POR: Ángel Castaño Guzman ILUSTRACIÓN: Cristian Escobar Martes, 09 Mayo 2017

A los escritores se les suele preguntar cuál es su método a la hora de escribir, pero poco se sabe de sus mañas a la hora de leer.
Acá diez escritores nos cuentan cómo y qué leen.

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 los escritores se les suele preguntar cuál es su método a la hora de escribir, pero poco se sabe de sus mañas a la hora de leer. Acá diez escritores colombianos nos cuentan cómo y qué leen.

En buena medida somos ese cúmulo de páginas leídas en el frenesí de la adolescencia y en el sosiego de la vejez. No se miente si se dice que la lectura hace más apasionante el día a día y llena de voces la cotidianidad. Desde la conversión de San Agustín –motivada por la lectura– el ejercicio de hablar con los libros y con las épocas en ellos contenidas ocupa un lugar central en la formación de la consciencia individual. Quisimos preguntarle a un grupo de escritores colombianos sobre su trato con los libros, sobre los rituales que tienen a la hora de sumergirse en el mar de tinta y palabras. Casi siempre se le ha inquirido a los creadores cómo escriben: aquí quisimos darle una vuelta de tuerca al asunto y consultarles cómo leen. Porque –y esto es una verdad de puño borgesiana– antes que cualquier cosa, el escritor es un lector. Y ellos, como todos los lectores, en algún momento de sus vidas han hecho suya aquella frase emblemática de García Lorca: Pido medio pan y un libro.

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San Vicente de Chucurí, Santander. Novelista y bloguero. Sus tres primeras novelas –La balada de los bandoleros baladíes, Viaje al interior de una gota de sangre y Rebelión de los oficios inútiles– recibieron premios en México, Cuba y Argentina, respectivamente. También es uno de los seis colombianos que hace parte del grupo Bogotá39: una lista que escoge a los autores latinoamericanos menores de 40 con más potencial.  

He leído de muchas maneras, según la época. Al comienzo de forma errática mezclaba temas, categorías, autores, obligado por los libros que tenía a mano, o por los libros que me prestaban mis amigos. Esto era en un pueblo donde no había librerías. Después cambié a leer en bibliotecas, la Central de la Universidad Nacional y otra más tranquila en el edificio de Posgrados, la Luis Ángel Arango en el centro de Bogotá, libros que no eran míos, que tenía que marcar para no olvidar algunas cosas y entonces copiaba pasajes. Los etiquetaba por temas y número de página en cuadernos. Luego, cuando necesitaba saber qué dijo Miller en Big Sur sobre budismo, solo abría el cuaderno y buscaba Miller, Big Sur, budismo. Más tarde empecé a tener libros propios y a subrayarlos de forma desesperada, como si todo se me estuviera olvidando y tuviera que dejar marcas en los libros. Luego vinieron libros electrónicos y me descubrí haciendo capturas de pantalla en mi tableta. Ahora hago todo eso mezclado. Pero ya no logro establecer la misma concentración de cuando no escribía novelas. Empiezo a leer una novela y enseguida me fijo en cómo está hecha, cómo se usa el tiempo, cómo se usa el habla, cómo se presentan los personajes, cómo hace descripciones el narrador, dónde está el narrador, qué sabe de la historia que cuenta y qué deja saber al lector, y caigo en la manía de imaginar dónde se equivoca su autor al narrar. Leo como corrigiendo. Como si toda la literatura me pareciera un borrador. Es una manía. Entonces abandono los libros que no pasan la prueba de mi fiera interna, inseparable del lector y del escritor y cambio de libro. No recuerdo cómo empezó esa decadencia de lector. Para tratar de conjurarlo uso la regla de tres de Juan Forn: leo ensayo, novela y poesía de forma alterna, para no caer en la manía de escribir siempre con una sola fórmula.

Paso mucho tiempo solo. Me aburro mucho. Tengo algunas curiosidades que no se satisfacen en esas jornadas. Cómo fue la batalla de Zama. Cómo fue la de Palonegro. Cómo se hacían las mermeladas antes del azúcar. Cómo fue el amor en China. Cómo fue la vida de Hemingway en sus propias palabras. Creo que leo para pasar el rato.

Lo que me parece importante y bello se va quedando solo y termino por parafrasearlo o tergiversarlo.

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Barranquilla. Cronista y columnista. Ha publicado, entre otros libros, Diez juglares en su patioEl oro y la oscuridadLa eterna parranda y Botellas de náufrago. Su trabajo ha sido premiado en varias ocasiones con el Simón Bolívar.

Al principio leía sin ningún método. Sólo abría el libro y me dejaba llevar. Era capaz de retener en la memoria muchos detalles del texto. Con los años me fui volviendo un lector mañoso: necesito armarme de un bolígrafo para ponerme a leer, pues subrayo mucho y escribo montones de notas al margen. Lo hago así porque ya mi memoria no es tan buena como antes, y se me extravían algunas percepciones del libro que quisiera conservar. Con las notas al margen y los pasajes subrayados, hago al final una ficha de lectura que guardo en mis archivos.

En mi oficio es inevitable leer, al menos de vez en cuando, por razones profesionales. Yo procuro leer por mero gusto. Me encanta ir a las librerías y comprar a ciegas, libros que nadie ha recomendado y que no están en la lista de ningún pontífice. Si un libro no me atrapa, lo suelto. Para mí la lectura es una actividad importante. Me permite aprender, descubrir, conectar conocimientos que antes estaban dispersos, formular preguntas nuevas, encaminarme hacia otros textos.

Nunca acepto que me presten libros, pues no puedo subrayarlos ni escribirles nada al margen. Cuando el libro es ajeno me siento incómodo, como si me hubieran dejado afuera de una casa donde hay una gala importante.

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Cali. Novelista y columnista. Ha publicado Duermevela, Jhonny y el mar y La casa de la belleza.

Soy una lectora dispersa y cada vez más inconstante. Leo como he leído toda la vida, por placer, curiosidad y fascinación. Si un libro no me atrapa, no me sorprende o me permite ver las cosas desde otro lado, suelo dejarlo. Siento que el tiempo es cada vez menos, por un lado y, por otro, cada vez tengo más claro lo que me gusta y me interesa, así que prefiero concentrarme en eso.

En medio de ese hábito desordenado que es para mí la lectura, tengo a Sin Remedio, de Antonio Caballero, Crematorio de Rafael Chirbes (uno de mis grandes descubrimientos del año pasado), Camanchaca, de Diego Zúñiga y Siete Casas Vacías, de Samantha Schweblin. Los acompañan  algunos clásicos de siempre, como Novela de ajedrez, de Stefan Zweig, Beloved de Toni Morrison.

Cuando leo suelo dejarme llevar. Tendría que hacer una segunda o tercera lectura para fijarme en las costuras, los prenses y los dobleces. A veces leo en voz alta para fijarme mejor en la música de la narración. Suelo pensar que hay novelas donde pesa más el lenguaje, mientras hay otras donde lo principal es la trama. Me gustan ambas, pero quizá no se leen de la misma manera. Una novela como En busca de abril Muerte en verano de Benjamin Black, no se leen en la misma clave que Primero estaba el mar, de Tomás González.

Al final, el único dogma es que no haya dogma. Leer literatura es leer sin un plan premeditado, sin una finalidad práctica, sin buscar una utilidad, un mensaje, una moraleja. Para los lectores que apenas se inician, olvídense del para qué, o del por qué, y simplemente déjense llevar, como lo harían en la oscuridad de una sala de cine. 

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Cali. Cuentista y novelista. Ganador del III Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez. Ha publicado IménezMediocristán es un país tranquiloDonde mueren los payasos y Razones para desconfiar de sus vecinos.

Yo no siento que mi forma de leer sea muy diferente de la de cualquier otro lector. Cuando abro un libro, sobre todo si es de ficción, básicamente soy un lector más. Me gusta sumergirme en la historia (o en la argumentación, en el caso del ensayo) y si bien me resulta difícil no prestar atención a ciertas cuestiones técnicas −la construcción de la voz, la función estructural de las escenas, los cambios de punto de vista, etcétera−, procuro dejar esas inquietudes para la relectura. Como el tiempo para la relectura es más escaso que el tiempo para la lectura, uno puede tratar de combinar ambas perspectivas en una, pero el resultado no siempre es satisfactorio. La ficción es en buena medida experiencia vicaria y el editor interior que todo lector más o menos profesional/escritor/profesor/reseñador tiene en la cabeza puede ser un lastre.

Ahora bien, ¿qué lugar tiene la lectura en mi vida? La lectura en mi vida tiene un lugar central. Soy de esa clase de personas que, todavía, no salen de casa sin un libro (para el bus, para el metro, para la cola de turno) y cuyas coordenadas vitales tienen una relación íntima con sus lecturas (la época en que leía X, la época en que leía Y, lo que nunca he vivido pero estoy convencido de saber porque leí a Z). En eso quizá sí haya cierto sesgo profesional. Porque mientras la escritura sigue siendo el vehículo privilegiado de información factual (son muy pocas las disciplinas en las que el conocimiento y el debate no pasan por la escritura) desde hace ya un buen tiempo no es la fuente privilegiada de experiencia vicaria. Hay excelente ficción en el cine, la televisión y el cómic. Y los videojuegos cada vez están más cerca.

Con todo, no creo ser un lector de rituales. Me gusta leer con un lápiz en la mano. Sobre todo en el caso del ensayo. Pero si no hay lápiz, también se lee. Supongo que soy más lector que escritor. El tipo de lector que lee hasta los prospectos de los medicamentos y las instrucciones de la lavadora.

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Bogotá. Novelista, crítico de cine y columnista. Ha publicado, entre otros libros, Autogol, Érase una vez en ColombiaEl libro de la envidia e Historia oficial del amor.

Yo estoy leyendo todo el tiempo, libros, revistas, textos recomendados por algún amigo, pero de tanto en tanto me pongo en la tarea de leer lo que me sirva para lo que esté escribiendo. Por supuesto, leo novelas, pero las escojo con cuidado –y no cedo a la tentación de leer todas las que me faltan y todas las que salen– porque la verdad es que me las tomo demasiado a pecho: es decir, me duelen, me afectan más de lo que querría.

El acto de leer es para mí un acto de todos los días: es mi trabajo pero también mi forma de ser, y supongo que me ha obligado a vivir en estado de alerta para bien y para mal. Soy desde niño un lector de los libros pero también de las personas, y desde niño he corrido el riesgo de atar más cabos de la cuenta. No tengo rituales para leer ni tengo rituales para escribir. No me sirve mejor una silla de la casa. Y me he acostumbrado a leer y a escribir en medio de los ruidos porque mi oficina está en mi casa. Creo que, como cualquier otro oficio, el del escritor solo se da mientras se está haciendo y mientras se está haciendo se releva qué tanto ha servido lo que se ha leído.  

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Medellín. Física. Su primer libro es La corriente.

Puedo vivir sin leer, he tenido épocas en las que no he sido capaz de leer nada, pero, cuando leo, la lectura es fundamental en la medida que las historias se vuelven mi vida. Yo leo por placer, rápido, encarretada. Si me atrapa, perfecto; si no, abandono. Hay libros que abandono y quedan pendientes. Por ejemplo, en la universidad, al principio, no fui capaz con Pedro Páramo, que era la obsesión de A., un amigo mío, y después me lo tragué en una sentada. Tampoco Proust me emocionó las primeras tres veces; creo que leí once páginas (empieza en un cuarto, ¿cierto?), al menos tres veces. Y una vez, en París, después de un curso de ciencia cognitiva, pensé “Ahora sí quiero buscar el tiempo perdido”, y me devoré, en español, los dos primeros tomos en dos semanas de bus 86. A doña Virginia Woolf no he podido leerla aún, tengo tres libros suyos comprados, filados, expectantes, en mi biblioteca.

Vos preguntás que cómo leo para sacar provecho; hablás de método. Yo nunca leo para sacarle provecho a la frase leída. Nunca leo con método salvo cuando leo un texto académico para dar clases. Rituales sí tengo, pero depende mucho del momento de mi vida, y de dónde pueda leer. En la universidad, subrayaba; ahora no. Los últimos años leo justo antes de dormirme, empiyamada, con los pies a medio meter en la cobija, cansada a muerte. O mientras mis hijos hacen la siesta los fines de semana o en vacaciones o en los viajes. Entre mis rituales está escribir la fecha y algún dato de cuándo me leí el libro o de quién me lo recomendó o de si me gusta. Escribo y recuerdo. Así sé que me leí el del suicidio del hijo de Bonnett en el primer viaje que hacía sin mi hija, vuelo Medellín-Cartagena, y Cien años de soledad ya vieja, en el último enero que vine a Colombia antes de devolverme, y el del duelo −¿cómo se llama? Ah, sí− La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero, por la noche, mientras amamantaba a mi hijo Rafael. Hay libros míos que tienen varios triángulos doblados, eso significa que en esa página había algo que quería recordar. Doblar para recordar.

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Santa Rosa de Osos, Antioquia. Poeta y novelista. Ha publicado, entre otros títulos, Tratado de retórica, Poemas de amor, Cantar por cantar, GatosLa muerte de AlecHistoria de Simona.

Lo que más hago en la vida es leer. Más precisamente: leer y dormir. Soy omnívoro, leo de todo. Leo por placer. Si el texto que leo no me produce placer, no me duele abandonarlo. Como lector, no me interesa aprender nada. Esa es la mejor manera de aprender. Tampoco me interesa recordar lo que leo, es más, creo que una de mis mejores cualidades de lector es mi mala memoria porque de los libros, con el tiempo, solo recuerdo si me gustaron o no: entonces puedo volver como si fuera la primera vez sobre las lecturas que me produjeron placer; esto demuestra que no existe la relectura.

Leo historia, ensayo, biografía. Lo que más leo es novelas y poesía. Haciendo un balance, encuentro que prefiero las novelas escritas antes del 31 de diciembre de 1900, pero algunas posteriores casi las igualan. Llevo un diario de lecturas y escribo un blog que se llama Gozar leyendo donde comento algunos de los libros que más me gustan.

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Barrancabermeja. Poeta y novelista. Ganador del Premio Rómulo Gallegos. Ha publicado las novelas La sed del ojoLejos de RomaLos derrotados y Tríptico de la infamia.

Durante mucho tiempo leí en buses, trenes y aviones, y leí acostado, antes de dormirme. Creía que podía hacer algo parecido a lo que hacía Kafka, quien leía acostado porque sentía que levitaba en su cama. Pero desde hace un tiempo leo sentado. La verdad es que he decidido cuidar mis ojos y mi espalda y dejé de serle fiel a Kafka. Por lo general, leo en una silla cómoda que pueda reclinarse para que el paso al dormir, que es un acto que me parece una agradable continuación del acto de la lectura que es, a su vez, un acto de ensoñación, se produzca fácilmente.

Leer es la actividad más importante de la escritura y trato de hacerlo casi siempre. Leo en las mañanas, en las tardes y en las noches. Cuando no leo me siento inútil y expulsado de mi verdadero centro existencial. Señalo en las páginas los pasajes que me llaman la atención, que me deslumbran, que me parecen fascinantes por lo que dicen y por la manera en que lo dicen. Y los leo muchas veces, pero no ejercito mi memoria con esos trozos. De hecho, no sé de memoria casi nada y admiro a quienes tienen esa capacidad de reproducir pasajes enteros con su mente y con su boca. Y esos subrayados los hago porque me sirven para tomar notas sobre eventuales ensayos o narraciones que voy delineando.

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Bucaramanga. Novelista y promotora de lectura. Ha publicado, entre otros, los libros Terror de sexto BLos agujeros negros, Pasajera en tránsito y Qué raro que me llame Federico.

¿Cómo leen los escritores? Como tantos lectores y escritores hay en el mundo, y todos son tan variados, solo puedo hablar por mí, y ni eso, pues no tengo una forma única de leer. Depende de las horas del día, del lugar en donde esté, de lo que necesito saber o necesito sentir o  aprender o escribir... Leo en zigzag para resolver cosas rápidamente o, simplemente, por reflejo: la salida de emergencia para no perderme al salir de un edificio, el nombre de la enfermera que me está sacando sangre, lo que declaró el político (aunque siempre parezca lo mismo), los nombres de familiares que invitan a los entierros de gente que no conozco, la letra menuda que nadie lee en los medicamentos, con todos los riesgos puestos en palabras que no entiendo, el Facebook de mi teléfono con todas sus redes sociales y los archivos anexos y todos los documentos que a todos nos toca leer...

Pero también, por supuesto, a veces me encierro a leer ese libro que encuentro, que dice lo que yo no sabía que sabía, o lo que nunca me imaginé que pudiera saberse o sentirse. Esa lectura, por desgracia, es cada vez más esporádica, entre el ruido de lo que "debo leer"; por eso me entreno en aprender a leer cada vez más despacio: saboreando cada página, leyendo varias veces un párrafo, a veces con un lápiz al lado para subrayar esa frase y la otra y la otra, y a veces, cuando no basta el lápiz, con una pequeña libreta en la que copio las frases que leo, como si quisiera apropiármelas, para llevarlas conmigo y que no se me olviden, y volverlas a leer cada vez que las necesite.

Leer es mi salvación: la única forma de estar en el mundo y de no perderme. Soy muy desorientada en la vida real; por eso necesito leer para saber por dónde seguir. A veces me parece que si no lo leí, es porque no era verdad o no existe o no sucedió.

Leo con el lápiz al lado para subrayar. La libreta para copiar esa frase que no me imaginé que pudiera escribirse y que es mejor tener a la mano porque la puedo necesitar muchas veces en la vida. Y a veces, la lectura en voz alta, a mí misma, porque hay palabras que parecen escritas como si fueran una partitura y parecen decirnos, como nos dicen los niños: léeme, léeme, léeme. Otra vez, otra vez, otra vez...

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Barranquilla. Poeta y novelista. Ha publicado, entre otros, los libros Los adoradores de la lunaEl libro de los muertos, El cadáver de papá y El callejón de Cervantes.

A través de mi vida el hábito de leer ha sido el más constante. Sin embargo, con el paso de los años ha ido cambiando. En mi adolescencia cuando empecé a escribir, vivía para la lectura. Consumía novelas enteras de novecientas páginas como La feria de las vanidades, en dos días. Leí dieciocho veces Cumbres borrascosas y dormía con Crimen y castigo debajo de mi almohada. Esa fiebre de lectura fue lo que me llevó a estudiar Literatura Inglesa en la Universidad en los EE.UU., pues lo único que me interesaba era seguir leyendo. Así me sumergí en la literatura norteamericana e inglesa, al mismo tiempo que devoraba todos los libros de los escritores del boom latinoamericano. Luego, cuando empecé a escribir más seriamente y a publicar ficción, leía con mucho cuidado a los escritores que admiraba como Flannery O'Connor y Borges. Básicamente, los leía para imitarlos. Creaba mis propias historias, pero utilizaba las estrategias y las estructuras de ellos.

Hoy en día, en mi madurez, el fervor por la lectura de novelas ha disminuido mucho: prefiero leer poesía o ensayos. Leo las novelas que publican mis buenos amigos, los manuscritos que escriben mis estudiantes, los libros que enseño todos los semestres, y los libros que me piden que reseñe, que generalmente son los que menos me interesan. Además hay un par de escritores que leo y releo con el único fin de estudiar los elementos de su estilo (no me pregunten quiénes son). También releo los poemas que me gustan, a veces memorizando los versos que me inspiran. Luego trato de emularlos escribiendo mi propia versión de esos versos. 

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