POR: Carlos Vallejo ILUSTRACIÓN: Armando Mesías Martes, 19 Noviembre 2013

 

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No era cualquier galería: era el Museo Estatal Ruso. Y no era cualquier exposición: era la retrospectiva de Sylvester Stallone. Crónica de una muestra en la que el arte fue lo menos importante.

1. No hace mucho se supo que Sylvester Stallone andaba exponiendo las pinturas en las que venía trabajando desde hacía varias décadas. Me lo imaginaba con el ceño fruncido y todas las venas de su cuerpo a punto de estallar, justo en el momento en que se amarraba una cinta roja en la frente con ceremoniosa determinación y ametrallaba sin piedad un lienzo en blanco sobre un caballete.

Este noviembre, cuando ya lo había olvidado, me encontraba en San Petersburgo aprovechando que Rusia es uno de los pocos países que no les piden visa a los colombianos. Y entonces vi en la calle el anuncio: “Sylvester Stallone. Painting. From 1975 until today”. Y no era en una galería comprada con sus millones: se trataba del Museo Estatal Ruso, dueño de la mayor colección de arte de ese país. Y nuestro héroe aparecía con una inédita serenidad –sin la boca torcida hacia abajo–, con un pincel y una espátula en una mano y una pintura abstracta y colorida al fondo.

2. La exposición, abierta hasta el 13 de enero de 2014, se compone de 36 obras vigiladas por unas ancianas que se toman muy en serio su trabajo de no dejar tomar fotos. La mayor parte de la muestra es sobre Rocky: Sly dice que la pintura le ayudó a construir al célebre boxeador de tercera que le aguanta doce rounds al campeón del mundo. Otra parte se dedica a Michael Jackson, cuya muerte al parecer le causó un gran impacto a Stallone. Todos están pintados con intensos colores y trazos entre salvajes e infantiles, muchas veces deformados, y con distintos elementosdispuestos desordenadamente: los títulos de las obras, símbolos de los universos de los personajes, palabras. Agresivas y caóticas, las piezas se inscriben dentro del expresionismo abstracto (varias con algo de action painting, como debería llamarse el movimiento creado por las estrellas de acción que pintan en sus tiempos libres), y recuerdan a Jean Michael Basquiat (al menos mucho más que las de Óscar Murillo, el Basquiat vallecaucano). También hay un espacio con fotografías, una tomada por Andy Warhol y otra en la que salen juntos con el famoso artista y, al final, una selección de cuadros en los que Stallone experimenta con manchas.

Como se advertía por los anuncios que había por toda la ciudad, este era todo un plan para los peterburgueses. El Castillo Mikhailovsky –sede principal del Museo, ubicada en la Plaza de las Artes– seguía como el día de la inauguración, a la que asistieron mil personas. Muchos, al parecer, nunca habían pisado un museo y lo hacían sólo por admiración hacia el ahora pintor. Entre la concurrencia había tres adolescentes que tarareaban agresivamente la guitarra de “Eye of Tiger” en su camino a la salida. Muchos dejaron mensajes en un cuaderno, del tipo “You’re super, you’re strong, you are a real champion!”. Otros sabían a lo que iban, y habían elegido la pose correspondiente: sin la mano en la barbilla con la que apreciarían algo de Magritte ni la afectada conmoción con que se entregarían a Rubens. Esto era Stallone y era necesario desconfiar, reírse, demostrar que se ha visto mucho arte y no dar el brazo a torcer ante algo menor: la pretensión de un hombre que se hizo millonario con películas que tampoco es que fueran gran cosa, un hobby que en su página de Wikipedia aparece en la sección “Otros datos” junto a su afición a las hormonas de crecimiento.

Pero la pose iba cambiando: la obra no estaba tan mal como esperaban quienes creen que Stallone es un pésimo actor –como en efecto lo es– y las risas arrogantes se convertían en esa cara de estupefacción que suele anteceder al juicio más común de la historia del arte: “tiene algo”. Entre las piezas más destacadas está Finding Rocky (1975), un dibujo de su cara de boxeador trazada bruscamente, con los ojos y sus contornos delineados con rojo porque, como dice Sylvester en la ficha: “si miras los ojos de un boxeador, ahí es donde está el dolor, ellos ven dolor”. En Mutant Man(1990), que se trata de cómo el artista se está convirtiendo en el personaje de Rocky, el cuerpo entero tiene en el interior trozos del guión. Por su parte, Never Ever Land(2010), referencia a la estrambótica mansión en la que Michael Jackson jugaba a Peter Pan, muestra al rey del pop con su icónica chaqueta militar de los ochenta y el mechón de pelo que le caía en la frente mientras todo a su alrededor se derrumba. Una de las obras más curiosas es Backlash (2011), que en una mitad tiene la pintura deformada de una portada de la revista Life con quien parece ser Apollo Creed –uno de los personajes que pelea contra Rocky– y, en la otra, un espejo de las mismas proporciones que muchos usan para acicalarse.

3. En Moscú, desde donde llegué a San Petersburgo, se percibe el contraste entre la austeridad soviética y las extravagancias del capitalismo desde la mismísima Plaza Roja: justo frente al sobrio mausoleo en el que se vive la tétrica y solemne experiencia de ver a Lenin embalsamado, como si sólo hubieran pasado unos días desde cuando murió en enero de 1924, se encuentra GUM, un centro comercial de 242 metros de fachada y marcas como Cartier, Apple y Zara. Pero Lenin no está revolcándose: vigilado por soldados que chasquean los dedos si alguien habla o entra con las manos en los bolsillos, el político no parece muy afectado por eso o porque frente a la Plaza Pushkin –algo así como el Shakespeare ruso– quede el lugar escogido por los estadounidenses para poner la primera de sus empresas en el otrora suelo bolchevique: un McDonald’s. Y no cualquiera, sino el más grande del mundo. Lenin, por último, tampoco se está revolcando porque los excesos capitalistas hayan llegado tan lejos como para que en San Petersburgo esté Stallone mostrando sus pinturas.

4. Sly dice que no creía que su obra fuera a exponerse en este museo, a pesar de que ya había estado en 2009 en Art Basel Miami Beach, donde además vendió algunas piezas entre 50.000 y 120.000 dólares. Tampoco pensó que fuera a tener consecuencias políticas. El día de la inauguración, miembros del Partido Comunista de Leningrado –como se llamó esta ciudad durante la Unión Soviética– pidieron a través de un comunicado que lo enviaran ante la justicia y cancelaran el evento. Sorprendentemente, su queja no tenía que ver con la recordada paliza a Iván Drago en Rocky IV, sino con lo acontecido en Rambo III, cuando con el ceño fruncido y todas las venas de su cuerpo a punto de estallar se amarró la cinta roja en la cabeza y fue a Afganistán a ametrallar a todo el ejército ruso. Eso, por supuesto, dejó entre el público local heridas que aún no sanan: “para quienes nacieron y crecieron en la Unión Soviética, Rambo/Stallone siempre será una personificación de la Guerra Fría y la maquinaria militar estadounidense, alguien que mató incontables soldados soviéticos… Stallone se refirió a nuestro país como un imperio del mal, él era un soldado de Reagan”, decía el documento. Al final, añadía argumentos estéticos: “es un mal actor y pésimo pintor… un rusofóbico que se ha instalado donde obras maestras de la pintura rusa han estado durante más de un siglo”. En eso tal vez tienen razón: Kandinsky y Levitán sí que deben estar revolcándose en sus tumbas, aunque el director del museo, Vladimir Gusev, piense lo contrario: “estas pinturas muestran el carácter de un hombre apasionado, no son de un principiante; es un verdadero artista… el Museo Ruso no muestra artistas flojos”. Stallone, entretanto, selló la discusión con un parlamento de clímax cinematográfico: “Si alguien piensa que mi presencia aquí y esta exposición son un desafío, tal vez tienen razón. Siempre me han gustado los retos”.

5. Ese mismo día, Sly declaró que habría preferido dedicarse a la pintura en lugar de la actuación y remató con un “pienso que soy mejor pintor que actor”. Kandisnky y Levitán, desde sus tumbas, seguramente estarían de acuerdo. Pero también lo estarían con Konstantin, uno de los visitantes de la exposición que escribió mensajes: “I like very much your paintings and your films, such as Rocky and Rambo. Good luck!”. Claramente, sus pinturas son sus películas y viceversa.

6. Mientras tanto, en algún lugar de San Petersburgo, los más prestantes se preparaban para vivir otro de esos excesos del capitalismo: ver a Paris Hilton poniendo música.

 

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