POR: María del Mar Ramón ILUSTRACIÓN: Zamir Bermeo Viernes, 13 Abril 2012

 

 -Ten, respira, tranquilo. Toma aire y suéltalo en calma.
Estás acá, nada va a pasarte: recuerda.

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Le alcancé un vaso de agua.

No recuerdo si nos enseñaron a ciencia cierta que tomar agua tranquilizaba. La explicación científica me falta, pero la referencia cinematográfica me sobra.

En 10 años que llevaba viendo a Juan, los martes a las 6 en mi consultorio, nunca lo había visto así de agitado. Lo había visto deprimido, lo había visto llorando, lo había visto reírse a carcajadas y lo había oído confesar que había tratado de matarse la noche anterior. Jamás había estado agitado, jamás había necesitado un vaso de agua.

-¿Te sientes más tranquilo para hablar? ¿Qué pasó? ¿Por qué vienes así?

-¡Me la crucé, doctor, me la crucé!

-¿A Ana?

-No, Ana no. No quiero ni pensar en Ana. Si hubiera sido Ana le habría dicho algo, no sé, le habría contado todo lo que hemos…

-¿A quién si no fue Ana?- Le dije interrumpiéndolo.

 Llevábamos 10 años hablando de Ana, tenía más curiosidad que ganas de ayudarlo. De su boca había salido el nombre de Ana todos los martes, siempre a las 6. La había culpado de sus adicciones, de su desempleo, de sus depresiones, de todas y cada una de sus fugas. Ana era rubia, era mala y sólo era ella.

-A…a…

Respiraba cada vez más fuerte. El agua no lo había tranquilizado nada. Le pedí que cerrara los ojos por un momento, eso lo calmó un poco.

-¿A quién?

-A Paula

-¿Quién es Paula?

Como si no hubiera oído mi pregunta, continuó.

-Estaba con su hijo, ahora tiene un hijo...No sólo no me esperó para casarse, sino que tuvo un hijo, un hijo con otro. Tantas promesas rotas, se me había olvidado todo esto, ahora me duele.

Me daba mucha curiosidad esta tal Paula. No sólo porque Juan estaba totalmente  descompuesto, sino porque siempre tuve la impresión de que Ana no podía ser tan mala, no todo había sido su responsabilidad. En la atrofiada mente de Juan, que habíamos tardado tantos años en reparar de alguna manera, debía existir algo más, algo más de lo que me había confesado en tantas sesiones. Siempre sostuve la teoría de que no habíamos cavado lo suficientemente profundo, de que los daños de Juan delataban más manos, había más gente untada de sus pedacitos de mente.

En la terapia me gusta imaginarme ciertas historias de mis pacientes. Me gusta deducir ciertos movimientos, presumir ciertas acciones, predecir ciertas palabras. A Paula la veía venir, no con ese nombre, no con ese recuerdo, no con ese pasado.

-Pero si dejaron de verse tanto tiempo, Juan ¿Qué pasó? ¿Por qué ahora, después de 10 años es tan grave volver a verla? ¿Por qué nunca la mencionaste antes?

-No sé- Juan hizo una pausa larga, como haciendo la misma pregunta que yo a una entidad superior en su mente; una entidad que no quería cooperar con ninguno de los dos, y que no se mostraba interesada en darnos explicaciones sobre el olvido- ¡¡¡No sé!!!!- Dijo más alterado, después de pensar un rato la poca eficiencia de su cabeza.

A Juan su cabeza lo traicionaba bastante. Estaba contento de que al menos ahora no necesitará más fármacos. Pero él no iba a ninguna parte, se había mantenido estático; como detenido en un tiempo virtual en el que su mente se había sentado, renunciando a avanzar en el presente de lo que pasaba de sus ojos para afuera.

-Bueno…Cálmate, la presión no te sirve de nada ahora. Olvidamos cosas porque a veces es mejor. Nadie tiene control de eso. Ahora que estás recordando…¿Te viene la historia completa?

-Sí- Dijo sí y la voz se le quebró.

-Bueno, ¿cómo se conocieron?

-Paula fue mi segunda novia, no puedo creer que la haya olvidado ¿Cómo pude no acordarme de eso? ¿De esto?- Tenía una expresión desdibujada.

-Ya te he dicho, Juan: eso no es culpa tuya. Ahora recuerdas, ahora lo podemos hablar. Fue tu segunda novia ¿Y?

-Fue mi segunda novia, pero fue mi primer amor. Doctor, esa fue una relación realmente jodida. Yo sé que yo no tengo muy claro lo jodido de lo sano; pero puedo decir con toda certeza que Paula fue jodida, me jodió y ella salió ilesa.

-¿Cómo puedes saberlo?

-Tiene un hijo, eso quiere decir que es capaz de amar algo sin destruirlo: eso la hace más sana que yo.

-No debes hacer esos juicios, son cosas que no sabes. Háblame de lo que sí conoces, cuéntame de ella- Sin embargo, Juan tenía algo de razón, no se lo dije, porque no hay que decirlo todo, pero ella tenía un hijo, tenía que amarlo, tenía que responsabilizarse, tenía que levantarse todos los días de su vida y responder, no sólo por su humanidad, sino por la de otro: eso era mucho más de lo que Juan llevaba haciendo 10 años y de lo que yo sospechaba que podría hacer durante los próximos 10.

-Nos amamos de manera salvaje, cogimos cuanto pudimos, le dije que la amaría por siempre, se lo dije y lo cumplí: sólo que no me acordaba, pero cumplí.

-¿La amas todavía?

-Sin ninguna duda

-Es muy pronto para decir eso, Juan. Sígueme contando… y entonces ¿Qué pasó?

-Nos hacíamos mucho daño, había muy poca realidad entre los dos. Un día prometimos saltar del puente del río.

-¿Y saltaron?

-No, estoy acá. De haber saltado la historia sería otra.

-¿Y por qué hicieron eso?

-Porque el amor se acaba y nosotros no queríamos acabar nunca. Sabíamos que si saltábamos, eso, lo que teníamos iba a ser eterno y perpetuo.

-Pero no se casaron nunca ¿Verdad?

-No, pero debimos: yo sería el papá de ese hijo en ese caso, o simplemente habríamos saltado los dos del puente.

-Y si no saltaron, ni se casaron ¿Por qué se acabó?

-Ella se fue a Europa a estudiar, le había resultado una beca.

-¿Por cuánto tiempo? ¿Por qué no la esperaste?

-Porque no sabía cuánto se iba a ir y, aunque nos escribimos durante algo así como un año, después yo conocí a Ana…Y ella pasó a otro lugar en mi memoria.

-¿Y crees que todavía la amas?

-Estoy seguro de que es así, nunca dejé de amarla, aunque se moviera, o se fuera o se muriera; yo le juré que la amaría por siempre, y jamás incumplí una promesa, aunque a veces las olvidara.

-¿Se prometieron algo más?

-Una vez estábamos en un concierto en el estadio, drogados, como siempre, pero felices, como nunca. En algún punto del concierto Paula se perdió de mi vista y tuve que esperar a que se acabara el concierto para buscarla. Nunca había sentido una angustia tal, sentí que la perdía, que alguien la había alejado de mis brazos y que no tenía nada, como si yo fuera un espacio vacío. Al final del concierto, al no encontrarla, corrí a su casa y la esperé ahí, hasta que a las dos horas volvió, triste y desorientada. Me dijo que había ido a donde estaba y que no me había encontrado…no me había encontrado.

-Y entonces?

-Entonces le prometí que si alguna vez se iba, o nos perdíamos, yo me iba a quedar exactamente en el mismo lugar en el que me había dejado, sin moverme, para que ella pudiera encontrarme.

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