POR: Adriana Echeverry ILUSTRACIÓN: Nicolás Cuestas Lunes, 19 Agosto 2013


Para Cazar

Animal feroz que se come a caperucita/ Opuesto a canción detestable de Shakira/ Hombre de mal gusto. 

 

E

n mi casa habita un lobo. Uno de esos que tienen los dientes afilados, duermen de día y acechan de noche. Este en particular tiene un andar silencioso, así que no es fácil saber en qué momento y en qué lugar va a aparecer.

 

Nadie lo invitó a vivir con nosotros. A ninguno, por supuesto, se le habría ocurrido ir a las estepas circundantes de los montes Urales para traerlo a una ciudad ubicada cerca a la línea ecuatorial. Pero aquí llegó, de la mano de Elena, que tiene solo tres años.

A decir verdad, ni su papá ni yo dimensionamos la gravedad del asunto. Confieso que, incluso, celebramos su llegada. Pero muy pronto, esa misma noche, nos dimos cuenta de la catástrofe que se venía encima.

Un grito nos despertó. Era Elena que se enfrentaba a una fatalidad: el lobo de su nuevo libro, esa bestia feroz, protagonista de las páginas que con emoción había pasado una y otra vez a lo largo de la tarde, se había escapado de ellas y ahora quería comérsela. A pesar de las razones lógicas e ilógicas, reales y fantásticas que inventamos para que Elena entendiera que estaba fuera de peligro, no fue posible que recuperara la calma. Y esa noche era sólo el comienzo.

A la mañana siguiente tenía miedo de caminar por la casa. La misma que hasta el día anterior recorría a gatas, corriendo, en triciclo o como se lo exigiera el juego de turno. No quería estar sola porque el lobo la iba a devorar. Tenía miedo y argumentos de sobra para tenerlo. El prontuario del lobo era extenso y significativo: en una oportunidad quiso comerse a los tres cerditos, alguna vez engulló sin compasión a la abuelita de Caperucita , y otro día no muy lejano se había dado un banquete con seis de los siete cabritos.

Cuando le explicamos que los personajes de los cuentos no eran más que dibujos y no podían salir de las historias nos lanzó una mirada –tan feroz como su lobo- para que dejáramos de ser incrédulos y nos retractáramos de la barbaridad que acabábamos de decir. En ese momento comprendimos que no éramos nadie para entrar en su mundo a rotular las cosas como verdaderas o falsas. Así que nos dimos a la enorme tarea de cazar al lobo.

Según la literatura especializada en caza de lobos hay varias formas de conseguirlo. Todas han dado resultado alguna vez, pero el éxito o el fracaso de cada estrategia está sujeto a variables que los humanos no podemos controlar.

La estrategia sugerida consiste en construir una celda enorme, de barrotes invisibles pero muy fuertes, de donde el lobo no pueda salir. Nos levantaríamos muy temprano cuando el lobo acabara de quedar profundamente dormido después de una noche larga y activa. Lo empujaríamos con todas nuestras fuerzas y una vez estuviera adentro lo encerraríamos con doble candado. 

No obtuvimos ningún resultado. El lobo dormía cada noche en un lugar distinto, pero siempre muy lejos de la celda, así que no teníamos manera alguna de arrastrarlo hasta ella.

 No deseche este plan, como la celda es invisible, a lo mejor su lobo cae redondo dentro de ella y usted ni fuerza tiene que hacer.

E.l plan era dejar la nevera abierta para que el lobo buscara de manera instintiva el frío y cuando tuviera el hocico metido en ella, le embutiríamos todo el cuerpo. No era difícil que cayera en la trampa debido al calor ¿o alguien ha visto un lobo viviendo en el trópico?

Todo iba de maravilla. Ahí estaba, con la trompa en el refrigerador. Corrimos y de un empujón cerramos la puerta con él adentro. La felicidad duró una noche, hasta que a la mañana siguiente tuvimos que preparar el desayuno. Olvidamos –todos, menos Elena- que el lobo estaba dentro. Cuando abrí la nevera, saltó lleno de entusiasmo, reconfortado por el frío y la pequeña fue a dar entre mis piernas, llena de terror.

Tampoco desista de éste plan. Soy despistada, pero quizás usted no lo sea.

Las lecciones 3 y 4 del Manual de caza de lobos feroces y otros personajes inverosímiles proponían estrategias que descartamos de plano por sus mecanismos violentos.

Nos quedaba una lección por ensayar, pero Elena un día dejó de llorar, volvió a quedarse en su cuarto con sus libros y a transitar libremente por la casa. Extrañada le pregunté:

¿Se fue el lobo feroz?

No mamá, acá está.

¿Y no te da miedo?

Ya no y tú puedes estar tranquila.

¿Y por qué?

Porque estuvo encerrado en la nevera y no se comió la carne.

¿Y?

No ves, mamá, es UN LOBO VEGETARIANO.

Lección final: Algunos lobos pueden tener extraños hábitos alimenticios, pero nunca soportan cambios drásticos de clima: cuando ya nos divertíamos con su presencia en la casa, un día cualquiera decidió regresar a las refrescantes páginas del libro.

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Cuento Mascota

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