POR: Brian Lara Jueves, 07 Diciembre 2017

El país más feliz del mundo amenazó a los de Odio a Botero y los obligó a quedarse callados en dos ocasiones diferentes. Hoy regresan con Bardo, su nuevo disco.

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ODIO A BOTERO 1

// Foto de Dahian Cifuentes Buen ayre visual //

Odio a Botero sobrevivió al odio que los silenció durante ocho años y ahora regresan para seguir demostrando que el punk está para cagarse en todo. En el 2009 los hackearon, los amenazaron, los corretearon con palos y piedras y los obligaron a callarse. Entre el 2013 y el 2015 les cerraron las puertas de los bares, de los festivales de música, de las casas discográficas y de los medios de comunicación. Fueron castigados, enviados al rincón oscuro del salón en donde no es permitido hablar y mucho menos cantar.

La banda nació en el 2001 como una agrupación de punk sin crestas ni taches, pero con la firme intención de burlarse e incomodar a artistas, músicos y políticos que viven de vender humo. René Segura siempre ha estado en la voz, Jaime Angarita en la guitarra y Alejandro Pinzón en el bajo, mientras que la segunda voz pasó de Carolina Cantor a Gabriela Ponce, y la batería ha tenido ocho diferentes nombres. En apenas cinco años se convirtieron en uno de los grupos de más nombre, notoriedad y aplauso entre la crítica y la escena musical colombiana de la década del 2000 por su postura irreverente y por su estilo melódico marcado por voces femeninas. Su carácter se puede oír en canciones como “R.U.M.B.A.”, “Carta al niño Dios”, “Lechonería Manson” o “Reclama un celular”.

Por odiar a Fernando Botero fueron des-invitados del festival Altavoz de Medellín en el 2006. Un año después se subieron a la tarima principal de Rock al Parque con una pancarta que gritaba “Sayco apesta”. René Segura, el vocalista, fue invitado a la Casa de Nariño cuando las elecciones presidenciales del 2010 se anunciaban a los lejos y al salir se sumó a la lista de candidatos no oficiales al puesto. “La mejor forma de no decepcionar a un pueblo es no prometer nada”, era la consigna presidencial. Por posturas como estas, Odio a Botero fue obligada a separarse en dos ocasiones diferentes. Es decir, fue arrastrada al silencio.

La primera fue en el 2009 y fue la más violenta físicamente. En dos conciertos tuvieron que suspender su presentación. Durante un toque en Bogotá, en la localidad de Chapinero, al bar les llegó un grupo de skinheads que en medio de un pogo comenzaron a golpear excesivamente a los asistentes del evento. Además de romper un par de narices y de bocas, este grupo con rabia hacia la banda reventó un par de ventanas y alcanzó a astillar alguna puerta del bar. Para cuando la banda suspendió la canción que estaban tocando, los organizadores ya habían sacado a los golpeadores del evento. “En más de un concierto me tocó salir con mucho susto porque no sabía si me estaban esperando”, dice René.

En otro concierto, esta vez en la Gilberto Alzate Avendaño, un grupo de punkos emprendió una golpiza similar en medio de un pogo. Para esta ocasión no hubo organizador que salvara patria. La banda detuvo la canción en la que estaban y aprovechó el momento para hablar con aquella gente. “Eran ocho o diez personas que empezaron a insultarnos. Como el micrófono estaba abierto les pregunté: ‘Bueno, ¿qué tienen que decir?’”, dice René. Los punkos dieron la cara y le gritaron a René que ni él ni la banda los representaba. “Qué más se le puede decir a eso sino que tienen toda la razón. Nosotros no representamos a nadie”.  Odio a Botero es una agrupación de punk que no viste taches ni usa crestas, lo que genera problemas en más de un purista del género. “Cuando me los encontré a esos mismos en la calle, intentaron cascarme”.

Los bares les cerraron las puertas porque no querían que en mitad de una canción llegara alguien a dañarles el rato y una que otra ventana. Entonces René comenzó a mover la música de la banda valiéndose de las redes sociales. Inclusive tuvieron que grabar el video de la canción “Una sola porción” en la casa de uno de ellos, porque ya nadie les prestaba un lugar para hacerlo. Pero entonces sucedió el hackeo.


A Odio a Botero le piratearon el correo que usaba para moverse en Facebook, YouTube y Twitter. Lo mismo le pasó a René con sus cuentas personales, quien poco a poco fue viendo cómo desaparecía de las redes sociales, es decir, del mundo. Tuvo que ir a la Fiscalía a declarar que él ya no manejaba ninguna cuenta virtual para que nadie usara su nombre en algún mensaje malintencionado. Por esos días, un muchacho –Nicolás Castro– había sido apresado por crear un grupo en Facebook en el que sarcásticamente amenazaba a uno de los hijos del entonces presidente, Álvaro Uribe. Inclusive la cuenta irónica de la candidatura falsa de René (@SeguraPresidente) fue dada de baja del mundo digital.

“A mí me callaron. Hay que reconocerlo. Y eso que no soy nadie”, dice. A su celular empezaron a llegar mensajes de texto en los que le decían que siguiera con la payasada, que ya sabía cómo le iba a ir. Afortunadamente –porque hasta en lo más malo hay algo bueno– toda la rabia hacia la banda recaía sobre él por ser quien hablaba y quien expresaba el sentir de los otros integrantes. Y cuando quisieron lincharlo, lo buscaron solo a él para que recibiera el horror en nombre de todos los integrantes.

Resulta que los mismos que lo habían insultado en el bar, lo vieron caminando por una calle del centro de la ciudad con la tranquilidad del que solo ha dicho lo que piensa. Entonces, esos dos que lo vieron, porque habían sido dos, llamaron a los demás del combo y cuando ya eran más de ocho emprendieron carrera con piedras y uno que otro palo para recordarle a René (y a Odio a Botero) que Colombia sí es el país más feliz del mundo y no el moridero que tanto promulgaban. “Menos mal yo corro mucho”.

Así se volvieron maratonistas semiprofesionales, o por lo menos él, que era insultado y agredido casi como deporte distrital. No había panadería en la que no se salvara de un madrazo o del impulso de hombres furiosos con ganas de golpear y golpear y golpear. Odio a Botero desapareció y sus integrantes se alejaron del avispero durante tres o cuatro meses.

ODIO A BOTERO 2

// Foto de Dahian Cifuentes Buen ayre visual //

Volvieron a Bogotá en algún punto del 2010 y la gente ya los había olvidado con la amnesia fácil que hoy todo lo borra. Ensayaron de nuevo por el gusto de hacerlo y por querer sacar adelante el disco que tenían pendiente desde antes del retiro. En el 2013 se anunció la “Gira por el país más feliz del mundo”, que tuvo poco de país y de feliz porque los medios que antes los habían celebrado por su postura de pantalones bien puestos no les abrieron ningún micrófono. La actitud del que no quiere revivir fantasmas. Sin redes y sin medios para comunicar que habían vuelto, se movieron gracias al público que los buscaba. Luego de un año de tocar en los pocos bares que los recibieron, se cansaron de enviar cartas sin respuesta a las disqueras y pensaron que la gasolina se les había acabado.

Escribieron y publicaron una carta en el 2015 en la que anunciaban el concierto de la segunda despedida. Sin embargo, casi como si fuera un mal chiste, al evento final llegó un grupo de documentalistas, llamados Los Monstruos del Cine, para contarles que querían hacer un trabajo sobre la historia de la banda porque les parecía que representaba la fase guerrera de la escena colombiana. El proyecto se ganó una convocatoria de Señal Colombia que se tradujo en la patadita de la buena suerte que la banda estaba necesitando por ese tiempo; será lanzado durante el 2018.

Cuando las cosas parecían quedarse en el documental Clamoroso silencio, apareció la disquera mexicana Intolerancia para grabar de una vez por todas esas canciones que Odio a Botero había compuesto desde hace más de seis años.

Ahora las condiciones cambiaron. En el borrador de la carta con la que René pretendía anunciar el tercer round de su banda, se leía: “Solo los imbéciles no cambian de opinión cuando cambian las circunstancias”. Pues bien, en un mundo en el que aquellos abundan, Odio a Botero regresa con la “Gira por el país de la paz estable y duradera”. En el futuro cercano existe la posibilidad de tocar por fuera del país, además de grabar un cuarto disco que exprese el sentir y el pensar de la banda al día de hoy. Porque Bardo, el tercer disco, recoge las canciones de los años duros en los que el odio hacia el maestro Botero se mal transformó en ira hacia el que dijera lo que no podía ser dicho. En rencor hacia todo aquel que no guardara silencio.


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La Bícono comienza con un pan hecho con puré papa criolla que encierra tres cortes de carne Angus, una capa de queso colby Jack, otra de tocineta ahumada, tiras de cebolla tempura, alioli de ajos rostizados y termina con el baño dulce de la miel y la mostaza.

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