POR: Bacánika Sábado, 17 Mayo 2014

El nuevo álbum de Jorge Drexler sirve para entender mejor (sin kitsch) qué está sucediendo con la música del continente.

Jorge Drexler, médico de profesión, tuvo tres honores en un minuto por allá en el año 2004: además de ganar el Oscar a la mejor canción por “Al otro lado del río”, de Diarios de motocicleta, el galardón se lo entregó Prince –a quien aprovechó para besarle la mano y hacerle una venia– y, con los ojos de medio mundo encima, cantó su canción a capella en lugar de dar el típico agradecimiento de estas de premiaciones.

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Han pasado diez años, varios trabajos con un reconocimiento fluctuante –nada comparado al Oscar– y un sonido que permanece arraigado al folclor latinoamericano –no sólo el de su natal Uruguay– pero que se atreve a pasear por los lados de la electrónica y el rock. Sin desviarse mucho de ese rumbo, Bailar en la cueva lo deja en un lugar extraño: lanzado por el sello Warner, es obvio que tiene un gran potencial comercial –y, de hecho, está rotando fuerte en distintas emisoras– aunque resulta imposible de clasificar en un género y se encuentra muy lejos de los clichés de la música pop o de “lo latino”.

De entrada, Bailar en la cueva recurre a las cada vez más trilladas colaboraciones –el omnipresente “feat.”–, con nombres tan diversos como Caetano Veloso, Li Saumet y Ana Tijoux, que le permiten moverse entre la bossa nova, la champeta y el hip hop. Sin embargo, a esta lista se le suman nombres menos famosos pero mucho más llamativos, que ayudan a entender la versatilidad sonora, como el catalán Campi Campón –coproductor del álbum y un bicho raro de la escena experimental de España–, el inglés Will Holland (Quantic) y los colombianos Mario Galeano (Ondatrópica), Urián Sarmiento (Curupira) y Eblis Álvarez (Meridian Brothers), entre otros genios que le dan otro sonido al folclor.

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Gracias a ellos es que el álbum toma un color poco común en la música latinoamericana. Sin mayores artificios, logra lo que le ha dado tanto mérito a bandas como Café Tacvba o a proyectos solistas como Vicentico: la capacidad de darle la vuelta a diferentes estilos y el riesgo de experimentar incluso con el ruido. En la era de iTunes, es muy grato encontrarse con un disco que vale la pena escuchar completo, que ofrece una estructura de principio a fin y que no se reduce a un par de sencillos para escuchar en internet. Además, el arte fue realizado por el ilustrador colombiano Mateo Rivano, lo que da una razón más para tenerlo en las manos y pasar por sus páginas al ritmo de la voz calmada de Jorge Drexler.

Humor, historias familiares y hasta versos medio arjonescos… aquí hay todo eso, no sólo gozadera tropical o baladas melosas ni tampoco esa música que toca escuchar con una mano en la barbilla. Esta es una mezcla de sentimientos y de sonidos que invitan, desde su título, a Bailar en la cueva.

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