19 álbumes: bitácora musical

Para 19 días de cuarentena #BacánikaEnCasa

Nunca, en nuestra historia, habíamos estado tan solos, tan confundidos. Y nunca, en mi historia, había necesitado tanto de la música. Publicaré durante estos 19 días un álbum diario: un ejercicio para detenerme a escuchar una hora al día y recordar que actualmente la música nos permite compartir en la distancia.

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E

s en los confines de la cuarentena donde los discos se vuelven imprescindibles; donde escuchar tu álbum favorito puede significar no desdibujarse; donde, entre el pánico y la zozobra, la claridad se esconde detrás de una canción.

Ahora, más que nunca, la música es necesaria.

Para algunos los álbumes tienen más valor cuando están tallados en un vinilo o en un CD, pero hoy, bajo esta coyuntura, aquellos formatos se perfilan ensimismados, inaccesibles. Es el universo digital el que nos permite conectarnos sónicamente y compartir con un amigo ese disco que caló hondo y urge discutir. Ese álbum que finalmente pudimos degustar a fondo, sin prisa, gracias al tiempo mudo que nos regala la soledad en cuarentena.

Así que aprovecharé las bondades del internet desde hoy y hasta que se nos abran las puertas, para socializar diariamente, a manera de bitácora, un LP que haya fungido como guía en estos momentos donde los humanos languidecen en silencio.

Es una selección diversa a partir de mis gustos musicales con la que buscaré trazar una curva de ritmos e intensidades –como las emociones que atravesarán esta jornada sin precedentes–. Es, lógicamente, una lista muy personal y es también una propuesta abierta para conocer sus álbumes compañía durante estos 19 días.

Empecemos.

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DÍA 19
La Gran Feria
Artista: Banda Nueva Sello: Bambuco Año: 1973

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En este último día de bitácora quiero compartir un álbum que hace unos años ayudó a redireccionar mi mirada eurocentrista hacia el pasado del rock colombiano: un pasado que guarda joyas sónicas que merecen más espacio en nuestra memoria colectiva. Ese disco es La gran feria, el único trabajo publicado por el cuarteto bogotano La Banda Nueva en 1973.

Cuando el hippismo capitalino se desvanecía y los tiempos exigían nuevos sonidos, apareció, prácticamente de la nada, una agrupación que le daría una bocanada renovadora a la Bogotá de comienzos de los setenta. La Banda Nueva estuvo conformada por Orlando Betancourt (teclados), Gustavo Cáceres (bajo), Jaime Córdoba (batería) y Juan Carrillo (guitarra), quienes navegaron a profundidad los beneficios de los estudios de Ingesón –el mismo lugar que cinco años antes había servido de resguardo para Los Speakers y uno de los álbumes angulares dentro del rock nacional– para grabar su álbum debut.

Allí nació La gran feria, un trabajo ensoñador que cuenta con cortes que denotan una producción que hoy, en pleno 2020, se mantiene vigente, vigorosa. El Lado A de este álbum cuenta con canciones como “Emiliano Pinilla”, “Al que madruga le da sueño” y “El blues del bus”: todos temas que, con humor e ingenio, critician y recrean una sociedad bogotana que no dista nada de la actual. El Lado B, en cambio, se muestra más experimental e instrumental con composiciones virtuosas como “Rumba I”, “Rumba II” y “La Gran Feria”, donde la mezcla del jazz latino con el rock sinfónico le permitieron a este cuarteto, con tan solo un disco, marcar un hito dentro de la historia musical colombiana.

 

Con este álbum imprescindible del rock nacional, cierro una bitácora que me sirvió de analgésico para una cuarentena que aún se proyecta larga, infinita. Y gracias a quienes, como yo, han encontrado en la música un acompañante durante estos días de aislamiento obligatorio.

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DÍA 18
Space Echo
Artista: Varios artistas / Sello: Analog Africa / Año: 2016

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Tengo un afecto especial por las compilaciones que develan una historia alucinante a la que quizá nunca habría llegado de no ser por la música. Es por eso que hoy, en el penúltimo día de bitácora, les comparto Space Echo: The Mystery Behind the Cosmic Sound of Cabo Verde Finally Revealed!: un disco que contiene 14 artistas del archipiélago africano Cabo Verde, cuyo sonido fue el resultado de un acontecimiento más cercano a la ficción que a la misma realidad.

En 1968 un barco atiborrado de sintetizadores Moogs y Korgs y órganos Hammond, emprendió camino desde Baltimore, Estados Unidos, hacia una exhibición en la ciudad de Río de Janeiro. El cargamento, sin embargo, se perdió en altamar y nunca llegó al destino original. Inexplicablemente, unos meses después el barco encallaría –sin su tripulación a bordo– en las playas de São Nicolau, una isla perteneciente a Cabo Verde, país que en ese entonces continuaba siendo colonia de Portugal.

La población se llevó una gran desilusión al ver que ese barco “caído del cielo” –una de las teorías que se forjó alrededor de este hallazgo– contenía instrumentos que jamás habían visto y que necesitaban de electricidad para funcionar: algo escaso en Cabo Verde. Sin saber qué hacer con las cajas, la policía local las llevó a una iglesia, pero cuando el carismático líder anticolonial Amílcar Cabral se enteró de lo que estaba sucediendo, exigió que el cargamento se repartiera entre los colegios del archipiélago –de los pocos espacios que contaban con luz en Cabo Verde –para que la gente joven explorara esta suerte de obsequio sin precedentes: un hecho que cambiaría la forma de hacer música en este país y del cual se extraería el eco espacial tallado en este compilado.



En 1975, con la independencia del yugo portugués, los artistas locales florecieron y muchos de ellos, habiendo tenido contacto con los sintetizadores, revolucionaron el sonido de los ritmos locales como el mornas, las coladeras y el infeccioso funaná, el cual estaba prohibido durante la colonia dizque por ser especialmente lascivo. Sin prohibiciones artísticas, la escena musical de Cabo Verde llegó a su máxima expresión entre finales de los setenta y comienzos de los ochenta. Y hoy, gracias al sello Analog Africa, podemos acercarnos a la genialidad de estos músicos empíricos, donde en todo momento se percibe la playa, el sol, el calor y el poder ancestral que tiene África como continente musical.

La psicodelia de los sintetizadores y las guitarras, sumada a la visceralidad en las voces y las percusiones, hacen que Space Echo resulte sugestivo, atrapante. Este álbum es el mejor aliado para esta tarde de sábado, en la que aunque no pueda salir de mi casa, cuento con la compañía del amor para bailar y asolearnos juntos bajo el sonido cósmico de Cabo Verde.

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DÍA 17
Cambodian Rocks
Artista: Varios artistas / Sello: Parallel World / Año: 1996

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En los setenta, Pol Pot le arrebató el alma a Camboya. Este dictador nacionalista de corte maoísta, se empeñó en erradicar el arte y el espíritu creativo de todo el territorio: los camboyanos, sin excepción, debían dedicarse de lleno a la agricultura. Bajo esa premisa, quien supiera un idioma extranjero, fuese un intelectual, un profesor o un músico, hacía parte del paranoico rótulo del “enemigo oculto” y debía ser exterminado.

Entre 1975 y 1979, los jemeres rojos asesinaron a más un millón y medio de personas, entre los cuales se encontraban estrellas del rock n’ roll camboyano de los sesenta como Yol Auralong, Sinn Sisamouth, Pan Ron y Ros Sereysothea: figuras que Pol Pot desapareció, pero cuyas voces lograron trascender. En los años noventa, un turista estadounidense llamado Paul Wheeler encontró fortuitamente unos casetes en un mercado de Phnom Penh y, al reproducirlos, sus oídos no creían lo que escuchaban. Las voces agudas, el idioma ininteligible, y los ritmos infecciosos de las baterías, obligaron a Wheeler a recopilar compulsivamente todo el material posible. Al haber juntado varias canciones y haber investigado sobre los artistas detrás de cada una de ellas, le ofreció al sello “Parallel World” hacer un compilado de rock jemer con lo mejor de aquella época dorada, donde los camboyanos forjaron un sonido propio, único.

Aquí el tráiler de un documental que narra cómo sufrió el rock jemer durante este holocausto:



Hoy, luego de más de 40 años de un genocidio que se llevó al menos una quinta parte de su población, la música persiste. Y este álbum es una pequeña pero poderosa muestra de ello. Cambodian Rocks, pese a ser alegre y divertido, devela la cruenta historia detrás de este paìs del sudeste asiático: un pasado con el cual los colombianos, de cierto modo, podemos identificarnos y el cual sirve como un amuleto para la memoria colectiva.

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DÍA 16
Nonagon Infinity
Artista: King Gizzard & The Lizard Wizard / Sello: Flightless Records / Año: 2016

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Cuando discuto con otras personas sobre King Gizzard & The Lizard Wizard, una admiración desbordada suele atravesar la conversación: un sentimiento compartido que me hace pensar que estamos en presencia de una banda –relativamente joven– que va a trascender en el tiempo.

Este septeto se formó en 2010 en Melbourne, Australia, y en solo una década ya ha publicado 15 álbumes de estudio: trabajos que, pese a la cuantiosa cifra, desmienten aquel refrán que dicta que “del afán solo queda el cansancio”. Es, sin embargo, el segundo lustro de su carrera el que los ha puesto en boca de millones de personas y en escenarios alrededor del mundo. Es por eso que hoy quiero compartir el álbum con el que los conocí en 2016 y con el cual inauguraron la segunda mitad de su trayectoria.

Nonagon Infinity es un álbum sin pausas –de ahí su nombre–, donde ningún corte se siente dubitativo, frágil. Sin tiempo muerto entre canciones, este disco resulta siendo una canción vertiginosa de 41 minutos dividida en nueve partes. La voz con aroma medieval de Stu Mackenzie, los riffs ácidos de guitarra, el efecto metálico de la armónica y la velocidad que le imprimen los dos bateristas de esta banda, hacen de este álbum un traque en la cara de principio a fin.

Nonagon Infinity
, al igual que las presentaciones en vivo de esta banda, se devora todo a su paso, y le permite a King Gizzard & The Lizard Wizard callarle la boca a quienes creen que el rock ya no es tan bueno como antes, a quienes creen que solo las bandas del siglo pasado harán historia.

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DÍA 15
Wogdog Blues
Artista: Art Melody / Sello: Akwaaba Music / Año: 2013

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Durante estos quince días no había compartido ningún álbum de rap, y esta semana recordé uno que conocí hace un par de años y cuyo sonido me cautivó desde un primer momento. Este disco es Wogdog Blues de Art Melody, un rapero de Burkina Faso con una voz avasalladora que, en este trabajo, explora lo mejor de las influencias occidentales bajo el filtro de su herencia africana.

La carrera de este músico comenzó luego de un intento fallido por llegar a Europa en busca de mejores oportunidades. Cuando iba por Algeria, fue detenido y encarcelado para finalmente ser extraditado a su país. Con este sueño truncado, Art Melody decidió viajar por Malí, Costa de Marfil y Mauritania para permearse de inspiración creativa y encontrar trabajo. Fue en este periplo donde decidió comerse el mundo con su música.

Wogdog Blues es su tercer álbum de estudio y es la primera pieza de Art Melody donde convergen la huella del rap neoyorquino con la música tradicional Mossi –población agricultora de Burkina Faso a la que él pertenece–, generando así un sonido agresivo pero melodioso, innovador pero ancestral. Con pistas y beats que se nutren de balafones, djembés y kamale ngonis, este rapero deja en claro de dónde viene y lo lejos que puede llegar.

Este álbum contiene canciones tozudas como “Barka, barka”, “Rogomiki” y “Bamb rat”, con las que dan ganas de salir a acabar con todo. Esa pesadez, sin embargo, empalma con interludios alegres y profundos como “Baba-skit” y “Siiba-skit”, donde el álbum adquiere tesituras fluctuantes que bien pueden definir la curva emocional vivida durante una cuarentena como esta.

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DÍA 14
Elia y Elizabeth
Artista: Elia y Elizabeth / Sello: Codiscos / Zeida Año: 1972

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“Por eso tú al ver morir el sol
Debes ser fuerte y no morirte tú con él
Por eso tú al ver morir el sol
Debes ser fuerte y resistir.
Ponte bajo el sol y quema tus heridas
Con la luz del sol todo termina”

‘Ponte bajo el sol’ - Elia y Elizabeth

Por cuestiones de la vida, las hermanas Fleta Mallol nacieron en Bogotá. Sus padres eran españoles, pero se conocieron en Colombia y fue acá donde se casaron y vieron nacer a las dos protagonistas del álbum de hoy. En 1971, luego de vivir en Cali, Barranquilla y Lima, su padre –hijo del reconocido cantante tenor Miguel Fleta–, se tuvo que devolver a España junto a su familia por temas de trabajo. Estando al otro lado del Atlántico, Elia y Elizabeth fueron invitadas a un programa televisivo para rendirle homenaje a su ya fallecido abuelo. Al terminar la transmisión, el compositor Juan Carlos Calderón las fichó y les extendió una invitación para grabar dos canciones en Barcelona. De esa alianza salieron “Fue una lágrima” y “Cae la lluvia”, canciones que no tuvieron ningún impacto en España debido a que la familia Fleta Mallol tuvo que devolverse a Barranquilla: la ciudad que sería testigo del florecer artístico de Elia y Elizabeth.

Ya en la arenosa este dúo se presentó en un evento de beneficencia, en el que con sus voces embelesaron a la compositora Graciela Arango de Tobón, quien las recomendó de inmediato con Álvaro Arango del gigante sello Codiscos, subsidiaria, en ese entonces, de Zeida. Tras conocerse y escucharlas, Arango se las llevó para Medellín, donde grabarían sus dos únicos álbumes de estudio: Elia y Elizabeth (1972) y Alegría (1973).

Además del talento y la agudeza de Elia para la composición, esta poderosa hermandad contó con el apoyo y bagaje del arreglista Jimmy Salcedo: el mismo personaje que presentó por tantos años “El show de Jimmy”. Con el golpe tropical y funky de La Onda Tres –la banda liderada por Salcedo que acompañaría a las Fleta– y los coros certeros de estas dos mujeres, saldrían canciones alegres y frescas como “Todo en la vida”, “Soy una nube” y “Ponte bajo el sol”, con las cuales conquistaron la televisión colombiana y cuyas melodías deben ser recordadas por aquellos que crecieron durante los setenta.

La magia de este proyecto llegó a su fin porque Elia no estaba teniendo tiempo para dedicarse a sus estudios en pedagogía musical, un impedimento que terminaría por sellar el fin de una dupla colombiana que, sin lugar a dudas, merece más espacio en nuestra historia y memoria. Estas dos mujeres, en épocas aún más machistas que las de hoy, lograron romper la barrera del género e hicieron bailar a miles de colombianos con sus composiciones.

Con un sonido que amalgama lo mejor del soft-pop, las baladas y el aire desenfadado del caribe colombiano, Elia y Elizabeth son un bálsamo para el agobio, para el encierro. Y hoy, que tengo la fortuna de volverlas a escuchar, recuerdo con sus letras no tomarme tan en serio: una máxima que a veces olvido y a la que me debo aferrar en este martes de cuarentena.

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DÍA 13
Violeta de Outono
Artista: Violeta de Outono / Sello: Wop-Bop / Año: 1987

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“Silêncio em mim, espelhos planos
Saídas falsas, vôo, solidão
Só esperando
Vagando em seu olhar
Tudo é deserto, estranho lugar”

 ‘Dia Eterno’ - Violeta de Outono

En 1984 tres músicos de la escena subrepticia de São Paulo se juntaron para formar una de las bandas más emblemáticas del rock psicodélico brasileño del siglo pasado. Fabio Golfetti (guitarra y voz), Angelo Pastorello (bajo) y Claudio Souza (batería), quienes en ese momento tenían alrededor de 25 años, recogieron su gusto por Pink Floyd, The Beatles,  The Cure y Echo & the Bunnymen para darle forma a una Violeta de Outono ácida y auténtica.

Tres años más tarde lanzaron su álbum debut bajo el sello independiente Wop-Bop: un trabajo donde este power trío logra crear una atmósfera llena de sombras fluctuantes y melodías introspectivas. Con las tres canciones que abren el disco, Violeta de Outono nos plantea un abismo profundo, en el que iremos cayendo pacientemente a medida que pasemos por cortes como “Luz” y “Dia Eterno”, y cuyo fondo terminaremos habitando con “Noturno Deserto”, “Sombras Flutuantes” y la fluida versión de “Tomorrow Never Knows” de los Beatles.

Aquí el concierto completo que dieron en 2009 en el Teatro Municipal de su ciudad donde aún mantienen su sonido intacto:

Este tridente paulista publicaría otro álbum en 1989 llamado Em Toda Parte y luego tendrían una carrera intermitente de ires y venires, siendo Fabio Golfetti el miembro constante –quien además de lanzar trabajos en solitario, terminó siendo el guitarrista de la delirante banda Gong en 2012–. Es, sin embargo, su primer disco el más recordado por sus seguidores, la pieza clave que les permitió volverse una banda de culto en un país tan extenso en territorio como en sonidos.

Así que adelante: éntrenle a este abismo de otoño del que nunca podrán –ni querrán– salir.

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DÍA 12
All Melody
Artista: Nils Frahm Sello: Erased Tapes Año: 2018

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All Melody es una obra en la que el alemán Nils Frahm revela sus emociones más profundas. Una obra donde este pianista de avanzada nos toma de la mano para guiarnos a través de un pasaje que se regodea entre la melancolía, la alegría y la desesperanza: sentires que compartimos todos aquellos que estamos viviendo estos tiempos sin precedentes.

Este álbum, grabado en el estudio berlinés Funkhaus, terminó de consolidar la brillante carrera de este compositor, quien hoy cuenta con más de 10 trabajos discográficos. Como él mismo confiesa, durante el episodio creativo de All Melody, pudo explorar a sus anchas las bondades de su piano, su moog y del extenso sistema maquínico y análogo que comprenden su cálido universo sonoro. De ese momento tan personal, nacen 12 canciones –en su mayoría instrumentales– que se hilan entre sí con un tacto tan gentil que le permiten al oyente atento elevarse y desaparecer.



A lo largo de su carrera, las enseñanzas de piano clásico que Frahm recibió a temprana edad ha confabulado con el vasto rango que proveen las texturas de la electrónica, y es en esta mezcla donde se imagina mundos paralelos que encajan perfectamente con un domingo de cuarentena donde el caos se manifiesta en silencio.

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DÍA 11
El maravilloso mundo de Abelardo Carbonó
Artista: Abelardo Carbonó / Sello: Vampisoul / Año: 2013

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Los sábados saben mejor con Abelardo Carbonó, mejor conocido como “el padrino de la champeta”. Por eso hoy estaré habitando el maravilloso mundo de este visionario colombiano para olvidarme del enclaustramiento y divertirme con la soltura de su música festiva.

Carbonó nació en 1948 en Ciénaga, Magdalena. A los diez años se mudó a Barranquilla y fue ahí donde aprendió a tocar la guitarra de manera empírica. Por falta de dinero, no pudo estudiar una carrera y decidió meterse a trabajar en la Policía nacional. Allí, de forma paralela, hacía música y en 1978 grabó “Shallcarri”, su primera canción junto a la banda Abharca. Al poco tiempo, Carbonó se juntaría con sus hermanos Jafeth y Abel y sacaría, bajo el excéntrico y misterioso sello Machuca, “A otro perro con ese hueso”.

Luego de lograr cierto reconocimiento gracias a unas melodías que ya resultaban abrasivas en las pistas de baile, el monstruo de Codiscos se fijó en este cienaguero para publicar dos álbumes a inicios de los ochenta llamados Guana Tangula y La Negra del Negrerío. Con estos trabajos entre manos, el sello del antioqueño Félix Butrón llamado Felito Records –el cual, junto a Machuca, sería de las únicas disqueras independientes de la Barranquilla de los setenta y ochenta– le abrió las puertas a Abelardo y su conjunto para grabar otro par de álbumes y desplegar todo el arsenal psicodélico resguardado bajo las arcas creativas de este músico autodidacta.

Como suele pasar con muchos de los personajes colombianos, el paso de los años fue difuminando la impronta del “padrino de la champeta”, donde su legado parecía haber quedado sepultado en la mente de una generación caribeña. Sin embargo, en 2013 el sello español Vampisoul, en trabajo conjunto con los arqueólogos musicales Etienne Sevet y Lucas Silva de Palenque Records, sacó un compilado de Abelardo Carbonó que recopila la lucidez de este cienaguero durante la segunda mitad del siglo pasado.

Este álbum, además de contar con una portada magnífica diseñada e ilustrada por Najle Silva Arana, narra detalladamente el alucinante mundo creado por Abelardo Carbonó, donde canciones como “Muévela”, “Quiero a mi gente”, “Guana Tangula” o el “Baile del Indio” entrelazan la alegría y la holgadez con una psicodelia arraigada al trópico colombiano. Las 17 canciones de este compilado son todas piezas de avanzada que detrás de un rostro amable, esconden una cadencia asesina ideal para el movimiento corporal: algo vital en una época donde sentimos que las fiestas y el baile están en peligro de extinción.

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DÍA 10
Wake Up Your Mind
Artista: Joni Haastrup Sello: Afrodisia Año: 1978

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“The Africans in America
the black men in Australia
the africans in Jamaica
It’s time to wake up and protect our land”

‘Wake Up Your Mind’ - Joni Haastrup

Nigeria como tierra musical es una de mis fijaciones. La fertilidad de su suelo nunca ha parado de sorprenderme y hoy, durante un nuevo día de confinamiento, agradezco profundamente estar acompañado por uno de sus artistas. Joni Haastrup y su álbum Wake Up Your Mind serán los encargados de que mi viernes no pase desapercibido.

Haastrup creció en una casa real durante la Nigeria colonial: su abuelo –amante febril de la música y la percusión– era una persona importante en Ilesa, una ciudad yoruba ubicada al occidente del país. Fue ahí donde se rodeó de múltiples influencias sonoras y se comenzó a formar como músico. En 1960, durante su juventud, el país logró independizarse del talón británico y en ese momento la escena nigeriana terminó de ebullir. En 1966 Haastrup fue invitado a cantar en un par de canciones del avanzado álbum Super Afro Soul del legendario Orlando Julius & His Modern Aces, y para finales de la década ya era conocido en su tierra como el “Soul Brother Number One”: un reconocimiento que le daría pie para terminar tocando con el polémico baterista inglés Ginger Baker.

Tras la separación de los efímeros supergrupos Cream y Blind Faith, se creó Ginger Baker’s Air Force hacia finales de 1969. Aunque solo duró alrededor dos años, esta banda publicó un par de álbumes y contó con la participación de más de 20 músicos: entre los cuales aparece Joni Haastrup, quien estuvo de gira con la fuerza aérea de Baker durante 1971.


Aquí pueden ver a Haastrup improvisando junto  Baker y otros músicos nigerianos:

Luego de varios kilómetros recorridos en la gira, Haastrup volvió a Lagos y formó la agrupación MonoMono con sus coterráneos Baba Kenneth Okolulo y Danjuma Adamu. De ahí salieron dos LPs con un nivel musical altísimo, que lograron tener una gran acogida dentro de la juventud nigeriana de los setenta. MonoMono sería la última estación antes de que Joni se aventurara a sacar el álbum en solitario que hoy les comparto.

Wake Up Your Mind se grabó en Londres y vio la luz en 1978. Este trabajo exuda un Haastrup maduro y experimentado, hastiado del colonialismo y la autoridad. Con canciones como la que le dan nombre al disco o “Free my People”, permiten sentir un mensaje de revolución africana por medio de un bajo agresivo y una voz visceral, donde resulta imposible no sucumbir al groove. Este álbum está arraigado al sonido del afrobeat nigeriano y tiene dejos del funk y la música disco occidental: una combinación infalible que acerca la vehemencia lírica de Haastrup a oídos foráneos y que, a la vez, se convierten en himnos identitarios para los suyos.

Este álbum esconde una historia social extensa y es una pequeña pero poderosa muestra del valor sónico de Nigeria: un territorio que, estoy seguro, jamás dejará de sorprenderme e invitarme al baile.

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DÍA 9
Morgen
Artista: Morgen / Sello: Probe / Año: 1969

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“Did you know that a good man died?
"Oh how terrible", they say
But you know that's just a part of life
It kind of happens every day
No!”

‘Welcome to the Void’ - Morgen


No ha sido mi mejor día en lo que llevamos de cuarentena. Me levanté con la desesperanza exacerbada: quizá porque ayer miré más noticias de las que debía, o porque alguien cercano está pasando por un mal momento familiar, o quizá porque este es otro jueves en el que no podré salir de mi casa. No lo sé, puede que sea una mezcla de todo.

Es en estos momentos cuando acudo a álbumes sombríos cuya pesadumbre logra convertirse en buen puerto para desahogar las penas y, de a pocos, curarlas. Y un disco que ya lo ha hecho en ocasiones pasadas es Morgen: el único LP publicado por esta banda homónima nacida en Long Island, Nueva York.

Esta agrupación se formó a mediados de los sesenta cuando el cantante Steve Morgen, por recomendación de un amigo, se juntó con los virtuosos guitarristas Murray Shiffrin y Barry Stock, el bajista Bobby Rizzo y el excéntrico baterista Mike Ratti. Comenzaron haciendo covers de Los Rolling Stones y Youngbloods en un garaje, pero no pasó mucho tiempo antes de que crearan su propio material y dieran con las siete piezas que componen su primer y último álbum.

Por problemas internos con su mánager Stu Crane y por la eternidad que le tomó a la disquera sacar este trabajo, la moral de Morgen se debilitó y su espesa lisergia tuvo que ser condensada toda en un solo vinilo. Aunque lograron tener algo de acogida en ciudades grandes de Estados Unidos, el pasar del tiempo fue ocultando las virtudes de este disco, quedando ceñido a la memoria de coleccionistas empedernidos. Sin embargo, hace unos años este álbum tuvo una suerte de empujón gracias a que algún filántropo aprovechó las virtudes del internet y lo subió a YouTube, donde miles de internautas, como yo, pudimos conocer Morgen y alienarnos del mundo por 38 increíbles minutos. 

Uno de los grandes atractivos de este LP es su portada, tomada de “El grito”, obra del noruego Edvard Munch que, como cuenta en una entrevista Steve Morgen –de las pocas que hay con este personaje– era su pintor favorito y desde siempre supo que esa sería la portada del álbum. “El grito” retrata perfectamente el sonido de esta banda y, sobre todo, el desespero actual al ser testigos del cambio que está sufriendo la realidad como la conocíamos.

Los sietes cortes de Morgen son especiales, ninguno languidece ante los otros y funcionan como un gran antídoto para el agobio que nos amenaza durante estos días. Este álbum es un gran consejero, un hombro amigo imprescindible en un día como hoy.

 

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DÍA 8
On
Artista: Altin Gün / Sello: Bongo Joe / Records Año: 2018

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“Dentro del universo hay cosas que son conocidas y hay cosas que son desconocidas. En el medio de esas cosas hay puertas”. Con esta cita del poeta William Blake, Altin Gün introduce en su página de bandcamp su álbum debut On: un trabajo que, en efecto, me abrió la puerta a un universo desconocido donde habitan los intrigantes sonidos turcos de los años setenta.

Altin Gün –expresión turca que significa “Día de oro”– nació gracias a las redes sociales. Todo empezó cuando el bajista holandés Jasper Verhulst fue a tocar en Estambul y, durante los momentos de ocio, pudo sumergirse en la música turca de los setenta: una escena hipnótica llena de psicodelia y excentricismo. Se enamoró perdidamente de aquel folk alucinante y al volver a Amsterdam se juntó con el guitarrista Ben Rider y el baterista Nic Mauskovic para darle forma a un experimento que aún carecía de algo fundamental: herederos directos de una cultura que, hasta ese momento, les era ajena.

Hacia 2017 Verhulst subió una especie de clasificado en Facebook y fue así como dio con Merve Dasdemir (voz) y Erdinc Yildiz Ecevit (voz, teclados y saz), dos artistas turcos radicados en Holanda que le darían la base idiosincrática a una de las bandas más ensoñadoras que he conocido en los últimos años.

Altin Gün rescata joyas turcas de tiempos atrás que, aunque son conocidas dentro de su país, muchas de ellas no lograron cruzar las fronteras, privando a miles de personas, como yo, de un universo único. Hoy, sin embargo, esta banda ha logrado llevar el legado de Turquía a varios países gracias a un sonido moderno cargado de rock y funk, donde han puesto en alto artistas del siglo pasado como Selda Bağcan, Barış Manço, Erkin Koray y Neşet Ertaş, figuras transgresoras que en estas latitudes resultan invisibles.

Aquí una de las joyas a la que llegué gracias a esta agrupación:

De lo mejor que me pasó en 2018 fue haberme topado con Altin Gün. Entre tanta oferta musical, a veces resulta difícil dar con una banda nueva que detenga de un solo golpe todo lo que sucede a mi alrededor, y este sexteto lo logró en cuestión de segundos. Hoy, a la sombra de un día gris y tosco, escucharé una y otra vez este disco con el fin de cruzar nuevamente esa puerta hacia lo desconocido y detener, por unas horas, esta realidad confusa y agobiante. 

Espero que On tenga el mismo efecto mágico en quienes aún no lo conocen.

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DÍA 7
Historia natural
Artista: Los Pirañas / Sello: Glitterbeat / Records Año: 2019

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Una época sin precedentes como la que estamos viviendo, amerita una banda igual de atípica, a la que poco o nada se le asemeje. En el caso colombiano, una de esas bandas es Los Pirañas. Este tridente bogotano conformado por Pedro Ojeda (percusión), Mario Galeano (bajo) y Eblis Álvarez (guitarra y teclados), es el resultado de una amistad forjada desde el colegio y que por más de 20 años ha girado en torno al cuestionamiento –y la destrucción– del colonialismo musical que nos gobierna a los colombianos.

La primera semilla de lo que hoy son Los Pirañas germinó en 1999 bajo el nombre de Ensamble Polifónico Vallenato, proyecto creado por dos de sus integrantes mientras estudiaban música en la Universidad Javeriana. “(...) Con el tiempo nos dimos cuenta de que tiene que ver con esta dominación cultural de la cual siempre hemos sido objeto como sociedad con ese complejo tercermundista en el que todo lo de afuera es mejor”, cuenta Galeano en una entrevista al describir el espíritu detrás de ese primer grupo y todos los que vendrían luego.

Romperayo, Meridian Brothers, Frente Cumbiero, Chúpame el Dedo, Ondatrópica y Los Pirañas son todos nombres engendrados por estos tres músicos insaciables creadores del “tropicanibalismo” bogotano: movimiento musical que lleva los géneros propios de este país hasta las últimas instancias.

Historia natural es el tercer álbum de este supergrupo colombiano: su trabajo, hasta la fecha, más inteligible a primera escucha. En canciones como “Infame golpazo” o “Te regalo una licuadora”, se alían la cadencia de la cumbia y la percusión del afrobeat y la champeta con un ruido estridente, donde juntos delimitan una pista de baile sudorosa y convulsiva que resulta necesaria durante estos días de eterna quietud y pasividad.

Este LP plasma en sus 10 canciones el caos que hoy reina sobre nosotros, donde los humanos, como bien lo dice el último tema de este álbum, hemos sido “rechazados por el mundo” y su historia natural.

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DÍA 6
Silence Yourself
Artista: Savages / Sello: Matador / Records Año: 2013

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“Miming another boring day
I have better things to do
Now you're here I must get rid of you
‘Cause you have no face, you have no face” ‘

No Face’ - Savages

Hoy saldré a las calles de esta ciudad inhóspita para abastecer mi nevera. Una necesaria y muy breve excursión luego de llevar varios días sin comprar comida. Y como siempre, cada pequeña salida en cuarentena amerita algo de música. En esta ocasión el álbum que sonorizará esta suerte de expedición será el feroz Silence Yourself de Savages. Este disco –que sí o sí debe ser escuchado con audífonos– fue el debut de Jehnny Beth (voz), Gemma Thompson (guitarra), Ayse Hassan (bajo) y Fay Milton (batería), cuatro inglesas que en 2013 se comieron el mundo de un solo tajo.

Un año después de aquel lanzamiento, las Savages visitaron Bogotá durante la edición 2014 del Festival Estéreo Picnic y, pese a que compartieron cartel junto a nombres como Pixies, Red Hot Chilli Peppers y Nine Inch Nails, fueron de lo que más me impactó durante la jornada completa. Esta banda se alimenta de los albores del post-punk de finales de los setenta –sin caer en una simple imitación– y de los avances sónicos que ha traído el nuevo milenio. La voz y presencia de Jehnny Beth, forjada bajo la estela de Siouxsie Sioux e Ian Curtis, es un imán auditivo que se regodea entre el existencialismo, la oscuridad y la lujuria de manera elegante y sofisticada. Esto, sumado al poderío detrás del resto de la banda, hacen de Silence Yourself un álbum contundente, que no tiene compasión por nada ni nadie. 

 

Como bien lo dice el crítico musical The Needle Drop, “este LP suena como si el mundo estuviera en llamas”. Y sí, ahora más que nunca lo está. Es por eso que hoy, al tener que salir brevemente al supermercado, lo haré con este disco retumbando en mi mente, una pieza con once canciones ideales para silenciarme y recibir el fin del mundo con gracia, antes de tener que regresar nuevamente a mi casa.

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DÍA 5
Eghass Malan
Artista: Les Filles de Illighadad / Sello: Sahel Sounds / Año: 2017

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Me gustan los domingos en casa. La quietud es algo preciado durante mi último día de la semana, así lleve una larga jornada en un estado similar. Es por eso que el álbum de mi día 5 es una selección que trae paz y meditación, un trabajo que sale de las entrañas del Sahara y cuyo sonido cautiva desde el primer momento.

Esta historia nace en Illighadad, un pueblo desértico de Níger donde no hay electricidad ni agua potable, pero donde la música tradicional pesa. De allí brotó hace cuatro años la agrupación Les Filles de Illighadad, liderada por la guitarrista Fatou Seidi Ghali, una de las únicas mujeres Tuareg –pueblo bereber de tradición nómada del desierto del Sahara– en dominar este instrumento. Ghali cuenta que le robaba la guitarra a su hermano y se escabullía para enseñarse a sí misma a tocarla, pese a que estaba prácticamente prohibido que una mujer explorara este cuerpo de seis cuerdas.

Así tuviera a su gente en contra, esta artista no se dejó amedrentar y a mediados de la década pasada se juntó con Christopher Kirkley, creador del sello Sahel Sounds, para conformar una banda de mujeres. El propósito era claro: modernizar la música Tendé –sonido tradicional de su pueblo nombrado tras un instrumento de percusión fabricado con una membrana de piel de cabra que va sobre una caja llena de agua– y mostrarle al mundo que las mujeres Tuareg pueden recorrer el mundo con una guitarra al hombro.

Acá una sesión en vivo donde pueden ver el instrumento Tendé y lo hipnóticas que son estas mujeres: 

Este álbum es un remanso de texturas cálidas, donde cada una de las canciones son mantras para la sanación. Es un disco minimalista al que no le hace falta nada, donde la voz y arreglos de Fatou Seidi Ghali visitan los lugares más tranquilos de nuestra mente y se quedan allí, habitándolos. Eghass Malan recuerda, a cada paso, que el desierto del Sahara es ancestral e insondable.

La paz que buscaba hoy la encontré a miles de kilómetros de mi casa, en un pueblo diminuto cuyo nombre jamás había escuchado.

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DÍA 4
On te l’avait dit
Artista: Voilaaa / Sello: Favorite Recordings / Año: 2015

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Por la ventana de mi cuarto entra un sol apacible, digno de un sábado al mediodía. Resulta algo frustrante no poder caminarlo y tener que sentirlo a través de un cristal. Aun así, la luz da alientos, provee paciencia y, sobre todo, propicia el ambiente perfecto para bailar a solas el álbum debut de Voilaaa.

La mente detrás de este proyecto es Bruno “Patchworks” Hovart, un productor francés a quien le resulta imposible quedarse quieto: ha colaborado en agrupaciones como Mr. President, Mr. Day, Patchworks Galactic Project, Taggy Matcher y, mi favorito, The Dynamics. Eso sí, a su frenetismo musical lo atraviesa transversalmente su devoción por los sonidos africanos y caribeños, donde colindan reggae, dub y música disco.

Esta versión de “Whole Lotta Love” hecha por The Dynamics lo dice todo:

Actualmente Voilaaa es el espacio creativo más íntimo de Hovart, en el cual junto a cantantes cercanos como Pat Kalla, Sir Jean y Hawa engendró, en 2015, un álbum infeccioso que desde su apertura con “Spies Are Watching Me” obliga al movimiento, a la cadencia. A lo largo de sus diez canciones, On te l’avait dit evoca al disco africano vieja escuela donde resuenan, por ejemplo, el artista ghanés Kiki Gyan o el camerunés Pasteur Lappe. Este LP, sin embargo, logra un sonido fresco en el que bajo y vientos son sus rotundos protagonistas.

Con canciones como “Le disco des capitales” u “On te l’avait dit” –el sencillo que le da nombre al álbum– la cuarentena es más llevadera. Apenas termine de escribir este texto, aprovecharé su alegre groove para cocinar y tomarme una michelada –por no decir varias–, mientras espero a que el sol que golpea mi ventana se diluya a la par con este nuevo día de confinamiento.

Link álbum:

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DÍA 3
Black Sugar
Artista: Black Sugar  / Sello: Sono / Radio Año: 1971

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En 1970, Perú dio a luz una banda explosiva, una orquesta que combinaría jazz, rock, chicha y soul para dar con un latin funk infalible en la pista de baile. Se hicieron llamar Black Sugar y durante aquella década, fueron pieza clave de las noches limeñas.

Todo comenzó cuando Carlos “Pacho” Mejía se subió a cantar de imprevisto con Los Far-Fen, una banda conformada por Víctor “Coco” Salazar en la guitarra y Miguel “Chino” Figueroa en los teclados. Al escuchar aquella voz, Salazar palpó el futuro y le propuso a Pacho ser el vocalista de lo que más adelante serían los Black Sugar.

No tardaron mucho en ser apadrinados por Jaime Delgado Aparicio, un importante músico peruano, quien por esa época era el gerente de la casa disquera Sono Radio. Bajo su guía, Black Sugar dejó de amenizar fiestas y pasó a grabar su propio material. Un año más tarde, en 1971, el álbum Black Sugar estaría revolcando las calles del país, como antesala del que sería su segundo y último disco bautizado Black Sugar II: testigo del punto más álgido y experimental de esta banda. Debido a problemas internos y los toques de queda impuestos por el régimen militar de Francisco Morales Bermúdez, se fueron quedando sin ánimos y conciertos, y hacia 1978 se difuminaron, dejando a su paso dos trabajos discográficos sabrosísimos.

Pese a que todo parecía haber acabado, Black Sugar resucitó de la cenizas y en 2010 se volvieron a juntar algunos de sus miembros originales, manteniendo un sonido impecable o, como bien lo dice Pacho Mejía al final de esta sesión en vivo, “Bárbaro”.

Hoy no dejaré que la cuarentena amedrente mi viernes y me sentaré con ron en mano a sentir el LP debut de Black Sugar, una pieza que sobrepasa las influencias de Santana, Chicago y Tower of Power, para crear un sonido latino y gozador. Aquí se toparán con manjares psicodélicos  como “Viajecito” –un prototipo de la chicha peruana–  y boogaloos asesinos como “Too Late” donde el blanco, más que la mente, es el cuerpo, los pies. Esta noche me imagino desbordado en una fiesta limeña durante los setenta. Bienvenidos.

En Spotify unieron los dos álbumes de Black Sugar en una sola pieza: 

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DÍA 2
Ahomale
Artista: Combo Chimbita / Sello: ANTI-Records / Año: 2019

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“Hoy amanezco cuestionando una verdad
¿Y qué puedo hacer para cambiar la realidad?
Cuando me encuentro de frente a la soledad
Yo siento miedo, no lo puedo evitar”

‘Al Templo’ - Combo Chimbita

Combo Chimbita reúne a cuatro colombianos que, como muchos, han hecho su carrera musical fuera del país. Hace seis años se juntaron en Nueva York durante unas sesiones de improvisación organizadas por Niño Lento (guitarra), Prince of Queens (bajo y teclados) y Dilemastronauta (batería) en un bar de Brooklyn. En alguno de esos jams Carolina Oliveros se subió al escenario y, con su voz, logró abrir un portal hacia un universo desconocido donde hoy coexisten de manera natural ancestralidad y futurismo, fantasía y realismo.

Ahomale –palabra Yoruba que significa “adorador de los ancestros”– es un álbum conceptual que narra la historia de una guerrera con el poder de reunir el saber de sus antepasados, pero que cuestiona constantemente su destino. En palabras de Carolina Oliveros, “es una guerrera, no de escudo ni de espada, sino una mujer que está lista para escuchar su corazón, de seguir su intuición y de conectarse con sus ancestros”.

Es bajo esta premisa que la estremecedora voz de Oliveros –barranquillera a quien el rótulo de cantora se le ajusta más– nos conduce por paisajes hermosos y desoladores. Con canciones como “Ahomale” y “Al templo”, este cuarteto da con ritmos colombianos que cambian súbitamente y se embellecen con brotes agresivos de rock progresivo. O en el caso de “Revelación (Candela)” que se adentran sin pudor en una especie de dub supremamente oscuro que empata perfectamente con la cumbia rebajada del tema “Santo fuerte”. Este álbum es único en su especie: espero que Combo Chimbita se pegue la rodadita por acá tan pronto configuremos la nueva realidad mundial.

Hoy me levanté sintiéndome como la guerrera Ahomale: con algo de miedo al encontrarme de frente con la soledad. Menos mal cuento con este álbum para convertirla en mi confidente.

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DÍA 1
Mandré
Artista: Mandré / Sello: Motown Records / Año: 1977

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Salvo por un par de momentos, la mente permanece estable, serena. Entre el trabajo, el ocio y el aseo de la casa, los días no parecen pesar tanto. Sobre todo cuando el ocio te arroja ofrendas como esta: el primer álbum de Mandré, publicado en 1977 bajo el mítico sello estadounidense Motown Records.

Durante los inicios del aislamiento he podido sumergirme de lleno en La historia secreta del Disco, un libro que narra la importancia de este género musical como la pista de baile que integró, durante los años setenta, distintas minorías y diversidad sexual. Uno de sus capítulos describe en detalle a The Loft, una discoteca fundamental durante el apogeo de este ritmo en Nueva York, creada por el audiófilo David Mancuso. Allí sonaban los álbumes más pausados, más sedativos: esos que, como narra el libro, eran perfectos para escuchar en casa. En The Loft, sin embargo, las texturas suaves eran las obligadas. Su séquito buscaba llorar, viajar y bailar con su selección musical: el escenario ideal para hurgar los surcos del álbum debut de Michael Andre Lewis, más conocido como Mandré.

Luego de tocar en la banda de Frank Zappa, firmó con Motown Records, donde adquirió una estética interplanetaria con un casco plateado que fácilmente pudo servir de inspiración para los franceses de Daft Punk. Ese casco futurista fue diseñado por Bill Whitten, el mismo personaje que más adelante crearía el guante blanco de Michael Jackson. En Motown publicó tres trabajos que no tuvieron acogida comercial y en 1982 lanzó un cuarto álbum bajo su propio sello “Future Groove”, pero un accidente despareció las pocas copias prensadas. Hasta ahí llegó Mandré: no sin antes aportar una trilogía de álbumes profundamente auténticos perfectos para navegar durante la cuarentena.

Su álbum debut en Motown llevó su mismo nombre y desafió lo que comúnmente conocemos como música disco. Invita al baile, por supuesto, pero de una manera sutil y casi imperceptible. Su dejo soul entra en perfecta armonía con los sintetizadores alienígenas que acompañan piezas clave como “Solar Flight (Opus I)”, logrando lo que hoy parece imposible: que tu mente atraviese las paredes y, en efecto, llegue hasta el sol.

Esta noche me tomo un par de rones con Mandré para convertir, a dúo, mi casa en The Loft.

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