POR: Chucky García ILUSTRACIÓN: Álvaro Cardozo Lunes, 20 Octubre 2014

Con todo respeto (y aunque nos duela en el fondo del corazón), sabemos que algún día se acabarán Los Simpson. Así nos imaginamos que será su último episodio.

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Como cualquier otro día de la semana, Bart Simpson sube al autobús de la escuela y luego de saludar a Otto se queda en silencio porque los niños lo miran al mismo tiempo. Todos los ojos están sobre él y, cuando se sienta junto a Milhouse, su lambón compinche, este le dice que es increíble que después de tantos estos años jamás le hubiera confiado que él era en realidad otra persona.

—Ahora sé cómo se sintió Mary Jane Watson cuando descubrió que Peter Parker era el lampiño de la trusa y no el sensual y bronceado Dr. Octopus—, dice.

En casa, Marge le toma una vez más la temperatura a Lisa y, al ver que el mercurio sube hasta el tope del termómetro, repara en que la fiebre de la sabionda niña va en aumento. Lisa le dice a su mamá que además de los escalofríos siente un pequeño tumulto en su brazo; en respuesta, Marge le revisa la extremidad con una lupa hasta encontrar una roncha sobre la cual aparece recostado un raquítico bicho con mala cara, mostacho poblado y pinta de inmigrante. “¡Aghhh!”, grita Marge, así que Lisa agarra la lupa y lo mira sin escrúpulos; de la cama salta hasta su computador y a través de un motor de búsqueda descubre que se trata del Aedes Albopictus, el zancudo que en Centro y Suramérica causa el Chikungunya. Lisa se pregunta cómo pudo ese mosquito llegar hasta su casa en Springfield y, como en un flashback, las imágenes aparecen en su mente con total claridad:

Homero está sentado frente al televisor viendo la IndyCar. El narrador de la transmisión que llega a todos por cortesía de cigarrillos Laramie dice que el competidor más rezagado es Juan Pablo Montoya, un encorvado e hispanoparlante piloto que corre para un equipo patrocinado por una mula que toma café a rienda suelta. Una vez el piloto hace una parada para cambiar llantas y reabastacer combustible, aparecen varios tipos con pinta de mafiosos y le desvalijan el bólido. El piloto se toma la cabeza con las dos manos, se quita el casco y dice “Estúpido casco de la buena suerte, debí cambiar mis vacas por esos fríjoles mágicos”. Al ver la escena, Homero se levanta y grita “¡Quiero ese sombrero!”. Dos días después, Homero está en el sofá viendo la televisión con el casco puesto, junto a él está Lisa y del casco sale un zancudo que, sin pensarlo dos veces, pica a la pequeña nerd en el brazo.

Al llegar a la escuela primaria de Springfield, Bart camina por los corredores mientras los niños lo siguen mirando con asombro. Rafa Gorgory se le acerca y le dice “Te descubrieron” y Nelson Muntz, el buen Nelson, lo señala y luego le dispara su clásico “¡Ha ha!”. Por el megáfono, el profesor Seymour Skinner llama a Bart a la rectoría, y cuando Bart cruza la puerta le presenta a dos investigadores del FBI, quienes después de identificarse lo detienen por ser la persona que se esconde detrás de El Barto. Le explican que llevan varios años tras la pista del extraño ninja que inundó las paredes de Springfield con grafitis y le dicen que, gracias a un video que un anónimo subió a internet, por fin lograron desenmascararlo. Bart se pregunta cómo pudo llegar a la red el video que lo puso al descubierto y, como cuando una bomba de humo ninja explota contra el suelo, las imágenes de algo que días atrás había sucedido en su casa aparecen frente a él:

Homero entra a la cocina y lleva puestas unas extrañas gafas. Marge le pregunta por qué está usando lentes de aumento si no los necesita. Homero le responde que no son gafas normales sino que son las nuevas gafas de Google, que le permiten grabar videos en tiempo real y subirlos a internet de inmediato. “Si Jesús hubiera tenido unas así tendría más visitas y menos de esas fastidiosas notificaciones de nuevos amigos”, dice. Marge le ordena que se las quite de inmediato y que suba al cuarto de Bart para ver si el niño ya se durmió. A regañadientes, Homero sube y, cuando prende la luz, descubre a Bart con un vestido de ninja y varias latas de pintura en aerosol entre las manos. Bart le grita al idiota que apague la luz y que se largue, Homero se marcha del cuarto sin darle mayor importancia.

—Lo que tu digas. En todo caso, es el peor disfraz de El Cisne Negro que he visto.

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Los agentes del FBI llevan a Bart hasta su hogar en la Avenida Siempreviva y le cuentan a Marge y a Homero lo sucedido. Les explican que a raíz de la nueva ley antigrafiti del 9-11, escribir sobre las paredes es un delito en casi toda América y el resto del mundo, “menos en Columbia”. Homero se queda pensando y responde “¿En Columbia, ah?”, y Lisa se saca el termómetro de la boca para preguntarle a los agentes si ellos se refieren a Columbia, el pueblo del condado de Herkimer, o si acaso están hablando del municipio del condado de Lancaster en el condado de Tuolumne.

—¿Es el pueblo del condado de Tyrrell?

No.

—¿O la ciudad del condado de Richland y del condado de Lexington?

—Tampoco.

—¿Entonces se trata del pueblo del condado de Tolland, la ciudad del condado de Monroe o el pueblo del condado de Coös?

—De ningún modo.

Los agentes del FBI, sin saber qué responder se miran entre sí y le dicen a Lisa que si los sigue interrogando se verán obligados a inscribirla en los cursos de verano para sabiondos que su gobierno realiza en Guantánamo. La niña se retira asumiendo que su imprudente cuestionario es otro efecto del Chikungunya. Envalentonado, Homero se pone su nuevo sombrero de la buena suerte, las gafas de Google y en voz alta proclama: “Pues si la libertad de expresión, los lugares sin personalidad y hacer los mismos estúpidos dibujos de Banksy solo son posibles en Columbia, entonces ¡Los Simpson irán a Columbia!”.

Minutos después, en el avión que los lleva de viaje, Bart salta de su puesto (frente a él, en el espaldar de la silla de adelante se lee un grafiti que dice “Aquí voló El Barto”) y le indica a Lisa que entre los pasajeros se encuentran varias celebridades: “La mula que toma café, Sofía Vergara, un don de la mafia deportado del sueño americano y, ¡Oh, sí!, Shakira… ¡Y parece que va a dar a luz un bebé!”. Lisa, extrañada porque casi todas las celebrities con las que comparten vuelo posiblemente tienen un mismo país de origen y destino, decide revisar los tiquetes y descubre que Homero se confundió de palabra y erró el destino que los espera. El avión aterriza en medio de una chancha de fútbol y el capítulo concluye con el más grande “¡Do’h!” de Homero Simpson en toda la historia de la serie.

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Humor Televisión

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