Prueba

Segundo invierno

Así he vivido el Covid-19 en Vancouver

Un ilustrador y animador colombiano narra en este breve cómic su experiencia de la primavera canadiense en tiempos del Covid-19. Un lento recorrido por la calma desoladora de Vancouver y por sus reencuentros virtuales con Colombia y México.

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Coronavirus Vancouver 1

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legué a Vancouver (British Columbia, Canadá) hace cinco años por una oferta de trabajo en series de animación norteamericanas. Soy tunjano, treinta y tantos. Dibujo, animo y me va bien, no me quejo. La manera de funcionar de la industria me da la oportunidad de ir y venir entre una y otra temporada de la serie en la que trabajo. Voy y vuelvo, por eso a veces me figura estar en Colombia (o en otra parte), por al menos un par de meses entre temporadas. Soy como un personaje en tránsito.

El viernes pasado terminé mi contrato más reciente y después de eso venía para mí una época de descompresión para zafarme de este último proyecto que me traía agotado. Esperaba la primavera como algo nuevo, a new season: un cambio de temporada y de estación. También una pausa, un respiro, un viaje. Pero esta es la vida que nos toca, tan imprecisa y tan espesa. Ahora me figura la llegada del coronavirus ‘atrapado’ en Canadá: sin planes, sin trabajo y sin respuestas.

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Llegué muy tarde al supermercado. O eso creo. Aún así vine más temprano que muchas otras personas. Los estantes están todos repletos de incertidumbre, dos o tres tonterías y un par de latas de productos que en otro momento nadie se hubiera llevado. No es que odie la crema de brócoli, pero está muy lejos de los primeros lugares de mi top 10 de productos enlatados. Pero es lo que hay y ahí me tienen, reorganizando mi lista de prioridades que se desbarata y reordena a medida que pasan los días (o las horas).

Del supermercado a mi casa caben dos canciones. Tiempo que usualmente me da para cruzarme con personajes entre comunes y particulares de la fauna vancouverita: parejas de trotadores, ancianos con perros bonitos, hipsters con zapatos blancos de tía, jóvenes con tapetes de yoga. El nuevo set de personajes que vino con la pandemia, además de ser menor en cantidad, se deja ver con precaución y menos colorido: perro llevado por una chaqueta ancha con máscara quirúrgica, señora que se cambia de andén y trotador malacaroso.

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Desde que vivo en Vancouver, extraño muy poco el tráfico intenso de Bogotá, pero en este nuevo estado, la tranquilidad se me hace ruidosa. La ciudad se siente temporalmente cerrada. Los restaurantes, las tiendas de segunda mano, los parques de juegos, los centros comunitarios, los colegios, los cafés, las veterinarias, los bares, los lugares de conciertos, todo hermética e indefinidamente clausurado de acuerdo con las políticas de seguridad nacional. Esa falta de movimiento le agrega una dosis de tristeza a la primavera que apenas arranca.

La última estación invernal fue terrible y larga, especialmente larga. El invierno arrancó brutalmente frío y remató con unos días lluviosos que se extendieron por varias semanas afectando la sanidad emocional de la ciudad. Se relevó la depresión del invierno por la angustia de una pandemia de primavera. From the winter blues to the spring of fear. Por eso todos estábamos tan ansiosos y tan pendientes de la primavera. Estábamos tan pero tan listos para recibirla que esta nueva situación se nos presenta, además de inesperada, como un rasguño al corazón de Vancouver. Y aunque la ciudad no entra aún en estado de cuarentena absoluto, y todavía se permite visitar contados lugares públicos mientras se mantenga un estricto distanciamiento de seis pies (como dos metros, supongo) esta primavera se siente, como un segundo invierno.

Sobre el ruido, no sé si siempre estuvieron ahí y yo solo los ignoraba, pero qué cantidad de helicópteros sobrevuelan la ciudad en estos días. Supongo que van y vienen del Vancouver General Hospital, quizás de las agencias de noticias. Desde donde vivo, a unas 6 canciones del hospital, los oigo en un horario sin orden: en las madrugadas, en las tardes, en las noches.

Pero solo estoy adivinando. Es que ni los veo, apenas los oigo. El perturbador sonido de la pandemia que opaca a las gaviotas y a los cuervos, lugares 1 y 2 del ‘top 10 de sonidos de Vancouver’.

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Y bueno, mientras tanto, voy reactivando proyectos viejos, dibujando, pendiente de la familia que está en Colombia. También limpiando relaciones viejas, recuperando amistades que se habían desvanecido, fortaleciendo otras y haciendo llamadas que habían quedado pendientes. En esas llamadas me gusta que los silencios se hacen bonitos y necesarios. Bien bonitos y bien necesarios. Llenan (al menos un poco) los espacios por ahora tan vacíos, tan sin respuestas. No sé si mi estrategia sea la mejor, es más, no sé si haya una mejor estrategia, pero me ayuda a hacerle frente a toda la incertidumbre que me traje del supermercado. Bienvenida primavera, tristemente hermosa.

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