POR: Zully Pardo Jueves, 30 Marzo 2017

La industria editorial de literatura infantil colombiana está pasando por su cuarto de hora gracias al trabajo de unos pocos editores rebeldes que todavía confían en la independencia. Reconocimientos internacionales, temas novedosos, ediciones bellísimas que logran que a niños y adultos se les haga agua la boca. ¿Cómo llegamos a este punto? Acá les contamos cómo es el panorama actual.

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ibros para niños, exposiciones, muros llenos de tarjetitas, separadores y afiches con los que autores e ilustradores promocionan su trabajo. Conferencias con los rock star de la literatura infantil. Horas de caminar y caminar para al fin entender que nunca será posible saciar los ojos de tantos libros…  Esa es la feria del libro infantil de Bolonia, en Italia, un espacio en donde se hace evidente que la oferta de libros para niños es infinita y la producción tan rica y dispar que los cuatro días que dura no alcanzan para verlo todo.

A pesar de su carácter “infantil”, en esta feria no se ven niños correteando por los corredores, ni padres entusiasmados comprando libros. Al ser un espacio destinado al ámbito profesional, quienes corretean son los afanados editores y agentes literarios que esperan cumplir citas para venta o compra de derechos (no dejan de soñar con hallar el próximo Harry Potter de la industria del libro), y los entusiastas son los ilustradores, autores y los estudiosos del género, que buscan nuevos contratos, renombre o sencillamente van de conferencia en conferencia.

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En medio de ese panorama, la edición independiente de libros para niños en Colombia se destaca. Aunque joven y no muy prolífica (en comparación con la de otros países), en los últimos años ha sido tres veces cuna de dos de los galardones a lo mejor de la edición del libro infantil y juvenil: el BolognaRagazzi Award en la categoría New Horizons y el BOP (Bologna Prize for the Best Children’s Publishers of the Year).

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La categoría New Horizons destaca proyectos literarios en países con un sector editorial emergente (en otras palabras, “los nuevos del mundo editorial”), mientras que el añorado BOP premia a las mejores editoriales de libros para niños y jóvenes que compiten en una misma región. Ambos son galardones realmente difíciles de atrapar; en ellos editores de todas las latitudes se miden en un pulso entre pares. Y, bueno, vale la pena decir que el gremio editorial debe ser uno de los más perfeccionistas y meticulosos… pues de eso se trata ser editor.

¿Y qué se gana con el premio? Nada y mucho al mismo tiempo. Nada, porque no dan ni medio euro; pero mucho porque el reconocimiento internacional, la visibilidad para autores, ilustradores y editores y, desde luego, para el país de origen de las editoriales ganadoras paga, y paga bien. Ganarse uno de esos reconocimientos es ganar también un lugar en el mapa editorial, un nombre y muy buena fama. Y, a largo y mediano plazo, la negociación y venta de derechos de traducción y publicación.

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Este año, la editorial Babel Libros ganó el New Horizons con su contundente obra La mujer de la guarda, de Sara Bertrand y Alejandra Acosta. Un libro como pocos, pues su escritura es profunda y bella, como lo es también la manera como aborda e ilustra el tema de la muerte. Acá no compiten las ilustraciones con el texto, sino que cada una genera un ambiente. Leer ese libro es como entrar a un lugar y salir de allí siendo el mismo, pero transformado.

Esta obra compitió con 1354 libros de 42 países distintos, y el jurado que la seleccionó proviene de países como Gran Bretaña, España, Italia, Eslovaquia y Emiratos Árabes. Respecto a ella, los jurados afirmaron: “La perfecta combinación entre arte y narración; el libro cuenta una historia de manera innovadora a través de diversas voces, identificadas gráficamente”.

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Su editora, María Osorio, también se puede sentir orgullosa porque por segunda vez ha sido nominada al BOP, muy merecida nominación, pues Babel Libros ha jalonado el sector editorial de los libros para niños en Colombia. Babel también se destaca por publicar los famosos chigüiros de Ivar Da Coll, y es quizá una de las primeras editoriales que inicialmente se dedicó en exclusiva a los libros infantiles de manera independiente.

El trabajo de editoriales como Tragaluz y Rey+Naranjo también ha sido reconocido allí. Tragaluz fue nominada al BOP y en dos ocasiones al New Horizons con títulos como Mil orejas, de Pilar Gutiérrez y Samuel Castaño —libro ganador en 2015—, y Conquistadores, de Pep Carrió y Carlos Grassa. Rey+Naranjo se “inauguró” en el mundo del libro infantil en 2013 con un New Horizons para La chica de polvo, de Jung Yumi.

¿Cómo fue que Colombia, con unos índices de lectura literaria tan bajos y una industria del libro infantil relativamente pequeña, llegó a posicionarse en Bolonia?

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Gracias al tesón de sus editores y a esa rebeldía, valentía, paciencia y perseverancia para hacer propuestas editoriales auténticas y novedosas, pero también gracias al apoyo del Ministerio de Cultura y la Cámara Colombiana del Libro, que de un tiempo para acá empezaron a apostarle a la literatura infantil colombiana y a apoyar su visita a Bolonia.

Aunque por años la producción de literatura infantil en Colombia no fue relevante, y se podría decir que para muchas personas “la escuela ha matado” el placer por la lectura, recientemente el desarrollo del libro infantil en América Latina, y particularmente en Colombia, ha repuntado con libros excepcionales, con temáticas sorprendentes y mucho cuidado en sus ediciones.

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Ya no se trata de esfuerzos aislados, sino que poco a poco América Latina llama la atención del mundo en la literatura infantil y juvenil: Premios como el Hans Christian Andersen (también conocido como el Nobel de la literatura infantil) han caído en manos de autoras como la brasileña Ana Maria Machado (2000) o la argentina María Teresa Andruetto (2012); mientras que el Astrid Lindgren Award fue entregado en 2013 a la argentina Isol Misenta (también nominada en 2006 y 2007),y al Banco del Libro de Venezuela (2007).

Finalmente nos estamos independizando de “mamá España” en términos editoriales, después de que por muchos años la mayor parte de la literatura que se consumía en Latinoamérica era traducida, editada, e incluso impresa en España. Solo nos llegaban cosas de afuera y la producción local era poca. Al fin el panorama empieza a cambiar con lentitud, pero con resolución.

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Así, desde hace un par de décadas han surgido varias editoriales llamadas “independientes” (independientes de los grandes conglomerados de libros que marcan una pauta comercial, repetitiva, universal) que le apuestan a contenidos arriesgados, formatos diversos y al arte editorial como eje de sus libros. 

Muchas de ellas no pretenden copiar lo que se hace afuera, ni que sus libros se lean solo en los colegios, sino que proponen desde lo local una literatura inspiradora que cualquiera, donde sea, puede leer por gusto.

“A partir de un buen texto, de ilustraciones llamativas y un diseño único, buscamos formar lectores para toda la vida —sostiene la editorial Tragaluz en su sitio web—. Si un buen libro cae en las manos de alguien, es muy probable que al terminarlo busque otro”.

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Pero hay que destacar algo: no se trata de cualquier tipo de libro, son libros para niños y jóvenes, el público más exigente: si algo no les gusta, inmediatamente lo dejan a un lado. Además, nunca se puede llegar a ellos directamente (particularmente a los niños): siempre hay un adulto de por medio que define (censura) lo que puede ver, leer, usar, elegir.

“Editar para niños es el trabajo más difícil que hay. No solo por la consecución de títulos o el trabajo con los autores y los ilustradores, sino también por el mercado. Es un mercado que no vende”, afirma John Naranjo, director de la editorial Rey+Naranjo, una editorial líder en el ámbito del cómic y la novela gráfica (uno de sus más grandes éxitos es la novela gráfica Gabo, 2013), pero que también publica libros infantiles, periodismo literario y literatura. 

Quizás no se trate de que la literatura infantil no venda (pues si no vendiera, no habría gente que se dedicara a eso), sino que la mayor parte de las familias no tienen como costumbre consumir libros para niños, es decir, ni leerlos ni comprarlos, y cuando eligen uno, muchas veces “van a la fija”: a los de los muñequitos populares de la tele.

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Es aquí cuando la rebeldía de estos editores se hace más latente, pues los contenidos propuestos en sus libros van más allá de la moda pasajera, de esa idea de que los niños y jóvenes son consumidores de paso. 

Proponen algo distinto. Temas trascendentales plasmados con creatividad, belleza en sus textos, propuestas gráficas diferentes, nuevas tendencias de ilustración, diversos tamaños, materiales, encuadernaciones. Libros que están destinados a convertirse casi que en fetiches. En otras palabras, libros de contratendencia que responden con rebeldía a un mercado editorial saturado, como lo pueden ser los libros premiados de las editoriales mencionadas. 

De esta manera, estas editoriales ganan una voz propia, pues es lo que buscan en su independencia. Y si bien lo más fácil podría ser tomar el camino del libro excepcionalmente comercial, de consumo y desecho —que se supone garantiza ventas inmediatas y repite la fórmula— también hay otras alternativas. La originalidad es premiada y valorada.

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La Feria del Libro de Bolonia, además, le permite a la gente interesada en el mundo del libro ampliar su mirada y conocer cuál es la voz propia de sus pares en otros lugares del mundo. Esto es muy importante para una propuesta creativa, porque de allí viene la inspiración: de mirar, charlar, conocer, tener referentes de calidades distintas.

Desde que el gremio editorial colombiano ha viajado a Bolonia, su participación se ha destacado de una manera u otra. Si bien localmente hay dificultades en el consumo y la venta de los libros para niños y jóvenes, afuera nos miran con buenos ojos.

Quizás ya es momento de “creérnosla”: en casa tenemos talento y no necesitamos el aval de otros países para reconocerlo. “Hay un buen panorama”, sostiene Pilar Gutiérrez, directora de Tragaluz, y esto se evidencia en la variedad y calidad de las propuestas creativas del mundo del libro, en el boom de la ilustración colombiana, en los trabajos de nuevos autores e ilustradores como Amalia Low (El flamenco calvo), Roberto Sánchez Cajicá (Un día, la lluvia…), Paula Bossio (Los direfentes) o Alejandra Algorta (Pez quiere ir al mar), Jairo Buitrago (Días de rock en el garaje y Eloísa y los bichos, con ilustraciones de Rafael Yockteng), Dipacho (El toro rojo), Amalia Satizábal (Emma y Juan).

Lo cierto es que las tres editoriales premiadas en Bolonia, así como Gato Malo, Laguna, Robot, Monigote, LuaBooks, MilSerifas y otras tantas en el difícil ámbito de la independencia editorial, le dedican el tiempo que sea necesario a cada libro (el trabajo con un manuscrito puede llegar a ser cuestión de años). Sin afanes, con sumo cuidado, no pasan por alto ningún detalle en un riguroso compromiso con el texto, con el diseño, con las ilustraciones, con los lectores para que un libro para niños y jóvenes vea la luz. 

Un trabajo que es igual de dispendioso en un conglomerado editorial o en una editorial pequeña, necesariamente tiene un esfuerzo y un enfoque distinto cuando se hace con las uñas, sorteando la bancarrota y agarrándose de la fe, de los lectores, de la confianza en su buen ojo. 

Y es que no hace falta tener hermanitos, primos, sobrinos o hijos para disfrutar de un buen libro infantil: ya hemos pasado la página de los cuentos de los hermanos Grimm y los muñecos de ojos saltones. La literatura infantil y juvenil contemporánea de calidad se expande llena de arte, diseño y textos que mueven el piso, que conmueven y que tratan temas variados y que están bien escritos.

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