El viaje como universo

Definir el viaje puede abarcar una extensión tan amplia como el escenario en el que este transcurre. Sin temor a una aventura de estas proporciones, en este fragmento de su libro La invención del viaje la autora recorre los muchos caminos de esta metáfora del movimiento, el saber y la vida.

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No existe, que sepamos, ninguna alegoría más poderosa: sinónimo de casi todo, el viaje tiene tantos significados que definirlo puede ser inagotable. Es metáfora de la vida, de la muerte, del conocimiento, de la escritura. “Para viajar basta existir”, dijo Pessoa en El libro del desasosiego, y viaje es el trabajo del artista o de cualquier creador, por el movimiento que va desde la idea a su marca material y hasta nuestras omnipresentes pantallas. Lo advirtió Don Quijote: “El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”.

El viaje es una idea. Estudiarlo como disciplina no parece posible –sin embargo, en El viaje y la escritura (1972), Michel Butor propuso la iterología, la ciencia de los viajes– porque se puede abordar desde muchas esferas y por su presencia en todas las dimensiones de la vida del hombre: significa aventura, conquista, movimiento, iniciación, búsqueda, peregrinación, huida, éxodo, partida, regreso, cruzada, descubrimiento, exploración, cambio, creación, nomadismo, colonización, extravío, migración, exilio, expedición científica, misión, utopía, viaje educativo y sentimental, embajada, comercio, ocio, vacaciones y turismo, como plantean Lucena y Pimentel en Diez estudios sobre literatura de viajes.

Tampoco representa lo mismo para todos. Está condicionado por el género, la raza, la condición social, el nivel intelectual o la etnia. Cada civilización le ha dado una definición. Por eso no es igual ir en barco que en transbordador, ser Jacques Cousteau que Cristóbal Colón o viajar por La Habana de Ernest Hemingway que por la de los recuerdos de Guillermo Cabrera Infante. Porque está claro que cambia las cosas atravesar la Antártida, el lugar más frío, seco y ventoso de la tierra, equipado con GPS, teléfonos satelitales y barritas hipercalóricas en el equipaje –así lo hizo Ben Saunders: 105 días de ida y vuelta al Polo Sur en 2001– que haberlo hecho como Robert Falcon Scott en 1912, con la ayuda de 34 perros y 19 caballos, un sextante y trineos con motores rudimentarios –también tecnología de punta en los tiempos de esa expedición–. 

► La lista de ejemplos es infinita: el espermatozoide, tras un viaje, engendra la vida, y los mamíferos llegamos al mundo tras un desplazamiento desde el vientre materno: el nacimiento es nuestro primer viaje. Viajan las partículas, la luz, los astros alrededor de su estrella y el tiempo que es, en palabras de David Le Bréton “por sí mismo, un viajero sin reposo”. También hay grandes migraciones en la naturaleza: el bacalao, desde las costas heladas del Mar de Barents; el salmón migra a aguas dulces a finales de la primavera, la mariposa monarca va de las montañas rocosas a hibernar en Michoacán y la tortuga verde da la vuelta al mundo aprovechando la corriente del Golfo. El antílope, a través del Serengueti; la ballena, del Polo Norte hasta el Caribe para aparearse, y las aves se mueven en función del clima. El gaviotín ártico anida en la Tundra, pasa el invierno en aguas antárticas y vuela de regreso a casa. Así disfruta de dos veranos al año y recorre cerca de ochenta mil kilómetros –la migración más larga entre los animales–. Y cuenta Bruce Chatwin en Los viajes, en Los trazos de la canción, que los peces migratorios emiten sonidos que atraviesan los cascos de los barcos y despiertan a los marineros.

El Homo sapiens evolucionó en África, llegó al Cercano Oriente 75 mil años después y luego cruzó el estrecho de Bering; Darwin fue a Galápagos a bordo del Beagle, y también son viajes la carrera espacial y la llegada a Marte y a la luna. Existen travesías psicotrópicas, imaginarias, espirituales, oníricas e interiores. Hay desplazamiento en la exploración de los mares, los polos y en la gesta de alcanzar el Everest o cualquier montaña, así como en las cruzadas religiosas y en la conquista de un territorio. Viajero es el peregrino, el marinero, el pirata y el muerto que va al Más Allá. Unos van por tierra –a pie, en silla de posta, a lomo de camello, caballo, en tren–, y otros en globo, zepelín, parapente, cohete o en avión, cuando no en trasatlántico, piragua, submarino o a pulmón. 

Se trata de una metáfora, pero también de un concepto, método y género narrativo: del catalán viatge y del latín viaticum –provisiones necesarias para la ruta–, deriva de via, camino. El término está emparentado con “jornada”, diurnata, que en el Medioevo y parte del siglo XVI se utilizaba para referirse a lo que ocurría durante el día. También en la Edad Media, cuenta Francisco del Prado en su artículo “Viajes con viático y viajes sin viático”, las peregrinaciones a Tierra Santa se llamaban Itinerarium, y ese era el nombre de la red de carreteras del Imperio romano: un listado de ciudades, calzadas y paradas posibles a lo largo del camino. La Tabula Peutingeriana o el Itinerario de Antonino eran mapas que se copiaban y vendían a los caminantes –antepasados de la Lonely Planet y la Guía Michelin–. E Itineraria eran los monolitos que contenían la lista de lugares y distancias a lo largo de las vías de la antigua Roma.

Pero viajar es, sobre todo, acción: movimiento. El francés Michel de Certeau definió el espacio como “un cruce de movilidades”. Cualquier recorrido implica desplazarse, y viajar es, precisamente, lo que hace posible esos cruces. La vida es lo que sucede mientras nos movemos. Ibn ‘Arabì, sabio árabe del siglo XII, escribe en El esplendor de los frutos del viaje: “El origen de la existencia es el movimiento. En ella no puede haber inmovilidad pues regresaría a su origen, que es la ausencia. Jamás cesa el viaje”. Así lo indicó Pascal: “nuestra naturaleza reside en el movimiento, la calma completa es la muerte”. Por eso todos somos viajeros. Nómadas, como dice Cees Nooteboom: ‘experiencia’ es un vocablo que deriva de la misma raíz que pirata (peiran, aventurarse) y ahí ya se intuye la noción de aventura. No parece posible un viaje en la quietud, pero el antropólogo Marc Augé ha propuesto el viaje inmóvil, en el que, aunque hay desplazamiento físico, no se mueve la mente ni la imaginación. Como dijo el filósofo Jorge Santayana, quizá la traslación sea la clave de la inteligencia, y de ahí que el viaje esté en la raíz de la ciencia, el progreso y el saber. 

El conocimiento viene del viaje. La historia de las ideas tiene muchas deudas con el desplazamiento: los seres humanos le debemos la fecundación que da origen a la vida y, al trasegar de los primeros homínidos, la evolución de la especie. Según Carl Zimmer, un viaje favoreció el desarrollo de la vida en la tierra. Los científicos coinciden en que pudo ser un meteorito el que trajo, entre la roca y el polvo, la materia necesaria para que la vida que surgió en el agua pudiera construir un ADN y la membrana necesaria para formar tejidos y reproducirse. ¿Y si fue la vida misma la que vino en ese meteorito? 

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Esos hombres primitivos, de los tiempos de la última glaciación, que convivían con mamuts, rinocerontes lanudos y tigres dientes de sable, se movían por necesidad, por hambre o frío, y encontraron con esos periplos comida y refugio. Eran nómadas recolectores y vivían en función de la naturaleza. Su patria era la tierra entera, libre de estados y fronteras. Sobrevivir implicaba moverse y así poblaron los continentes y alcanzaron la condición de Homo Sapiens. Porque el viaje fue, desde el comienzo, algo natural, y solo empezó a ser excepcional cuando el hombre se hizo sedentario. Pero una vez establecido volvió a moverse, impulsado por su espíritu de aventura o por necesidades económicas, religiosas o políticas. 

Recorrer el mundo significa hacerlo más comprensible. Con el viaje elaboramos las primeras explicaciones metafísicas y a través de los mitos –cuyo protagonista es el héroe, un viajero– comenzamos a descifrar el entorno. Al viajar se conquista el espacio, descubrimos nuevos escenarios y se amplían las fronteras. La necesidad de movernos ha perfeccionado el transporte y la rueda, los primeros carruajes y la silla de postas bastan para comprender cómo el viaje ha sido trascendental en esa revolución de la que hacen parte el ferrocarril, el submarino, el coche y el avión.

Se dice que el hombre parte de la ignorancia y avanza hacia el conocimiento, metáfora que implica un recorrido que va de la antigua Grecia a la ciencia moderna. Platón, con su Alegoría de la caverna del siglo V a.C., es uno de los primeros en aludir al viaje que hay que realizar para realmente Conocer, ese en el que saber es una peregrinación escalonada hacia las ideas del Bien y la Belleza. 

Del viaje surge, a su vez, el método científico: Descartes abandonó sus estudios de letras apenas tuvo edad para alejarse de sus maestros: “Y resuelto a no buscar otra ciencia que la que pudiera hallar en mí mismo o bien en el gran libro del mundo, empleé el resto de mi juventud en viajar”, escribió en El discurso del Método. Visitó varios países y tras ese recorrido formuló una de sus primeras ideas revolucionarias: que los pueblos que tenían opiniones contrarias a las suyas no eran por eso bárbaros, sino también hijos de la razón. El filósofo se encerró en una pequeña habitación en Ulm, al sur de Alemania, y cuando acabó el invierno partió de nuevo: “...y en los nueve años siguientes no hice otra cosa que rodar por el mundo, procurando ser más bien espectador que actor en las comedias que en él se representan”. 

Una de las metáforas más recurrentes de la filosofía es “el camino”. Por eso resulta tan sugerente que Descartes fundara las bases del quehacer científico en el viaje, donde el “yo” y el mundo constituyen las únicas fuentes de conocimiento. El “yo” es fuente de certeza; el mundo, de experiencias, como anota Jesús Ferrero en el prólogo a Descartes. Su método supone un recorrido de lo conocido a lo desconocido y demuestra que la fórmula para alcanzar el saber es indisociable del desplazamiento. El viaje es distancia y ruptura. Se trata de una nueva lógica de la ciencia que se traduce en irse, viajar para poder conocer. No basta con los libros. 

No solo Descartes. Nietzsche, Rousseau y Voltaire también lo usaron como método, principio, fuente, objeto y sujeto del saber. Michel de Montaigne dijo en sus Ensayos (1580): “Conviene la visita a países extranjeros, no sólo para aprender las tendencias y las costumbres de esas naciones sino para rozar y limar nuestro cerebro contra los otros”. Montesquieu, para su teoría de la división de poderes y la redacción del Espíritu de las leyes (1748), utilizó un gran número de libros de viaje. La experimentación, el empirismo y la lógica inductiva tuvieron que ver con el desplazamiento, en tiempos de Bacon y Locke cuando los científicos fueron los marineros que salieron a estudiar la naturaleza desconocida. Y Adam Smith, en La riqueza de las naciones (1776), atribuyó a dos viajes el calificativo de “los dos sucesos más grandes e importantes que se registran en la historia del mundo: el descubrimiento de América y el paso a las Indias Orientales por el Cabo de Buena Esperanza”. 

El profesor alemán Rainer Gruenter asegura que muchas de las ciencias naturales y culturales sólo son justificables como “ciencias de viaje”: las naturales no se entienden sin los viajes de los descubrimientos y las expediciones científicas y las ciencias de la cultura solo pueden abordar sus objetos de estudio mediante visitas o estancias en los ámbitos de su investigación.

La historia de las ideas debe a los viajes el concepto de la estética del paisaje y de lo sublime, del exotismo y la alteridad, el fin del modelo creacionista, el cosmopolitismo, la etnología y la idea de la tolerancia hacia la diferencia, como anota Fernando Calderón en Viajes, literatura y pensamiento. Y quienes se han ido han regresado siempre cargados de novedades revolucionarias. Si avanza la ciencia, avanza el viaje, y al contrario. Gracias a Juan Sebastián Elcano y Magallanes, supimos que la tierra era redonda, y por las expediciones de la Condamine y Moreau de Maupertuis, que era achatada en los polos. Darwin formuló la teoría de la evolución de las especies a bordo en un pequeño bergantín con menos de treinta metros de eslora, y el ir y venir de viajeros ha transformado los sistemas de producción con la llegada de nuevos materiales y técnicas: la pólvora la trajeron los comerciantes a Occidente desde China; el alfabeto llegó a los griegos por los fenicios, Tales de Mileto importó de Egipto los conocimientos que fueron el germen de la filosofía occidental. 

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Los mercaderes fueron los primeros importadores de lo exótico, cuando llevaron productos desconocidos de sus países y trajeron otros de vuelta. De Afganistán, desde las montañas del Pamir, llegó a Venecia el lapislázuli, una piedra semipreciosa que parecía un fragmento del cielo, y que fue bautizada como “azul ultramar” precisamente por su origen desde el otro lado del océano. Aquella roca transformó la historia del arte, y el azul se convirtió en el color de lo sagrado. De igual modo, por la expansión de las rutas de comercio, llegaron de Oriente cientos de especias que se usaron como pigmentos naturales –aquello hizo posible la aparición de los coloristas italianos a partir del Renacimiento– y de las colonias se importó también la cochinilla, un parásito del nopal del que se extraía el rojo carmín más apreciado por los pintores del viejo continente. 

Los españoles revolucionaron la alimentación europea cuando trajeron de América la patata, el maíz, el cacao y el tabaco, como ya había sucedido en los tiempos de Alejandro Magno cuando los soldados macedonios volvieron de la cuenca del Indo con arroz, judías, pimienta, jengibre y azúcar. Incluso los japoneses deben su famosa tempura a los misioneros jesuitas del siglo XVI, que les enseñaron la clásica técnica del empanado portugués y español.

► Los viajeros han transportado artefactos y medicinas, dibujado mapas, impulsado la navegación y la arqueología, formulado problemas filosóficos, difundido lenguas y relatado las costumbres del resto del planeta: ellos han cambiado la tierra. Por eso la historia del desplazamiento es la historia del mundo. Buena parte de los momentos estelares de la humanidad tienen algún viaje entre medias: las migraciones, la construcción de ciudades, las guerras coloniales y de independencia, el descubrimiento de continentes, la conquista del espacio. De ahí que el viajero y su actitud ante el mundo sean un reflejo de cada tiempo y, sus relatos, tesoreros y responsables de las cosmovisiones: durante siglos, geógrafos, cartógrafos y escritores dependieron del viaje para describir el resto del mundo a sus contemporáneos. Y por eso, como menciona Percy Adams en Travel Literature and the Evolution of the Novel, la escritura de viaje ha sido determinante en el origen de los géneros literarios: del poema épico al ensayo humanista, la novela, la picaresca, los cuadros de costumbres, el realismo mágico, los libros de caballería, la utopía y el periodismo.

El viaje ha influido en el pensamiento poético, la arquitectura y la imaginación artística: es posible que la devoción de los florentinos por la Madona y sus representaciones de la Virgen con el niño tengan origen en un templo consagrado a Isis –la diosa egipcia que lloraba a Osiris–, cuya estatua habían visto en la plaza San Firenze y en Fiesole, y que los antiguos romanos habían llevado hasta allí, subraya Mary McCarthy en Piedras de Florencia. Tampoco se entiende la historia del arte sin el movimiento de los artistas. Las formas de representación de los egipcios –hieráticas, rígidas– determinaron el arte griego del periodo arcadio, donde las estatuas de los kuros, los atletas, parecían salidas de una tumba egipcia. La influencia llegó hasta los romanos, y se han encontrado representaciones del dios Horus con uniforme de centurión.

También en la baja Edad Media, explica en su Historia del Arte Ernst Gombrich, el arte del Giotto influyó desde Italia hasta más allá de los Alpes, y las fórmulas de los pintores del Norte también tuvieron sus efectos en los maestros del sur, por ejemplo con la llegada del óleo, que había inventado Van Eyck en los Países Bajos. Las ideas y los artistas iban de un centro a otro, y nadie rechazaba una obra porque fuera “extranjera”. Aquello generó un intercambio e influencia mutua cuyo resultado se conoce como el estilo Internacional, que se llamó así precisamente porque los pintores y escultores del Gótico, en el siglo XIV, viajaban. También los hombres del Renacimiento se desplazaron como pintores oficiales de las distintas cortes europeas –Leonardo en la casa Sforza de Milán, Tiziano en España con Carlos V, Rubens en Mantua, Amberes, España e Inglaterra, y es sabido que El Bosco cambió su estilo tras su paso por Venecia. Velázquez aprendió en sus viajes a Roma la forma de representar las escenas bíblicas y mitológicas de forma auténtica, naturalista. Y siglos más tarde, los impresionistas fueron los primeros pintores que viajaron frecuentemente en tren, cuando en la segunda mitad del siglo XIX se expandió la red ferroviaria en Europa. Y no se entiende a Van Gogh sin su paso por París, Nuenen, la Haya, Aix-en-Provence y Auvers-sur-Oise.   

El viaje también cumple un papel esencial en  la configuración de las razas. Los primeros hombres salieron de África y poblaron la tierra desde el valle del Nilo y el Sahara hacia Eurasia. Y hace cuatro mil años, los indoeuropeos primitivos entraron en contacto con otras culturas, entre ellas la semita –originaria de la península arábiga–, lo que luego dio origen al pensamiento europeo.

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Incluso el poder tiene que ver con el desplazamiento. Los viajeros siempre tuvieron influencia en las esferas políticas y las cortes, y las fronteras se delimitan tras la conquista y el control de territorios, las batallas territoriales y las migraciones. “La historia de la civilización es la de la movilidad”, ha dicho Eric Leed en The Mind of a Traveler, y también la de la creación de las patrias. El concepto de nación y con él las identidades, los pasaportes, los pasos fronterizos, las literaturas nacionales y los relatos patrióticos vienen del viaje, que al mismo tiempo ha propiciado enemistades, fronteras y estereotipos. De esta relación viene, a su vez, la relevancia de los mapas, que Foucault definía como instrumentos de autoridad y poder. Con el control del territorio se maneja la economía, la política, las fronteras. Y en las guerras, el dominio de la cartografía es crucial para ganar batallas. Por eso “las guerras son viajes, viajes de naciones”, como dijo con ironía Paul Morand, “por su papel capital en la relación entre los pueblos”.

La teoría del orientalismo demuestra el vínculo entre viaje, conocimiento y poder. En 1978, en su libro titulado precisamente Orientalismo, Edward Said aseguró que entre Oriente y Occidente ha habido siempre una relación de dominación, en la que los occidentales, a lo largo de los siglos, han forjado la imagen de un Oriente intolerante, fanático, exuberante, ignorante e inferior. Para los orientalistas, Occidente ha reforzado ese imaginario a través de los libros de viaje, entre otros mecanismos, para mantener su hegemonía sobre esa parte del mundo. 

► La relación viaje-saber también está presente en la mitología. Los dioses poseían el conocimiento y los mortales debían superar pruebas y sufrimientos para salir de la ignorancia. Zeus condenó a Prometeo por robar el fuego de los dioses, símbolo del saber, y lo desterró a las montañas del Cáucaso –el exilio, una de las formas del viaje–. Otros viajeros mitológicos fueron Teseo, Perseo y Hércules, por sus viajes a los confines del mundo. A Hermes, los caminantes le hacían ofrendas antes de partir. Él era el escolta de los muertos hasta el inframundo y el guardián de las fronteras y el comercio. La hermenéutica se inspira en su trabajo como mensajero de los dioses y se le ha llamado padre de la comunicación: un símbolo del viajero que interpreta y traduce mensajes y culturas. Las historias mitológicas, de hecho, implican viajes en su mayoría: cada batalla, conquista, huida, rapto, caída o asentamiento tiene protagonistas en movimiento: Ícaro, Europa, Atlas, Poseidón, Caronte, Atalanta, Orfeo, Jasón, Dafne, Aquiles, Eneas o los protagonistas de la guerra de Troya. Y debemos a los mitos la idea del viaje al «Más Allá».

Jesucristo y Mahoma fueron viajeros y Siddhartha recorrió el mundo antes de recibir la iluminación y convertirse en Buda –a la religión le debemos el concepto de peregrinación–. El cristianismo entró en la cultura grecolatina por los viajes de Pablo a Atenas: ese momento estelar en el que, desde el Areópago, el apóstol habló de un solo Dios verdadero a esa sociedad que creía en Afrodita y Apolo. Durante siglos, las órdenes religiosas viajaron en misiones de evangelización, y en Asia, según cuenta Frank Manuel, los jesuitas establecieron un diálogo con la ética y mística china, con Confucio y su filosofía, que luego importaron a Occidente. 

Adán y Eva fueron expulsados del Paraíso, siendo ese el primer viaje de acuerdo con la tradición hebrea y cristiana. La Biblia recoge muchos otros desplazamientos: el destierro de Caín, el viaje de Noé durante el diluvio, los de Abraham o José y sus hermanos, el Éxodo de Moisés y los israelitas hacia Canaán, la tierra prometida; los de los Apóstoles, el de María embarazada que huye de Herodes y hace noche en Belén, donde nace el Mesías. También los reyes magos siguen la estrella de David y San Pedro y sus compañeros peregrinan para predicar el mensaje de Cristo, como se cuenta en los Hechos de los apóstoles. Jesús dice en el Evangelio: “yo soy el camino, la verdad y la vida” y esa será la metáfora de los católicos: la invitación a seguir la senda de Cristo. La iglesia incluso ha hecho santos a varios viajeros: San Roque –que huyó de la peste)–, Santiago de Compostela –por su viaje para predicar el evangelio en Hispania–, San Julián, el hospitalario, San Cristóbal, quien cruzó al niño Jesús al otro lado del río y por eso es el protector de los viajeros y quienes atraviesan peligros. San Rafael, en el santoral, comparte el título de guía de los viajeros –“San Rafael, llévanos con bien”, reza la oración–, y Santo Domingo de la Calzada debe su nombre y santidad a la construcción de un camino, un puente y un hospicio entre Burgos y Logroño. 

La importancia del viaje se extiende por cada rama del pensamiento y cada cuestión política, religiosa, académica o creativa. Es la gran metáfora, pero sobre todo fuente de conocimiento. Y el hombre, para alcanzarlo, sale en su búsqueda. Ahí comienza la ruta.

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Tamara De Anda Prieto es Plaqueta, una escritora “tragona y mamerta”, como ella se define. Comenzó en blogs y se hizo un lugar en el medio periodístico mexicano, donde llegó a ser editora de publicaciones como Gatopardo y El Universal. Actualmente, colabora con la revista Chilango y dirige Macho en rehabilitación, un programa que le ha permitido a su melena roja vibrante y a su voz de múltiples tonalidades, alzarse y encontrar a la cómplice perfecta para materializar su primer libro. Andrea Arsuaga Alfaro, mejor conocida como Andonella, es una ilustradora y diseñadora, apasionada por las infografías. Ha tenido a su cargo proyectos gráficos como Mextilo: memoria de la moda mexicana, la portada del disco de Austin TV titulado Lotería! y ahora no…!, y la imagen del Friendstival 2017 y de ROJOxROJO, una campaña para incentivar la donación de sangre.


En agosto de 2018, juntaron esfuerzos para sacar un libro con mucho glitter, colores, stickers y sobretodo, mucho pero mucho poder femenino, bajo el nombre de #AmigaDateCuenta. Su primera publicación en conjunto se parece a ellas: colorida, profundamente comprometida con la causa feminista, sin pelos en la lengua y con una visión del mundo salida del formato. La siguiente conversación surge de su visita a Bogotá en el marco de la FILBo, donde presentaron la edición colombiana de su libro, publicada por Planeta.

 

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