POR: Simón Posada Lunes, 09 Febrero 2015

Hace unos años, un periodista tuvo que enfrentarse al desempleo y dejó de lado el orgullo para contarnos cómo es ese trabajo del rebusque en el transporte público de Bogotá.

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En el avión de regreso de unas vacaciones, empecé a leer Cineclub, de David Gilmour –el escritor canadiense, no confundir con el guitarrista de Pink Floyd–. El libro cuenta un episodio real de la vida del autor: su programa de televisión es cancelado, queda desempleado y su hijo tiene problemas en el colegio. Él le da la opción de que lo abandone, siempre y cuando vean juntos tres películas a la semana. Y así avanza el libro, entre enseñanzas para la vida que se desprenden de las películas, los líos amorosos de Jesse y la búsqueda de Gilmour de un nuevo trabajo.

En el vuelo me puse a pensar qué haría si me quedaba sin trabajo, a quién llamaría y qué películas vería y en qué orden. Siempre he querido hacer un ciclo Kurosawa-Western-Bruce Lee, pero no he tenido tiempo. Lo curioso fue que al día siguiente pasó algo difícil de creer. Diez minutos después de llegar a la oficina estaba empacando mis cosas. El libro de Gilmour se convirtió en realidad para mí. A la vida le encanta burlarse de nosotros, y por eso uno de los primeros encargos que me hicieron en mi desempleo fue el de escribir una crónica sobre cómo montar gratis en un bus. Y ¿de qué otra forma puede hacerse sino es pidiendo limosna?

Quería hacer algo nuevo. Por ejemplo, en el metro de París vi a un grupo tocando El Invierno de Las Cuatro Estaciones, de Vivaldi, o en el de México alguna vez vi a un hombre que entró sin camisa, regó pedazos de botellas de vidrio rotas en el piso y se acostó sobre ellas varias veces. Decidí, entonces, buscar en internet frases célebres de escritores y pensadores, recortarlas, regalarlas y ver quién se apiadaba de mí con una limosna. No muy novedoso, pero rápido y fácil.

Salí a la calle con mi pijama. No me la quité desde la noche anterior, no me bañé, ni me afeité, ni me eché desodorante ni talco en los pies. Sí me lavé los dientes. No le conté nada a mi papá, porque desde que estoy desempleado no duerme bien. En cambio mi mamá sólo se ríe. Antes, cuando trabajaba en una revista, le decía “me voy a Dubái a cubrir una carrera de aviones”, “Buchanan’s me invitó a tomar whisky a Escocia”, “Diageo me invitó a un tour gastronómico en Lima y Caracas”. Ahora me voy en pijama a pedir limosna a los buses.

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Como estaba en pijama, sentí más que nunca el peso de mis bolsillos: el celular, la billetera, el iPod, el estuche de las gafas de sol y las llaves de mi casa hacían que se me vieran los calzoncillos. Alguien que tiene la necesidad de pedir dinero en los buses no tiene celular –lo puse en silencio− y, mucho menos, una billetera pesada. Tampoco usa gafas de sol, a menos que sea ciego.

Al principio traté de tomar el bus en la calle 75 con avenida 15. Intenté más de diez veces y todos pasaban de largo. Los conductores de bus tienen un lenguaje extraño, y casi siempre se comunican con movimientos extraños de su cabeza porque sus manos están fijas al volante. Se me ocurrió que la mejor forma era abordarlos en un semáforo y no en mitad de la calle, y así fue. También aprendí que es más fácil subirse a los buses grandes que a los pequeños, porque el vendedor no incomoda tanto a los pasajeros.

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La primera vez gagueé muchísimo. Dije que era periodista, que me había quedado sin trabajo y que no tenía nada para comer ni pagar el arriendo. Sonaban ridículas esas palabras en mi boca. No sé cómo no me reí, pero funcionó. Todas las personas recibieron el papelito con la frase con amabilidad, a los que me lo devolvían les dije que era un regalo y recaudé $700. Al fotógrafo también le dieron plata.

Recorrí de la calle 77 a la 85 por la avenida 15. Me bajé, caminé hasta la carrera 11 y ahí me subí en el primer bus que intenté parar. Una señora y dos hombres no me quisieron recibir el papel, a pesar de que les insistí en que era un regalo. La segunda vez no gagueé, no me equivoqué en mi parlamento: “no me voy a demorar porque a mí me molestaba mucho que hicieran esto cuando estuve ahí sentado como ustedes. Perdí mi trabajo y no tengo plata para nada. Les traje estas frases célebres de escritores y filósofos como regalo y al que me quiera colaborar, muchas gracias”. Recibí $1350. Lo más incómodo de la situación es ver que una mujer empieza a buscar algo al interior de su bolso, entre sus agendas, cosméticos, cepillo para el pelo, sobres y papeles y quedarse ahí esperando para ver si se trata de unas cuantas monedas o de un espejito para echarse la pestañina. La más encantadora de mis colaboradoras fue una que sacó un monedero blanco de su brasier. Ninguno me miró a la cara cuando me dio las monedas.

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Ahora vamos a la matemática. Un amigo de mi hermano que estudia finanzas hizo algunos cálculos con variables de riesgo de clima y cambios de tráfico y dice que es posible ganarse en los buses, en un horario de oficina de 9 a. m. a 6 p. m. para subirse en al menos 36 buses al día, $946.000 al mes, mucho más que el salario mínimo mensual, que apenas supera los $600.000. Nada mal. Eso sí, hay que salir con pantalones y cinturón porque el peso de las monedas es grande, porque abundan las de $100 y de $200, ni una de $500, y eso hizo que mi pijama se cayera de nuevo. Decidí darle un final poético a la historia y regalarle todas las monedas a una viejita que vendía pollitos de juguete. La limosna debe fluir.

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