POR: Daniel Vivas Barandica Lunes, 23 Septiembre 2013


Tres de la mañana. El cielo está oscuro, la temperatura está por debajo de los 12 °C 
y el conocido Eje Ambiental, zona del centro de Bogotá, emana una penumbra desoladora. 

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El silencio es interrumpido por el sonido de las llantas de un automóvil: un taxi, Atos, Hyundai, de los que un día invadieron las principales ciudades de este país. El taxi se parquea rápidamente frente a la Universidad de Los Andes, se escuchan varias voces, el motor del automóvil se apaga y sus ocupantes bajan rápidamente. A los lejos varios perros ladran, suenan sirenas de la policía y el ruido de uno que otro carro que transita por la Avenida circunvalar. Los ocupantes del automóvil son cuatro hombres y una mujer, van vestidos con jeans negros, tenis Converse, Adidas Originals y Nike. Sacos con capuchas de colores oscuros. Llevan maletines sobre la espalda y en sus manos ondean varias cartulinas. La  mujer y uno de los hombres tienen unas máscaras verdes de entrenamiento militar. Los otros dos mantienen sus rostros ocultos bajo las capuchas de sus sacos. Se podría decir que bordean los 24-27 años. El último hombre se baja despacio. También está vestido de negro, tiene una mochila entre sus manos y lleva una máscara de payaso. Una de las conocidas máscaras dentro del mundo de los gamers, perteneciente al videojuego Pay Day 2; el de la máscara del payaso se aleja del automóvil y el taxista tan solo los observa desde su asiento.

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Los cinco personajes comienzan a bajar por el Eje Ambiental. El hombre que tiene la máscara verde guía a los demás. Tras llegar a un lado de la calle, el hombre señala al pavimento y sus compañeros se detienen. El que tiene la máscara de payaso saca de su mochila un iPad de segunda generación y comienza a grabar la escena. La mujer de la máscara verde saca de su bolsillo un iPhone y se dedica a tomar fotos. Los encapuchados se agachan rápidamente sobre el pavimento y cuadran las cartulinas en la calle. El aparente líder de este grupo se quita el maletín que reposa sobre sus hombros, lo abre y saca unos aerosoles de diferentes colores. Verde, blanco, azul, amarillo y rojo. En un minuto tiene las latas sobre el pavimento y los encapuchados comienzan a agitarlas y a dispararlas sobre las cartulinas.

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Estos tipos no están pintando la calle porque sí. Si analizamos bien la escena, estos tipos están trabajando alrededor de un gran hueco –un cráter– ancho y profundo, capaz de dejar encallado el carro de un cándido conductor. Durante cerca de quince minutos los hombres interactúan con este ejemplo del deterioro de la malla vial de una ciudad corrupta y subdesarrollada. Durante cerca de quince minutos el payaso hace diferentes tomas con su dispositivo de Apple. El líder, el de la máscara verde, agita también los aerosoles, toma una de las cartulinas –plantillas de esténcil– y deja plasmada sobre la calle un logo compuesto por una B y una M al cuadrado. Durante todo este tiempo la mujer toma fotos y sus dos compañeros de sacos de capuchas –los grafiteros– quitan plantillas, sobreponen cartulinas, agitan  las latas y plasman alrededor del maldito hueco un dibujo curioso: la típica señalización de “Hombres trabajando”, pero con el siguiente texto: Metro de Bogotá, fecha de entrega…¨. Le siguen los años 2011, 2012, 2013, tachados, para finalizar con un sugestivo e irónico “Próximamente… @bogotamemata”.

Cuando el grupo está finalizando su acto, su intervención, un vigilante de uno de los edificios del lugar se acerca con cuidado hacia ellos, mientras informa, por un radioteléfono a su superior que unos tipos están pintando la calle y que espera órdenes. A través del aparato se escucha una risa paternal, luego las siguientes palabras: “Revise si son los chinos de Bogotá Me Mata. Si son ellos, déjelos trabajar tranquilos y señáleles la ubicación de los demás huecos”. El vigilante asiente, se acerca a los hombres, ellos hacen como si no existiera; éste echa una mirada, sonríe y se aleja del lugar. Luego uno de los encapuchados grita “Listo”, recoge las cartulinas, todos se paran alrededor de su obra, toman fotos, la observan, ríen, guardan los equipos rápidamente en sus maletines y mochilas, corren hacia el taxi, se montan y el vehículo se pierde en la oscuridad de la noche.

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Desde hace cerca de un mes, esta escena se ha venido repitiendo en la ciudad de Bogotá durante la madrugada. Desde hace cerca de cuatro semanas quince jóvenes, cansados de que ¨Bogotá tenga más cráteres que la luna¨, decidieron juntarse y ejecutar una iniciativa divertida y llamativa conocida como BOGOTÁ ME MATA, con la que pretenden denunciar los huecos de la capital para recordarle a la alcaldía, a los ciudadanos, que los huecos no son parte del paisaje. Su nombre es un juego de palabras porque, aunque les encanta Bogotá, si no se hace algo con los huecos –literalmente– esta metrópoli los va a matar. Algunos de ellos salieron perjudicados directamente por esta problemática: sus carros se averiaron al pasar sobre un gran cráter, otros casi se rompen la crisma al andar en su bicicleta por las ahuecadas calles de Bogotá.

Sobre estos personajes se puede decir que no todos salen a las calles a pintar. Se desenvuelven en diversas profesiones e incluso uno que otro aún está en la universidad. Así, unos manejan las redes sociales, hacen la búsqueda de los huecos, dibujan bocetos, tiran ideas y dan entrevistas a los medios. Los más experimentados sí son grafiteros profesionales, artistas, encargados de ejecutar los más complejos diseños. Lo que busca Bogotá Me Mata es hacer visibles los huecos. Crear una comunidad de personas sensibilizadas por el arte y preocupadas por su ciudad. La gente los está apoyando en sus redes sociales. Les mandan las fotos de los huecos de sus barrios, los felicitan, se les ofrecen como voluntarios. Muchos quieren ayudar. Su objetivo es no parar hasta que las autoridades se pronuncien al respecto y cumplan su labor tapando los huecos que ellos han pintado. Algo complicado, teniendo el precedente de que según estudios oficiales, debido a la falta de presupuesto y por culpa de procesos burocráticos, tapar un hueco en la capital tarda casi dos años. Analizando el panorama, los tipos de Bogotá Me Mata tienen trabajo para rato.

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Conoce más sobre estos personajes…
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