Diez planes para hacer en el Desierto de la Tatacoa


 

El 27 de septiembre es el Día Mundial del Turismo y aunque la conmemoración oficial es en Hungría, en Colombia decidimos que la mejor forma de celebrarlo era viajando por nuestro país.
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Una iniciativa del Fondo Nacional de Turismo (Fontur) y el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo, persigue el sueño de mostrar que Colombia merece ser recorrida de sur a norte. En Bacánika nos pusimos las botas y nos montamos al bus para apoyar esa misión. Así fue como llegamos al suroeste del país para explorar Villavieja, la capital paleontológica y astronómica del país y el Desierto de la Tatacoa.

Nos gustó tanto que pensamos que sería egoísta no contarle todo lo que vimos y, de paso, dejarle una listado de planes que no puede dejar de hacer si decide armar maletas con su familia o amigos, y conocer la segunda zona árida más extensa de Colombia.

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1. Explorar la zona Cuzco del Desierto

Primero le contamos que el desierto de la Tatacoa no es exactamente un desierto sino un bosque húmedo tropical, pero todos lo conocen y lo llaman de la primera manera, es su nombre artístico. Hay dos zonas en el desierto: una roja y otra gris. Esto debido a los diferentes tipos de minerales que existen en cada una de ellas.


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Zona Cuzco del Desierto.

¡Bienvenido a Marte! La parte roja del desierto se conoce como Cuzco. Venir aquí se siente como si se estuviera pisando otro planeta, uno muy caluroso. La temperatura puede sobrepasar los 40°C, por eso es mejor que vaya en una hora en la que el sol sea más compasivo con usted, que puede ser antes de las 10:00 a. m. o después de las 3:00 p. m.

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Cactus Nopal en la zona Cuzco del Desierto de la Tatacoa.

El desierto tiene más de 300 km² de área, así que no es difícil perderse. Le recomendamos que haga el recorrido acompañado de un guía, que además de ahorrarle la angustia de no saber hacia dónde caminar, le puede hablar, por ejemplo, de los diferentes cactus que existen en la zona, como el cardón, el nopal o el melocactus.

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El melocactus es uno de los tipos de cactus que más agua almacena.

2. Visitar el Valle de los Fantasmas

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La parte gris de la Tatacoa se conoce como Los Hoyos. Aquí puede encontrar formaciones que se asemejan a la figura de un fantasma. Eso hizo que bautizaran este trecho como el Valle de los Fantasmas. Tómese aquí una la foto y deslumbre a sus seguidores de Instagram. Más de uno le va a preguntar: “¿¡Y eso dónde queda!?”.

3. Nadar en las piscinas de Los Hoyos

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Después de un recorrido de 30 minutos a paso lento por el Valle de los Fantasmas, llegará a las piscinas de agua natural de Los Hoyos, que dan la sensación de haber encontrado un oasis.

4. Visitar el observatorio astronómico

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Sede oficial del Observatorio Astronómico de la Tatacoa (OATA).

Cae la noche y llega la oscuridad: densa e impenetrable. En la Tatacoa no hay mucha contaminación lumínica, lo que lo hace un lugar ideal para hacer turismo científico y astronómico. Sí, eso existe y usted también puede hacerlo. De hecho es un plan que no puede perderse porque desde pocos lugares en el mundo se pueden ver astros como es posible hacerlo aquí. La Luna se ve tan cerca que es imposible no sentir como si en cualquier momento fuera a caer.

La cita para esta actividad puede empezar desde las 7:00 p. m. en el Observatorio Astronómico de la Tatacoa (OATA), donde el astrónomo Guillermo García le enseña a los viajeros, en español o inglés, sobre las estrellas, la Luna, los planetas y las constelaciones, en otras palabras les enseña a leer el cielo. A través de uno de sus radiotelescopios podría ver, por ejemplo, a Saturno y a La Luna.

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Uno de los radiotelescopios del OATA.

García cuenta que en Colombia hay gente entusiasmada por la astronomía, pero que necesita saber que no es un tema difícil. Como buenos aprendices, tomamos nota de cada dato que nos daba para hacer una lectura sencilla del cielo nocturno.

La cosa es así:

  1. Ubique sus puntos cardinales. Norte, Sur, Oriente y Occidente. ¿Listo? Ayúdese de una brújula para cumplir con esta primera instrucción.

  2. Trace una línea imaginaria que vaya de Oriente a Occidente o de Occidente a Oriente. A esa línea la va a llamar eclíptica, que es muy importante porque es lo que marca el camino en el que están ubicados los planetas y el Sol. Si además de la brújula tiene un apuntador de láser azul, úselo porque le será muy útil a partir de este punto. Así podrá señalar el espacio del cielo en donde crea que están ubicados los planetas.

  3. ¡Felicitaciones! Con el paso anterior ya sabe cómo encontrar el plano del Sistema de Solar y en su cabeza ya se hizo una idea de dónde está ubicado cada planeta. Ahora ubique los planetas en el orden en el que todos lo conocemos: Mercurio, Venus, Tierra, Marte...

  4. Ahora, dirija su atención al Norte y Sur. En ese espacio podrá ver la Vía Láctea. Aquí tenemos que aclarar que si la Luna está llena no podrá verla por la cantidad de luz que habrá a causa de ella y que opacará el brillo de las estrellas. Por eso, el astrónomo le recomienda que consulte el calendario lunar o, una más fácil, que llame al observatorio antes de programar su viaje y visita. Ellos le avisarán qué día debería visitarlos dependiendo lo que quiera ver. La vía láctea se lleva la mayoría del público, pero no desprecie a la Luna llena. También disfrútela y sáquele una foto.


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Fotografía de la Luna tomada desde uno de los telescopios del observatorio Astrosur, también ubicado en el desierto de la Tatacoa.

Fácil, ¿no? Por si el bichito viajero ya lo picó y no encuentra la hora de ir al desierto a hacer esta actividad, le puede interesar saber que el 20 de octubre de 2018 habrá lluvia de estrellas y el 14 de octubre de 2023 habrá eclipse total de Sol, por lo que el OATA se está preparando desde ya para recibir a muchos viajeros.

5. Buscar fósiles

Si usted no vio un fósil no vino al desierto. No sería raro que de noche, mientras esté viendo las estrellas o la Luna, se tropezara con algún fósil al caminar. Hay cientos de ellos.

6. Probar de lo típico

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Almuerzo en el restaurante El Rincón del Cabrito, en el desierto de la Tatacoa.

Para compensar las energías que gastó caminando por el desierto, almuerce uno de sus platos típicos: carne de cabrito, pastel de plátano maduro, pepitoria (combinación de arroz, huevo, queso, miga de pan y sangre de cabrito) o arroz blanco, papa y ensalada. Si aún le queda un espacio para el postre, puede comerse unas cuantas achiras con arequipe de leche de cabra que tiene un sabor más fuerte que el arequipe tradicional. Si no, puede dejarlas para otro momento del viaje, ya que una de las fábricas está ubicada en Fortalecillas, que es un corregimiento ubicado a pocos minutos en carro de Neiva, capital del Huila. Vale la pena hacer la parada y llevarse algunas para la casa.

 
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Bizcochos de achiras de la fábrica de Fortalecillas, corregimiento de Neiva.
 
7. Conocer los productos locales

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En el desierto existe una tienda donde puede encontrar, entre otras cosas, cerveza, vino de cactus y pomadas hechas de menta y cactus, que aseguran curar la rinitis. Eso sí, no nos hacemos responsables si de pronto le empiezan a salir espinas en la nariz después de usarlas.

También es este el lugar donde puede comprar todo tipo de recuerdos a sus amigos o familiares para que le crean que usted sí estuvo ahí, los souvenirs que llaman. Hay llaveros, imanes, atrapasueños, y lo que se le ocurra de ahí para adelante. Todo hecho a mano por opitas.

8. Haga su propio montículo de los deseos
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Este es un ritual de petición y agradecimiento a la Pachamama. Consiste en apilar piedras para pedirle a la Madre Naturaleza, a Dios o al Universo por sus deseos más profundos y a la vez agradecer por ellos. Cada una de las piedras representa un deseo. A esto se lo conoce como montículo de deseos o apachetas, que de hecho es un término quechua.

También cuentan que los viajeros de hace muchos años lo hacían para pedir protección en sus viajes. Lo cierto es que con el tiempo se fue volviendo una práctica común entre algunas personas y en el desierto hay un sector que denominaron como el Valle de los Deseos, donde muchos visitantes hacen el ritual y entregan sus deseos y gratitud a la naturaleza.

9. Dar un paseo en motocarro


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Uno de los motocarros que transporta diariamente a turistas por el desierto. Su dueño y conductor se llama Oswaldo.

No viene mal algo de ayuda para recorrer el desierto. Para eso podría alquilar una bicicleta, montar a caballo o montar en uno de los motocarros traídos directamente desde Taiwán, en el que caben hasta seis personas (aunque no lo crea). Recuerde la regla del buen viajero que nos dice que debemos cuidar los lugares a los que llegamos. No ingrese con estos medios de transporte a zonas en las que podría dañar las formaciones del desierto.

10. Visitar el pueblo de Villavieja

Hace muchos millones de años, el Universo decidió que la geografía debía cambiar un poco. Entonces la Cordillera Central empezó su proceso de levantamiento, que hizo que en esta región del país las aguas, donde habitaban muchas especies, se corrieran, y entre los muchos cambios que hubo uno de ellos fue darle paso a lo que hoy es Villavieja, un municipio ubicado al norte del departamento del Huila.

Muchos pueblos colombianos tienen el poder de transportarnos a épocas antiguas, principalmente por la arquitectura que conservan: las casas hechas de barro y los techos, de teja, pero también por la tranquilidad, el silencio y la pasividad. Villavieja es uno de ellos y no está de más gastarle unas horas para recorrerlo, conocer su gente y saber cómo se vive ahí.

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Este es un árbol cují que, con más de 120 años, es el más antiguo de Villavieja. Es uno de los típicos de los bosques secos tropicales.

Ya sabe que aquí hace mucho calor. Para eso está en la plaza el carrito de los granizados de cholupa, la fruta de los huilenses que es de cáscara verde y amarilla por dentro. Quienes la prueban dicen que sabe a una mezcla entre maracuyá y curuba.

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Granizado de cholupa.

También puede darse una vuelta por la casa de don Gabriel Rodríguez, el dueño y constructor del Museo del Totumo, que competirá en los Guinness World Records para obtener el reconocimiento de ser el único museo de este tipo en el mundo.

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Gabriel Rodríguez en su taller que está ubicado en el segundo piso del museo.

El totumo es un árbol cuyos frutos se conocen como totumas. Las totumas son la materia prima de don Gabriel para elaborar camas, altares, cocinas, bares, pero también vino que sabe a puro vinagre pero que cura gripas.

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Vino hecho en el Museo del Totumo.

Este artesano, que de profesión es bombero, también abrió las puertas de su taller para todos los niños y jóvenes del pueblo que quieran ir a maniobrar totumas y aprender a hacer y vender artesanías, que es el oficio para el que él nació. Apagar incendios no era lo suyo.

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El bar del Museo del Totumo.

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Como sabe, por las calles de Villavieja, hace muchos millones de años solo había agua, lugar donde habitaban muchas especies que se convirtieron en fósiles. Más de 600 piezas se encuentran en el Museo Paleontológico del pueblo, donde puede encontrar la mandíbula de un caimán gigante o el caparazón de una glyptodon, una tortuga de gran tamaño que existió hace más de un millón de años. Ya le contamos que es muy probable que pueda encontrarse con algún fósil en este lugar, pero ojo con echarlo a la maleta para llevárselo de recuerdo, hay multas para los viajeros que hacen esto.

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Instrumentos del Museo Paleontológico para el estudio de fósiles.

Despídase de este pueblo dando un paseo por el río Magdalena, donde los pescadores de la región recogen bagres, bocachicos o mojarras. En el camino no será raro que se encuentre con algunas iguanas que se camuflan entres las ramas de los árboles.

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Un pescador en el río Magdalena.

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