Prueba

Labio de liebre y las otras voces dentro de nosotros

Labio de liebre es una obra de teatro que ahora es cómic. Las páginas de esta novela gráfica están cargadas con trazos fuertes, cuerpos sin forma que aparecen y desaparecen detrás de colores fríos y luego cálidos. Están cargadas de la fuerza de los reclamos que nos hacen las otras voces que habitan en nosotros. El libro, ilustrado por Pipex, fue lanzado hace unos días en #LaFILBoEnCasa.

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l pasado es un fantasma que vuelve cada tanto para hacernos compañía. A veces tiene rostro, voz y nombre y es el reclamo doloroso de los errores que marcan el paso de los días, como la visita de un pariente cuyas facciones hemos olvidado. “Diga nuestros nombres”, escucha Salvo Castello de sus fantasmas en Labio de liebre, quienes se lo exigen cada vez con más vehemencia. Porque el pasado es una presencia que punza y exige y martiriza cuando la única voz que escuchamos es la nuestra retumbando por los corredores de la casa, repiqueteando en las ventanas, reposando en un estante de la nevera como una cosa muerta; cuando nuestra voz se confunde con las otras que llevamos dentro.

De eso va Labio de liebre, de escuchar esas otras voces y entablar con ellas las conversaciones pospuestas durante largo tiempo. Salvo Castelo formó parte de algún grupo al margen de la ley que se acogió a un proceso de reinserción y ahora paga una condena de aislamiento en el extranjero. La casa en la que vive queda en la mitad de la nada, del frío; es pequeña y sencilla, una casa en el campo, con una cama de madera tosca y cobijas de lana, un sofá maltrecho, un televisor pequeño, una nevera vieja. Fue un tipo importante en la organización, no era el más putas, pero tenía poder. Pasa los días metido en la casa, hablando consigo mismo. Hasta que escucha las otras voces que tiene dentro de sí: los fantasmas de una de las familias y los muchos animales que mató en una masacre de sus años de combatiente. La familia Sosa, la gallina Yirama, el perro Completo y las 400 reses. Voces que se materializan para recordarle que han vivido con él desde la última vez que se vieron.

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Labio de liebre primero fue una obra de teatro que estrenó en el 2015 el Teatro Petra, con texto de Fabio Rubiano. Ahora es un cómic que adaptó el propio Rubiano y que ilustró Pipex bajo el sello de la Editorial Planeta. Y en ambos casos es una patada en la cara, según Pipex, una marca de la muerte y la violencia que en las ciudades son un eco lejano, como el cantar de un pájaro exótico, pero que en el resto del país son un mal sueño constante.

Si en la obra de teatro Castelo experimenta ese mal sueño como lo vivieron sus víctimas —“Póngase en nuestros zapatos”, le dicen en algún momento—, en el cómic atraviesa una pesadilla. Debido al trazo brusco, violento, la familia Sosa está hecha de cuerpos que cambian y mutan de viñeta a viñeta, entre cuadros. Son figuras que se distorsionan, se dislocan, se pierden en las líneas del lápiz para reaparecer inmediatamente con otra forma; son cuerpos capaces de rehacerse en cada segundo para replicar a las respuestas del asesino, para ofrecer su propia respuesta, decir que aquí están y aquí estuvieron. Son la voz de Castelo tomando vida propia, quebrando el cauce del monólogo frente al espejo, desbordándose como los ríos. No es solo que el ilustrador plasmó lo fantasmagórico de la familia, sino también la violencia que sufrieron sus cuerpos, desmembrados, decapitados, mutilados, violados, ultrajados. Es el pasado que vuelve con las formas de lo que fue entonces. Por eso una pesadilla parece nunca tener sentido, porque los eventos que retrata son escenificados con toda la fuerza de la imaginación que fue limitada por las posibilidades de la realidad. Los asesinos quisieron borrar los cuerpos de la familia Sosa y sus animales, desaparecerlos, y en la pesadilla de la casa en el extranjero, los cuerpos que dialogan con Castelo desaparecen una y otra vez, frente a nuestros ojos, con violencia, perdiendo sus formas, sus contornos. 

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Rubiano quiso que los personajes en el cómic tuvieran el rostro de los actores de la obra. Y así trabajó Pipex. Le tomó a cada uno un mundo de fotografías en diferentes posiciones y con diferentes expresiones, evocando casi toda la paleta de sentimientos, para dibujar sobre ello. Sin embargo, “el referente de los cuerpos en las fotos lo alteré”, dice, “lo alargué para que tomaran personalidades diferentes, para que fueran más plásticos, más ligeros y pesados según el momento de la obra”. Y el resultado son cuerpos y rostros que no siempre se leen como cuerpos y rostros, sino como figuras transformadas brutalmente por la violencia del pasado.

Labio de liebre, evidentemente, es de difícil lectura, tanto la obra de teatro como el cómic, por el esfuerzo emocional que exige. De alguna manera, busca sacar a flote las preguntas que hemos recortado y guardado en algún rincón de nosotros sobre lo que tanto vemos y leemos en noticieros a lo largo de los días en este país. Nunca es fácil recibir una patada en la cara. Nosotros como espectadores, como lectores, experimentamos casi la misma perplejidad de Castelo, su incapacidad para comprender, su voluntad de negar la pesadilla o la realidad que la sostiene. Y en el cómic eso es clarísimo mediante el dibujo, ese esfuerzo requerido. Son tantas las viñetas que necesitan de una segunda lectura, de una pausa, de mirar con lupa para encontrar las formas, para descifrar la imagen, que al principio nuestro deseo es tirar el libro por la ventana y agarrar algo más tranqui. Y a lo mejor sucede. El cómic agota nuestra capacidad de comprensión.

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Pipex cuenta que trabajó las viñetas todos los días durante la noche, pero que hubo semanas en que estaba tan cargado que tuvo que parar y dejar el trabajo para el fin de semana, y que hay viñetas que demuestran esa carga, esa pesadez, esa violencia que la otra violencia imprime sobre nosotros. Pero al mismo tiempo están pasadas por el velo poético del dibujo, como la viñeta en que las 400 reses asesinadas salen del televisor de Castelo e inundan la sala de la casa en el extranjero; o aquella en la que aparece un machete en la mitad de la página, goteando sangre, y en su reflejo se ve a la mujer asesinada.

“El cómic tiene una potencia poética que no tiene el cine o la televisión”, dice Fabio Rubiano. “Por eso está mucho más cerca al teatro que esos dos”. Y explica que el teatro siempre alude: el televisor se enciende y suenan los mugidos de las vacas y Castelo se sobresalta. Y luego agrega que el cómic puede llevar esa alusión mucho más allá: las vacas salen del televisor y caminan por la sala iluminadas con la luz azul de la pantalla y en la siguiente viñeta son una pila de cuerpos blancos y rojos bajo la figura de Castelo. Las posibilidades del cómic son como el terreno baldío que con tanta frecuencia aparece en las viñetas de Labio de liebre: un terreno al mismo tiempo fértil y árido, en el que puede o no crecer la vida, y que los cuerpos atraviesan en su trayecto del horror.

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Al final eso es el diálogo, un trayecto. La oportunidad de desplazarnos desde el punto A al punto B. Del pasado al porvenir. En el caso de Castelo, desde el momento del asesinato hasta el del reconocimiento o no de la responsabilidad, de la petición o no de perdón. Y allí hay un guiño bellísimo en el cómic mediante el uso de la paleta de color, que comienza con colores fríos y va avanzando a medida que el clímax aumenta, que la conversación entre los personajes transcurre, en una especie de gradación hasta alcanzar colores cálidos, potentes, que envuelven a los personajes y a nosotros como lectores. Porque en últimas la conversación que tiene Castelo con sus fantasmas es la misma que nosotros tenemos con los nuestros. En el proceso de descubrir que su pasado no está hecho solo de su voz, nosotros vamos descubriendo que el nuestro tampoco, que nuestros días están construidos con una infinidad de voces que ignoramos.  

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