TEXTO Y FOTOGRAFÍA: Diana Correa Martes, 26 Agosto 2014

Este nombre no aparece en los folletos turísticos, aunque debería:
San Juan de Ríoseco. Es mucho más que un granito de café. 
 

Cuando uno llega a San Juan de Ríoseco da la sensación de que el pueblo quiere seguir siendo un secreto. Este pequeño municipio de Cundinamarca queda escondido en medio de una carretera tan complicada como zigzagueante, a unas tres horas de Bogotá. Al final del camino, recibe a sus visitantes con una capa de neblina fría que, poco a poco, se dispersa y da la bienvenida a un cielo azul impecable con el que empiezan a surgir los olores del pasto, del café recién hecho, del humo de cigarrillo, del pan, de la tierra y de las flores. Y, de paso, el calor.

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En las calles, una cara cordial –de un niño, un joven o un adulto– sonríe y saluda con verdadera modestia. En medio de este ambiente van transcurriendo los días, en ese lugar de polvaredas de atardecer, entre el trabajo informal y las panaderías, las lomas empinadas, los juegos de cartas, el tiempo de cantinas, las cervezas y el ritmo de Lisandro Meza y el reggaetón viejo. Sus habitantes reciben, de la mano del cielo, lo que les envía: sol, lluvia, niebla, calor, frío o soledad.

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A este remoto paraíso llegaron María Alejandra López, ingeniera eléctrica de la Universidad de Los Andes, y Arnold Rodríguez, ingeniero civil de la Javeriana. Se trata de un par de amigos que quisieron trabajar, con sus manos y con sus emociones, para darle colores a la comunidad, para que ellos pinten nuevos días, para que tengan la oportunidad de decirle al mundo que existen.

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Y no llegaron solos, junto con ellos viajó una legión de personas dispuestas a tocar almas con la fundación CISV, una organización reconocida a nivel mundial cuya premisa, con la que fundamentan sus diferentes actividades, es estar seguros de que “la fuente última de la paz duradera, descansa en los niños y los jóvenes”. Puede sonar a cliché, pero de esa base es que surgen los cambios, por lo menos en la mentalidad de las personas.

Children’s International Summer Villages nació en Inglaterra luego de la Segunda Guerra Mundial, en una época en la que los conflictos eran la constante y las posibilidades de convivencia en paz con los demás eran casi impensables. Su fundadora, Doris T. Allen, quiso crear un instituto multidisciplinar, concebido como una especie de campamento; en ese espacio, los niños de todo el mundo podrían compartir e interactuar, olvidando los estereotipos y cualquier barrera cultural.

María Alejandra y Arnold hacen parte del programa Mosaico y se instalaron en San Juan de Ríoseco, donde detectaron problemas sociales y de identidad, para realizar actividades con los menores de esta comunidad. El resultado fue una exposición de fotografías de los niños sanjuaneros y un mural hecho con granos de café donado por dos distribuidoras del pueblo (este municipio de Cundinamarca es el quinto productor de café del departamento).

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Este dibujo de la iglesia hecho por Brayan, basado en la fotografía ganadora de Karina, y armado grano por grano con la ayuda de Kenlly, César, Lorena, Daniela, María Paula, Lina, Cristian, Laura, Karen, Andrey, Julián, Paula, Camila, Yerli, José, Yuli y Sandra, simboliza el espíritu de San Juan, ese que habla de la riqueza de su tierra y la unión de su gente. Al menos, estamos seguros, ese es el espíritu de sus niños.

Con esta actividad, CISV recalcó la necesidad de trabajar por la identidad del territorio y mostró su interés por crear una experiencia auténtica de aprendizaje para la comunidad. Para María Alejandra y Arnold no se trata de dar y dar como un santo, su enseñanza se refiere más a proporcionarle a estas personas las herramientas para identificar sus propias necesidades, para planear proyectos que respondan a estas de manera significativa, que logren reflexionar y expresarse. Así, ellos se van de Ríoseco –que no es un río ni está seco–, pero esa lección de vida que entregaron perdurará, se quedará por mucho tiempo en las paredes del pueblo.

Ver cómo la gente trabaja y se involucra de forma tan apasionada para lograr un cambio en la sociedad, con verdaderas acciones, con iniciativas tangibles, con amor del puro y del bueno, es indescriptible. Así se mueve este dúo dinámico: Alejandra y Arnold son de esos complementos que inspiran para actuar por un mundo más pacífico.

Quedan la experiencia de haber descubierto un lugar perdido en el mapa, la sabiduría que brinda un cielo agreste y la completa certeza de que siempre hay algo por hacer.

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