POR: Miguel Mendoza Luna Martes, 07 Abril 2015

¿Qué tanto hay de cierto en la forma en que se retrata la demencia en las películas?
Esta es nuestra revisión al tema.
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El cine ha recreado cientos de veces historias relacionadas con las enfermedades mentales e incluso con la figura de los psiquiatras. Una y otra vez, las películas acuden a argumentos vinculados con la locura pero muchas veces de manera errada, deforme e ilusoria frente a la veracidad de las patologías y diagnósticos clínicos.

Sentémonos por un momento frente a esa alucinación consensuada que es el cine para reconocer cómo algunas películas que han tratado el tema de la locura, una vez se enfrentan a la realidad clínica, no siempre resultan ser tan verosímiles.

El mito del espacio del terror: el manicomio

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Si bien la historia de los manicomios presenta un oscuro panorama donde en el pasado el enfermo mental era tratado de forma insensible, incluso sin buscar su cura, también es cierto que a partir de la segunda mitad del siglo XX este tipo de instituciones han reformado y abolido las prácticas inhumanas. No obstante, el cine ha perpetuado la imagen del manicomio como un lugar siniestro dedicado a horrores y abusos.

Tal como lo evidencia la película Letras prohibidas: La leyenda del Marqués de Sade (Philip Kaufman, 2000), desde el siglo XVIII los manicomios franceses eran menos que cárceles en las que sujetos inescrupulosos insistieron en “tratamientos” crueles con pretensiones de cura. El aislamiento de los enfermos mentales en condiciones lamentables define en gran parte el pasado de la institución mental.

En la famosa película Alguien voló sobre el nido del cuco (Milos Forman, 1975, traducida en América Latina como Atrapado sin salida), se expresa el descontento y sospecha que se tenía sobre muchos centros psiquiátricos. En esta historia, la insensible y tiránica enfermera Mildred representa el abuso e indiferencia de un sistema psiquiátrico obsoleto; su trabajo se centra en anular la identidad de los pacientes y en hacer aún más miserables sus existencias.

Otros tópicos cinematográficos relacionados con el manicomio, sin sustento en la realidad, son el uso brutal de camisas de fuerza, las terapias de electrochoques y la administración desmedida de sedantes y fármacos. También es frecuente la representación de lobotomías, el controversial y ya prohibido procedimiento quirúrgico, que básicamente consistía en destruir parte de la corteza frontal del cerebro. En la película Sucker Punch (Zack Snyder, 2011) una joven, en la década de 1950, es recluida en un hospital psiquiátrico y sometida a esta cruel operación.

Historias de terror como Gothika (Mathieu Kassovitz, 2003), Halloween (Rob Zombie, 2007) o Madhouse (William Butler, 2004) han mezclado el terror sobrenatural con la locura para perpetuar la idea de que el manicomio es el espacio ideal de emergencia de la maldad humana, e incluso de la sobrenatural.

El mito del terapeuta malvado o excéntrico

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En muchas películas el personaje del terapeuta suele asimilarse a la figura de un peligroso criminal que se camufla como benefactor. Así ocurre con el doctor Jonathan Crane, el Espantapájaros de Batman Begins (Cristopher Nolan, 2005), que convierte el Asilo Arkham en la cuna perfecta para dirigir a los villanos y así sembrar el pánico en Ciudad Gótica.

Los psicólogos y los psicoanalistas también suelen representarse de forma caricaturesca o paródica; bien como ineptos o como charlatanes incluso más locos que sus pacientes. Por ejemplo, en Analízame (Harold Ramis, 1999) Billy Cristal encarna a un particular psicólogo que debe lidiar con un rudo mafioso interpretado por Robert de Niro, quien sufre ataques de pánico derivados de su actividad criminal. La caricaturización de la terapia psicoanalítica es típica de muchas películas de Woody Allen: Annie Hall, Zelig, Deconstruyendo a Harry y muchas otras.

Otro cliché recurrente ha sido el de la “cura mágica” ideada por el terapeuta idealista, quien con tratamientos innovadores o incluso involucrándose afectivamente con sus pacientes logra ayudarlos. Así ocurre en El príncipe de las mareas (Barbra Streisand, 1991), En busca del destino (Gus Van Sant, 1997) y en Locos de ira (Peter Segal, 2003).

El mito de la división del yo: ¿una ficción de la ficción?

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El fenómeno de las múltiples personalidades es uno de los motivos favoritos de Hollywood. El guión suele presentar a un individuo que, afectado por algún trauma, experimenta una fragmentación de su mente que da origen a dos o más personalidades paralelas (por general una de ellas malévola).

Debido a películas como Las tres caras de Eva (Nunnally Johnson,1957), Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960), El club de la pelea (David Fincher, 1999) o El maquinista (Brad Anderson, 2004), el mito literario del doctor Jeckyll y el señor Hyde se ha renovado, alentando en el imaginario colectivo la creencia en un tipo de enfermedad bastante controversial en la comunidad psiquiátrica. En efecto, la historia de Shirley Ardell Mason, el caso más famoso de múltiples personalidades –registrado en el libro Sybil, que fue adaptado al cine e interpretado por Sally Field en 1978–, terminó por ser reconocido como una suerte de fraude. A finales de la década de 1950, Mason fue tratada por la doctora Cornelia Wilbur, quien le diagnosticó un severo caso de disociación, en el cual se llegaron a manifestar quince personalidades. La severidad del trastorno, se suponía, era consecuencia del abuso por parte de la madre de la mujer. Ante el revuelo mediático que despertó esta historia, con suspicacia el psiquiatra Herbert Spiegel trabajó con Mason durante varias sesiones; finalmente concluyó que todo el asunto se trataba de una farsa orquestada por Wilbur, doctora que había manipulado a su sugestionable paciente para que dramatizara las diversas personalidades.

Si bien no existe un consenso definitivo en la comunidad psiquiátrica sobre la existencia real del denominado Trastorno Disociativo de la Personalidad, sí se acepta que la disociación es un mecanismo que puede afectar la identidad humana, ya sea como un factor de protección psicológica o de represión frente a una situación perturbadora o como negación de un recuerdo nocivo. Falso o no, Hollywood nunca abandonará el atractivo y truculento recurso argumental que esta presumible condición mental le ofrece.

El mito de la esquizofrenia como fuente de maldad

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Uno de los aspectos más controvertidos sobre la esquizofrenia en el cine se relaciona con el reiterado argumento de que quien sufre esta enfermedad tarde o temprano se convierte en un cruel asesino. Incluso en películas como El resplandor (Stanley Kubrick, 1980, adaptación de la novela de Stephen King), o la saga del doctor Hannibal Lecter, se confunden y fusionan la figura del esquizofrénico con la del psicópata, siendo este último un desorden de la personalidad muy diferente.

El personaje del “esquizofrénico maligno motivado por la locura” ha deformado profundamente la situación real de esta enfermedad. Los psiquiatras insisten en que las conductas violentas por parte de personas que sufren esquizofrenia son poco frecuentes; señalan que estos pacientes no son más violentos que las personas sin esta condición.

La esquizofrenia se ha plasmado de forma más sensible en películas como Alas de libertad (Alan Parker, 1984), Una mente brillante (Ron Howard, 2001), Spider (David Cronenberg, 2002) y El solista (Joe Wright, 2009). Dichas historias, de forma más o menos acertada, han retomado los aspectos esenciales de esta compleja enfermedad: las alucinaciones, los delirios y, por supuesto, el aislamiento emocional que implica esta difícil condición mental.

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La locura en todas sus facetas nos intimida y a la vez nos atrae, de tal manera que cuando el cine recurre a sus temas suele inquietarnos acerca de nuestra propia condición psíquica. Estas ficciones nos permiten asomarnos a los laberintos de la mente humana de forma segura y especulativa. No obstante, es bueno tener presente que las enfermedades mentales presentadas en la gran pantalla obedecen más a una lógica dramática que a una verdad científica.separador

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