POR: Katherine Morales FOTOGRAFÍA: Emilio Aparicio Rodríguez Miércoles, 28 Junio 2017

La ruta no tiene como finalidad entregar comida a los habitantes de la calle, ni limpiar el alma, ni hacer una obra de caridad para aliviar un poco el karma. Todas esas aclaraciones fueron hechas al momento de llamar a la fundación Pocalana y registrarse en uno de sus recorridos de los sábados por la noche. 

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El punto de partida

Junto a las escaleras del puente de la estación de Transmilenio El Virrey hay un grupo de gente sentada en el andén. Son jóvenes y es sábado por la noche. Parece que esperan algo y no precisamente a un parche para irse de fiesta. Dos de las mujeres del grupo hablan animadas y se les van uniendo otras personas hasta formar una congregación  que pasa desapercibida y queda oculta por los carros que se parquean alternados. La peluquería y la tienda frente a los carros inmóviles parecen disponerse a cerrar. Algunas personas salen y entran de la portería del edificio situado junto a la peluquería. El número de personas sentadas en el andén deja de crecer, pero la conversación continúa.

Entre los turnos de carros que vienen y van aparecen tres que se acomodan en fila. Son dos parejas de voluntarios y el guía encargado de dirigir los recorridos de la Fundación Pocalana. La fundación nació en 1992 luego de que cuatro estudiantes universitarios empezaran a visitar a un habitante de calle que vivía debajo de un puente por la avenida Circunvalar.

Uno de ellos solía parquear su carro por el centro y dejarlo al cuidado de un hombre que un día se animó a pedirle medicamentos para su enfermedad. El joven decidió ir hasta el puente en el que vivía el cuidador de carros y entregarle los medicamentos. Cuando llegó al lugar, en compañía de tres amigos más, la entrega se convirtió en una visita en la que las conversaciones sobre distintos temas y la hospitalidad dieron pie a un ambiente agradable.

El grupo de amigos formado por Eduardo, Felipe, Javier y Jorge empezó a frecuentar los sábados en la noche el puente de la Circunvalar con 28, cada vez con más compañeros de la universidad que animados por la curiosidad (y la solidaridad) se unían a las tertulias de fin de semana que ya incluían comida para compartir y muchos más residentes del mismo puente.

Pocalana se constituyó de forma legal en 1996 como una asociación y años después se convirtió en fundación. Ahora, la Fundación Pocalana es una entidad no gubernamental sin ánimo de lucro que tiene como principal objetivo ayudar a transformar la sociedad y dar amor y apoyo a personas sin casa, en proceso de recuperación de consumo de drogas y prevenir con actividades de sus escuelas recreativas que niños de sectores como Mochuelo bajo, en Ciudad Bolívar, desarrollen una adicción a las drogas. 

Algunos de los que esperan frente a la estación –de pelo rubio y piel muy pálida− son adolescentes extranjeros que se inscribieron en el programa de voluntariado de Emerging Voices Colombia desde Australia, Estados Unidos, Inglaterra y Escocia. Uno o dos recorridos con la Fundación Pocalana son actividades que Emerging Voices incluye en su programación para jóvenes de otros países ansiosos de ayudar a poblaciones en pobreza extrema y conocer un lado más real de los países que visitan. 

De uno de los carros recién llegados, un Chevrolet Sprint rojo, sale Alejandro, el guía, que se reconoce por su gorra y camiseta con el logo de la fundación. Su rol toma más fuerza cuando se pone un chaleco verde fluorescente y empieza a soltar palabras en inglés para reunir a los jóvenes que empiezan a pararse a su alrededor. Sus indicaciones ameritan una traducción más eficiente teniendo en cuenta el ritual inicial acostumbrado para las personas que toman el recorrido por primera vez. Órdenes de organizarse en fila por orden de estatura, fecha y mes de nacimiento, con los ojos cerrados y sin hablar, fueron intervenidas por uno de los asistentes que se encargó de traducir estas y otras indicaciones necesarias para la noche.

La intención de Alejandro con este ritual es aumentar la sensibilidad y hacer notar cómo muchas veces los indigentes y personas en abandono, de las que gritan y andan semidesnudas en las calles, son ignoradas y hasta denigradas por la gente en su cotidianidad que sí puede ser vista y escuchada. Luego de reírse por la torpeza producto del juego, firmar una lista y ponerse unos cuantos botones en las chaquetas, los asistentes se montan a los carros y parten a la primera parada, desconocida para todos. 

Cada uno de los diez voluntarios habrá tenido que recordar durante el trayecto que no se debe entregar comida de inmediato, no dar el número telefónico, no separarse del grupo, no fumar y, la norma tácita, tener la disposición de compartir y conectarse con los otros, tener una conversación o dar una sonrisa.

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Primera parada

A unas cuantas cuadras más al norte de El Virrey, los tres carros de Pocalana se parquean en un barrio residencial en la calle 98 con carrera 12. Allí el grupo, expectante, rodea dos carretas de reciclaje, pertenencias de Comanche padre y Comanche hijo, recicladores que desde hace veinticinco años se dedican a trabajar con la basura de zonas del norte de la ciudad. Aunque no se les considera exactamente habitantes de calle, muchos recicladores viven en la calle y tienen un 47 % de presencia dentro de los aproximados quince mil indigentes con los que cuenta Bogotá, según la Secretaría de Integración Social (su último censo en el 2011 calculó 9614 habitantes de calle, cifra que sigue en aumento). 

El Comanche más viejo cuenta que su apodo viene de películas de indios que veía cuando era niño. La pluma verde que tiene ahora en la cabeza, una que su hijo encontró en una de las bolsas gigantes de basura, le hace justicia a su apodo de protagonista de western. El padre vive a las afueras de Bogotá, llega a su casa, temprano, en Transmilenio, luego de vender las botellas, latas y papel en el barrio Siete de Agosto. Le pagan $400 por el kilo de botellas de plástico y papel, y $1300 por el kilo de latas. 

El Comanche hijo es el que lidera la atención del grupo. La carreta a su lado tiene una montaña inmensa de bolsas que aún le faltan por seleccionar. Mientras lo hace y sirve de anfitrión a los visitantes extranjeros, toma sorbos de Póker y conversa, responde preguntas y le regala otra pluma verde a Samantha, norteamericana de diecinueve años, de las que bajan el tono cuando terminan una frase. Dice “gracias” con una ere enredada para responder al “está linda” de Comanche, que en algún punto de la conversa pregunta: “¿Qué trajeron hoy?”. 

Donas y jugos de caja son la cena de la noche. Una de las voluntarias, Jacky colombiana, que ya conocía a los comanches y había hecho el recorrido otras veces, es quien se encarga de postergar la comida para luego de la charla, a pesar de las preguntas insistentes de Comanche hijo sobre lo que comería esta vez.

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La conversación toma un tono sombrío cuándo se comenta que en un mes estaría prohibido utilizar carretas de reciclaje por las calles de la ciudad. Los inconvenientes legales de los recicladores empezaron a darse desde el 2009, cuando se aprobó la ley 1259 de 2008, que reglamentaba el Comparendo Ambiental y establecía normas y multas en lo relacionado con la recolección de basuras, principal fuente de su trabajo. 

Un nuevo modelo de recolección de basuras empieza a regir este año y aunque la actividad de los comanches no se dejará a un lado por parte de la Alcaldía, sí deberá contar con algunas modificaciones. Por ejemplo, para que los recicladores reciban su pago, deberán pertenecer a alguna organización legalmente constituida a la que llegará el pago del Distrito. Unirse a una organización no es una opción para Fernando, nombre original del Comanche joven, que cierra su predicción sobre los problemas con el gobierno con un “oh yeah”, que complementa la conversación que dos de las voluntarias mantienen en inglés.

Llega entonces el momento de las donas. Comiendo en la oscuridad, frente a casas de jardines amplios y oficinas, los comanches se despiden de los voluntarios que apenas empiezan su recorrido.

separadorSegunda parada

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El segundo punto es desde el comienzo algo más agitado y agresivo que una visita a un barrio residencial. La ruta para llegar, la carrera 30 con 12, está trancada y rodeada por varios camiones de Policía. 

La actitud controlada pero muy al tanto de los agentes esparcidos por el camino confirma que algo ha pasado. Adivinaciones y suposiciones se van suavizando con el casete de baladas americanas de los años ochenta que va sonando en el carro de Alejandro en el que van Samantha, Rebecca y Elsie, voluntarias de Emerging Voices. Los otros dos carros de la ruta de Pocalana siguen muy despacio el carro de Alejandro y esperan indicaciones. Un giro a la derecha del Sprint rojo hasta una calle oscura y ya sin carros, da protagonismo a un bar pequeño de borrachos ruidosos, y más adelante, a dos habitantes de la calle que explican al guía las causas del alboroto. Su versión, es que la estación de policía cercana se estaba incendiando porque los menores de edad allí encerrados le prendieron fuego para poder salir. 

El humo ambienta la angustia retenida del grupo que a unas tres cuadras del lugar del supuesto incendio, muy cerca a la Estación de Bomberos de Los Mártires,  se reúne de nuevo para continuar con la ruta. 

Al bajarse del carro, Alejandro recuerda a las extranjeras no sacar tan pronto las donas que guardaron y recomienda conversar con las personas que se acerquen. El objetivo principal de los recorridos es darles algo de autoestima a estas personas para empezar a incentivar un cambio en sus formas de vida. Arjun, Mindy y Alyssa, los demás voluntarios extranjeros que venían en otro de los carros, se unen al grupo para escuchar las palabras de Alejandro, que deja de hablar muy rápido y empieza a caminar y a saludar a los habitantes de calle que lo reconocen.

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Jacky y Emilio, los voluntarios colombianos, toman iniciativa para socializar con algunas personas del lugar. Jacky y las mujeres del grupo se sientan en el andén al lado de un hombre moreno, flaco, con gorra y el ojo derecho entrecerrado y blancuzco. Su nombre es Harold Ardila, se presenta como dj, su profesión antes de que el bazuco le modificara la vida. El bazuco y la marihuana son las drogas más consumidas en las calles, el primero es también la droga más barata. Sin pedírselo, Harold empieza a contar su historia mientras los hombres del grupo, Emilio y Arjun, juegan fútbol en la calle con jóvenes que de a poco se van acercando. 

Nació en Bucaramanga, solía ser locutor de radio del programa Salsabor, transmitido por la Universidad de la Sabana. Antes de que entrara a la universidad en Bucaramanga, coleccionaba discos de toda clase, especialmente de salsa. El decano de su facultad conocía al decano de la Sabana y así fue como llegó a dirigir el programa.

Como si el grupo estuviera esperando una prueba de su pasado, Harold empieza a narrar muy rápido, con un tono grave, la introducción de una canción. A nadie le queda duda de que su voz puede liderar una sección radial. Luego interrumpe su transmisión con la anécdota sobre cómo no quisieron venderle un pan aunque podía pagarlo. La respuesta de las que escuchan es un silencio largo que desaparece por fin con la pregunta sobre si le gustaría rehabilitarse. Harold responde con un: “Es un modo de vida”.

Cuando Alejandro indica el momento en el que se pueden entregar las donas, aparecen corriendo otras personas desde cuadras más allá.

Una adolescente muy delgada de pelo rizado responde el “¿cómo estás?” de Mindy, californiana de rasgos asiáticos, con la frase rápida y de volumen bajo: “Con ganas de comer, dormir, fumar y los tres al tiempo”. Un joven de jeans anchos y camiseta larga pide donas para su esposa. Con algunas rodeadas de azúcar amontonadas en las manos, su versión de que lo están esperando es desacreditada por Alejandro, quien le pide que traiga a su esposa para entregarle las donas en persona. La insistencia se vuelve monótona hasta que Rebecca, voluntaria australiana, le entrega el jugo de caja que le queda en la bolsa.  

Se une luego un joven de unos veinte años quien, con una expresión desinteresada, dice ser fan del hip hop. Enseguida prende un fósforo con los dientes en un movimiento rápido y asombroso. Su primer aliento de cigarrillo es una hazaña que maravilla a quienes lo escuchan. Se acerca al grupo de gente un señor con los ojos desviados y los pasos descoordinados, tiembla y se mueve brusco pero logra hacer entender que quiere una dona. “¿Cómo estás?”, le pregunta Rebecca. “En las drogas, pero no es su culpa”, le responde. 

Las luces de la calle son fuertes y se ven muy blancas en contraste con los edificios oscuros con montones de basura y escombros en sus andenes. Los habitantes de calle algunas veces vienen corriendo por comida y dan la impresión de salir de los rincones menos visibles y, por un momento, “Cinco Huecos”, como se conoce esta calle en la localidad de Los Mártires, deja de parecer un lugar desolado. 

separadorTercera parada

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El próximo punto queda junto al hospital San José, donde algunos atraviesan las calles en bicicleta y hay unas cuantas personas recostadas en los andenes. Entre ellos está Gustavo, un anciano de barba larga que usa un blazer de cuadros gastado y juega a los dados con un compañero. Sentados en la esquina, se turnan los lanzamientos hasta que aparezca un par. De aparecer tres pares por jugador, el contrincante debe pagar $200 pesos. Algunas voluntarias les hacen compañía y llegan a hacer parte del juego. Otras conversan con Pablo, de cara muy flaca y ojos azules, que cuando sonríe convierte sus mejillas en dos pellejos estirados como cercanos a quebrarse. Se presenta ante el grupo de extranjeras como la oveja negra de su familia. Menciona que estuvo en la cárcel y que, por estar viejo, el Estado debería darle algún sustento o lugar dónde vivir.  

El Estado ayuda a los habitantes de calle por medio de la Secretaría de Integración, que a través de hogares de paso y centros de atención y rehabilitación los incentiva a recuperarse. Sin embargo, muchos de ellos prefieren seguir en las calles y no pueden ser obligados a asistir a estos centros ya que la misma Corte Constitucional considera una vulneración de varios derechos fundamentales el sometimiento forzado a rehabilitación. El proceso de resucitar un alma marchita absorbida en las drogas es largo y difícil en cualquier contexto. De los dos mil habitantes de calle que fueron desalojados en la toma del Bronx el 28 de mayo de 2016, unos 550 se recuperaban en los centros de acogida habilitados por el Distrito en noviembre de ese año.

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El juego de los dados sigue avanzando. Ahora con algunos comentarios de Gustavo sobre la relación con su esposa y el hastío que siente de haber comido tanta lechona. “Más mala que Caín” es como describe a su pareja, que, señala, está unas cuadras más abajo. En frente del juego de dados, apoyando el pedal de su bicicleta en el andén, se para a mirar a los voluntarios un hombre flaco, de gorra inclinada hacia abajo que oscurece la mitad de su mirada. Tiene unas gafas de lentes azules que baja hasta la mitad de su nariz para poder mirar sin obstrucción al grupo de extranjeras que escuchan. Es John Alexander, trabajador de un taller de carros quien, admite, hace sus recorridos para comprar droga por esta zona porque así lo decidió, sin que eso quiera decir que no tiene una habitación donde dormir.

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Luego de la repartición de donas y jugos en los alrededores del hospital, el recorrido se dirige a la carrilera de Paloquemao. Las vías del tren están junto a muros muy altos llenos de grafiti sobre los que se recuestan carretas con plásticos que hacen de casas para varias personas, quienes, pareciera, ya están dormidas. Es casi medianoche y es  necesario llamar y avisar que llegó Pocalana. Solamente una persona de las que se resguardan bajo plásticos y tejas sale a recibir la comida. 

Más adelante, por la carrilera, los voluntarios se encuentran con Luis, reciclador, que, como los comanches, separa botellas de plástico, papel y latas. Su piel negra brilla por la lámpara que tiene sobre la cabeza. Está acompañado de un radio que él mismo hizo con una antena, un parlante y un tarro de arequipe vacío. Suena un ritmo disco en inglés  mientras le cuenta al grupo sobre su forma de trabajo y lo que cobra por cada kilo de botellas papel y latas. Al comparar sus cifras con las de Comanche concluye que “lo están robando”.

Algunos voluntarios se alejan de Luis para saludar a María, morena de sombrero de colores de la bandera jamaiquina y unos cuantos dreadlocks pegados en la parte de atrás. También lleva un turbante café que le sale en la frente, dos bufandas de colores variados y pasteles, un abrigo de cuadros, jeans y tenis negros. Está ebria y con los ojos llorosos. Da la impresión de estar triste y preocupada. Empieza a cantar y bailar “Eva María se fue, buscando el sol en la playay alterna risas con un llanto borracho. Cuando deja de cantar dice que “se quiere morir”. Saca del bolsillo una bolsa transparente en la que tiene guardada su cédula y otros documentos, entre ellos una tarjeta que indica que el próximo lunes a la 1:30 p.m. tiene una cita con el dentista. 

separadorCuarta parada

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Al momento de subir a los carros para dirigirse a la próxima parada, los voluntarios se preguntan entre ellos por el próximo lugar. El viaje hasta el siguiente destino es más silencioso, quizás por el cansancio, la expectativa o la recolección de las experiencias de la noche.

Cuando los carros paran junto al Cementerio Central, se pueden ver desde las ventanas a Pacho y su amigo sentados frente a un televisor. La señal no pareciera estar muy clara. Pacho era mecánico y ahora, algunas veces, recibe clientes que se parquean en fila en frente de su carreta, en la que tiene una cabeza de muñeca anclada a un palo de madera. Con intenciones cómicas aclara que es su novia, Chorola.

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Luego de que Alejandro presenta a los voluntarios, el compañero de Pacho empieza a contar algunas historias sobre zombis que suenan el doble de confusas para las extrañadas adolescentes extranjeras. Los zombis, espíritus, lo que había visto y las menciones a las drogas que consumía se mezclan hasta formar un discurso que con el ruido del televisor se hace incomprensible. 

Al final, luego de comer algunas donas y darles la mano a cada uno de los voluntarios, Pacho vuelve a la silla junto a su amigo y siguen viendo la programación entrecortada con el volumen muy alto. 

separadorEl final de la noche

La última parada del recorrido es frente a CityTV, zona centro de la ciudad. Allí las caja de donas y jugos se ubican en el andén frente a la estación de Transmilenio para quien desee comer. Suenan la música de un bar y las conversaciones de alguna gente aglomerada fuera de un edificio cercano. De a poco van llegando algunos habitantes de la calle, quienes les avisan a otros que van pasando que hay jugo y donas. A la 1:43 a. m., Alejandro pide a los asistentes que se reúnan y compartan sus impresiones de la experiencia.

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Cada uno organiza un discurso corto en el que se destacan las respuestas amables a situaciones antes no vistas. Experimentar en profundidad un país,  su parte “real”, no solo la turística, son los principales argumentos de jóvenes como Arjun y Elsie, quienes ahorraron dinero trabajando como meseros o ayudantes de supermercado en el Reino Unido para poder visitar Latinoamérica. La satisfacción de haber visitado estas zonas, conocer las historias de muchas personas, poder sentirse útiles, conforman las demás respuestas de los voluntarios que, aunque intimidados, logran manifestar la gratitud que sienten al hacer parte de una actividad que solo tiene buenas intenciones. 

A las dos de la mañana el grupo se dispersa y el Sprint rojo de Alejandro se llena otra vez para acercar a algunos de los voluntarios al hostal en el que se hospedan. Otros deciden llamar un taxi desde allí y los otros dos carros parten hacia direcciones opuestas. La calle, sin donas ni voluntarios, vuelve a parecer amenazante e insegura y los que la habitan, más humanos y menos distantes. 

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