Prueba

Arde, baby. Defiende tu rabia

En días aciagos de feminicidios, abusos y violencia de género disparada, nuestra columnista suelta un grito de aliento a todas las mujeres, un llamado a cambiar el miedo por la rabia justa y a no quedarse calladas. Nunca.

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Ilustracion articulo

A

mo a las histéricas, a las que dan lidia. Amo su rabia y su dolor a flor de piel, sus razones para estar enojadas, su voz ronca de tanto hacer bulla. Su sonrisa socarrona cuando las regañan por dar tanta lidia. Amo que sean orgullosas y no pidan perdón, amo que son manada de perras furiosas, las desahuciadas, enfermas, descartadas, malfolladas e intranquilas de este mundo. Las amo porque son las niñas que no nos dejaron ser a tantas.

Desde pequeñas nos dicen que desde la rabia no hablemos. Luego nos domestican o nos domesticamos, ya ni sé, y aprendemos a controlar la ira, el tono de la voz, el recato. Nos dicen que la rabia hace daño a otros, que la revolución pasiva está más digna.

Nos enseñan el silencio como una virtud, a irnos de nosotras mismas para recibir las exigencias del marido, a reírnos de Sábados Felices, a escuchar en la radio a un “comediante” hablar sobre las niñas wayúu como mercancía para la venta y reírnos, decirle a esa mierda “folclor”. Nos convertimos en masa aguada y paciente, comprensiva y maternal con los hombres, los jefes, los adultos, con el estado, con los milicos, con los curitas que aparecen en televisión y que son acusados de abuso sexual por cientos de niños.

Nos hacen creer que la rabia es infantil, como si el odio que llevamos dentro gracias al hambre, la suciedad, la desnudez y la soledad de millones de personas que habitan este cochino planeta fuese una pataleta. Una inmadurez, una debilidad. Visitamos tanto esa emoción que se nos durmió, como el nervio muerto de una muela rota.

Pienso en las niñas histéricas que fuimos y las extraño. Quisiera llevar su odio y el mío como una bandera negra y rasgada, con orgullo. Me gustaría ofrecer esperanza para todas las que son asesinadas, pero hoy por hoy solo escupo veneno, me relamo los colmillos sentada en esta jaula, esperando a la mano tierna que me acaricie para mandarle un mordisco.

Hoy no ofrezco nada más que cansancio, sudor frío, rabia. Entonces, por favor, recibe este ácido baño de realidad: es vulgar que seis hombres violen a una niña y que un fiscal, un señor de leyes, diga que fue un “desahogo sexual”. Es horrendo que Yudy Páez haya sido asesinada a golpes por su pareja en Neiva. Da rabia que cuatro mujeres trans (Kennedy y Ariadna en Santa Marta, Brandy en Barranquilla y Alejandra en Bogotá), hayan sido asesinadas por odio. Da rabia que el cuerpo de Paula haya sido botado en el Parque del Oso en Pereira como una bolsa de basura (ahí han violado a otras 3 mujeres este año). Dan rabia los 442 líderes asesinados después del acuerdo de paz (y da aún más rabia que te digan mamerta porque te duela). Da rabia que Angie haya muerto porque denunció a su pareja por maltrato. Da rabia que hayan sido más de 150 denuncias en una semana de chicas de Medellín, Cali, Bogotá, a manes con los que todas nos cruzamos a diario. Da rabia que no pueda habitar la ciudad en la que vivo, apenas recorrerla porque si paro en algún lugar me siento en peligro; da coraje sentir que este sistema es más grande que todas nosotras. Dan rabia los centros comerciales en medio de un humedal. Da rabia que hayan secuestrado a una celadora –Edy Fonseca en el edificio Luz Marina– y que aún nos preguntemos si es o no esclavitud. Dan rabia tus amigos machos. Da rabia que la Policía haya reventado a bolillazos a Anderson Arboleda y a Janner García en Puerto Tejada. Ninguno de ellos superaba los 23 años. Da rabia que dos policías hayan presuntamente abusado de dos mujeres en Medellín después de haberlas capturado en una movilización. Da rabia imaginar a Daniela Quiñones y su cuerpo flotando en el río Cauca, y las 42 mujeres asesinadas en los primeros 68 días de cuarentena.

La lista de agravios es corta y por lo mismo injusta, pero esto es lo que sucedió apenas en el último mes, y se me escapan. En todo caso, razones para la furia sobran. En semanas como esta, el tamaño de este horror nos aplasta, y ojalá sepulte a quienes la ejercen. Odio a los tombos, al ESMAD, al Ejército y su fábrica de balas y de muertos, al Congreso, a los vetustos anti derechos preocupados por la moral pública, que dejan morir a las mujeres que abortan en condiciones inseguras; a los patriotas; a los feminicidas; a los esclavistas. Veo ídolos cayendo, estatuas rotas, y les dedico todo mi veneno.

Son los mismos que se toman el atrevimiento de aconsejarte. Que no le dediques vida a la amargura, que hables de la alegría, la magia blanca, que no abortes, que cierres las piernas, que qué llevabas puesto, que serás lesbiana porque te falta pipí, que tómalo, que sonrías pa la foto, que muestres, no pero no tanto, que si la lucha no es vainilla se te ve muy fea.

Estamos histéricas, hartas. Pero ay, qué cosa maravillosa nos estará pasando, muchachas, que la calma ya no nos contiene. Qué cosa increíble que es la furia, cómo nos cabalga el pecho, de arriba a abajo, jugando al vértigo. “Mi corazón estoy elaborando; ordeno sufrimiento a su medida; educo al odio y al amor lo mando”, escribe Maria Elena Walsh. Y sí, hoy cargo con la ira de estar viva y que tantas otras no.

Quiero traicionar la coherencia que me exige mi optimismo, esa que tanto me agota. Quiero traicionar el principio de la decencia y vomitar esta basura porque no quepo en nadie más que en mí misma. Camino azarada, ajizosa, descreída.

Por eso quiero a las histéricas, cómo quiero abrazar a esas encapuchadas que rayan estaciones de policías, iglesias, y lo rompen todo. Audre Lorde, feminista, poeta, lesbiana, negra, madre, lo pone así cuando habla del racismo que experimentó viviendo en Estados Unidos: “Mi respuesta al racismo es la ira. He vivido con esa ira, ignorándola, alimentándome de ella, aprendiendo a usarla antes de que arruinara mis visiones, durante la mayor parte de mi vida. Una vez lo hice en silencio, temeroso del peso. Mi miedo a la ira no me enseñó nada. Tu miedo a esa ira tampoco te enseñará nada”.

Qué lindo y apacible que es todo este odio inútil, profundamente solitario, que tuitea con disciplina pero que no toca a nadie, no daña en verdad. “No es la rabia de las mujeres negras la que está goteando sobre el globo como un líquido enfermo. No es mi rabia la que lanza misiles y hasta más de 60.000 dólares por segundo en misiles y otros agentes de guerra, y muerte, y masacra niños en las ciudades, almacena gas nervioso y bombas químicas, sodomiza nuestras hijas y nuestro planeta”, escribe Lorde.

Qué hermosa que es su furia. En cambio la mía está enferma de tanto no usarla, quiero la boca sucia de sangre del patrón. Me imagino mordiendo la mano que me da de comer hasta quedarme mueca y me encanta. Me noto a mí misma caminando de día por no caminar de noche, hecha charco de miedo y no de furia. Ganada por el encierro, la sobreinformación, la impotencia.

Por eso deseo que tu rabia sea perpetua, que siempre arda, que no se te agote. Que te habite más que el miedo que quieren que sientas, que ojalá un día no te sirva para nada, que te aguze cuando te pongas mansa, que no opaque tu ternura, que ardas, baby. Sobre todo si eres mujer, ojalá después de hoy seas peor.

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