POR: Angélica Gallón Viernes, 21 Agosto 2015

Sentirse bien vestido da seguridad y satisfacción. Pero para vestirse bien no hay que ser millonario ni estar a la última moda. La autora, una experta en el tema, nos da su visión sobre qué es y qué no es vestirse bien.separador

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¿Qué es vestirse bien? No hay una respuesta única a esta pregunta. Porque, contrario a lo que se cree, estar bien vestido es una cosa más bien circunstancial, no es un absoluto, no es algo así como un poder inherente a nadie. Es, en realidad, la suma de una serie de acertadas decisiones, un cruce armónico de variables.

Se sorprenderán muchos al saber que entre las variables que nombraré a continuación para conseguir estar bien vestidos no se encuentra el dinero. Contar con unos buenos dígitos en el banco no es garantía de que alguien se vista bien. ¿O por qué creen que tantos famosos se cuelan entre los peor vestidos en las listas que evalúan sus elecciones para las alfombras rojas? ¿O por qué hay tantos jefes arruinando con su estilo cualquier decisión inteligente y acertada que tomaron para su empresa? Vamos a dejar de lado el dinero, porque quisiera que partiéramos de una base simple: cualquier persona puede vestirse bien sin importar cuánto gane.

Otra variable que hay que descartar, y que suele confundirse con vestir bien, es que la gente, ahora afectada por el frenetismo digital, piensa que vestirse bien significa ser estrafalario y por tanto reconocido y fotografiado. Con el perdón de todos esos que se pavonean disfrazados por las semanas de la moda de Londres y París, de Bucaramanga y Medellín: llamar la atención no tiene nada que ver con vestirse bien. Bien lo sentenció Cocó Chanel: menos siempre es más.

Antes de entrar en materia quiero advertir algo: creo que, lejos de la manera como nos han aleccionado, no le debemos a nadie estar bien vestidos. No a sus novios o esposas o pareja, no a sus compañeros de trabajo y mucho menos a esos hombres y mujeres aleatorios con los que nos topamos en la calle. Estar bien vestidos no debería ser una especie de renta que pagan las mujeres para poder habitar la feminidad, o para que los hombres encuentren un lugar en el mundo laboral o sentimental. Ahora bien, tampoco estoy diciendo que haya que estar mal vestidos. Solo que vestirse debería ser una cosa placentera, tranquila e incluso divertida. Si nos ponemos básicos, debemos decir que primero está la felicidad y después, la moda.

Dejando estas variables por fuera y suponiendo que cada vez más un grupo amplio de la sociedad encuentra un placer estético y una felicidad en vestirse bien, aquí van las tres variables que, creo, intervienen para que una persona logre estar bien vestida.

Lo primero que debe hacer es mirar su cuerpo, conocerse a sí mismo. Reconocer que quizás hay rollos difíciles en la zona abdominal, pero unas buenas piernas. Que el cuello es corto y los hombros anchos, pero que tal vez las caderas son redondas y bien proporcionadas con la cintura. Los hombres y las mujeres dan por sentado su cuerpo, sin dedicarle momentos de conocimiento, de observación.

Sin que nadie los mire, deberían pararse en un espejo de cuerpo entero (¡todo el mundo debería tener uno!) y reconocer de manera sincera lo que les gusta de sí mismos, lo que está bien, lo que no está tan bien y lo que definitivamente no les gusta. Sí: aprender a vestirse, como casi todas las cosas en esta vida, requiere de un ejercicio de autoconocimiento, de consciencia. Ignorar las particularidades de un cuerpo, vestirlo como si se tratara del cuerpo de una modelo de pasarela siguiendo a ciegas los mandatos de las revistas de moda, o como si tuviera la edad que ya no tiene, es la ruta más segura para tomar decisiones desafortunadas como elegir mal la talla, ajustarse de más o comprar esos pantalones que achatan la silueta.

La segunda variable se complica un poco y es quizás el lugar en el que la mayoría flaquea. Hay que conocer algunos principios básicos de los asuntos de la moda. Siluetas, proporciones, telas y texturas. En este punto es en el que se han centrado las guías editoriales que buscan ayudar sobre todo a las mujeres a vestirse bien, como El libro negro de la moda, de Nina García, The Pocket Stylist, de la fabulosa Kendall Farr y, para no ir más lejos, el libro de estilo de Pilar Castaño. No obstante, existe un profundo desconocimiento de esos elementos particulares que componen la moda, y lo peor es que como todos consumen y compran ropa sienten que saben todo sobre ella.

Aquí no puedo resumir el conocimiento paciente que han recogido estas mujeres en sus cientos de páginas, pero sí puedo insistir en dos ideas. La primera: cuando estamos comprando ropa hay que buscar las prendas que alarguen lo más posible la línea del cuerpo, y evitar las que la recorten, la interrumpan o la achaten. Siempre escoger piezas que estilicen y creen una especie de línea vertical, y no que nos anchen o nos hagan ver más bajitos. La segunda: vestirse bien es un estado al que se llega una vez las personas logran tener un sentido de lo que funciona en ellas y lo que no, sobrepasando la histeria del mercado que solo celebra lo más nuevo. Vestirse bien es un comportamiento aprendido y un proceso simple y gradual de entrenar el ojo para mirar solo las mejores siluetas y proporciones para su cuerpo en cualquiera de las temporadas.

Luego de saber qué cuerpo se tiene y buscar esas prendas favorables para la propia silueta, hay que decir que una persona que se viste bien siempre está acorde con la ocasión. Muchas veces me pasa que salgo caminando de la oficina y una vez traspaso esa frontera entre mi mundo ilusorio de la moda y la vida real, siento que estoy vestida de una manera en la que esta ciudad no me comprende. Ni los andenes, los medios de trasporte, ni los hombres entienden lo que llevo puesto, y pienso que en realidad el problema es mío, que he desafiado unos códigos estrictos. Vestirse bien es también respetar esos tradicionales y estrictos códigos del vestir, sin que eso signifique que tengamos que morir de aburrimiento en el intento.

Por ejemplo, cuando la invitación a un evento dice “Black Tie”, siempre se debe llevar traje largo; cuando dice “Coctel” se debe buscar uno máximo debajo de la rodilla. A un evento social muy formal hay que tratar de llevar los hombros cubiertos y, lejos de lo que la gente cree, siempre hay que optar por unos zapatos abiertos o sandalias. Ir muy escotada, ajustada o de minifalda exagerada a la oficina, ¡impensable! Y nadie quiere ir con brillos de discoteca a un almuerzo campestre.

Una persona que combine con armonía y algo de diversión estas tres variables logrará estar bien vestida en la mayor cantidad posible de situaciones. Nunca es una certeza, pero si la moda es un deleite, vale la pena arriesgarse. Y si se sienten seguros y de alguna manera felices, tampoco importará mucho que unos cuantos desconocidos piensen que no son la persona mejor vestida de la fiesta.

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