POR: Julieta Cocoi ILUSTRACIÓN: Gina Rosas Viernes, 24 Enero 2014


El día en que nos conocimos no fue el mejor. Yo estaba destrozada, sucia, con unas ojeras que habían devorado mis pómulos y un dolor  muy profundo en el pecho que tal vez era un principio de neumonía, tal vez la vida misma.

LUNES MARTES

 

E

ntonces dudaba de todo, de todos y de mí, sobre todo. Caminaba despacio porque no quería, ni debía llegar a ningún lado; vagaba bajo el sol de invierno, ciega por su reflejo en el asfalto y en las vitrinas de esta ciudad donde te venden todo, sin tregua.

 

Me daba asco estar acá, me daba asco haber dejado las montañas más lindas de América para venir a vivir a este desierto pero ni me planteaba el regreso. A cada rato me repetía la frase que había leído en el tren a Rosario años atrás y que todo ese tiempo me había ayudado a sobrevivir: “Ampliar los límites de la comodidad”: ampliarlos hacia lo agradable y hacia lo desagradable, vivir y ser capaz de aguantar cualquier cosa sin caer del todo en el abismo.

A Rosario fui huyendo de este caos. Un viaje horrible a una ciudad preciosa que emprendí cuatro días después de haber aterrizado. Nunca más. Este tren sudaca no tiene nada que ver con un tren, es una ruina para pasear miserias.

Terminaba febrero pero el calor era de antes. Con tanta fiebre y tanta suciedad me pareció estar viajando por una colonia africana del Imperio Británico en el Siglo XIX. Los niños dormían en el piso, descalzos, y los abuelos cabeceaban y miraban eternamente por las ventanas sucias imposibles de abrir. De vez en cuando el paisaje se quedaba quieto en medio de dos horizontes muy lejanos; no había forma de saber qué pasaba o cuánto tiempo estaríamos ahí parados. Otras veces nos tiraban piedras desde precarias construcciones de deshechos en medio de la nada. El coche-comedor estaba cerrado, al menos para esta parte del tren: tercera, cuarta, quinta clase. ¿Cómo nos han hecho creer en la inclusión, en la democracia?  El mundo sigue siendo una asqueroso castillo de naipes con realeza, títulos nobiliarios y sirvientes por doquier que no tienen ni voz, ni aire, ni mirada.

El sol, entonces, me cegaba y chocamos cruzando una calle. Pedí disculpas sin levantar la cabeza y seguí de largo, pero me agarraste del brazo y me obligaste a cambiar de dirección. No opuse resistencia porque era igual. Hay días en los que uno cree que nada de lo que pase puede empeorar la situación y entonces pierde el miedo y se deja llevar a donde sea. Te miré de reojo -no estabas mal (yo sí)- y seguí caminando a tu lado forzándote a bajar la velocidad.

Entramos por una rampa al parqueadero de un edificio grande. Vivías ahí, en medio del sótano, en un lugar absurdo que no tenía ventanas pero era maravilloso. Me desvestiste despacio, creo (para mí todo pasaba despacio en esa época) y me penetraste despacio también. Yo no quería darte besos porque la vida me daba asco, pero te dejé hacerlo, sintiendo que nada de eso estaba mal. Fue salvador como sólo el sexo puede serlo a veces. No sentí un gran placer porque ese estado abismal en el que estaba, niega siempre el éxtasis pero me hizo respirar un poco más rápido y volví a sentirme viva.

Pasamos el medio día ahí, a las tres o cuatro empecé a estar incómoda. Nunca he soportado estar tumbada mucho tiempo junto a alguien a quien acabo de querer. La voluntad no me alcanzaba para irme, ¿a dónde? ¿a qué? Por un lado quise quedarme por siempre, por otro, la convicción de que el amor no existe me sacudía el vientre y ordenaba la huída. Me obligué a dormir un rato para ahuyentar la cobardía. Cuando desperté no estabas pero habías dejado sobre la mesa el mate listo y una dirección. No fui a buscarte. Salí de noche ya y quién sabe qué habré hecho hasta la madrugada. Tengo un recuerdo vago del sol que atravesaba la ventana cuando abrí la puerta de mi casa.

No fui a buscarte porque excedía mis capacidades, no era lejos. Volví y me tiré a dormir un día y medio. Luego pensé que era tiempo de salir de tanta oscuridad y recorrí los nombres de mis contactos en busca de auxilio. Inútil. Mis amigos se habían ido, habían vuelto, como pasa a menudo en el exilio. Estaba sola. Conseguí algún trabajo de mierda que me diera de comer y me quitara el tiempo y te olvidé.

Un lunes o jueves o martes (era igual) encontré la dirección en el bolsillo. Seguía sin ser lejos y me fui acercando en círculos concéntricos. Te espié, estabas precioso (yo no estaba tan mal); atendías el mostrador de una tienda de plantas carnívoras. Como me viste, tuve que entrar y dar la cara. Te dije que iba a despedirme por dar alguna excusa y me volviste a agarrar del brazo, como cuando cruzábamos la calle. Cerraste la tienda, salimos por atrás y me senté en el manubrio de tu bicicleta mientras pedaleabas hasta el río. Entonces sí te besé porque ya no me daba asco la vida, todo fue igual de lento que la primera vez, los dos nos pusimos contentos. Después tuve que huir, ¿qué iba a hacer? El amor no existe y tú ibas a dejar de ser un extraño. Me tiré al río y me dejé llevar hasta que nos perdimos de vista, luego me rescató un trasatlántico, te olvidé otra vez y estuve sola.

 

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Amor Cuento Viaje

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