TEXTO Y FOTOGRAFÍA: Diana Prada Jueves, 01 Agosto 2013

La máquina de escribir es ya una reliquia, un objeto de anticuario. Este es un homenaje a ese objeto tan querido por escritores, periodistas, oficinistas y aficionados.

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Hace poco más de un año leí un artículo que decía: Godrej and Boyce anunció que cerraron su fábrica en Mumbai, India, y con esto, dicen ellos, la última fábrica de máquinas de escribir manuales. No había suficiente demanda para mantener la fábrica en marcha. Godrej and Boyce fabricó máquinas de escribir por cerca de 60 años. La primera máquina de escribir de producción exitosa fue The Type Writer, inventada por Sholes and Glidden; la lanzó al mercado Remington en 1873 revolucionando las comunicaciones y prácticas de trabajo. Sentí pena al pensar en el desuso de la máquina de escribir, un objeto de culto para tantos escritores. Recordé las que teníamos en la casa. Nunca había pensado en eso y caí en la cuenta de que en verdad habían sido objetos importantes en mi infancia, que las usé muchos años y sentí ganas de volver a escribir en una. Llamé a mamá y le dije que sacara las máquinas, que iría a mirarlas.

- Busca las máquinas de escribir, mamá. Esa eléctrica, grande, color naranja, pero no la vayas a cargar porque pesa mucho. Y la otra, la Remington.
- Bueno, y la otra ¿también la quieres?
- ¿Hay otra?
- Sí, la pequeña, la Olivetti que tenía tu abuela. 
- No me acuerdo de esa. ¿Cuál era?
- En la que yo aprendí. Es que esa no la volvimos a sacar, la trajimos de donde tu abuela y la guardamos en el cuarto de los trastos. Allá debe estar. ¿Quieres que la busque?
- Sí, sí, claro.

Revisé las máquinas que tenía mi mamá. La eléctrica estaba en mal estado. Al alzarla se le desbarajustaba la mandíbula, se le corría el armazón y quedaban expuestos los engranajes que estaban llenos de polvo y terrones de moho. La limpié por donde pude con un pincel y logré que las piezas cazaran. La pesada máquina funcionaba y el teclado me pareció bastante más cómodo que el del computador. La otra máquina, la Remington, estaba intacta. Con esa era con la que yo jugaba a escribir.

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Dejé la Olivetti para revisar de última. El estuche verde oliva estaba roto. Vi la máquina y fue como encontrar un tesoro. Era hermosa. Me la llevé a casa, la limpié y me di cuenta de que la cinta todavía servía. Aún la tengo, es unaOlivetti Lettera 22 portátil, fabricada en Brasil y ensamblada en Colombia; es un modelo que fue diseñado por el italiano Marcello Nizzoli en 1950. Mide 27 por 37 centímetros y pesa más de cuatro kilogramos. EneBay el precio está entre 15 y 195 dólares. Es color verde opaco y debido a numerosos tiestazos y el desgaste de andar de trasteo en trasteo por más de 40 años tiene los codos pelados. 

Con la máquina en casa empecé a escribir y un día se me ocurrió enviarle a mi mejor amigo, Antonio - quien vive en La Guajira - una carta escrita con la Olivetti de mi mamá. La correspondencia continúo durante varios meses. Él respondía mis cartas escritas a máquina en correos electrónicos.

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Recuerdo que Antonio me llamó y me contó, entre otras cosas, la gran alegría que le dio recibir mi carta escrita a máquina. La guardó en su billetera y la leyó varias veces. 

*** 

La máquina de escribir era un objeto indispensable en mi casa. Me acordaba de la existencia de dos, una Remington y una IBM eléctrica. Mis padres no eran ni periodistas ni escritores, sino abogados y por todas partes de la casa tenían cientos de hojas escritas a máquina con edictos, autos, avisos, despachos y notificaciones. Mi madre era escribiente, y luego secretaria, de un juzgado civil. Había sido también contadora, por lo que era una digitadora virtuosa. Yo me quedaba maravillada viéndola cómo lanzaba en picada las yemas de los dedos con rapidez y precisión.

Mi padre era menos diestro porque fumaba y, a diferencia de varios escritores o periodistas que escribían en la máquina con el cigarrillo en la boca, él no podía coordinar las dos acciones. Hasta su repentina muerte, le hacía dictados a mi mamá, incluso en ocasiones grababa en un casete el dictado de los documentos que quería que ella trascribiera.

Por supuesto que yo también usaba la Remington. Fue de los primeros juguetes que tuve. A los siete años escribía cartas de cinco renglones con tachaduras y enmiendas a mi mamá, que me tomaban toda una tarde. Aunque intentaba usar todos los dedos, solo podía alcanzar cierta agilidad usando el índice derecho porque me sentaba sobre mis pantorrillas en una de las sillas del comedor y apoyaba la mano izquierda en la mesa.

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Como teníamos máquinas de escribir, había también una serie de objetos que poco a poco dejé de ver en la casa. La plastilina azul limpia tipos -que servía tanto para quitarle la suciedad a las letras de metal como para ajustar los vidrios a las mesas- era mi entretención. La estiraba como un queso por su composición chiclosa, lo que me provocaba rasgarla con nervios. El borrador de escobita con forma de lápiz era tan duro como frotar la hoja con una piedra pómez. El papel carbón para hacer copias tiznaba los dedos y yo lo malgastaba haciendo dibujos. Y claro, la cinta, roja o negra, que me gustaba cambiar porque sentía que realizaba alguna labor complicada al desenrollar el carrete y acomodar la banda entre los espacios.

Me gustaban las formas de las máquinas de escribir y la coreografía que implicaba escribir en ellas. Las estilizadas barras de acero con las letras grabadas en la cabeza acomodadas una al lado de la otra me parecía que marcaban una sonrisa acogedora en la máquina. Y luego verlas estrellándose contra la hoja con violencia. El estruendo que hacían los golpes sucesivos a las teclas, que en el juzgado donde trabajaba mi mamá, parecía el de una tormenta de granizo cayendo sobre tejas de zinc. Además del pito que hacía el rollo de la hoja al terminar de hacer su recorrido de izquierda a derecha y el posterior sonido de matraca que salía cuando la empujaban de vuelta con la palma de la mano. La mezcla de sonidos tenía armonía, las de los juzgados eran orquestas mecánicas semejantes a las de las fábricas y las estaciones de tren. También me gustaba enrollar la hoja en el cilindro, escuchar las maldiciones de alguien que cometía un error de deletreo hacia el final de la página y, en fin, todo el tacto, autocorrección y repetición que había en el acto de escribir a máquina.

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Correo de Antonio: 

Qué interesante lo de la grabación. Tal vez escuchar a tu papá después de tanto tiempo fue lo que te puso mal. Me dejaste pensando en lo de las máquinas de escribir y también pensé en las de mi casa. Teníamos una Remington gris. El otro día leí un artículo que decía que varios escritores, entre ellos William Burroughs y Paul Auster, decían sentirse encantados, controlados, por su máquina de escribir. También señalaban que con la máquina de escribir quedaban en el papel la lucha del pensamiento, las inseguridades, ambivalencias y cambios de parecer del autor en la realización de la obra, cosas que desaparecen con la computadora ¿Qué opinas? Yo estoy bien y espero verte pronto. ¿No has encontrado a alguien que te entusiasme? En estos días te llamo. Un abrazo bien fuerte. ¡Ah!, te pongo unos links que encontré para que te deleites con las máquinas: www.typewriter.slk.fiwww.mytypewriter.com Y mira este que te va encantar www.guardian.co.uk.

***

Yo no recordaba haber visto la Olivetti. Entonces, llamé a mamá y le pregunté por la historia de la máquina. Ella la compró en 1968, por $45.000 pesos, para practicar y hacer las tareas de mecanografía cuando estudiaba secretariado comercial, como lo hicieron tantas mujeres que en esa época entraron al mercado laboral como mecanógrafas. En los exámenes tapaban el teclado por lo que las señoritas debían memorizar la posición de las letras: A,S,D,F,G,H,…Esa era la primera máquina de mi mamá y no sabía que mi abuela la tenía guardada. Se la trajo para Bogotá, la puso en el cuarto de los trastos y allí estuvo hasta que yo se la pedí.

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