TEXTO Y FOTOGRAFÍA: Iván Hurtado Miércoles, 29 Enero 2014

Esta es una peregrinación interrumpida a Copacabana, en el Titicaca boliviano.

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opacabana, junto con la Isla del Sol, es el principal destino turístico en el lado boliviano del Titicaca, un centro de peregrinación visitado por miles de devotos que viajan a pie o en bicicleta en Semana Santa o que llevan sus carros para que sean bendecidos. El año pasado, sin embargo, el paso estaba cerrado a los visitantes por lo que parece ser otra experiencia muy boliviana: los bloqueos realizados por la población, que en este caso pedía la construcción de tres puentes que unan Pucarani con las islas Suriki y Takili. Las protestas empezaron el lunes y, según nos dijeron, lo normal es que duren máximo dos días: ya parecen tener una rutina para ellas. Pero esta vez se extendieron y los líderes del bloqueo aseguraban que podían seguir así por mucho tiempo. Así que debimos quedarnos en Huatajata, en uno de los hoteles al pie del lago desde donde se ven los picos nevados de la cordillera real de los Andes más allá del agua. La vista de las montañas, bajo la luz del atardecer, compensó no haber podido llegar a Copacabana.

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Al día siguiente, la vía todavía no había sido desbloqueada. La alternativa era visitar Pariti, una pequeña isla a la que no llegan los turistas a menos que el paso a Copacabana esté cerrado. Su iglesia está casi al borde del agua, donde reposan varias embarcaciones; sus casas tienen techo de paja y en lo que parece el centro de la población se jugaba un partido de fútbol entre dos equipos rigurosamente uniformados con dos tonos de azul. El premio para el equipo ganador era una vaca. Todos en el lugar estaban pendientes del partido, que veían desde lo alto de las construcciones o desde los lados de la cancha. Fuera de allí parecía que el sitio estuviera despoblado. A la pregunta de cuál era el mejor equipo, un espectador respondió: “el de azul”.

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Pariti hizo parte de los dominios de la cultura Tiahuanaco, que precedió a los incas y que pobló estas tierras durante más de dos mil años. Las piezas de barro que atestiguan su paso por la isla están exhibidas en un pequeño museo, que en realidad se trata apenas de un cuarto largo con las figuras ordenadamente expuestas. La visita, por lo tanto, no toma mucho tiempo. Ya de salida, cuando tuvimos que pasar nuevamente por un lado de la extensa cancha, nos dijeron el marcador del partido: 8-0. La vaca ya tenía dueños.Durante el regreso a Huatajata, que toma poco menos de una hora en lancha, vimos el lugar donde los manifestantes querían que se construyeran los puentes. Aunque no la vimos, supimos que, para ofrecer algo de seguridad, la fuerza naval boliviana fue llamada al lugar. La naval, por supuesto, patrulla las aguas del Titicaca, que Bolivia comparte con Perú. Junto a la explotación extranjera, uno de los grandes traumas que parecen tener los bolivianos es la falta de un océano (y Bolivia no lo tiene precisamente por intervención extranjera). Dice el periodista estadounidense Lawrence Wright en “Lithium Dreams”, un reportaje en el que habla de la explotación (nacional y extranjera) del litio en el salar de Uyuni: “Bolivia perdió sus territorios costeros en 1879, cuando Chile, azuzada por inversionistas británicos, invadió el país para reclamar los ricos depósitos de guano (para fertilizantes) y salitre (para explosivos) del desierto de Atacama. La resultante Guerra del Pacífico fue sólo una de las cinco guerras infortunadas que Bolivia ha tenido con sus vecinos, que, acumulativamente, han reducido su territorio a la mitad. La pérdida con Chile es la que más amargamente recuerdan los ciudadanos de Bolivia”.

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El día de la llegada con mi familia a Bolivia, mientras nos registrábamos en el hotel de La Paz, vi que los periódicos tenían en primera página la noticia de una demanda a Chile ante La Haya –no sobra recordar que Chile acaba de perder una demanda similar por parte de Perú–. La razón, por supuesto, es el mar. Bolivia quiere una salida al Pacífico, con lo que busca una rectificación de su pasado y una posibilidad de mejorar su futuro. Mientras tanto, ese futuro es incierto. Al llegar de nuevo al hotel en La Paz una semana después, luego de visitar Uyuni y Potosí y tras la vuelta por el Titicaca, pude ver otra vez los periódicos: La Razón, Página Siete y La Prensatenían la noticia del bloqueo en el Titicaca en la página principal y daban algunos datos: los tres puentes que exigían los manifestantes tienen una extensión aproximada de siete kilómetros, las pérdidas causadas por las protestas se estimaban en 500.000 bolivianos –unos 80.000 dólares–, los comerciantes lloraban, no abrían por miedo a represalias, los hoteles en los que hacía un año era imposible conseguir habitación estaban vacíos.

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Tal vez aquí debería decir algo sobre los habitantes de las islas que afectan sus propios intereses o sobre el desespero que debían sentir los pobladores ante los abusos que denunciaban de los encargados del transporte fluvial y que los motivaron a protestar. Pero en cambio diré algo relacionado con el egoísmo de los turistas: las protestas obligaron a cambiar nuestros itinerarios y frustraron nuestros planes originales. Lo que no es del todo grave, pues las diferencias que con tanta frecuencia se señalan entre el turista y el viajero tienden a indicar que lo mejor se encuentra cuando no se está buscando. Yo no sé si lo mejor, pero con los bloqueos tan comunes y en la tranquilidad de un pueblo que ni siquiera habíamos oído nombrar, esta vez presenciamos, aunque tangencialmente, algo de Bolivia que no hubiera sido evidente si los planes hubieran salido al pie de la letra y hubiéramos podido visitar Copacabana. Adonde espero ir algún día, si terminan las protestas.