POR: Diego Leonardo González Rodríguez Miércoles, 25 Enero 2017

La historia de Gerardo Gaitán, o de Grond xXx como se le conoce en el circuito, es la historia del personaje más lastimado de la lucha libre mexicana.

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Cuando Gerardo Gaitán era niño le gustaba pelear contra las almohadas. Se imaginaba encarnando al Santo, quería ser recordado como una leyenda de la lucha libre. A punta de musculatura consiguió volverse un peso pesado dentro de los cuadriláteros de México, aunque nunca imaginó que haría célebre a su personaje no por su físico o sus golpes, sino por sufrir múltiples lesiones y fracturas, algunas en vivo y en directo. 

En su Tijuana natal tuvo una infancia deportiva: practicó fútbol americano, boxeo y full contact. Pero de todas las disciplinas sentía un amor bonito por la lucha libre y por sus dos ídolos, Santo y Blue Demon.

Desde muy temprano quiso ser fisicoculturista, como sus hermanos, para representar a Tijuana en el concurso de Mister Baja California. Para costearse los suplementos vitamínicos que le exigía su dieta comenzó a trabajar en la noche limpiando pisos en un centro comercial. Dormía en los contenedores de basura junto a las ratas y muchas veces sacaba su comida de ahí mismo.

—Uno se busca el camino de una u otra forma para llegar, y ese fue el mío. No importa, sé que cualquiera lo hubiera hecho —dice.

A los 17 años cumplió su sueño de competir en el concurso de fisicoculturismo Mister Baja California Juvenil, pero no le fue bien. 

—Tristemente no ganó. Fue una injusticia, él sólo cuenta con unas fotos —dice Johana Bautista, su esposa, también fisicoculturista.

Al comenzar a practicar lucha libre descubrió que le faltaba musculatura, así que su primera meta fue hacer de su cuerpo un monumento a los músculos. No estaba conforme con sus 77 kilos, por lo que durante cuatro años se consagró a una rutina de fierros que le dio como recompensa 120 kilos de poder muscular. Al tiempo trabajó la agilidad entrenando full contact y box.

Sintiéndose cómodo con su físico comenzó a buscar entrenadores para que lo iniciaran en la lucha. Entre otros se acercó al Rey Misterio para que le enseñara, pero no encontró la respuesta que esperaba.

—Me dijo que yo no era luchador sino culturista. “Olvídate”, me dijo, “en la vida vas hacer tú alguien en la lucha libre”. Me costó encajar ese comentario, pero al poco tiempo empecé buscar por otros lados.

Gerardo sabía que en Monterrey vivían luchadores corpulentos de la talla de Tarzan Boy, Latin Lover y Héctor Garza. Migró a la Sultana del Norte y empezó a ir de gimnasio en gimnasio hasta que en alguno consiguió que lo entrenaran.

Aprovechando que Antonio Peña, directivo y fundador de AAA —la empresa de lucha libre más importante de México—, estaba de gira en Monterrey, decidió pintarse el cuerpo de rojo y ponerse sus botas, cambió el color marrón de sus ojos por unos lentes de contacto blancos, se ciñó su calzón de fisicoculturismo rojo y una máscara de Satán y se cubrió con una capa.

Se inventó una excusa para presentarse ante el directivo, le dijo a un asistente que Peña lo estaba esperando. El ayudante lo llevó ante el empresario sin confirmar la información.

—Señor, que tiene cita con usted este muchacho.

Sin desaprovechar el tiempo, Gaitán le soltó a Peña:

—Señor, quiero ser estrella de la lucha libre. 

El empresario, un poco sorprendido por la pinta y el empeño del muchacho, preguntó:

—¿Has luchado?

—No, nunca he luchado.

—Entonces cómo quieres —le dijo divertido el señor Peña.

—Pues ahorita lucho. Yo puedo contra ese tal Cibernético.

—Pero no funciona así. Va Cibernético, Abismo Negro y Electroshock ¿Te avientas hacer tu primera lucha así?

Antes de contestar se preguntó qué cosa podía ocurrirle que no hubiera sorteado en los torneos de full contact y box en los que había participado durante la adolescencia. Pensó en la oportunidad. Pensó en el dinero. Y dijo sí. 

Gerardo siempre quiso estar del lado de los Técnicos, por eso personificó al diablo para que lo protegiera de los Rudos. Y se ayudó aferrándose a sus conocimientos de combate. Subió al ring por primera vez en la Arena Solidaridad (Monterrey), acompañado de Canek y Aquelarre. Su bienvenida fue 

—¡Wow! Mi primer golpe, un sillazo directo a la boca, me tumbó los dientes. En ese momento me di cuenta en lo que me había metido. 

En su primera presentación no sólo perdió dos piezas dentales: también el combate, recuerda hoy sentado a la entrada de su gimnasio en la Ciudad de México.

Días después, Antonio Peña le pidió a Gerardo que diseñara un personaje, pero el nuevo gladiador se había adelantado y le presentó al empresario ocho bocetos de personajes diferentes. Los nombres que había escogido para todos sus guerreros eran ostentosos, porque no quería que lo llamaran Alebrije, Cuije o Mosco de la Merced.

A Peña le gustó el octavo personaje, un diablo: cuernos, pezuñas y tanga roja. Gerardo no quería caer en la obviedad de un nombre como Satanás, Luzbel o Diablo. Entonces buscando al azar en un diccionario italiano-español encontró la palabra gronda

—Me gustó gronda que es gárgola, y dije está padre, a mí me gustan las gárgolas por musculosas. 

Al fundador de AAA le gustó el nombre, aunque en realidad significa “alero”, o sea la parte inferior de los tejados que sirve para desviar el agua de la lluvia.

Después de confeccionar su personaje hizo su debut oficial en noviembre de 2001, en la Plaza de Toros México, en un evento denominado Lucha de Titanes. Vistió su atuendo diabólico y se metió en una cabina escondida entre el ring y los vestidores, esperando la señal para salir.

En la lona luchaban Cibernético vs. Antonio Peña por quién se quedaría con el control de AAA. El directivo volvía a un enfrentamiento después de 15 años de haber personificado a Kahoz por última vez.

Una explosión y luces artificiales anunciaron la salida del nuevo personaje. Esa Gronda noche enfrentó a Los Vipers: Cibernético, Abismo Negro, Histeria, Psicosis y Maniaco. Sintió un odio especial por Cibernético; se trenzaron a golpes e hicieron que naciera una nueva rivalidad dentro de la AAA.

Gronda dentro de la arena no fue sociable, tenía claro que no había llegado a la lucha libre para hacer amigos. Él quería hacer dinero y luchar. Identificó su carácter con el de L.A Park y Dr. Wagner Jr., 

—Gente que no se deja mangonear, y al final de cuentas los temperamentos parecidos terminan unidos —afirma mientras se ilumina en su hombro derecho el tatuaje de Superman.

Gerardo estaba acerando los rieles de su destino como parte de las luchas estelares de AAA. Su locomotora avanzaba a buen paso y trancazo, su personaje se hacía cada vez mas visible para el público. Pero por el ajetreo no pudo advertir lo que se le venía pierna arriba.

Por su carácter, en la AAA crecía un descontento contra Gronda. La molestia se agudizó cuando personajes como Máscara Sagrada o La Parka se dieron cuenta de que la pintura roja que utilizaba el diablo para cubrirse el cuerpo manchaba sus trajes blancos. Arriba del ring los rivales de la gárgola le demostraban a golpes su descontento. Abajo del cuadrilátero se quejaban con Peña. 

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La primera lesión (y las siguientes)

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El 30 de septiembre de 2002 en Ciudad Madero, Tamaulipas, Gronda, Latin Lover y La Parka enfrentarían al trío de Cibernético, Abismo Negro y Jason El Terrible. En la primera parte del encuentro Gronda midió fuerzas con Jason. Se ofrecieron sus mejores golpes: desnucadoras, guillotinas, patadas voladoras; tras una seguidilla de golpes propinados por Jason, Gronda se sintió noqueado, pero no quería rendirse y decidió volar desde la tercera cuerda. Cuando aterrizó se resquebrajó la tibia y el peroné.

La gárgola se comportó con naturalidad dentro de la lucha libre: lloró, gritó, tomó aire boca arriba, golpeó el ring. Sus largas botas rojas se empaparon de sangre. Los comentaristas dijeron que era la imagen del año. Fue sacado en camilla, lucía como un pobre diablo mientras apretaba el infortunio con las manos sobre el rostro.

Los cirujanos drenaron varias veces la pierna, que estuvo a punto de gangrenarse. En un momento creyeron que debían amputarla, pero al final lograron salvarla. A los siete meses la fractura soldó y Gronda volvió al ring, pero tendrían que pasar cinco años y cuatro cirugías más para recuperarse de esa fractura.

La AAA solventó todas las operaciones de la pierna izquierda y mantenía el salario de Gerardo mientras se recuperaba. Pero cuando volvió a la empresa, siete meses después de su lesión, descubrió que su personaje ya no le pertenecía, tenía un doble suplantándolo desde hacía tiempo. Estaba tan comprometido con su personaje que prefirió renunciar, y a los dos días se enteró de que Antonio Peña lo había demandado. 

—Me saca en la prensa y me dice que yo no puedo usar mi nombre —dice Gronda.

Gerardo no quiso emprender un pleito legal. Cambió de nombre ágilmente, le quitó la A y le agregó tres equis: Grond xXx.

Dejó atrás la AAA. Se dirigió al Consejo Mundial de Lucha Libre, pidió cita con Francisco Alonso Lutteroth y a la semana ya le habían comprado 40 fechas.

Luchando para el Consejo Mundial se rompió el pecho —su pectoral izquierdo tiene un hoyo del grosor de un puño—. Después pasó a otras empresas y allí se destrozó músculos, tendones, nervios y arterias, órganos, otros huesos. 

—Aproximadamente son como nueve fracturas y ocho lesiones graves que necesitaron hospitalización.

Por tres años sólo pudo encoger los dedos medio, índice y pulgar. Cada vez que tomaba un avión para cumplir con las giras sentía que la cabeza le iba a explotar, se le desprendió la rótula de la rodilla derecha cuando otro luchador le cayó encima.

—A los dos meses me tuvieron que cortar como dos puños de la pierna…

Las compañías con las que fue trabajando se hicieron cargo de sus lesiones: Perros del Mal, la Wagnermanía. Hasta la gente se solidarizó con el gladiador caído en desgracia: en varias ocasiones los comerciantes de Tepito le donaron suplementos vitamínicos.

En el país de los luchadores los odios se salen de los encordados. Cuando Grond xXx ingresó al Consejo Mundial de Lucha Libre muchos compañeros le reiteraron la rivalidad. En varios combates se dio cuenta del “coraje” que le tenían, y esa actitud en vez de apabullarlo lo hacía sentir bien “padre”. Por esos años inició su enemistad con Místico; se desgarró el pecho enfrentándolo. 

Para poder cumplir con las funciones Gerardo tomaba relajantes musculares, necesitaba matar el dolor de su cuerpo, tenía mucha presión: 

—Tú me firmas tantas fechas y tú tienes un compromiso —explica.

Comenzó a tomar painkillers para poder cumplir con la gira, para poder cumplirle a las empresas, para poder cumplirle a sus fanáticos, para no meterse en un problema legal, para no perder la inversión en publicidad, para poder dar un buen espectáculo. Así estuviera agotado, Grond xXx salía al cuadrilátero a cumplir sus compromisos. Salía así hubiera luchado los siete días de la semana seguidos, hasta tres veces al día, y hubiera comido solo una vez. 

Fueron años frenéticos en los que tenía que sobrevivir a la jaula, salvar la máscara, salir de la arena, tomar el avión, regresar al Distrito Federal, buscar el desayuno, llegar a casa, descansar, luchar de nuevo, entrenar. Estaban el estrés, la desconcentración, el alcohol, una nueva fractura, la rodillera ortopédica, los analgésicos...

—Apenas es el inicio de la era de los esteroides en México —dice Ernesto Ocampo, editor en jefe de la revista Superluchas, cuando se le pide una opinión sobre Grond xXx.

Rafael Ugalde —médico de la Comisión de Lucha del Estado de México— dice que muchas de las muertes que se producen arriba del encordado son por lesiones crónicas que causan afecciones cardiacas o neuronales. Y agrega: 

—Cuando vemos ya muy lesionados a los luchadores, que tienen el compromiso de subir a un evento, no se lo permitimos. Aquí se lleva un protocolo que hasta cierto punto es estricto.

Todo iba lo suficientemente descarrilado como para imaginar que empeorara, pero empeoró: una pancreatitis tuvo a Gerardo al borde de la muerte y sin beber un sorbo de nada durante 15 días. Ahora dice esa pancreatitis le salvó la vida.

—Si no hubiera sido esa pancreatitis hubiera sido otra cosa más fuerte, y yo no estuviera aquí —dice Gerardo. 

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Un nuevo comienzo

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Estuvo un buen tiempo por fuera de los encordados, cuidándose, intentando recuperarse. Un día King Gerardo Gaitán, su hijo de 7 años, le dijo:

—Papá, un señor se robó tu máscara, ve y quítasela, está saliendo en la tele.

En ese momento decidió que era tiempo de enfrentar al farsante que se había atrevido a tomar su nombre, su imagen.

A Gerardo no le interesaba luchar por su seudónimo o recuperar a su personaje: quería simplemente arrancarle la careta al imitador. Entonces firmó un contrato con AAA para encontrase con su gemelo, pero la condición era que no debían tocarse durante el anuncio del evento.

—Quería demostrarles que las cosas no son así y que aunque ellos en la vida quieran estarse robando los personajes o usurpando a la gente, en el mundo hay un karma —dice Gerardo aún con enojo.

Llegado el día, en el evento programado de Pague Por Ver, incumplió el contrato con la empresa pero cumplió la promesa a su hijo: le arrancó la máscara a la copia. Le dijo a Dorian Roldán —vicepresidente de AAA— que a Grond xXx no le interesaba su empresa. Solo quería desenmascarar al impostor.

En su página de Facebook, Gronda Triple X Resurreccion recordó el evento con este mensaje: “Pobre imbécil, decía que era mejor que yo, no pudo ni tocarme con todo y el apoyo de su empresa”.

separadorEl rey Gerardo

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Grond xXx logró que la gente reconociera quién era el verdadero Gronda para complacer a su hijo. El pequeño King es su razón de vida, por quien abandonó el norte del país para irse a vivir a Ciudad de México. Por el niño desocupó su ajetreada agenda, prefirió los momentos familiares antes que la lucha, eligió recoger a su heredero en la escuela a dar entrevistas en televisión.

Su hijo le dio el empujón emocional que necesitaba para superar sus fracturas, caídas y retiros. El pequeño soportó los gritos de dolor de su padre cuando se daba por vencido, superó la distancia cuando no lo dejaban ver a su héroe recuperarse de la pancreatitis que casi lo deja huérfano.

Gerardo está preparando a su hijo para un posible futuro como luchador, pero antes desea que se gradúe de nutriólogo, como él. Quiere que su hijo le siga los pasos para que llegado el momento le pueda entregar su máscara: 

—Quiero llevarlo al Coliseo Romano y entregársela con tierra de ahí.

Sabe que heredarle una carrera deportiva a su hijo es clave en la vida: 

—El deporte me ha dado cosas grandiosas. ¡Híjole!, no sabes cuántas veces me ha sacado de hoyos.

Grond xXx ha anunciado su retiro en varias oportunidades. Por lo pronto, logró reducir la velocidad de su vida, cambió el andar estrepitoso de las giras de la lucha libre por las consultas de nutriología. Cambió las llaves, las voladoras y los golpes por dedicarse a su físico. Desde las cinco de la tarde atiende el gimnasio: abre, barre, hace informes, enseña, da gracias a Dios.

Su hermano policía le ha dicho que se meta de Federal, y su hermano nutriólogo le ha propuesto que hagan seminarios. Pero a sus 33 años Grond se rehúsa a dejar del todo el mundo de la lucha libre.

—Sólo tengo esta vida, ya invertí creo que la mitad de mi vida, o no sé cuánto me queda en cuanto a lo que quiero ser —enfatiza la gárgola.

Grond xXx espera que si vuelve a tener una oportunidad en la lucha libre pueda lucir sus dos rodilleras ortopédicas enfrentando a los grandes: Dr. Wagner Jr., L.A Park, Cibernético o el Hijo del Santo. Pero los pronósticos médicos no son favorables: 

—Los doctores me dicen mil cosas. Que “deja de hacer pesas para que cures tus oídos, deja de hacer dietas para que tu páncreas esté sano, deja de luchar para que tus huesos no se vuelvan a romper”, porque son tendones ya recocidos.

Pero Gerardo no puede retirarse porque fuera del cuadrilátero no se siente vivo. Le hace falta la lucha, siente que a su edad tiene mucho más para dar. “Sobrevivir hoy, mañana, pasado, pasado y pasado” ha sido el único objetivo de este demonio luchador.

Tal vez fue dormir con las ratas o comer del basurero para poder llevar su dieta, o que le negaran la oportunidad en la lucha en su tierra natal o por llevarle la contraria a los doctores, o simplemente para sentirse vivo, fue que decidió que el final de su historia sólo lo escribiría él. 

—Yo lo empecé, yo lo acabo. ¿Cuándo? Cuando yo lo decida y como yo lo decida.

separadorDiego Leonardo González Rodríguez: 
Periodista de la Universidad Los Libertadores de Bogotá, hizo la maestría en periodismo del diario Clarín, de Buenos Aires. En la actualidad vive en México.
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