POR: Andrea Melo Tobón Jueves, 09 Abril 2015

Porque nos gusta la champeta ochentera, hablamos con Abelardo Carbonó: el maestro del género.separador

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l nombre de Abelardo Carbonó, hasta hace relativamente poco, no era conocido salvo por los estrechos circuitos de música especializada. Gracias al trabajo de los investigadores Etienne Sevet y Lucas Silva, este músico volvió a aparecer en el mapa después de ser uno de los artistas afrobeat más importantes en los ochenta. 

Carbonó hace parte de una generación de músicos del Caribe que recibieron discos de África gracias a los intercambios que se hacían en los puertos y a la cultura de los picós (sistemas de sonido). Él aprendió a tocar la guitarra de manera autodidacta y, sin caer en la imitación de los ritmos de la tierra negra, creó un sonido distintivo de una Colombia pícara y surreal. “Muchos me dicen que tengo influencias de artistas africanos, pero la verdad es que nunca había escuchado eso; ahora me sirve de guía para los arreglos, pero los primeros discos no tienen ese acento”, dice Abelardo.

Nació en una familia de músicos aficionados en 1948 en Ciénaga (Magdalena). Sin la guía de nadie aprendió a tocar la guitarra junto a los chicos de su barrio y empezó a hacer “sus inventos”, como él los llama. Su canción favorita de niño es “Ansiedad”, de José Enrique Sarabia. Por problemas económicos, sus padres lo enviaron a Barranquilla a estudiar y terminó haciendo mandados en la tienda de sus familiares hasta que un día vio que la Policía estaba recibiendo gente y decidió ingresar a la institución. “Me pusieron un bolillo como de dos metros de largo y me rodaba en el pavimento. Así que le corté un pedacito pero me sancionaron, ese bastón como que era de un policía más alto”, confiesa el músico.

Durante su trabajo en la Policía grabó una producción para Sonolux con su primera banda, Abharca (como le dicen a las chancletas en la Costa). Una de las canciones fue “Schallcarri” cantada en idioma wayú pues quería sonar en La Guajira pero, según él, no pasó nada; paradójicamente, ahora esos son los temas que están pegando en Alemania. “Yo tenía una agrupación de vallenato en la central y pedía permisos cada semana, un día el coronel me dijo: o es policía o es músico, y yo: pues nada, soy músico”, cuenta Abelardo, que aún conserva el gesto de sentarse con una pierna estirada, la misma en la que reposaba el bastón de mando cuando pertenecía al cuerpo de seguridad de Barranquilla.

Carbonó grabó siete discos con sellos como Felito Records, Sonolux, Discos Fuentes o Machuca. Pero la falta de un apoyo continuo y la transición del sonido de la champeta análoga al secuenciador repercutió fuertemente en el músico, que pasó a ser parte de la agrupación de Aníbal Velásquez y desapareció del mapa musical por varios años. “Algo oscuro pasó porque yo tenía una lluvia de contratos y luego no me salía nada, era como esperar algo que no ha de venir”, confiesa apretando la guitarra.

Gracias a la recopilación El maravilloso mundo de Abelardo Carbonó, realizada por la disquera europea Vampisoul, el periodista de la revista francesa Sound Magazin y el investigador Lucas Silva comenzaron a buscar a un mito y lo encontraron cantando en las soleadas calles de Barranquilla. “Yo ya me había retirado de la música, ya me había hecho a la idea de que no había pasado nada; de hecho, tenía un trío de música cubana con el que tocábamos en el Parque de los Músicos de la ciudad, yo no creía que nada de esto pudiera pasar”, confiesa Carbonó. Este disco ha sido un éxito underground en Europa y ha servido como una píldora para la memoria de quienes creían que el sonido de agrupaciones como Frente Cumbiero, Los Pirañas y Meridian Brothers era una novedad. Desde entonces ha hecho giras por Alemania, Francia y España, ovacionado como un rockstar del Caribe.

“Una vez yo estaba en una presentación en el extranjero y había unos gringos que solo decían Jiuston (Houston) y Wazington (Washington) y Boston, y cuando uno de ellos me preguntó de dónde era, le respondí: de San Jacinton”, cuenta el cienaguero. Su canción no es otra que la tonada escrita por Rafael Núñez y musicalizada por Orestes Sindici, la que nos levanta y mece a las seis de la mañana y de la tarde: el himno nacional de Colombia. Pero a pesar del inmenso abismo que hay entre su champeta psicodélica y el símbolo patrio, el sabor de Carbonó no se desvanece.

Tanto ha sido su éxito reciente que en el Carnaval de las Artes 2015, en Barranquilla, sus vinilos y discos se agotaron. Actualmente se prepara para un gira europea donde presentará un nuevo álbum en formato de acetato que incluye canciones como “La piña madura”, “Ojos negros” y “El Cacharrito”, con su respectiva sazón de cumbia y afrobeat. No sabemos si Abelardo termine ganando un Grammy o recibiendo una medalla presidencial, lo que sí tenemos claro es que los músicos de antes no se empolvan con los años ni el olvido y que, aunque hayan pasado décadas, nunca es tarde para sorprenderse con las posibilidades del sonido. Y si no nos creen, miren lo que hace este hombre con una guitarra.

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Música

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