POR: Juana Restrepo ILUSTRACIÓN: José Arboleda Lunes, 23 Junio 2014

 

las combianciones del uno 2

 

M

iró la 1:11 de la tarde en su reloj. Esta vez se detuvo inmóvil ante la señal que muchas veces pasó desapercibida.

Pero ahora quedó fría. Hoy era el día del entierro. Ni siquiera se había sentido así el día en el que en verdad se quedó viuda. Había perdido a los dos hombres de su vida y ahora entendía ese número que divagaba en su mente y que se le aparecía como un fantasma.

Se paró en frente de la plaza de mercado, con un profundo miedo en la frente. Y sintió el olor de las mandarinas y los limones. Decidió fumarse un cigarrillo y detenerse a mirar el paso del tiempo. Nunca había tenido tiempo, pero ahora algo la obligaba a sentarse y a pensar en ese número en el que siempre se detuvo su reloj.

Secuencias y retazos se movían en su interior. El vestido del día en el que lo conoció. Era un día normal y había salido a caminar sola, como siempre lo hacía, después del colegio. Por su garganta pasaba despacio un raspado helado y apreciaba la fuente antigua del parque rodeada por el loco del pueblo.

Percibió una presencia extraña y en el reloj de ese parque se marcaban las 11:11 de la mañana. Sin embargo, siempre se olvidaba pronto de este detalle. Aunque ese día ocurrió algo diferente: conocería a alguien.

Ahora sabía que podía regresar en el tiempo si se concentraba en esta hora. Conocía los símbolos que le habían enseñado en uno de sus viajes. Se debía concentrar en esas letras que aparentemente no cobraban ningún sentido. Ella podía viajar en el tiempo. Era una simple y ordinaria mujer, que algún día por azar o por destino había encontrado un maestro, de esos que muchos buscan en la vida. Aunque no estaba segura de querer cambiar el desenlace de sus dos historias, algo la estaba tentando en este día especial.

Mientras conducía de nuevo al cementerio donde se encontraban sus muertos queridos pensó cómo todo voló en un segundo. Viajes, estudios, amantes. Una vida resumida. Los encuentros con él fueron muy pocos después de haber sido tan unidos. La habitación desordenada, esa noche que por más que quisiera no podía recordar completa, después del encuentro en ese aeropuerto. Un par de copas. El sentimiento de volverse a ver después de tan pocas oportunidades. Las historias de las dos personas a las que ambos amaban en ese preciso instante. Sin embargo, el descubrimiento de un sentimiento dormido que les cayó en la cabeza como un disparo. Se dieron cuenta de lo que en verdad sentían.

Esa habitación, su olor y una foto se quedaron en su memoria para siempre.

El día de su boda él ya era un recuerdo. Sin embargo, con los años empezó a fantasear con un reencuentro casi imposible. Ahora ella tenía todo lo que siempre quiso: su carrera, vivía en la ciudad perfecta y estaba lejos de él, muy lejos, bajo la expresión: “Separados por un océano”.

Pero hoy que ella regresaba. Hoy que era su entierro. Hoy que descubrió esa hora –a la que por fin le encontraba sentido– se daba cuenta de lo cobardes que fueron.

Condujo más a prisa y sintió el viento. Vio sus manos arrugadas al volante. Se sintió poderosa al asimilar una verdad tan fuerte y contundente. Y decidió conducir más allá hacia el campo. Vio el verde. Las montañas gigantescas de la ruta en forma de indígenas acostados. Los campesinos caminando. El olor a fruta y el calor que se le adherían a la piel como la mejor fragancia del mundo.

Tal vez pasaron dos horas o más. Nunca lo supo con la mente en blanco. Lo sintió más cerca que nunca y mientras se devolvía eran las 11:11 de la noche en el tablero de su carro. El sabor de la noche  era tibio a pesar del viento fresco. Sabía que podía deshacerlo. Podía manejar de regreso, no sólo a un lugar sino a un instante físico y espacial dentro de otro momento en el tiempo. Mientras volvía empezaba a notar cómo él la acompañaba. Comenzó a transportarse a una velocidad pausada.

Se tocó el estómago vacío. Miró su vestido blanco y corto. Se sintió hermosa cuando descubrió la realidad de sus sentimientos. Finalmente el paisaje se fue borrando y sus ojos se cerraron.

Abrió los ojos: la 1:11 de la tarde y el sol estaba apuntándole a la cara. Esa mano la tomó y la apretó fuerte contra su pecho. Y ella sabía que no podría soltarla nunca más.

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