TEXTO Y FOTOGRAFÍA: Julio Barrera Sábado, 31 Mayo 2014

Seguimos recorriendo Colombia y, esta vez, nos pusimos la ruana.
Este es un homenaje al campo en un fin de semana.

Este es mucho departamento, queridos lectores. Una vez que ustedes entran en el maravilloso mundo boyacense, deben estar dispuestos a afrontar un paisaje tan hermoso que no podrán borrarlo de su memoria durante mucho tiempo. Pero además entrarán en el mundo de la historia de nuestro país, de una región en la que se dieron las batallas más importantes por la independencia. Estén preparados para presenciar una cultura que se mantiene con sus antiguas costumbres a la par que sus ciudades crecen y se adaptan a la globalización. Bienvenidos a este pequeño viaje por la región de nuestros campesinos, de nuestros paperos, de nuestra libertad.

Iniciamos nuestro viaje en Tunja. Una vez llegamos a la terminal, lo primero que vemos son viandas que se nos ofrecen con cariño: almojábanas, arepitas de harina de maíz, masato, achiras, incluso una discreta picadita. No estaría nada mal hacerse a una pequeña lonchera de alimentos tradicionales preparados con mucho cariño: estas viandas nos darán energía para este primer día de recorrido por el departamento.

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Dicen que por el frío que hace, Tunja es la ciudad del amor. Bueno, tal vez la arquitectura de esta ciudad le ayude a enamorar a su acompañante por medio del arte de la contemplación, abrazados (para evitar el frío, de paso). El centro de Tunja es uno de los más bellos de nuestro país: sus edificaciones van desde bellas casas antiguas con aire republicano, mantenidas desde algunos cientos de años, a una bella arquitectura de principio y mediados del siglo XX. Es sorprendente perderse en sus calles y dejar pasar la mañana. Tal vez preguntando pueda usted entrar a alguna que otra de estas edificaciones o descubra que allí funciona algún estamento del distrito como La Casa del Fundador. Déjese llevar, realice algunas fotos y descubra que a veces el progreso no significa tumbar y reconstruir, también significa preservar.

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Pero si usted ha recorrido la ciudad mirando su arquitectura, también se dará cuenta de que iglesias es lo que hay. No es de extrañar: los boyacenses son un pueblo muy devoto, aquí la religión es algo que se vive todos los días (le recomiendo visitar la ciudad en semana santa). No estaría nada mal, independiente de su inclinación religiosa, hacer un paseo descubriendo los diferentes templos que, mal contados, llegan a una docena. Cada una de las iglesias tiene algo que ofrecer, diferentes santos, vitrales, entradas de luz. Cada una conlleva su propia hermosura dedicada a Jesucristo y su gran sacrificio. No es para volverse un místico, pero no está nada mal conocer la tradición y la devoción de este pueblo.

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Hay algo de cansancio en este momento (muchas subidas y bajadas, muchas cuadras andadas a pie). Por eso hay algo más en esta ciudad que iglesias: cafés. ¿Por qué será que les gusta tanto a las personas de Tunja el café y la tertulia? Le propongo que entre en uno de sus muchos cafés y descubra usted mismo cómo se eternizan las discusiones de política, fútbol, arte, y por qué no, alguna charla interesante sobre el amor. El café es parte de la manera en que los tunjanos comparten su vida diaria, yo le propongo que usted también haga parte de este bello ritual y se deje encantar por un delicioso tintico (porque aquí todavía no hablan de “lattes” y “americanos”) con alguna galletica mientras mira la vida de la plaza de Bolívar.

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Una vez usted se cargue de energía, se dará cuenta de que en la plaza hay más vida de la que pensaba. Hay niños y viejos dando de comer a las palomas, pero en especial hay gente que hace retratos fotográficos. De los clásicos. Poco a poco, dado que las cámaras digitales se tomaron el mundo, esta tradición desaparece en nuestras ciudades. Pero esto no pasa en Tunja: pareciera que hay más sitios de retratos que cafés e iglesias. Usted tiene un par de opciones: ir a un tradicional estudio fotográfico que ha evolucionado o hacerse una foto en la plaza rodeado de caballitos. Lo que no puede hacer es salir sin su retrato.

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Con pesar le propongo dejar Tunja y lo invito a conocer la plaza de mercado de Paipa. Una vez allí, disfrute con todo tipo de frutas y vegetales pero, sobre todo, tomarse un receso y comer una tradicional fritanga. Además, encontrará aquí el fruto del trabajo de nuestros humildes y fuertes campesinos, los que trabajan la tierra para traerle a buena parte de Colombia sus viandas y víveres.

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Ahora tome un pequeño viaje a Duitama, ciudad de grandes ciclistas. No estaría nada mal entonces visitar sus viejas glorias y dar un paseo por su bello cementerio (si quiere, en bicicleta, para completar el homenaje). De un blanco inmaculado, este sitio nos invita a guardar silencio y a regocijarse con la extraña belleza de la memoria y de los que se fueron. Las tumbas, las estatuas y los mausoleos son solemnes. Este es un verdadero plan de contemplación y descanso.

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Ya que estamos en la carretera, lo invito a un verdadero viaje histórico en el Pantano de Vargas. Pero alejémonos un poco de nuestro tradicional monumento, que esto no parezca un viaje de colegio. Existe un buen alojamiento, con comida sana (a lo largo de este viaje resulta inevitable consumir varias grasitas y es bueno equilibrar la dieta), lectura y charla alrededor de nuestra historia patria y nuestro destino. Dese un momento para dejar atrás el paso del día y déjese llevar: un buen coctel ayuda. Luego, en la mañana, si puede despertar con las primeras horas del día, lo invito a visitar el monumento que se hace mil veces más hermoso rodeado por la neblina diaria, déjese llevar por el misterio de la libertad e inicie un nuevo día.


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Hay dos maneras de ir a Firavitoba. La primera es la tradicional, tomando la ruta de Duitama. Pero existe una carretera escondida que es en sí misma una aventura: desde el Pantano de Vargas, tome la ruta a Firavitoba y encontrará el paisaje boyacense en su máxima expresión: el verde y dorado que se apoderan de la tierra y sobrecogen a cualquier espectador, las casas de barro de más de cien años, los cultivos que abastecen los supermercados de las ciudades. Es realmente una experiencia conmovedora viajar por esta carretera y conmoverse con la belleza de la naturaleza. Intente parar en alguna casita y preguntar por una chicha o un guarapo. La carretera está llena de cosas por descubrir y, de seguro –porque su estómago ya es fuerte–, saboreará una bebida tradicional en compañía de campesinos que trabajan la tierra y que lo tratarán con cariño. Recuerde que las visitas son muy bien tratadas en Boyacá. Una vez que llegue a Firavitoba, le recomiendo un buen pan, esto le dará reconforte después del largo viaje. Me atrevo a afirmar que es el mejor pan de la región.

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Bueno, no estaría mal buscar una ruana: estamos cerca de la capital mundial de la ruana, Nobsa. Allí puede encontrar una a su medida, tal vez hasta le hagan una como usted quiera o, incluso, algún campesino le venda los materiales para hacerla usted mismo. Es una tarea difícil pero un ovillo de lana de oveja nunca sobra para la abuela o la familia. O para aprender a tejer, ¡no sea flojo!

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Sugiero terminar esta jornada de viaje y descanso con una buena ronda de tejo, el deporte nacional, que bien arraigadas raíces tiene en la cultura boyacense. Disfrute entonces de una cerveza, una buena carne asada y dele al tejo, que eso es vida y tradición. Advertencia: no compita con la gente de la región porque el lunes no podrá levantar ni un esfero. Ellos son los verdaderos maestros.

Con este par de días usted podría decir que completó todo un tour por Boyacá. Pero este es un departamento gigante, lleno de historias, que no se reduce al plan turístico de Villa de Leyva. Por eso, este artículo es solo un abrebocas de la aventura que significa venir a este bello departamento, que es parte de una cultura única en nuestro país. Ya tendremos tiempo para seguirle dando la vuelta.