POR: César Jiménez Flechas FOTOGRAFÍA: Mario Cuevas Jueves, 23 Mayo 2013


Se balancean por los andenes como meseras de cabaret.

Los taxistas, camioneros y buseteros se desvían ahogados por verlas, muy pocas veces para tomar tinto. En la noche son celebridades de la calle. Salen cargadas de perfume de catálogo, calientan agua y venden tinto en termos de colores. Se mueven mientras obedecen un ritmo que sale de sus senos: celulares que hacen vibrar las redondas formas de su delicada y exótica belleza.

En el día son mujeres normales; con necesidades y afanes cotidianos. En la noche son dueñas de su tiempo y cuerpo. Se entregan al frío y las luces de los carros. Bailan agarradas de una señal de tránsito y se desvisten con cada tinto. Son el show y el centro de miradas con ganas o reproche.

Su regla: mirar y no tocar. Provocarse y no comer resultó ser una gran estrategia. Sus clientes llegan por docenas con la excusa de tomar tinto, mientras las mujeres las critican de vagabundas sin oficio. Aún así logran vender más de 12 tintos por cambio de semáforo. Las acusan de ser prostitutas, de vender droga y licor a conductores, a veces hasta de ladronas. Nada se les ha comprobado. De lo único que son culpables es de poner sus cuerpos al servicio del tinto. También de ocupar el espacio público que de nueve de la noche a cinco de la mañana nadie usa. Su gran idea nació de años de desempleo. La noche que a las mujeres las convierte en taxistas, policías, vigilantes, putas o ladronas, las marcó como tinteras. De 20 esquinas en Bogotá fueron expulsadas por otras colegas. Su carácter fue más blando que sus nalgas. Un año después la experiencia inyectó litros de silicona a su fortaleza, se quedaron con trasero firme y una importante calle en el norte de Bogotá.

Van más de cinco años de trabajo con un día de descanso entre semana. Unas veces llueve, otras el frío congela el tinto. Pero dejar de trabajar no es un lujo que puedan darse, de la venta de hoy depende el trabajo de mañana.

Los termos no se venden solos, deben pararse en la esquina, mover las piernas y seducir los carros.

500 pesos cuesta un tinto pequeño, el azúcar viene incluido. Su combustible parece ser la música y unas colombinas que agarran como micrófonos en plena audición. Con una mano saludan, con la otra baten el termo y con la boca invitan a los conductores a parar. Caminan, corren, se agachan y saltan en medio del tráfico como agentes de tránsito con tacones puntilla. Se deslizan por las líneas blancas del pavimento siguiendo una ruta de producción; son coreógrafas del sexo con sabor a café, mientras una sirve la otra cobra. Quedarse quietas les afecta las ganancias, del movimiento de sus cuerpos y los besos que lancen dependen los conductores que se detengan. Son reinas de un carnaval sin orquesta, modelos de su propio producto, protagonistas de una actividad que las adelgaza y las hace más viejas, cuando más jóvenes se sienten. Sus clientes son constantes y nunca se detienen. Abusivos, amables, comprensivos o románticos.  A la esquina llegan desde depravados hasta enamorados. Las propuestas de cintura para abajo llegan a toda hora, unas a cambio de dinero otras de placer, sólo las segundas han prosperado. Entre tanto taxista con cara de sapo, algún príncipe tendría que salir.

Son cuatro mujeres. Ocho piernas y dos ollas de tinto las que se alistan desde las cinco de la tarde para trasnochar. En la calle se reparten en 50 metros de vía, se trepan el pantalón por encima de la cintura, se destapan los tobillos y arrechan a los mirones. Son sensuales, miran con ganas y sirven el tinto en vasos desechables como si se tratara de whisky. Saludan, preguntan a sus clientes cómo les fue en el día, cómo se encuentran, qué les afecta y cuáles son sus sueños. Si otro cliente no interrumpe, pueden estar más de media hora escuchando tristezas, alegrías y esperanzas de conductores que prefieren trabajar a dormir. Ninguna es de Bogotá, se conocieron en la calle y sólo en la calle se ven. Poco conversan mientras trabajan, no tienen problema de competencia y las cuentas son siempre las mismas. Los mismos termos, los  mismos tintos y las mismas ganancias.

Crearon un lenguaje propio. Las señas son la mejor herramienta en distancias cortas y sitios oscuros. Parecen un grupo de mudos contando historias. Silban con la experiencia de un cotero de mercado y las marcas de una alegría fingida ya se notan en las mejillas. La cara de amargura se refleja en el tinto como un espejo y los conductores lo saben. El entusiasmo, como el azúcar, es indispensable en este trabajo. La noche discute con los lujos y las penas tienen que esperar la mañana; entre cobijas es más fácil llorar.

De las cuatro una insiste en ser la diferencia. Es quien pone las ollas, paga el gas y distribuye las ganancias. Sus voluptuosas piernas, unas correas en cuero que trepan hasta las rodillas y un pantalón que parece reventarse con la firmeza de su trasero, la convierten en una extravagante líder. Fue la primera en pararse en esta esquina y tocar el pavimento con dos termos en la mano. Le dicen Patricia. Sus licras de la cintura a las pantorrillas se hicieron más famosas en la calle que los escándalos de celebridades ebrias. Los conductores la buscan, esperan un turno por una risa chillona que destempla los dientes. Sus curvas dejan a la vista cirugías que desproporcionaron su cuerpo: una espalda que parece no soportar el peso de los senos y unos muslos que muestran años de ejercicio. Tiene dos hijas y alguien que le gimió encima una mañana, le prometió que sería modelo.

Duerme cuatro horas diarias. Las otras 20 las reparte entre la cocina y la calle. Sabe leer pero escribir le cuesta trabajo. No tiene educación y sus diplomas se podrían ubicar con dos imanes en una nevera pequeña. Se independizó bajo amenaza. A los 17 compró juego de alcoba y se convirtió en mujer. Su primer orgasmo fue su primer embarazo. La cédula la recibió en una sala de maternidad y la soledad de ese parto la acompañó hasta su segunda hija. Dos veces la convencieron, dos veces la dejaron y otra está por ocurrir. Se enamora fácil y les cree a los hombres. Ser tintera la condenó a una soltería que muchos disfrutan. Se confiesa una vez por semana y no paga penitencias; incluso cree que los curas son sensuales y misteriosos, dice que por eso los ve a solas, para hablarles al oído. Es un amor de novela que le asegura santas calenturas. Cuando llegó a la esquina la confundían con prostituta, ella no se defendía porque eso le acercaba conductores y por la pena de equivocarse le compraban tinto.

La noche le permite vivir bien, no alcanza a darle prestaciones, subsidios, primas o vacaciones. Como gerente de este bar no se puede dar lujos. Debe estar primero, salir de última y no cobrar horas extras.  A esta diva del café con nalgas de acero ve su vida como un regalo que aún no ha desempacado. Le falta un millón de tintos para retirarse. 

cierre


Nota:
César Jiménez Flechas es periodista, seguidor de Bacánika
y los fines de semana Patrullero de la Noche del canal de televisión RCN.

Etiquetas:

Crónica Historia

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