POR: Andrea Melo Tobón Martes, 07 Julio 2015

Lejos de la crítica mordaz, de la academia purista y la endogamia del cine, existe un hombre que solo quiere contar, con ladrillos y con videos, pero contar historias. separador

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En una pequeña casa de rejas blancas en el corregimiento de Villapaz, Jamundí, Valle del Cauca, vive Víctor Alfonso González Urrutia, un albañil de 30 años al que le gusta tanto el cine que hace películas. Y es que para él grabar no es un misterio: si tiene una historia en la cabeza, la escribe, la desglosa y la filma; y aunque ser un cineasta en Colombia resulte un reto gigante, la fortuna o desventura de que su comunidad no tenga una tradición audiovisual muy amplia le ha permitido valerse de herramientas tan simples como un celular, sin las ceremonias o arandelas que a veces parecen empolvar el séptimo arte.

Desde siempre le ha gustado escribir historias: en el colegio ponía toda su atención a la escritura y al dibujo pero, cuando salió a enfrentarse a la vida laboral, no tuvo más remedio que ser albañil; eso sí, sin dejar atrás la idea de contar sus relatos a través del lente. “A mí siempre me ha gustado pintar, dibujar y compartir historias, entonces fusioné eso con la tecnología”, cuenta González.

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Villapaz se ubica en el sur del departamento del Valle del Cauca, donde 98% de la población es afrodescendiente. La principal fuente económica es la agricultura: el producto que más se da es la naranja, junto a otros cítricos, pero la mayoría de la gente trabaja en los ingenios azucareros que hay alrededor. Según Víctor, la gente es cariñosa, unida y muy alegre. En Villapaz se escucha salsa, salsa choque y vallenato y los principales pasatiempos de los habitantes son bailar o jugar dominó y fútbol.

Aunque tienen a este “Spielberg criollo” –guardadas las proporciones–, como lo han llamado algunos cinéfilos, medios de comunicación y curiosos, su comunidad aún no cuenta con una sala de proyecciones. Así que Víctor sigue poniendo carteleras en la plazoleta principal o buscando salones comunales para poder mostrar sus películas.

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Fotografía: Eduardo Montenegro

Víctor comenzó a grabar en el año 2008 cuando creó la película Amor sin perdón, una historia en la que el amor, la envidia y la venganza entran en juego. Un hombre se enamora de una mujer, y ella lo abandona dejándolo en un profundo dolor que demora años en desaparecer. Cuando él finalmente deja atrás su tristeza y decide sonreír de nuevo, la mujer reaparece y cambia su destino de una manera trágica.

El entonces director en ciernes estaba grabando a su padre mientras cantaba y, cuando entonó una canción de José Alfredo Jiménez, Víctor se dio cuenta de que se parecía mucho al relato que él tenía en mente. En ese momento decidió hacer la película con su teléfono celular: la grabación duró quince días y los actores fueron su papá, un tío y un primo. Desde entonces, sus familiares, amigos y vecinos son los protagonistas de sus películas.

“Las historias siempre nacen a partir de una situación que vivo, de situaciones reales que trato de llevar a la pantalla”, confiesa Víctor. Entre largometrajes, mediometrajes, cortos y documentales, este joven ha creado 32 piezas audiovisuales (casi se podría decir que tiene una por cada año que ha cumplido), haciéndole juego a una ironía macabra: hace cine pero no lo ve, ya que hasta Villapaz no llega la variada cartelera que sí se mueve en las principales ciudades del país.

El rumor de un albañil que hace cine con celulares ha llamado la atención de muchos, como el Festival Internacional de Cine de Cali, el de Bogotá, el Centro Colombo Americano y su trabajo ha recibido distinciones como la orden Guillermo Coll Salazar, máximo galardón que entrega el Concejo de Jamundí. Incluso, Víctor fue el protagonista del documental Hecho en Villapaz, de María Isabel Ospina de los Ríos, que participó en importantes certámenes internacionales como Biarritz y Cinélatino en Francia y Beeld Voor Beeld en Colombia.

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Hace unos días, González fue invitado a un viaje a Francia gracias a este documental que realizaron sobre él pero tuvo que rechazar la oferta porque no tenía dinero, aunque le daban los pasajes, no tenía cómo pagar el resto. “Es un salto al vacío porque voy a respaldar el trabajo de ella pero yo tengo que seguir trabajando acá en Villapaz”, confiesa.

Para él, el trabajo de albañil y el de director de cine se parecen mucho: la construcción y el cine son arte, “tampoco se puede hacer por hacer”. Víctor Alfonso sigue trabajando como obrero porque, hasta ahora, el cine no le ha generado recursos para sobrevivir independientemente.

A pesar de que sus películas le han traído un nuevo aire a su corregimiento atrayendo turistas e involucrando a la comunidad en las obras, Víctor dice que ya no es tan chévere: ahora la gente cree que él está recibiendo ganancias por su fama, cosa que no parece ser cierta. Por ejemplo, en este momento se encuentra haciendo una obra blanca para un vecino que le pidió ayuda para arreglar su casa, no está precisamente viviendo en Beverly Hills.

Además de la sorpresa que ha generado su trabajo en el círculo cinematográfico, festivales y colectivos le han brindado la oportunidad de aprender rigurosamente teoría y técnica audiovisual, lo que ha jugado en dos lados de la navaja: por un lado, ha aprendido cómo hacer cine de la manera tradicional con estándares técnicos de calidad, pero por otro, ahora que sabe que hacer una película es algo más que poner “REC”, también es consciente de que requiere de equipos adecuados –como un computador, un micrófono y una cámara, objetos que no ha podido adquirir–. “Uno ya quiere llevar las películas a otro nivel y además los festivales lo exigen; aunque he recibido capacitaciones y ayuda, no tengo para comprar estos equipos”, afirma.

A pesar de que sus películas le han traído un nuevo aire a su corregimiento atrayendo turistas e involucrando a la comunidad en las obras, Víctor dice que ya no es tan chévere: ahora la gente cree que él está recibiendo ganancias por su fama, cosa que no parece ser cierta. Por ejemplo, en este momento se encuentra haciendo una obra blanca para un vecino que le pidió ayuda para arreglar su casa, no está precisamente viviendo en Beverly Hills.

Además de la sorpresa que ha generado su trabajo en el círculo cinematográfico, festivales y colectivos le han brindado la oportunidad de aprender rigurosamente teoría y técnica audiovisual, lo que ha jugado en dos lados de la navaja: por un lado, ha aprendido cómo hacer cine de la manera tradicional con estándares técnicos de calidad, pero por otro, ahora que sabe que hacer una película es algo más que poner “REC”, también es consciente de que requiere de equipos adecuados –como un computador, un micrófono y una cámara, objetos que no ha podido adquirir–. “Uno ya quiere llevar las películas a otro nivel y además los festivales lo exigen; aunque he recibido capacitaciones y ayuda, no tengo para comprar estos equipos”, afirma.

Gracias a la participación en sus películas, muchos habitantes de Villapaz han considerado la idea de dedicarse a la actuación; según el joven director, lo de grabar películas se les hace muy complicado. Por ejemplo, su padre, don Armando, es toda un celebridad: cada vez que pasa por alguna de las veredas de este corregimiento le gritan Anastasio, Justino, José o Camilo, por los papeles que ha interpretado.

El impacto de las películas de Víctor González ha sido tan grande que, a veces, las producciones se convierten en hechos de la vida real: un día, cuando se encontraban grabando la película Presagio, hubo una escena en la que se recreaba un accidente, pero la gente que pasaba por el sitio gritó angustiada por los “heridos”; en otra escena, una familia que se ahogaba en el río provocó el llanto de los testigos ocasionales. “Una vez me tocó sacar a mi papá de la película porque llegó tarde por andar bebiendo y tuve que cambiar la historia rotundamente”, confiesa el director, que no cuenta con el presupuesto suficiente para darle un tráiler a cada actor ni con asistentes que mantengan los rodajes bajo absoluto control.

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A pesar de no poder invertir todo el tiempo que quisiera en hacer cine, Víctor ya está planeando su próxima película, La inocente. Ha estado buscando un equipo que pueda grabar en su casa durante un mes pero no muchas personas han alzado la mano para participar en la nueva historia del valluno. “Me gustaría que la gente conociera las películas y valore el trabajo que hay detrás”, afirma Víctor sobre un trabajo que, aunque parezca simple entretenimiento, requiere dedicación y mucho esfuerzo.

Puede que sus historias no tengan ese fino acabado de las grandes productoras con los ojos educados en las salas de cine, la academia y los años de práctica en un círculo profesional; de hecho, uno puede ver a muchos de los actores naturales muertos de risa a mitad de una escena dramática. Sin embargo, la perseverancia y necedad de Víctor González lo ha llevado no solo a ser una personalidad en su pueblo sino a comerse varios mitos y dejar a más de un experto boquiabierto.

De González uno podría concluir que debemos decirle adiós a los peros. No hay que presentar un diploma para poder hacer realidad los sueños. No hace falta tener mil equipos para realizar cine y no es necesario ver mil películas para contar buenas historias. Aunque ahora la mayor preocupación de Víctor sea mejorar su técnica para entrar a competir en los grandes circuitos audiovisuales nacionales e internacionales, es seguro que nada detendrá a este joven que solo tiene que cerrar los ojos para crear mundos.

Escuhe este podcast en alianza con Radiónica: 

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Cine Colombia

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