POR: Juan Carlos Lemus Martes, 28 Marzo 2017

Adiós entusiasmo, la ópera prima del director colombiano Vladimir Durán, es una película extraña, llena de preguntas que no se resuelven. Hablamos con él luego de su estreno en la Berlinale.

Vladimir Duran. Premiere Mundial Berlinale. Credito Berlinale Forum

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erlín es una ciudad que encuentra las formas de hacerte notar que eres inmigrante. Adiós entusiasmo, y su director colombiano Vladimir Durán, atisban explicaciones a las sensibilidades que nos hacen buscar escapar de nuestro origen.

A la Berlinale no llegan muchos directores colombianos, así que apenas unas horas después de anunciada la participación de la película Adiós entusiasmo, coproducción colombo-argentina, en la sección Forum de la Berlinale 67, ya había contactado a Vladimir Durán. Además, es su ópera prima, un doble motivo para no perder la oportunidad de conversar con él.

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Me confesó que estaba en pleno corre-corre final. El parto no había terminado aún y le faltaba rematar la edición. Como él no sabía aún fechas ni horarios de exhibición, no podía dar un momento exacto para atenderme.

Adiós Entusiasmo está situada en Buenos Aires. En un apartamento de  corredores y espacios amplios vive Alex (Camilo Castiglione), un preadolescente vivaz, bajo el cuidado de sus tres hermanas: Antonia (Mariel Fernández), Alejandra (Martina Juncadella) y Alicia (Laila Maltz). Su mamá, Margarita, por motivos que no conoceremos pero que podremos ir intuyendo, está encerrada en una habitación y solo oiremos su voz a través de una ventanita en un baño. Una voz particular que, como el Espíritu Santo, opera en todo el espacio con su constante y abrumadora presencia. Y las rarezas no paran allí: celebran su cumpleaños, organizan una especie de obra de teatro, gritan, discuten es un espacio cerrado y claustrofóbico. Las presencias femeninas son protagonistas, pero las masculinas son estrambóticas. Por ejemplo, está Bruno (el mismo Vladimir), un colombiano amigo de Antonia que, aunque fuera de cualquier contexto, revisa los videos familiares en la sala de esa casa. La dirección de arte permite a través de esos videos caseros y de una música obsoleta una atemporalidad en la que el director se planta a mirar las almas de las familias y sus sobras con las sensibilidades y sensaciones extravagantes que por ello devienen. Las preguntas que quedan abiertas son muchas.

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Después de días de mensajitos de texto que van y vienen, de intentos que no pasaron de allí y se hicieron desencuentros —por andar perdidos dentro del festival y la ciudad que lo alberga—, como en su filme, la cita se enredó más de lo esperado. Las preguntas que me dejó la película daban vueltas en mi cabeza y aumentaba tanto la curiosidad como la ansiedad. Por fin, en pleno meridiano del festival, el catorce de febrero reconozco a Vladimir —él tiene un halo de rolo inconfundible— al fondo del segundo piso del Starbucks del Sony Center, en pleno Postdamer Platz, corazón de la Berlinale. Le veo hablarle al celular a la usanza del día de hoy, como si fuera un walkie-talkie. Él me hace señas para que le espere. Cuelga pronto y saluda con seguridad y afabilidad. Nomás el típico saludo, y al colombianísimo “¿todo bien?” él se confiesa: “El cliché de la depresión posparto después de hacer la obra, y me da en este frío”.

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Petulancias aparte, Durán transpira confianza. Es un canchero, como diría un argentino. Porque aunque este es su primer largo, y está en “la Berlinale, el festival más grande del mundo abierto al público”, no es la primera vez que pisa una plaza así. Ya en 2011 anduvo con el corto Soy tan feliz por Cannes, peleando contra otros nueve la Palma de Oro. Además, el cineasta nacido en Bogotá hace cuarenta años, ha sido director de publicidad de reconocidos comerciales en Argentina y España, con los que se ha hecho merecedor de varios leones de Cannes, Clio, D&AD, el Ojo de Iberoamérica. Sin embargo, esta parte de su vida la quiere tener en off, como a Margarita en el filme, cuando habla de su labor en el cine.

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“¿Nos conocemos? Me sos muy familiar”, le pregunto. “Tu cara también me suena de algún lado”, dice él. Asomados en lugares comunes no pudimos clarificar nada. Algo parecido pasa en Adiós entusiasmo. Porque aunque la primera entrega de Durán trae recuerdos de otras obras con familias escondidas, laberínticas y enredadas Mustang, o Wolfpack (ambas de 2015); o ciertos aires del nuevo cine griego como Miss Violence (2013) de Avranas, o el de Lanthimos, tal como mencionaron algunos críticos en Berlín—, estas similitudes no ayudan en el entendimiento de la película. “Chévere que lo que uno cocina le sepa a algo ya probado a otros. Pero esas nos las considero como influencias directas —responde cuando se le hace mención a esas reminiscencias—: Crecí dentro de una atmósfera completamente cinéfila [Vladimir es hijo de los directores Ciro Durány Joyce Ventura], donde el cine era una especie de Dios, con lo bueno y malo que eso tiene. Siempre he tenido muchas influencias. Hoy, que llevo ocho, diez años estudiando teatro y dirección de actores, es eso lo que ha ganado mucha influencia en mí. Entonces, como motor creativo me mueve la técnica actoral y cómo trabajar la improvisación y la creatividad con los actores”. Sobre algo más puntual dentro del cine recuerda: “El desencanto (1976), un documental de Jaime Chávarri, que trata sobre la familia Panero y lo que pasa con ellos, es lo que yo quería desarrollar con los actores: lógica aberrada y corrida, gente que piensa distinto al lugar común”.

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El bogotano pide mucho del espectador para que no se pierda dentro de este filme laberíntico y pueda captar el mensaje que quiere dejarnos en cuanto algo de teatro del absurdo hay. Ytal vez por culpa de ese absurdo —estresar el ambiente familiar sin que se tengan los elementos necesarios para entender por qué— fue donde más dividió a su audiencia, tanto en Berlín como en Cartagena, cuando algunos se escurrieron a la salida en medio de sus exhibiciones. 

“Aunque [hacer teatro] es algo que tengo pendiente, en este caso no me nacía. Quería hacer algo con los actores en un espacio más real que un escenario. La idea era desarrollar mucho el lenguaje cinematográfico jugando con los fueras de campo y con un personaje que desde allí generara una deconstrucción del espacio y de la claustrofobia emocional. Quiero eso en mi cine: información sustraída para que ganen los actores, los espacios deconstruidos”.

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Se hace claro el asunto de la mamá en cuarentena cuando Vladimir explica: “Una persona que es esa voz en off que invade toda la casa apesar de vivir encerrada en un cuarto. Eso tiene que ver con la maternidad”. Y ahonda en su revelación sobre la maternidad: “Un psicoanalista alemán, después de una de las proyecciones, me vino hablar de todo el aspecto freudiano. Pensaba que yo hacía referencias a Freud en la película. Realmente no lo hice así. Sí hay temas: la maternidad, la infancia, la relación con la madre del niño, las relaciones familiares. Pero no sé exactamente qué quise decir. Más bien sé que quise explorar: la relación hijo-madre, sobre todo con una madre sobrepasada emocionalmente, y en donde los hijos deben jugar a hacer de padres de ellos mismos y hasta de su propia madre”. Adiós Entusiasmo al no ser capaz de unificar criterios en torno a ella, logra tocar ciertas sensibilidades en otros que sí ven respuestas a los planteamientos internos que el director plasma en su panorámica revisión familiar.

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El filme cuestiona, y uno queda como finalista de concurso de belleza: sin pistas para responder cómo y por qué se llegó a esta situación. Durán, ganador del premio a Mejor Director en el FICCI 57, comenta: “Fue una decisión tomada desde el principio, y nació de algo muy concreto, autobiográfico de parte de mi coguionista. Podía haberse resuelto fácilmente, pero lo dejamos así porque pretendíamos que emergiera más al primer plano la parte de las relaciones humanas. ¿Es un encierro metafórico o es algo concreto, real? Es real, pero la decisión de dejar esa información flotando se basó en el interés de experimentación que pretendo hacer con el cine. No quiero hacer cine experimental en el sentido clásico, sino experimentar con el cine. Que lo anecdótico quedara relegado. Si me salió o no, es otro tema, pero como director me cumplí. Lo demás queda dentro de la subjetividad del cine. Yo sé qué película hice, no buscaba una película para todo el mundo. Lo que quise buscar lo exploré en ella. Y sí, cambiaría muchas cosas, pero no sabría claramente qué. Porque si la volviera a hacer, o una nueva, haría el mismo proceso de indagación con los actores. Eso siempre te va a llevar a las imperfecciones que busco”.

Un mexicano, que nos enteramos vive hace más de diez años acá, nos trae los cafés. Él da pie para saltarme un par de preguntas y llegar al tema migratorio que se intuye en Adiós entusiasmo. “Escribí el guion con Sasha Amaral, un brasilero con un pasado familiar y social parecido al mío, similar a donde yo crecí. Una familia local donde hubo muchas referencias cosmopolitas. Con ello tratamos de generar un universo orgánico donde se desenvuelve esta familia con cierto bagaje cultural, con esa visión amplia de la vida. Mi presencia como Bruno dentro de la película era decisión tomada más allá del cumplimiento de cuotas de la coproducción”.

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Por lo que este personaje, Bruno, desarrolla dentro del filme, algún colombiano, dejando ver nuestra paranoia, le preguntó si no había burla o sorna por su origen. El director lo negó en público, y en privado explicaría que la situación: “[Las burlas] no se dan por el hecho de su origen; si no en cuanto él es el outsider por referencia para esta familia. Entonces hubiera podido ser hasta de otro barrio o de Córdoba. Es el que invade, y lo hace con tanta torpeza e ingenuidad que, aunque en apariencia resistido, termina por ser aceptado dentro de esta lógica un tanto corrida y sobrepasada que se da en el filme. Y esa era la exploración que me interesaba hacer… El habla es lo que nos hace sentirle como outsider, no es solo algo emocional. A mí me importa saber qué pasa cuando uno viaja, cuando uno se mueve, cuando se pone fuera de lugar no como un migrante económico, sino como una persona en cierto naufragio emocional. Sentirse en cierto lugar ajeno”. 

Para el director bogotano, emigrar a veces va más allá de lo que se presenta como primeras explicaciones al fenómeno. “En Berlín en el frío, por ejemplo. Ese tipo de cosas”. Y se alarga: “Colombia, siempre hemos sido un país emigrante. Hay mucha clase media que quiere formarse y a la que le va mejor irse a Buenos Aires a recibir una educación de mejor que pagar una universidad de garaje en Colombia”. Él, que salió del país hace más de diez años para estudiar antropología en la Universidad de Montreal, se encuentra dentro de sus palabras.

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Y se cuestiona: “¿Por qué emigramos los colombianos? Porque para ciertas sensibilidades Colombia es un lugar difícil, y eso genera una expulsión emocional a sitios donde se pueda sentir uno menos invadido. Yo me siento expulsado a pesar de venir de una familia privilegiada en mi país. Tuve la tendencia de salir por expulsión emocional. Asimismo, considero que más que un cambio político, ha habido también cambios internos importantes que han permitido la migración”. 

Poco antes de terminar, confiesa que hará teatro en Buenos Aires. Una obra dirigida por Agustina Muñoz en el teatro San Martín. También que: “Después de muchas cosas y momentos de la película en algún punto toca, como dijo alguien, abandonarla. Yo estoy feliz con el resultado, con sus defectos y lo propositivo de mi ópera prima. Espero respetarme siempre durante mi carrera: explorar y estar abierto a la imperfección”.

En este momento está trabajando en El hermano extranjero, su segundo largo donde además de lo dicho confía también en seguir explorando eso que el llama migración emocional. Y nos da un adelanto: un colombiano, hijo de papá argentino, en plena crisis de los cuarenta se va a buscar al país paterno ese lado de su familia que conoce poco a ver si se encuentra. Habrá que seguirle la pista a las búsquedas de este director rolo.

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separador// Fotografías: Manuela Uribe //

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