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Lik Mi: rompiendo los contornos

En los muros, sobre la tela o en los más variados accesorios, el trabajo de Lik Mi es inconfundible. ¿De dónde surge esa mezcla colorida de ingenuidad, sensualidad y malicia que recorre el trabajo de esta artista bogotana?

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Lik Mi Muro 01

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ruzarse con Lik Mi en los muros de la ciudad –Bogotá, Nueva York, París, Tokio, Barranquilla– provoca una ruidosa sorpresa. Parece que el volumen y la temperatura de la tarde subieran repentinamente ante su fauna colorida de personajes, tags y explosiones musicales. En medio de ellos suele aparecer la imagen de una niña adulta, juguetona y urbana: una mezcla de ingenuidad y sensualidad con un toque de malicia y cachetes sonrosados.

La fuerza del trabajo de Natalia, Lik Mi, radica en buena medida en dejar que esos contrastes se desborden, como un eco de su personalidad y sus búsquedas. Juega con esa ingenuidad, mientras la sensualidad se libera de prejuicios; recrea una atmósfera festiva y buena onda, mientras conserva la mirada atenta a otras realidades en la periferia; se toma el gris de la ciudad con colores intensos, antes de escapar a tomarse un hondo respiro natural en la montaña. 

La casa de Lik Mi se levanta entre árboles en medio de un sendero verde en la vía a La Calera. Decir “la casa”, en singular, suena un poquito romántico, pero resulta totalmente impreciso. Su vida reciente transcurre con equipaje ligero entre Bogotá, Nueva York y esa casa familiar empotrada en la montaña, donde habitan sus cuadernos, sus libros de ilustración y los juguetes de la niña que sigue siendo y que retrata con aerosoles sobre las paredes del mundo.

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“El dibujo siempre estuvo ahí, desde que era pequeña. Mi mamá es psicóloga y estaba muy metida con lo de la estimulación temprana, entonces tuve muchas horas de arte desde pequeña. Cuando yo tenía ocho años, nos fuimos a vivir un tiempo a Estados Unidos y es increíble la avalancha de información visual que uno recibe allá a través de la publicidad, la televisión… después, en el colegio nos daban libros de ilustración y así empecé a conocer a los íconos de la ilustración infantil. Me empezaron a gustar mucho los monos, Dr. Seuss, el trabajo de Anthony Brown”, recuerda Natalia. Algunos de esos libros aún están revueltos entre materiales, cuadernos y telas en su ático de La Calera.

Desde aquellos primeros años, la cultura y la estética norteamericana dejaron una marca fuerte en los gustos de Natalia. La Nueva York de principios de los noventa asomaba como un referente remoto pero intenso. Al volver a Colombia, esas imágenes continuaron presentes en su vida. “Tengo un primo que vive en Nueva York y que es como 7 años mayor que yo. Por allá en los noventas al man le empezó a gustar mucho el grafiti y cuando venía de vacaciones a Bogotá traía sus cuadernos con letras de grafiti, escribía mi nombre y para mí era como wow. Yo estaba muy pequeña, pero luego empecé a ver con más atención las paredes de Bogotá y desde entonces he sentido mucho respeto por el grafiti, desde los tags hasta las consignas. Muchos artistas urbanos ven de reojo a los grafiteros, se establecen muchas distancias, pero yo siento mucha admiración por los grafiteros, por su valentía y porque con ellos comenzó todo”.  

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En la época del colegio, Lik Mi recuerda haber agarrado un aerosol entre destornilladores, pinzas y betún en la caja de herramientas de su casa, y haber escrito su nombre con esa lata en una pared bogotana. Estaba sola y así lo haría por muchos años. Aunque pasaba sus tardes entre amigos skaters y raperos, siempre con parches de manes y muy metida en todo lo que tuviera que ver con el underground, no tenía amigos grafiteros o artistas urbanos con quienes aprender y salir a las calles. “En la universidad aprendí a hacer stencil y rayaba la publicidad política… pero estaba sola. Todo eso lo viví sola. No me tocó como a esos artistas que desde muy jóvenes tenían su crew y comenzaban a rayar con su parche de grafiteros... yo nunca tuve eso”. 

Salir a las calles con carteles o con una lata en la mano para rayar las paredes supone riesgos que se acentúan cuando estás solo y todavía más cuando eres mujer. “Como te decía antes, uno como nena, sola, sin un crew, salir a echar aerosoles es una demencia. Demasiado peligroso. Y bueno, también es cierto que es una escena dominada por hombres, una escena fuertemente machista. Si uno no encaja en los códigos que los manes manejan –para muchos manes las mujeres son las groupies y no más– es difícil, uno no tiene tanta cabida”.

Natalia reconoce que su trabajo no ha sido el más arriesgado, que otros se exponen de lleno y se han atrevido a desafiar estigmas y riesgos para tomarse las calles. “Me han pasado mil rollos y he pasado mil sustos. Aunque no se compara con lo que le ha tocado vivir a otras personas que conozco, historias muy heavies: a mí me han mordido perros, me han amenazado con echarme ácido en la cara, me ha cogido la policía, me ha tocado correr… Pero no se compara con personas que conozco a las que las han perseguido disparándoles o estos pelados a los que los arrolló un tren en Medellín. Este es un país muy violento y hay muy poca tolerancia para el arte urbano. Yo me he puesto a pensar en todo eso y ya no hago casi nada arriesgado, también porque estoy más grande y no siento la misma necesidad de adrenalina que tenía cuando era más joven”. 

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Tal como ocurre con el personaje que protagoniza su trabajo como artista urbana, en Lik Mi también conviven cierta ingenuidad de estar descubriendo todo con la curiosidad de la primera vez y un impulso a tomar riesgos para explorar nuevos caminos. Los años de diseño gráfico en la universidad fueron una especie de negociación entre ese instinto que la halaba intensamente hacia el arte y la necesidad de hacer algo útil con ese talento.

Después de mucho intentarlo en agencias de publicidad, tomó una decisión que cortó con todo y que redefiniría su camino en un nuevo escenario. “A mí esos trabajos nunca me dieron estabilidad, nunca me dieron confianza, yo nunca me sentí segura. En la publicidad la gente se llama a sí misma “creativa”, hay una especie de presión con la creatividad. Y yo me preguntaba, ¿pero qué tiene de creativo poner el mismo logo, pegar el mismo copy, hacer adaptaciones de la misma imagen? Estaba en un punto ciego y decidí irme a vivir en el Amazonas, ese fue el punto en el que lo solté todo”.

Lejos de la rutina laboral, lejos de la exigencia de las agencias publicitarias, lejos del ritmo frenético de una ciudad tan intensa como Bogotá, estos meses fueron un espacio de completa desconexión: “No tenía un plan, no tenía plata. Me la pasaba con los indígenas, aprendiendo a hacer mochilas, a hacer hamacas, lavaba la ropa en la quebrada. Para mí fue una oportunidad de reconectar con mi espiritualidad y volver a trabajar con mis manos después de que en la universidad me metieran todo el tiempo la idea de que mi única herramienta para trabajar debía ser el computador. Al principio pensaba nunca volver, no salir de la selva, pero también empezó a volverse rutinario, ya los indígenas querían casarse conmigo y sentí que tenía que volver”. 

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Antes de volver a Bogotá, había empezado a hacer sus primeros carteles en el Amazonas. Al regresar a la ciudad, continuaría dibujando sus personajes sobre papel, pero ahora no los pegaría en las casas de madera de la comunidad, sino en las paredes grises del centro de la ciudad. Por un lado estarían estas intervenciones en las calles; por el otro, en parte gracias a ese reencuentro con el trabajo con las propias manos, empezaría las primeras exploraciones con ropa y accesorios que llevarían al nacimiento de su marca.

Las paredes y la ropa: espacios de expresión. “Desde antes de la universidad tenía ese interés por la ropa y por la moda. Yo no sabía de patronaje ni de nada. Pero me movía mucho la moda y mi tía me mandaba prendas de Nueva York, yo las intervenía y armaba mis atuendos. Un Halloween me hice un disfraz y le puse una etiqueta a la falda: aún no tenía un diseño, pero ya tenía una etiqueta, decía ‘Lik’. Después me pregunté: ‘¿cómo incorporo mis dibujos a lo que llevo puesto?’ y así empecé con los accesorios. Entonces volví a mirar esa etiqueta. Me gustaba Lik, pero no me sonaba tan bien solo, entonces agregué Lik Mi, que me sonaba sexual, provocador, pero que para mí tenía mucho más que ver con la forma en que se comunicaban los perros”.

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Los primeros accesorios eran principalmente pines y aretes con coloridos motivos ilustrados en corte laser. A través de sus personajes logra una conexión especial con otras mujeres y cuenta con una modalidad de negocio ágil y ligera, que encaja perfectamente en su espíritu viajero. “Las joyas han sido muy importantes para mí: las cargo fácil, a todo el mundo le gustan, donde yo voy, las vendo. Entonces se convierten en una herramienta para viajar, a veces regreso a una ciudad y en una tienda me tiene algo de plata por las ventas. Son como una caja menor por todo el mundo. Una chimba, eso han sido las joyas para mí”.

Sus primeros intentos con ropa fueron cuellos estampados con sus ilustraciones, aquella sociedad con un novio no duró mucho tiempo. Sin embargo, con los años han ido variando sus técnicas y ampliando su catálogo. Las colecciones más recientes incluyen camisetas, ropa interior, chaquetas, piezas únicas o ediciones limitadas con sus personajes a todo color sobre la tela.  

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Sobre las paredes o sobre la tela, la línea de Lik Mi es inconfundible. A lo largo de más de diez años, sus trabajos se han multiplicado en muros de las principales ciudades del mundo. Su estética tiene la particularidad de parecer tan local en Tokyo como en París o en Barranquilla: una propuesta juguetona, sensual y divertida, en un lenguaje a la vez personal y cosmopolita, como las voces diversas que se mezclan en las calles de Bogotá o de Nueva York.

Hace un par de años se mudó a vivir a esa ciudad que fue para ella una referencia desde la infancia. “Es una ciudad muy intensa, muy viva y también muy dura. Estar ahí es estar más solo, pero también con los privilegios de la soledad: lejos de chismes, roscas y envidias propios de una ciudad con una escena artística más pequeña y con recursos más limitados. Vivir en Nueva York me saca de mi zona de confort y me empuja porque toca trabajar mucho y la competencia es durísima”.

La exigencia, la dureza de la ciudad y la sensación de soledad en medio de tanta gente metida a fondo en lo suyo suponen un esfuerzo grande, pero ofrecen a cambio un horizonte amplio de posibilidades creativas. “Es muy difícil abrirse camino, pero sientes la libertad de que el trabajo es mejor pago y de que puedes buscar tu voz propia sin necesidad de ser complaciente con las tendencias o con lo que se espera de ti. Siento que en Colombia pesa mucho esa presión de ser políticamente correctos: temas indígenas, aves, naturaleza y si eres mujer y tu trabajo no toma posición en temas de género entonces te cuestionan: ‘¿qué clase de artista eres?’. En mi trabajo, la sexualidad me fue abriendo camino a preguntarme por el cuerpo femenino y en este medio no te dejan olvidar que eres mujer, te lo recuerdan con violencia cuando te dicen cosas terribles como ‘Ve a que te coman para que no andes rayando paredes’, o te amenazan con echarte ácido. No puedes evitar estar consciente de eso, pero no eres solo eso. Yo me mamé de llevar esa vaina tan a flor de piel. Yo no quiero ser esa vocera: la nena que pinta nenas, la nena que solo trabaja con otras nenas en los proyectos. No tengo que reducirme a eso, como siempre he hecho, puedo emprender mi propia búsqueda y empezar a hablar de otra cosa”.

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