboscó. Eso fue en julio del 97. En ese momento la noticia fue que iban militares y civiles, y después dijeron que no había civiles sino solamente militares. Nosotros teníamos unos compañeros en Ituango que nos armaron el puente para contar la historia. Me fui para la casa de Jesús María Valle, presidente del Comité de Derechos Humanos de Antioquia, y me senté a hablar con él. “¿Cómo vamos a hacer para contar lo de Ituango?” le pregunté. Me contó que el conductor del carro emboscado era fulano y que estaba en la clínica. “Esa es la prueba reina para mostrar la complicidad del Ejército con los paramilitares”, le dije. “Jesús, ¿usted ya pensó en la familia de ese señor?, ¿en los hermanos que él tiene allá?”, me dijo. “No, no había pensado en eso”. “Una noticia, o una chiva, jamás va a justificar la vida de alguien”. Una lección de ética y humanidad que le dan a uno grandes personas.

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Desde hace muchos años usted dicta charlas. ¿Sobre qué tratan?

En las charlas trato de contarle a la gente de las ciudades con qué huye un campesino y en qué va, si va a pie, a lomo de mula, en barco… y muestro imágenes. ¿Con qué viajan? Con animales: micos, cerdos, gallinas, y no exagero, los tengo con patos, loros. La gente huye con lo que quiere. Siempre que voy a contar historias de este país lo puedo hacer con una presentación general o con un caso en particular: San José de Apartadó, por ejemplo. Tengo fotos desde 1997, cuando era Comunidad de Paz, y los vi recoger sus cosechas protegidos por miembros de la Cruz Roja Internacional. Con el paso de los años he registrado su dolor, su resistencia y su lucha por una vida digna. Puedo ir a 2003, o a 2005, cuando fue la masacre. El mismo lugar, distinto año, la misma tragedia. Muestro esas imágenes, acerco a las personas de las ciudades a la realidad de los campesinos de este país, que han sufrido tanto. Con las charlas se genera una reflexión y un compromiso con el país, no una búsqueda de venganzas.

¿Cómo ve las décadas que vienen?

Todo depende de los dirigentes políticos y empresariales y sus planes. La gente de abajo siempre está dispuesta a trabajar por la paz, han sido los grandes perdedores. Si hay liderazgo y todos nos proponemos construir un país distinto, en el que la educación y la salud no sean un privilegio, si entendemos el momento que estamos viviendo y dejamos la mezquindad y las pugnas, si entendemos que la corrupción es nuestro gran mal y que todos debemos trabajar por respetar la vida y cuidar y rescatar lo que nos queda de naturaleza y nos ponemos la camiseta para sacar el país adelante, este país será maravilloso. Lo contrario es la continuidad y perpetuación de las violencias.

separador// Fotografías: Natalia Botero //separador

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