POR: Mónica Meléndez ILUSTRACIÓN: Zokos Sábado, 07 Marzo 2015

 Todos los hombres de Colombia tienen algo en común: son hijos de la misma guerra.

Hoy, Manolo Zapata* se arrepiente de haber prestado servicio militar.
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SEVICIO MILITAR 

Él estaba feliz, emocionado de irse a conocer cosas nuevas y aprender. Dígame, ¿yo cómo lo trancaba? Tenía que apoyarlo, a pesar del miedo. De pronto el entrenamiento militar le servía para ser celador y podría trabajar por aquí cerca, porque él es muy apegado al hogar.

Lindelia está sentada frente a mí y lleva el pelo recogido como una bailarina. Sus ojos son tristes. Las uñas, cortas. Las manos, redondas. La boca fruncida para que no se venga el llanto. Hoy me está contando cómo violaron a su hijo en el Ejército. Atrás quedaron los mandarinos de la finca de la familia en Alto Bonito, en el departamento de Caldas. Las flores, los árboles frutales y las vacas fueron reemplazados por el pavimento de un barrio a las afueras de Manizales. Esta es la trinchera desde la que hoy luchan los Zapata.

No te quedes atrás, aprovecha esta oportunidad de crecimiento y aprendizaje dentro de la institución más grande del país. Conocerás el verdadero valor de la amistad. Aprenderás a escuchar y ser escuchado. Amor a la patria, honor y lealtad.

Este es el mensaje que la página de reclutamiento del Ejército Nacional tiene para los soldados campesinos que quieren resolver su situación militar, y por eso Manolo estaba contento cuando le dieron su fecha de incorporación, luego de tres exámenes médicos y varios impedimentos. El primero de ellos: no era necesario integrarlo al contingente pues el cupo de soldados estaba completo. Pero eso no lo detuvo. Agarró sus maletas, se despidió de su madre, y el 11 de mayo de 2013 fue reclutado como voluntario en la Trigésima Brigada de Cúcuta, a trece horas de distancia en bus desde su casa.

Junto a él entraron otros 120 muchachos y, de inmediato, fueron asignados al Batallón Especial Energético y Vial 18, con sede en Catatumbo, un pueblito petrolero. Manolo no era consciente de que iría a una de las zonas rojas del conflicto colombiano. Él estaba entretenido viendo caer al suelo su pelo negro, liso, y uniformándose con el verde y marrón militar. Durmió la primera noche en un camarote rodeado de sus cuadros, como llamaba a sus compañeros de sección. Empuñó el fusil con orgullo y corrió a cantar desde la primera mañana los himnos del ejército.

¡Cuatro tres, cuatro tres dos uno!
¡Cuatrocientos treinta y uno,
es mi número de suerte,
pero no el de mi muerte!

Dos meses después estaba seguro de que ese era su lugar en el mundo. Se lo decía a su mamá y a su hermana cuando hablaban por teléfono. Desde la sala de informática del batallón subía fotos a Facebook en su uniforme, y devoraba cuanto arroz con lentejas le sirvieran. Levantó carpas en medio de la nada, rió a carcajadas con sus cuadros y se instruyó en primeros auxilios, decisión que revelaría su vocación por la enfermería. Anhelaba trabajar en un gran hospital. 

La noche del 31 de julio todavía abrazaba esos sueños. Manolo no quiere hablar de lo que pasó, pero se atrevió a escribirlo. Es la única manera de que el mundo entienda su silencio. 

Me encontraba de centinela en un árbol en el puesto número 3 sin ningún tipo de arma, de 9:00 a 10:15 p. m. Salió mi teniente Castillo [en realidad el cargo es subteniente pero es como Manolo lo relata] con unos soldados hacia el filo, supuestamente que habían visto a un hombre; duraron como unos 20 minutos allá. Cuando bajaron los soldados, se fueron a dormir; mi teniente Castillo se quedó y me preguntó mi W y yo le dije: ¡Zapata, teniente! Él se acercó y me agarró de las orejas y me las doblaba fuerte y se recostó contra el palo, se soltó de una mano y se bajó los pantalones y me tenía duro para que le hiciera sexo oral, cuando terminó andó [sic] un poquito y dijo de esto ni una palabra a nadie, aquí no ha pasado nada, y yo terminé mi turno de centinela y me fui a dormir. Al otro día nos hicieron la diana a las 4 a. m. y nos bajaron a formar a la plaza de armas y a desayunar y el resto del día fue normal. Así transcurrió hasta el día 2 de agosto del 2013 de 9:15 a 10:30 p. m., me encontraba de centinela en el puesto número cuatro, sin armas y mi teniente Castillo bajó desde el puesto número tres de otra bahía y preguntó el W; no me acuerdo quién estaba de centinela en ese puesto, entonces preguntó: ¿quién está de centinela en el puesto número cuatro? Y le respondieron Zapata mi teniente; dio la vuelta por detrás de mí y con una mano me cogió la oreja y cuando me agachó tenía el arma en la otra, de un momento a otro saltó a una zanja que había allí y me dijo ¡camine que ahí está el enemigo! Yo le dije no mi teniente, allá no hay nada, yo no escuché nada; cuando me iba a huir a donde el cabo Orozco, Castillo se me paró al frente y me arrastró a otra bahía que había del lado de abajo. No soltaba el arma para nada y me dijo que me bajara los pantalones y me volteó y me recostó el arma en la espalda, en ese momento me accedió sexualmente con violencia, cuando terminó se subió los pantalones y se fue para donde estaban los soldados durmiendo y yo quedé limpiándome, cuando subí estaba esperando más adelante y me dijo: ¡acabe el turno de centinela!

Lindelia estaba barriendo cuando sonó el teléfono. Su esposo, Omar, tomaba una ducha. Eran las siete de la mañana. Cuando contestó, supo que algo malo había pasado. Manolo lloraba al otro lado de la línea. 

—¿Amor? ¿Qué pasó? ¿Por qué llora?

—Ma, ayúdeme, por favor…

—¿Qué pasó? ¡Hábleme, por Dios!

—Ma… me violaron.

La tierra se tragó a Lindelia de un bocado. No podía hablar pero su instinto de madre respondió por ella. Aunque estaba lejos y no había nada que pudiera hacer, Manolo no podía quedarse callado. 

—Papi, denuncie. Vaya y hable con alguien, con el que manda.

—No puedo.

—¿Por qué no, mijo? Pida ayuda.

—No… si hablo ustedes peligran.

Y colgó.

A Lindelia le duele recordarlo todo. Su nieta, Alejandra, le pasa un pañuelito y la abraza mientras me cuenta. A sus cinco años, la niña tiene maneras de suavizar de el dolor que se coló entre su casa.

Me puse fue a llorar. Pensaba: “vida hijueputa, bien mal que estamos de plata, esperemos que llame a ver qué pasa”. Y entonces me acordé de mi niñez, de mi padrastro, que también me violaba. Yo nunca le dije a nadie y por eso el dolor me ahoga. Ahí volvió a sonar el teléfono.

—Ya le conté al cabo Orozco y a Rojas, y ellos le avisaron a mi teniente Mendoza.

—¿Y qué dijeron?

—Me preguntó que si era verdad, y yo le dije que sí.

—Ajá, ¿y el tipo ese?

—Ahorita nos va a poner cara a cara con él. Vamos a contarle al coronel.

—Eso, mijo. Estese tranquilo que todo va a salir bien.

Manolo fue a la capilla, por indicación del teniente Mendoza, pero no podía orar porque, después de esa noche, estaba seguro de que nadie lo estaba escuchando. Al salir de misa, se dirigieron hacia la guardia y al bajar las escaleras se encontraron de frente con Castillo. Mendoza lo confrontó allí mismo.

—Venga, subteniente. ¿Es verdad lo que dice Zapata?

—¿Qué está diciendo, luego?

Manolo miró a los ojos a Castillo. Recordó el vapor de su aliento en la nuca.

—Que cuando yo presté centinela la otra noche, usted fue para tener relaciones.

El uniformado sonrió con malicia y no desmintió la acusación.

—¿Cuántas veces pasó eso, subteniente? —preguntó Mendoza.

—Una no más, ¿cierto?— le dijo a Manolo.

—No, ¡dos!

—Ah, sí, dos.

—Venga, hagámonos más pallá que aquí hay mucha gente— sugirió Mendoza.

Los tres se alejaron de la sección y caminaron un par de minutos en silencio, hacia uno de los jardines del batallón. Una vez llegaron a la orilla de un pequeño riachuelo, continuaron la conversación, lejos de los curiosos.

—Esto tengo que informarlo a mi coronel Lozano— dijo Mendoza.

—¡No, déjeme yo lo informo!— pidió el subteniente. Si alguien iba enterarse de sus andanzas, sería por su propia boca.

Castillo sacó su celular y se quedó mirándolo. Lo embargaba la angustia de perderlo todo ante la confesión de un joven campesino. Él, Miguel Ángel, el respetado subteniente de infantería, el amor de doña Sandra, su madre, el que cumpliría 24 años al día siguiente, sería condenado para siempre por un error. Estaba arrinconado y no había nada que hacer. Sin embargo, no permitiría que lo delatara alguien más. Resignado, marcó el número y esperó a que contestaran. Al otro lado de la línea, el coronel le pidió que volviera a llamarlo en diez minutos. Guardó su celular y caminó, preocupado, hacia una piedra grande, donde quiso recostarse.

—Castillo, venga— le pidió Mendoza, pero su compañero lo ignoró.

—¡Castillo, venga!— repitió —¡Déme el arma!

—No es para tanto, Mendoza— dijo, y se bajó la cremallera para orinar sobre un arbusto. Mendoza hizo lo mismo.

Manolo los veía apuntar sus chorros, dándose la espalda. Se sentía extraño, incómodo. Nunca había vivido algo así en el campo. Mendoza terminó y se acercó a él. Le pidió una silla retráctil que llevaba en el equipo y lo miró a los ojos.

—Zapata, vaya y cárgueme el celular al régimen y espéreme allá que yo ya voy. Es mejor que yo hable primero con el subteniente.

—Sí, mi teniente Mendoza— respondió, y dio media vuelta, aliviado por tener una excusa para salir corriendo.

No llevaba ni cien metros cuando escuchó el disparo. Se volteó y solo pudo ver el rostro pálido del teniente Mendoza, gritando junto al cadáver de Castillo.

—¡Un enfermero, un enfermero, este man se mató!

Con los oídos aún aturdidos, Manolo echó a correr en dirección al dispensario, donde trabajaba su profesor de primeros auxilios. Los segundos se congelaron en su memoria. Sabe que pidió ayuda y que esperó –inútilmente– despertarse de lo que parecía una pesadilla. Que fue al dormitorio, buscando un cuadro con quien hablar; pero al verse solo, corrió hacia el teléfono público para llamar a la única persona que se mordía las uñas esperando su llamada. 

SERVICIO MILITAR2

Salvando a Manolo

El papá de Manolo pidió permiso al dueño de la finca en la que trabajaba para viajar hasta Cúcuta, y le tomó dos días más recolectar el dinero suficiente para los pasajes de él y su esposa. En la terminal de buses, Lindelia recibía llamadas de su hijo cada hora. Durante la semana le habían impedido completar los entrenamientos y lo habían trasladado a otro batallón de Cúcuta, donde se encargarían de resolver su caso. Sabía que los soldados lo señalaban y susurraban a sus espaldas, mientras él pasaba el día fumando y tomando café. Ese es el violado, repetían. No entendía qué había hecho mal para encontrarse tan alejado del mundo, tan solo. 

Ni siquiera podía dormir en la noche. En su cabeza retumbaba el disparo cuando todo era silencio. Parecía un mal sueño del que no se acababa de despertar. Solo lo calmaba imaginar el abrazo de su madre, como un niño al que lo arrullan después de haberse golpeado. Necesitaba verla, le urgía su amparo.

Omar y Lindelia llegaron a la brigada el primer jueves de agosto, luego de más de quince horas de viaje. Eran las seis de la tarde, y el sol se estaba escondiendo. Al entrar en la recepción, tres jóvenes soldados los requisaron con la mirada. El único día de visitas era el domingo. 

—Buenas tardes, quisiéramos hablar con el superior encargado. Somos los papás de Manolo Zapata.

Por las miradas, Omar entendió que el batallón entero sabía quién era su hijo. Tardaron más de una hora en darles respuesta, hasta que vieron la sombra de Manolo corriendo hacia ellos. Lindelia cruzó la barra de seguridad y los dos se fundieron en un solo llanto.

—¿Por qué me abandonó, mami? — fue lo único que alcanzó a decir, lo único que la rabia lo dejó, al menos.

Solo hasta las once de la noche apareció un capitán de apellido Pérez. Los sentó en la cafetería y mandó a que les hicieran algo de cenar. Se excusó con frases inconexas, diciendo que el Ejército no tenía la culpa de lo ocurrido y que las cosas se habían salido de control, que lo sentía mucho.

—¿Usted cree que porque estos niños son pobres y sin estudio los puede maltratar? ¿Que porque somos nadie nos vamos a callar? ¡Pues no, señor! El Ejército tiene que responder por esto y yo me llevo a mi hijo ya mismo de este hijueputa sitio.

Así, sin permiso, pero con la autoridad de ser madre, Lindelia se llevó a su hijo y a su esposo, mucho más sumiso que ella, a dormir en el cuarto de un hotel barato de Cúcuta. El capitán le pidió que regresara al muchacho al siguiente día y que se quedaran para una reunión en la que aclararan lo ocurrido. Lindelia arrulló a su hijo como cuando sufría de asma y lo vio quedarse dormido en su regazo. Desde esa noche ella vela, prácticamente con un ojo abierto y otro cerrado, por la salud de Manolo. Espanta las pesadillas con sus caricias de madre y luego se levanta a seguir peleando. Lo único que querían los Zapata era llevarse su hijo a casa pero el capitán Pérez creyó que quizás buscaban un soborno.

—Imaginen que esta mesa está llena con toda la comida y lo que ustedes quisieran, pidan lo que desean— insinuó el militar cuando los vio llegar a su oficina. Había una mujer sentada, acompañándolo.

—Mi hijo solo vino por su libreta militar, lo único que queremos es que él regrese a casa con el documento— respondió el padre, indignado.

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La mujer se llamaba Yalile y se presentó como la psicóloga del plantel. Sin rodeos, los desafió por estar reclamando sus derechos. Que cómo así que un subteniente iba a violar a un soldado, que qué pruebas tenían ellos de eso. Les dijo que no había posibilidad de saber que lo que decía Manolo era cierto y que quizás la muerte de Castillo se trataba de un homicidio. Estupefactos, los campesinos escuchaban cómo le decían mentiroso a su hijo.

A Lindelia le ardía la sangre en las venas. Sí, podía ser que nunca hubieran salido de su finca o que sus hijos apenas supieran escribir sus nombres. Pero eso no les quitaba dignidad. Juraron ante la mesa que probarían que lo que Manolo decía era verdad. El capitán Pérez, viendo cómo la psicóloga y los padres subían el tono, decidió mejor despacharlos con la promesa de que se encargaría de enviar a su hijo a casa en menos de un mes. Igual, en Cúcuta no estaba haciendo nada.

Ya no somos normales, me jodieron, me lo jodieron a él. Cuando nos regresaron, Manolo me llamaba angustiado, gritando: “¡Mamá, me van a matar. No me maltraten, no me estrujen… sáqueme de aquí!”. Yo estaba desesperada. A los veinte días llamé al capitán y le dije que tenía miedo de que tomaran alguna represalia contra mi hijo, que lo mandaran a la mierda porque como era pobre a nadie le iba a importar.

Cuando llegó octubre, Omar decidió que lo mejor sería hablar con la radio. Fue a la emisora La Cariñosa de Manizales y preguntó por Rafael Torregosa, un periodista al que escuchaban hacer las denuncias a diario. El reportero se atrevió a lanzarlos al aire en el noticiero del medio día y entrevistó al comandante de la Brigada 30, Rodolfo Ibarra, que, nervioso, aseguró que estaba esclareciendo lo ocurrido y que al día siguiente Manolo estaría en el batallón más cercano a casa. El soldado se animó a dar su declaración, convencido de que era la única forma de que las cosas cambiaran.

No soy el mismo de antes, no me es fácil dormir, tengo pesadillas. Vivo más aburrido en este batallón… no quiero estar acá, no aguanto, no soporto ver a los oficiales. Yo les digo que me manden pa la casa, que yo quiero estar con mi familia.

Uno de los oyentes de la noticia fue el abogado Carlos Iván García, especializado en responsabilidad civil y del Estado. De inmediato llamó a la emisora y pidió el contacto de los denunciantes. Desde entonces, ha llevado el caso. Acompañó a Omar y Lindelia al terminal de buses cuando el muchacho llegó a Manizales y, de no ser por su presencia, los padres habrían firmado unos documentos en los que el Ejército pretendía librarse de sus responsabilidades.

Eran tres papeles: un documento llamado evolución, que son exámenes médicos generales; otro de buenas condiciones del joven y uno donde demostraba la petición de la víctima para ser trasladado. Los documentos llegaron sin fecha y eran tramposos en el lenguaje utilizado, por lo cual hice algunas anotaciones antes de permitirles firmar.

García tiene su oficina en el centro de Manizales y desde allí se empeña a diario por que el Estado repare a víctimas como Manolo. En agosto de 2014, logró que la Fiscalía Sexta Especializada de Cúcuta examinara el pantalón del uniforme de su cliente y en este aparecieron restos de semen del subteniente Castillo. Desde allí, el testimonio empezó a validarse.

Él tiene un argumento consistente, va al grano y no es tan confuso. Lo que pasa es que los procesos pueden ser muy demorados. 

Esto significa, además, que los honorarios del defensor dependen del día en que –efectivamente– se desembolse una indemnización. 

Entre cuatro paredes 

He visto tres veces a Manolo y siempre está fumando. Es una manía que le dejó el servicio militar. Su padre le controla las cajetillas: le preocupa que llegue a consumir más de una a diario, como alcanzó a hacerlo en el batallón de Manizales. Allí pasó más de dos meses, antes de que iniciara una de las varias crisis psiquiátricas que le impidieron seguir prestando servicio. Manolo es hoy un soldado activo sin armas ni uniforme. Un curso sin batallón. Pasa sus días en un apartamento a las afueras de la ciudad en el que se acomodó estrechamente toda la familia para apoyarlo. La cama de Manolo es en realidad un colchón a los pies de la de sus padres, donde Bruno, su perro Beagle, también se acomoda cada noche.

La escasez es un problema diario, y sus hermanos aportan casi todo el dinero del arriendo mensual. La decisión se tomó pensando en que –desde allí, desde esta trinchera– les sería más fácil ir a visitar al soldado cuando se empezó a sentir mal en el batallón, o para acompañar al abogado a la Fiscalía.

Manolo es ahora el mimado de la casa, aunque a veces su padre se lo lleva a que sea su copiloto manejando camiones –el nuevo trabajo de Omar–, para que se distraiga en la carretera. 

Lindelia alcanzó a mostrarme los escritos de su hijo antes de que llegara de una cita médica. En uno de sus cuadernos decía:

Maldito sea el día en que me fui para el ejército. Me arrepentiré toda la vida de haber tomado esa decisión. Hay días en los que pienso: muerto el perro, muerta la rabia.

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Lindelia ha intentado leer, pero sus ojos miopes no la dejan. Es la única manera que Manolo tiene para romper el silencio. Le pregunto si cree que la escritura es suficiente para calmar el dolor. Y ella me responde que no, que su hijo lleva un taco en el alma que lo resiente, y que no lo deja ser feliz.

Como madre, temo todos los días encontrar una carta de despedida. Sé que lo siente y lo piensa; no me importa si está malito pero está conmigo. Yo ya se lo regalé a Dios, ya le dije que me lo cuide y que no me lleve hasta que él no esté bien.

La única manera de quitarle el cigarrillo, cuando por fin llega a casa, fue invitándolo a un helado. Caminamos por la carretera, en dirección al barrio La Enea, en compañía de su hermana melliza y su sobrina. Quería preguntarle muchas cosas a Manolo, pero su madre me advirtió que cuando se toca el tema, él se encierra en un caparazón. Entonces lo miro tomar de la mano a la niña y hablarle como a nadie le habla, con dulzura. Podría decirse que Alejandra le ha dado más alivio que los ansiolíticos que le recetaron, drogas que sólo le generan letargo.

También nos acompaña Bruno. Manolo lo lleva atado a una correa azul fina, que compró con el dinero mensual que los militares llaman “pensión”, cifra que no supera los $200.000 pesos mensuales –menos de la tercera parte de un salario mínimo–. Juntándola poco a poco le alcanzó para comprarse una tableta electrónica, donde pasa los días viendo videos y chateando en Facebook. Lindelia cree que tiene una novia, pero la única que lo confirma es su melliza, mientras caminamos.

El sol se pone en La Enea y Manolo me cuenta de las Ferias de Manizales, de aquel concierto de bachata al que fue con su hermana, de que le gusta irse de fiesta, bailar, tomarse un ron. Sus planes para ser vigilante o enfermero están pausados. Primero, por los quebrantos de su salud mental que resurgen en gran parte porque la justicia colombiana le ha obligado a contar su historia mil veces sin que nadie, hasta ahora, le haya pedido perdón. Y segundo, porque aún no le entregan la libreta militar.

Pero, y si la tuviera, ¿volvería a ser él mismo? ¿Podría ordeñar las vacas y abrir los ojos con una sonrisa, imaginando los mandarinos? ¿Envejecería un día bajo la sombra de estos? Ya ni siquiera vive en el campo.

Si lo mandé bien, me lo tienen que devolver bien.

Pero yo no sé cómo decirle a Lindelia que su hijo, ese que trajo una tarde de mayo en medio de la llovizna, se perdió para siempre en su silencio.

*El nombre del personaje fue cambiado por su seguridad.

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