POR: Luis Miguel Rivas ILUSTRACIÓN: Marcela Quiroz Martes, 31 Marzo 2015

El libro más reciente de Luis Miguel Rivas se llama ¿Nos vamos a ir como estamos pasando de bueno?. De nuevo, este paisa incursiona en el cuento y, a manera de regalo, nos dejó uno de los relatos que componen el volumen publicado por Seix Barral.
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Lorena era bonita, pero no para tanto, no para ocasionar la cosa tan tremenda que hizo Don Efrem esa tarde. La piel blanca, el pelo negrísimo cortado a tope sobre la frente como una cortina sedosa detrás de la que se habían caído esos ojos cafés claros, brillantes, grandes, a toda hora viendo todo por vez primera; la boca carnosa parecía un casco de mandarina vuelto al revés; brazos y piernas largos, casi tan alta como yo, que no necesito banquita para poner focos. Pero Don Efrem tenía mujeres como ella en cantidades. No era sino ver a alguna que le gustara, en la calle o en la televisión, y los muchachos se la traían o le conseguían los datos y él la conquistaba de inmediato con una casita para la familia, princesa, o con un carro para que salga a pasear, mami, o con una liguita mensual para sus gastos, mi amor. Así que no fue la belleza de Lorena lo que originó ese famoso episodio (del que alguna gente, sin saber y sin haber estado allí, anda diciendo que se trata de un mito urbano), sino esa manera suya de estar en el mundo pareciendo no estar, aunque más presente que cualquiera, en una instancia del momento que los demás apenas alcanzamos a vislumbrar con esa parte de nosotros que se da cuenta de las cosas sin saberlo.

1-b 

A esa fiesta fuimos sin planearlo. Yo conocía a Salsa, el dueño de la casa, desde el bachillerato, antes de que se metiera en los negocios y le pusiera mármol a la casa y le construyera segundo piso y empezara a andar en camionetas cuatro puertas y llantabalón y dejara de ser el muchacho charro de la cuadra y se convirtiera en un tipo serio de gestos secos, que finalmente se fue a vivir a la casa finca que mandó a construir en Las transversales, con un árbol en medio del baño, donde se dio la fiesta en la que estábamos Lorena y yo cuando llegó Don Efrem.

Ese día en la mañana me había encontrado a Salsa en el parque de Envigado, mientras esperaba que cambiara el semáforo peatonal; él, desde su camioneta, me reconoció y frenó en seco; en medio de su aire importante y su piel dorada de viajes y lujos y peligros y mujeres, le vi el gusto de encontrarse con un vago con el que había jugado fútbol en la calle cuando no se había vuelto tan concreto en el mundo. Hablamos un rato y después de que cambió el semáforo y de que el tipo del carro de atrás le pitó y le volvió a pitar y de que Salsa sacó la cabeza y luego la mano con una pistola y le hizo un disparo y el otro arrancó asustado por el carril de al lado, se volvió hacia mí como si nada hubiera pasado y me dijo que quería que conversáramos largo y que cayera a una fiesta que iba a dar en su casa porque había coronado algo muy bueno. Así, con esa confianza, como si nos hubiéramos acabado de despedir en la calle después de un partido, como si no hubieran pasado diez años y ninguno de los dos hubiera cambiado.

—Te espero, pues —me dijo y arrancó con las llantas chirriando.

Al medio día llamé a Lorena y la invité. Le conté lo que había pasado en el parque y le dije que quería ir porque, a pesar de cualquier cosa, Salsa había sido mi amigo y sentía que me apreciaba y que no nos iba a pasar nada malo. Una advertencia innecesaria porque para ella no había nada malo en el mundo. Dijo «qué lindo», como acostumbraba a decir de todas las cosas y de toda la gente, con un convencimiento tan verdadero que uno terminaba viendo la parte linda incluso de lo más escabroso.

2

El colectivo nos dejó lejos y tuvimos que caminar como veinte minutos porque era de esas casas a las que solo se puede llegar en carro particular. Había macancanes con ametralladoras en la portada y un mundo de camionetas parqueadas en un amplio patio de piedras menudas. Salsa nos recibió en la puerta de la casa, contento de verme, al lado dos leones de mármol que apoyaban la pata derecha sobre un mapamundi. Después de echarle un piropo a Lorena nos invitó a entrar y cruzamos en medio de un grupo de mujeres tetonas, elegantes a los trancazos, abrazadas a hombres recios que hablaban martillando y se reían a todo volumen de cosas sin chiste, ante los que Salsa nos presentó como «un parcero de toda la vida y la… humm»

—… una amiga —completó Lorena sin ningún énfasis, con su sonrisa dulce.

Seguimos por un corredor lleno de cuadros raros de hombres empelota en poses extrañas que nadie hace en la vida real, hasta una sala amplia, entapetada, con muebles abollonados de color naranja que resaltaban sobre el fondo de una cortina azul celeste, gruesa, ondeando con el viento que entraba por una ventana que no se alcanzaba a ver.

A un lado, en un sofá, un par de muchachas rubias y «voluminosas» (como decía Salsa que le gustaban las mujeres), se reían con malicia mientras se turnaban un pitillito y aspiraban las rayas blancas sobre la mesita de centro. Salsa les dijo «quiubo, mis amores» y las besó y luego se desentendió de ellas para concentrarse en Lorena y en mí. Nos invitó a sentarnos, fue por whisky y empezamos a hablar. Estuvimos mucho rato recordando la gente del barrio y los partidos de fútbol en la calle, mientras los invitados cruzaban riéndose y hablando y las chicas a nuestro lado aspiraban excitadas y Lorena atisbaba todo como alumbrándolo, hasta que oímos un estruendo de pasos duros y metales. Luego entró una patota de hombres malencarados, con armas en las manos, mirando para todas partes y Salsa se levantó sin el menor asomo de sorpresa.

—Llegó Don Efrem —me dijo—, lo vas a conocer, es un bacán, aunque anda muy estresado porque lo calentaron en los últimos días —y salió a su encuentro.

Don Efrem avanzaba con pasos lentos y determinantes, flanqueado por dos orangutanes nerviosos, respondiendo con movimientos desganados a los hombres y mujeres de la entrada, que le estiraban la mano como saludando al mismísimo Papa. Era un sesentón moreno, alto, de hombros anchos y rostro cuadrado, con unas cejas gruesas de las que brotaban varios pelos indisciplinados, y unos ojos chiquitos, duros, negros, en medio de unas ojeras inmensas, que miraban como pasándole rayos equis a todo. Le dio un abrazo a Salsa.

—Vengo maluco, mijo… este último atentado me tiene muy verraco —dijo sin parar de revisar cada resquicio de la casa con sus ojos inquietos—. Dame un whiskicito, a ver si me relajo un poco.

Salsa fue a servir el trago y los ojos de Don Efrem se detuvieron en nosotros, o más bien en Lorena, que lo miraba expectante, curiosa, admirada de una relevancia tan escandalosa, y preguntándose (estoy seguro) por la parte de luz de la que emanaba tanta fuerza interna. En la dulce sonrisa con que miraba reconocí la frase que debía estar diciendo mentalmente: «qué señor tan bonito, qué aura tan fuerte». Don Efrem, que no estaba acostumbrado a que lo miraran con tanta tranquilidad, volvió la cabeza hacia Salsa.

—¿Y estos quiénes son? —refunfuñó.

—Un parcero de toda la vida y una amiga… son de confianza —contestó Salsa volviendo con los vasos.

Don Efrem volvió la cara desconfiada hacia Lorena pero al verle esa expresión limpia de recién nacida pareció tranquilizarse. Sin dejar de mirarla, me habló a mí, como si ella estuviera en una vitrina.

—¿Y esta muñequita tan linda de dónde la sacaste?

Lorena casi no dejó que terminara la frase.

—No me sacó de ningún lado, yo me saco sola —dijo con voz reposada—, somos amigos y él me invitó a esta fiesta a la que lo habían invitado —y le extendió la mano firme y amable, elegante y desparpajada a la vez—. Mucho gusto, Lorena, ¿y usted cómo se llama?

Don Efrem la reparó de arriba abajo. No había nada de sumisión ni desafío en la actitud de mi amiga. Solo era ella estando ahí. Don Efrem miró a Salsa y habló de buen humor.

—Pero vea que tan respondona resultó esta potranquita.

Salsa notó que la cara cuadrada de Don Efrem se había distendido y lo tomó del brazo.

—Venga sentémonos aquí un ratico, que esta gente es limpia… eso lo relaja.

Efrem se mandó un trago y dio otra pasada vigilante antes de sentarse. Hizo una mueca de disgusto a las chicas del pitillo que, de inmediato y en silencio, salieron de la sala. Luego miró hacia la cortina ondeante de la pared del fondo.

3-b

—¿Ahí hay una ventana?

—Sí —contestó Salsa.

Don Efrem se cercioró de que los guardaespaldas estuvieran vigilando todas las entradas y se sentó dando la cara a la cortina.

—¿Se la cierro? —preguntó Salsa con una sumisión que nunca le había visto.

—No, mijo, déjela así, que entre un poco de fresquito. Yo aquí la tengo vigilada.

Se acomodó como un rey en su trono, al lado de Lorena, y nos pasó una mirada desde arriba con displicencia.

—¿Y son amigos solamente?

—Sí, señor —balbuceé.

Su presencia arrinconaba las palabras, como si ante él no valiera la pena hablar porque ya estuviera todo dicho.

—¿Y es que usted tan linda no tiene novio? —dijo dirigiéndose por fin a Lorena.

—No, ¿y por qué tengo que tener? —contestó mi amiga.

Don Efrem se quedó mirándola sorprendido.

—No, yo que digo, porque una bellecita como usted, mi amor, solita, es un desperdicio… y con esa piel tan linda…

Y dejando la frase en punta extendió la mano hacia la pierna de mi amiga. Un escalofrío me recorrió de arriba abajo y miré a los guardaespaldas que observaban atentos y sin expresión. Lorena interceptó la mano a mitad de camino con una palmada seca y firme.

—¡¿A usted no le enseñaron en su casa a respetar o qué?! —le dijo seria—. ¿O le gustaría que llegara un desconocido y lo fuera tocando sin más ni más? ¡Me parece muy mal hecho! —le apuntaba con el dedo índice mientras le hablaba, enojada, como una niña regañando a su muñeca.

Don Efrem buscó en la cara de Lorena un gesto de coquetería o un atisbo de nervios disfrazados o una sombra de impotencia rabiosa, pero Lorena seguía mirándolo con su enojo verdadero y tranquilo; luego cambió el tono y siguió con la conversación.

—¿Y usted tiene novia?

Don Efrem miraba tratando de comprender a qué le estaban jugando, pero detrás de esa cara limpia no se veía a nadie tratando de jugar a nada.

—Tengo esposa, novia y mozas, mi amor. Lo mínimo que debe tener un hombre normal —dijo soltando una carcajada retumbante.

Los guardaespaldas y Salsa se rieron también. Lorena levantó los hombros con un gesto de fastidio.

—Tan grande y tan bobo. ¿No le da pena? —dijo, seca, seria, agria, mirándolo fijo.

Las risas pararon de plano y los guardaespaldas voltearon hacia su jefe, atentos. Don Efrem pestañeó, bajó la cabeza y se quedó pensativo un momento, como si algo lo hubiera chuzado por dentro, más allá del cuerpo; luego la levantó y se quedó mirando a Lorena, no como Don Efrem mirando a una muchacha sino como una persona mirando a otra persona; los ojos le traslucieron y una sonrisa liviana, que no encajaba con él, surgió en su cara. En ese mismo instante la luz que alcanzaba a entrar por la ventana cubierta relumbró con fuerza y el viento empezó a mecer la cortina, suavecito, y en la atmósfera me pareció ver brillar micropartículas chispeantes; Efrem levantó el vaso con un gesto animado, de joven contento.

—Bueno, brindemos, salud —dijo.

Cuando chocó su vaso con el de Lorena, la cortina del fondo empezó a ondear con más fuerza y un sonido seco de algo desplomándose en el piso nos sacó a todos del momento. Don Efrem pegó un brinco y, como si saliera de un sueño, sacó su pistola; los guardaespaldas saltaron hacia la cortina con las armas al frente y la levantaron con fuerza. En el suelo reposaba un cuadro grande de marco metálico que se había caído con el viento.

—¿La cierro? —volvió a decir Salsa agitado.

—No, dejala así que está haciendo calor —dijo Don Efrem guardando el arma y tratando de tranquilizarse.

Salsa dijo que no había pasado nada y que acabáramos el brindis. Don Efrem bebió un trago y volvió a quedarse pensativo, mirando hacia la cortina que ondeaba. Luego volvió hacia Lorena como si tuviera ganas de hablarle pero no pudiera o no se le ocurriera nada. La miraba, no como si ella le entrara por los ojos sino como si le saliera desde adentro y se materializara allá afuera.

—Usted tiene un aura toda bonita cuando se pone tranquilo —dijo al fin Lorena.

Don Efrem se quedó sin saber qué contestar y sonrió.

—¿Te parece?

Salsa se puso de pie y me hizo un gesto para que lo acompañara a servir whisky. Cuando volvimos Don Efrem reía palmoteándose las piernas y Lorena le hablaba moviendo el dedo índice; los guardaespaldas estaban recostados contra la pared, relajados; la salita había vuelto a relumbrar con una luz que difuminaba las cosas y había una musiquita contenta en el comienzo de todos los sonidos. Salsa y yo nos quedamos con los vasos en las manos, pensando en el buen efecto del whisky y mirando, como hipnotizados, el ondear alegre de la cortina, hasta que la luz se hizo más intensa y el viento más fuerte y la cortina empezó a removerse con brusquedad. Los guardaespaldas se pusieron alerta y miraron a su jefe, pero Don Efrem estaba en este mundo sin estar, absorto en Lorena, en una instancia del momento que los demás apenas alcanzamos a vislumbrar con esa parte de nosotros que se da cuenta de las cosas sin saberlo. La luz se hizo más brillante, el viento aumentó hasta convertirse casi en un vendaval y el estruendo de algo que entró por la ventana con una fuerza descomunal retumbó como el fin del mundo. Don Efrem volvió en sí de sopetón y aterrorizado, sacó el arma y disparó hacia la cortina.

4-b

—¡A mi vivo no me agarran estos hijueputas! —gritó.

Los guardaespaldas lo secundaron con una ráfaga ensordecedora, pero del otro lado solo surgió como respuesta un suspiro hondo y el sonido de algo pequeño y blando que se desplomaba sobre el piso.

Luego de un silencio tenso dos de los guardaespaldas reptaron hasta la pared del fondo y arrancaron la cortina de un tirón mientras los demás, Salsa, y don Efrem seguían apuntando con sus pistolas. Yo, tirado al lado de Lorena, la miraba mirar, extrañamente tranquila, como si supiera, sin saber, algo que todos ignoramos sin saber que lo ignoramos. Y luego vi su gesto aterrado cuando los guardaespaldas acabaron de retirar la cortina y apareció tirado en el piso el cuerpecito regordete y en pañales con una mano abierta sobre la que corría la punta cabezona de un hilo de sangre, y la otra apretando un arco de metal dorado; estaba de espaldas, encorvado sobre un estuche cilíndrico del que salían las flechas; el pelo ensortijado, las alitas desflecadas por las balas y el pipí minúsculo, como si lo hubieran acabado de bajar a escopetazos de la fuente de un parque.

Don Efrem se acercó. Miró al ángel extendido en el suelo y luego a Lorena, las facciones otra vez duras, el gesto agrio, los ojos chiquitos, oscuros, en medio de las ojeras descomunales.

—Estos son los más peligrosos —dijo—. Llévenselo y lo tiran en la vía a Las palmas.

Luego se dirigió a Salsa y nos señaló sin mirarnos.

 

—Y usted, mijo, sáqueme a este par de muchachitos de aquí, que no los quiero volver a ver nunca en mi vida.

Salsa me miró disculpándose con un gesto. No tuvo que decir nada porque Lorena y yo salimos corriendo en medio del silencio aterrado de los hombres que hablaban martillando y las mujeres hechas a los trancazos, y pasamos volados al lado de los leones de mármol que sostenían el mapamundi con sus patas, hasta perdernos de allí.separador

 

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