POR: Gloria Susana Esquivel ILUSTRACIÓN: Cristhian Contreras Jueves, 25 Mayo 2017

Una revisión a los métodos de adivinación
-el I Ching, el tarot y la carta astral-
para ver de cerca qué develan y por qué los seguimos consultando. 

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ORACULO-FINAL

S

uele suceder con frecuencia. El rostro de mi interlocutor se transforma en una mueca extraña —un gesto que revela una mezcla entre escepticismo y curiosidad— cada vez que menciono la fascinación que me producen los oráculos. Tal vez no es lo que se espera de mí; suelo dar la impresión de ser una mujer hiperracional, positivista, que descree de la magia. Hasta que rompo el hielo y pregunto por fechas de nacimiento para adivinar el signo zodiacal de mis acompañantes. Una maña heredada de mis padres (Tauro imponente y hermosa Libra), que desde que era niña intentaron explicar mis excentricidades a partir de las generalidades que comparto con otros Sagitario. Confieso, con algo de vergüenza, que suelo preguntar en primeras citas por el signo zodiacal de mi acompañante, esperando romper el ciclo de amores desastrosos e intensos con los Escorpio, o para saber de antemano si me encuentro de frente con un Cáncer que, como lo ha dictado la regla, tarde o temprano terminará rompiéndome el corazón. Confieso también que, religiosamente, cada semana no leo uno o dos horóscopos, sino cuatro o cinco para poder soportar la ansiedad del lunes. 

Esta curiosidad por lo que depara mi futuro también me ha llevado a hacerme la carta natal un par de veces, a consultar a un puñado de lectoras del tarot y a tener sobre mi mesa de noche el I Ching, el libro chino milenario de adivinación. Y aunque muchos asocian la consulta de estos oráculos con la cortinilla de aquella telenovela noventera llamada Cuando quiero llorar no lloro, que mostraba una carta del tarot ilustrada con una calavera mientras sonaba una música macabra que anunciaba la muerte de los Victorinos, lo cierto es que acercarse a estos saberes es también acercarse a zonas de la psicología y la antropología que pueden revelar algo sobre nuestra especie. 

Porque desde el principio de los tiempos los hombres han recurrido a diferentes métodos para ver el futuro. Ya sea intentado darle algún sentido a las tripas de un animal muerto, observando las estrellas y nombrándolas, o lanzando ramas esperando encontrar la respuesta sobre el tiempo más propicio para ir a la guerra. Y a pesar de que la ciencia haya desmentido con argumentos y experimentos estos métodos adivinatorios, ellos siguen haciendo parte de nuestra cultura como divertimento o superstición. Tal vez porque no hay nada más humano que querer saber lo que nos depara el futuro. 

Para la psicoterapeuta Amalia Vergara, el impulso de consultar un oráculo para buscar respuestas sobre el futuro tiene más que ver con las heridas del pasado: “El dolor del pasado, y ante todo el inmenso miedo frente a su reiteración, nos genera una profunda ansiedad frente al futuro, y con ello, la necesidad de averiguarlo apriorísticamente  en un intento por controlar o modificar su facticidad misma”. De alguna manera, esta visión es compartida por la astróloga Adriana Peláez, quien se acercó a esta práctica cuando era adolescente. Para ella, la astrología no se trata tanto de intentar conocer lo que sucederá en el futuro, sino de hacer una lectura sobre el presente para iluminar ciertas zonas oscuras sobre quiénes somos: “La primera lectura de mi carta natal fue totalmente reveladora. Fue descubrir a través de un círculo y líneas que yo tenía un plan de alma, que mi vida tenía un sentido y que este era más complejo que saber mi futuro: era un búsqueda hacia adentro”. 

La carta natal se originó en las tradiciones astrológicas de India y China. Las instrucciones son simples: a partir de los datos exactos de hora y fecha de nacimiento se puede levantar un mapa que señala los principales rasgos de personalidad del individuo y su futuro. Para los astrólogos, cada casa astral, cada planeta y cada signo representan un arquetipo y, dependiendo del lugar en el que cada uno de esos elementos se encuentren a la hora del nacimiento, se hace una interpretación sobre estas permutaciones. En mi carta natal, por ejemplo, debido al lugar por el que transitaban Piscis, Capricornio y Sagitario se puede ver mi tendencia a la introversión, una fuerte capacidad de trabajo y una dificultad generalizada para lograr la estabilidad emocional. 

En 1985 el físico Shawn Carlson realizó un experimento en el cual 28 astrólogos intentaban rastrear los datos natales de 116 cartas astrales anónimas. En solo el 34 % de los casos lograron atinar los datos correctos, lo que demostró que la astrología está más emparentada con el azar que con el método científico. Este experimento le sirvió a Carlson para mostrar que no existe nada cuantificable ni medible a la hora de hablar de oráculos, aunque sospecho que quienes nos acercamos a este tipo de regiones no estamos buscando pruebas verificables para argumentar a su favor. No obstante, a través de su experimento el norteamericano logró enunciar uno de los elementos que reposa en el centro de estos métodos de adivinación: el azar. 

Uno de los primeros oráculos sobre los que hay registro es la cleromancia, es decir, la adivinación por medio de la suerte. En Grecia antigua se tiraban dados y dependiendo de la cifra que arrojaban se intuía si quien consultaba sería favorecido por la fortuna. En la Biblia se menciona un tipo de cleromancia en el libro de Jonás, pero tal vez el método que mayor influencia y vigencia ha tenido en Occidente es el I Ching. 

El I Ching data del 1200 a.C. Es un libro adivinatorio que consta de 64 hexagramas que buscan representar la realidad en sus múltiples niveles. Está escrito bajo los preceptos de la filosofía taoísta, lo que quiere decir que entiende al universo como una mezcla de fuerzas positivas y negativas (yin y yang) que están en constante cambio. Quien consulta el I Ching debe lanzar tres monedas hasta formar uno de los hexagramas en donde encontrará consejo. En sus páginas he hallado respuestas sobre temas profesionales y amorosos, pero lo que más me sorprende de este libro no es la manera acertada sobre la que se refiere a cada situación particular, sino la manera sabia en la que esboza la realidad de la vida: un constante ir y venir entre periodos de abundancia y escasez, en donde la paciencia y la modestia son consideradas grandes virtudes. 

Uno de los estudiosos más reconocidos de este libro fue el psicólogo suizo Carl Gustav Jung, quien lo entendió como un método de exploración del inconsciente en el cual la casualidad y el azar cobran gran importancia. “Hasta para el ojo más tendencioso llega a ser obvio que este libro representa un largo consejo que ayudará a poner bajo escrutinio nuestra personalidad, actitud y motivaciones”, dijo Jung. Estas ideas han sido retomadas por varios psicólogos que, al igual que Jung, han incorporado este tipo de oráculos en sus consultas. Como lo explica Vergara: “Creo que hay muchos caminos que caminar para ver con más claridad nuestro mundo inconsciente y redescubrir la magnificencia del mismo —entre los cuales puede estar la psicoterapia, el psicoanálisis, la meditación, tipos específicos de yoga, la astrología, el chamanismo y el tarot entre otros—. Considero que todos estos caminos enriquecen la posibilidad misma de interpretar en terapia, constituyéndose así como un recurso más de la mente para reaprender sobre sí misma”.

Otro método de adivinación que estudió Jung fue el tarot. Para él, en sus cartas estaban representados arquetipos que muestran caminos y patrones que pueden ayudar a quien consulta a iluminar una situación o una decisión. El tarot llegó a Europa en 1500. Era un juego popular dentro de las cortes italianas, donde cada uno de los participantes debía escribir un poema que aludiera a la imagen que aparecía en el naipe. La manera aleatoria en la que las cartas iban apareciendo creaba una narración diferente, lo que hacía que el juego fuera muy entretenido. Fue solo hasta el siglo XVIII, cuando el comerciante francés Jean Baptiste Alliete comenzó a infundirle poderes adivinatorios, que el tarot comenzó a entenderse como un elemento esotérico. Para reforzar su misticismo y darle algo de credibilidad, Alliete inventó que este método de adivinación tenía origen en un libro egipcio antiquísimo y, desde entonces, las cartas han estado vinculadas con el ocultismo. 

Sin embargo, para Alejandra Jaramillo, quien desde hace catorce años se dedica a leer el tarot, el poder de estas cartas no reside en supersticiones: “La lectura de tarot no dice lo que nos va a ocurrir, no adivina el futuro. Cada persona toma decisiones y hace que con esas decisiones su futuro cambie. Dicen que adivinar es imaginar con exactitud, y estoy de acuerdo. El tarot nos ayuda a vivir el presente con conciencia y eso nos permite enfocarnos, decidir y tomar el camino correcto hacia lo que nos conviene”. 

Más que revelar el futuro, lo que hacen las cartas del tarot es develar deseos y proyecciones que se encuentran en el inconsciente. Así lo ha experimentado el escritor bogotano Ricardo Silva Romero, quien en su última novela La historia oficial del amor habla sobre este oráculo. El padre de Silva Romero leía el tarot, lo que lo familiarizó con esta herramienta de autoconocimiento. Hoy el escritor confiesa que va a que le lean las cartas al menos dos veces por año: “Creo que voy a que me lean las cartas del tarot en vez de ir a la psicóloga a la que fui en algún momento por la misma razón: porque no logro ver a dónde está yendo todo, porque estoy pasando por un momento en el que pienso que se me está saliendo la vida de las manos más de lo normal, o porque necesito que alguien me pinte el mapa de lo que me está pasando, de lo que me puede pasar. Soy muy inconsciente de mí mismo: no soy capaz de verme desde fuera. Y no me sobra nunca esa mirada exterior, que tiende a ser benévola, además”. 

En su ensayo La mujer temblorosa la escritora norteamericana Siri Hustvedt intenta entender la importancia del lenguaje como una forma de controlar aquello que desconocemos. Escribe: “Organizamos el pasado como una memoria autobiográfica explícita; fragmentos unidos en una secuencia narrativa que, a su vez, moldean nuestras expectativas para el futuro”. Si algo tienen en común estos oráculos es que elaboran una narrativa coherente sobre el caos. Frente a la ansiedad de lo desconocido, articulan historias que envuelven nuestros deseos y aseguran que todo saldrá bien. Un buen adivino es también un buen lector y un buen narrador. Más que tener poderes sobrenaturales, está en capacidad de entender arquetipos que revelan, a quien lo consulta, aspectos desconocidos de sí mismo. Son videntes de esos puntos ciegos que existen por fuera de la conciencia. 

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