POR: Camila Pinzón ILUSTRACIÓN: Santiago Ayerbe Lunes, 23 Junio 2014

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Los que la han visto dicen que llora a gritos sin rumbo alguno. Entre los montes y las orillas de los ríos se queja y llora. 


No ha podido perdonarse lo que hizo, hasta que no lo haga no podrá irse de este mundo, no encontrará el camino hacia el purgatorio. Por ahí anda, dicen, en un largo y rasgado camisón que le llega hasta los pies, unos pechos pequeños y tristes se traslucen a través de la tela sucia, que ya no es más blanca, bajo su pelo negro azabache. Aunque su rostro siempre guardó una expresión melancólica cuentan que era una mujer hermosa, pero eso, nadie vio nunca sus ojos brillar. 

El padre la abandonó antes de nacer. La madre la maltrató hasta que se deshizo de ella. En esa casa Malena recibía fuetazos porque las papas no estaban cocidas o porque hacía ruido al respirar. Pero eso sí, cuando llegaba Agustín, ahí si le hacía cariñitos y regalos. Que mire este vestidito de flores que le compré hoy en el mercado, que la blusita tan bonita, que la faldita aquella. El hombre no tardó en fijarse en los puntiagudos senos que se asomaban tímidos por entre el escote y en las piernas largas y morenas de la muchacha que le traia la chicha y el calentao. 

Con la misma mirada opaca caminó al altar. Agustín y Malena se hicieron a un rancho pequeño en las laderas del río Magdalena. Se dedicaron a cultivar la tierra y a cuidar los animales.  Así pasaron los años, seis o siete, hasta que la guerra estalló de nuevo. Todos los hombres del pueblo y de las comarcas vecinas fueron reclutados. Fieles a su patria, antes de que saliera el sol, marcharon organizados hacia el norte mientras las mujeres sollozaban su anticipado abandono. 

Pasaron los meses. Los hombres no regresaron. Algunas mujeres, las más desesperanzadas, empezaron a vestirse de negro, a sollozar por el pueblo. Malena no. Siguió usando sus vestidos color crema, labrando la tierra y dando de comer a los perros, los cerdos y las gallinas. Regresó el primer hombre. Dijo haber visto tantos muertos que echó a correr por entre el monte. Vio tantos amaneceres como vacas por el camino, cruzó la cordillera central y bajó por los montes María hasta que se topó con el río que lo condujo a casa. Dijo no saber nada sobre los demás. En los días siguientes aparecieron más hombres magullados, pero ninguno daba razón de Agustín. 

Después de tanto esperar, una tarde, recogía los limones cuando vio junto a ella un par de botas negras. Alzó la mirada. Era un joven con la cabeza pelada y los ojos más claros que jamás había visto. Su nombre era Leónidas. La buscaba para comunicarle que Agustín había muerto. Se conocieron antes de llegar a la frontera, Leónidas venía con las tropas del oriente y Agustín con las del sur. Compartieron alimento, agua, acomodaron troncos a lo ancho de los ríos para poder cruzarlos. Llegada la noche del enfrentamiento los dividieron. No volvió a verle hasta el momento de su muerte. Yacía sobre otros cuerpos. Tenía dos balas incrustadas en el pecho y las piernas destrozadas. Solo podía mover los ojos. Leónidas le disparó, es el favor que se le hace a los compañeros en estos casos, y se prometió encontrar a la viuda. Y allí estaba, junto a ella bajo el limonero, limpiando las lágrimas que le escurrían perdidas por las mejillas. 

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Regaron el cultivo y bañaron a los cerdos. Hablaron sobre lo estúpida que era la guerra y lo buenos que se daban los tomates por la región. Eran más grandes y jugosos. Lavaron la ropa y las sábanas en el río. Malena se quitó la ropa y se bañó desnuda. El se sumergió para ver su cuerpo pero no encontró más que barro y palos. 

Esa noche durmieron juntos. Al cantar el gallo Leónidas se marchó. Ya eran dos los que la abandonaban por esa maldita guerra. Su marido la dejó viuda a los veintiún años, tendría que arreglárselas sola con los deberes del rancho y además honrar el cuerpo inerte, descompuesto y sin vida de un hombre que ahora solo servía como comida de gusanos. Vaya a saber qué cosas le podían pasar si desobedecía la palabra divina. Lo mismo hizo su fugaz amante, la abandonó, salió de la habitación en cuclillas para no hacerla participe de su indolencia y corrió monte arriba con las gallinas colgadas alrededor del cuello. 

Malena no volvió a ver la luz. Permanecía en cama, durmiendo o mirando al techo. No lloraba, solo dormía y miraba al techo. Dejó de recoger los limones, de regar las plantas, se echó a perder la cosecha de tamarindos. Los perros estaban en los huesos, llegaron a comer ratas para no morir de hambre. Los cerdos se volvieron locos, tumbaron las tablas del corral y corrían alrededor del rancho chillando como si los ahorcaran. No quería que nadie la viera con la panza hinchada, llena de huesos. Empezarían los chismes, los reproches. ¿No había muerto Agustín hace más de año y medio? ¿Cómo podía ser que…? Con mucha precaución de que nadie la viera, oculta tras los árboles corría al cultivo, arrancaba unos tomates, algunas cebollas, unos cuantos plátanos y se resguardaba nuevamente en el rancho hasta que se le acabaran las previsiones. Tirada en el suelo de la cocina, pujó y sudó hasta que de su vientre salió manchada de sangre una niña. 

La puerta parecía que se fuera a caer. Del otro lado una mujer golpeaba la madera con ambas palmas de la mano. ¿En qué le puedo ayudar, señora?  Gritó Malena asomándose por la ventana. Era una del pueblo. He visto a Agustín, le dijo, viene para acá, está vivo. Los ojos de Malena se abrieron como dos lunas llenas. Sus pies retrocedieron alejándose de la ventana, movía la cabeza de un lado al otro. Envolvió a la niña en sábanas. Abrió la puerta despavorida, la mujer casi se va de narices. Qué lleva ahí le preguntó, fijando la mirada en el enredo de mantas. Descalza, con un camisón blanco que le llegaba hasta los pies, Malena desapareció por la parte trasera del rancho. Vienen por este lado, le decía la mujer, ¿para dónde va? 

Malena bajó la colina corriendo en dirección al río. La tierra estaba húmeda y resbalosa. Había muchas piedras. No podía respirar. Sus pies sangraban. La niña empezó a llorar. Tropezó. Cayó al suelo y rodó hasta que un árbol la frenó. Se incorporó y cojeando continuó acelerada. El sol se ocultó. Llegó a la orilla. Besó a su hija en la frente y la tiró al río. 

 

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