POR: Juan Sebastián Salazar FOTOGRAFÍA: Juan Sebastián Salazar Martes, 26 Noviembre 2013

¿Qué tan lejos llegaría usted por sus ideales? Hay unos veganos que se están marcando la piel –como si fueran ganado– a manera de protesta.

Aunque algunas personas al final desistieron de la idea, hay cuatro que aún están dispuestos a seguir con el performance269. Las herramientas ya están listas, los personajes también. El objetivo está claro después de un poco más de un mes de preparación. Sí. Es un gran día para marcar con hierro caliente, como reses, sus pieles.

Los fines de semana, el camino peatonal de la carrera séptima, en Bogotá, desde la calle 26 hasta la Plaza de Bolívar, es el hervidero de cientos de sujetos que transitan o trabajan en el centro de la ciudad. Es normal ver cómo los mimos se mueven como pulgas con sus vestidos de luto, ver a los músicos desenvainar sus instrumentos y con ellos sonidos tan diversos que van desde el rock hasta el bullerengue; no es raro ver el círculo de curiosos que rodea al culebrero mientras bendice gratis los billetes de mil pesos o a los vendedores ambulantes, mendigos o payasos ofreciendo productos, miserias o risas.

Lo anormal es ver cómo quince personas, aproximadamente, vestidas de negro, ponen sus maletas frente a la Iglesia de San Francisco, en plena avenida Jiménez con carrera séptima, limitan un espacio con cuatro palos de madera y un alambre que los une formando una especie de corral. Lo anormal es ver las herramientas que salen de sus maletas: hierros de marcación de ganado con los números 269, un soplete, cadenas, aretes de bovino con la inscripción 269, tapabocas, delantales, afiches y volantes.
 
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—Hola. Buenas tardes —dice una mujer con tono parsimonioso—. Bienvenidos al performance del 269. “269” es una vaca bebé (mal llamada “ternero”) nacida en unagranja de esclavitud lechera israelí; su vida terminó poco después de haber comenzado. Al marcar su número en nuestros cuerpos mostramos nuestra solidaridad por las víctimas delholocausto animal que se lleva a cabo alrededor del mundo. Esperamos que de alguna manera este mensaje traiga una nueva forma de mirar a los animales no-humanos. Ningún animal debe ser esclavizado para satisfacer las necesidades egoístas y los deseos caprichosos de los seres humanos…
 
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Mientras la mujer, con megáfono en mano, descargaba sus palabras contra el “holocausto animal”, a su lado el escenario ya estaba listo: los dos carniceros –y no ganaderos– tenían ya puestos los tapabocas, los delantales llenos de “sangre” y las cadenas rodeándoles las muñecas. También estaban listas para repartir volantes las tres chicas con pasamontañas negros en sus cabezas, los dos “ayudantes” que sostenían el soplete y los cuatro animales (dos hembras y dos machos) en una esquina del corral, semidesnudos, escuchando, con el rostro inclinado hacia abajo lo que decía la del megáfono:
 
—¡El especismoespecismo debe cesar! Y esto sucederá el día en el que la humanidad por fin despierte y entienda que aquellos seres también sienten dolor y desean su libertad al igual que nosotros, que todas y todos somos animales.
 
Camila es una de las hembras que van a ser marcadas. Tiene 23 años y hace cuatro, más o menos, es vegana; lo que equivale a no comer ningún alimento derivado de un animal, ni siquiera leche, huevo o queso. Ese día –justo– se graduó de cine y televisión de la corporación universitaria UNITEC.
 
—Tuve una semana para pensarlo. En los videos de Israel no se veía tan doloroso.—¿Cuando se acabó la ceremonia de grado viniste inmediatamente hacia acá?
 
—Sí.
 
Al llegar, tenía una falda sintética negra, bajo ésta unas medias del mismo color; su chaqueta era negra, de terciopelo con estampado de rosas y mangas tipo campana. Estaba vestida de gala, como se exige en algunas cartas de invitación a fiestas de 15 años o grados o cocteles políticos.
 
—¿Tus papás saben que te vas a quemar con hierro caliente?
 
—Si para mí fue un video, imagínate cómo sería para ellos. Aún no lo saben.
 
—¿Alguna vez te has tatuado o te has perforado la piel?
 
—Nunca.
 
La campaña 269 Vida se creó el 2 de octubre de 2013 en Tel Aviv (Israel). Ese día, tres activistas, en pleno espacio público, marcaron en sus pieles los números 269 con hierro caliente. La intención de este acto era concientizar a las personas, en piel humana, sobre el sufrimiento de los “animales (no humanos)”. Desde entonces, el 269 se convirtió en una bandera de la lucha de liberación animal: cerca de cuarenta ciudades –entre ellas Lisboa, Hamburgo, Londres, México, Buenos Aires, y ahora Bogotá– han replicado este performance.
 
“¡Tráiganlo!”, grita el carnicero sosteniendo el hierro en sus manos. Los ayudantes agarran a la primera víctima. El soplete exhala su fuego en la cara de los números. Agarra el hierro… tsssss. El hombre cierra sus ojos y tensiona su rostro. Poco a poco se dibujan los tres dígitos en su pecho. Lo llevan al otro extremo del corral.
 
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Luego vienen los otros animales: “¡Tráiganla!”. Arrastran a Camila; no se resiste. Cogen su antebrazo y tsssss… el hierro dura un segundo pegado a su piel. La ponen al lado del primer marcado, parece extenuada.
 
El carnicero gana confianza. “¡Tráiganlo!”, grita con más fuerza. Los dos ayudantes traen al nuevo animal humano en medio de empujones. Huele a chamuscado… tsssss… su tríceps queda marcado. Parece fácil. Finalmente le llega el turno a la última persona: cerca de su hombro hay dos puntos que señalan dónde debe ser marcada. Tsssss… durante dos segundos el fuego penetra la dermis y la epidermis destrozando miles de células. En su carne vegana, al igual que las de las otras tres personas, se dibuja un 269.
 
—Ma, ¿por qué están así? —pregunta un niño de cinco años que, junto a su mamá, mira el acto como todos los demás.
 
—Porque están luchando por la liberación de los animales —responde la madre.—¿Y eso es de verdad? —se refería a las marcas en sus pieles.
 
—Sí.
 
Esas marcan parecen, guardando las distancias, las mismas que se hacen los fanáticos católicos en Santo Tomás, Atlántico. Allí, en la semana santa, los penitentes se flagelan la espalda con un pequeño látigo –sintiendo el mismo dolor que Jesús supuestamente sintió– en un recorrido de dos kilómetros. El 269 se parece también, volviendo a guardar las distancias y manteniendo su relación simbólica de expiación, emulación, exhibición y sacrificio para pedir algo a cambio, a las crucifixiones en San Fernando, Filipinas, donde también en semana santa, docenas de personas son penetradas por clavos en sus miembros para ser colgados en la cruz, como el Mesías.
 
—Esta marca encarna el dolor de ellos (los animales). El objetivo principal es que la gente sienta lo que sufren ellos en mí, dice Camila.

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Y no sólo eso. Tener el 269 en sus pieles, de por vida, significa un nivel de compromiso mayor al de cualquier activista que lucha por la liberación animal; es la máxima empatía, llevada a un estado mental y físico. Se trata de poner en la misma carne los sufrimientos del otro; de sentir al otro en su expresión más pura. Esa cicatriz es la identidad de una creencia, al igual que los caracteres quemados en los bovinos son la identidad de un dueño, de un ganadero.
 
—Por un mundo justo, ¡libertad para los esclavos! —, exclama la chica del megáfono. Termina el acto.
 
Los ganaderos expertos recomiendan que luego de la yerra se le aplique al animal cal agropecuario para acelerar el proceso de cicatrización. Camila y los otros tres quemados no tenían idea del proceso que tocaba seguir para que la carne no se infectara. “Deberías de tomar Amoxicilina (antibiótico derivado de la penicilina). Eso voy a hacer yo”, le recomendó a Camila la chica que tenía el 269 cerca al hombro. “Lo primero que yo voy a hacer es cubrir la marca con vinipel (la hoja de vinilo con la que se cubren los tatuados)”, decía el que tenía la marca en su pecho.
 
—¿Tuvieron alguna asesoría médica para hacer lo que hicieron?
 
—No.
 
—Cúbrete el antebrazo con algo; es mejor que no recibas el aire contaminado, no vaya a ser que te contamine a ti —, le recomiendo a Camila.
 
—¿Eres vegano?—No —, respondo.—¡Asesino! —, me señala entre risas.
 
 
 
 

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