POR: Laura Díaz Martínez FOTOGRAFÍA: El Gato Fotógrafo Martes, 17 Junio 2014

 

¿Qué hace un gato de noche por Bogotá? Este no caza ratones ni trepa tejados. Les presentamos a un felino entregado a la rumba de la ciudad.  

 
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“No se queden ahí parados, vayan a bailar”, fue lo primero que nos dijo el Gato –a mí y a mi amigo–, mientras saludaba a uno de los encargados de la seguridad del bar, empezaba a bailar y armaba su cámara para ponerse a trabajar. Habíamos quedado de vernos a las 11:30 PM para hacer un recorrido por diferentes escenarios de la fiesta en la ciudad. La cita era frente a La Villa, uno de los bares más populares de la 85, al norte de Bogotá. Cuando llegó, entró “como Pedro por su casa”, saludaba a uno y otro. Todos saben quién es. O bueno, todos los que conocen la movida nocturna en la capital.Se llama Alejandro Acosta –como no le gusta que le digan– y tiene 21 años. El Gato, como es conocido, fue el apodo que le puso su abuela desde pequeño, y no precisamente por sus ojos claros sino por que, de niño, prefería subirse a los tejados para leer tranquilamente sus libros. Lo ven llegar y lo observan, comienzan a murmurar y algunas chicas bailan para llamar su atención. El bar está a reventar, de fondo suena un poco de electrónica, algo de reggaeton viejo y una pizca de rock. Y para menear las caderas, sacar los mejores movimientos y destacar la sensualidad femenina, los DJ no demoran en poner eso que ahora llaman “champeta urbana”.
 
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Mientras el Gato se escabulle entre la gente hasta llegar a la tarima, se toma un vaso de jugo de naranja y saluda a los barman. Luego de unos cuantos disparos con su cámara, aparece un hombre disfrazado de banano. El Gato sabe que ahí está la clave de la locura. Ahora sí comenzó la fiesta. Sin pensarlo, se va con ese personaje a la caza de las imágenes del clímax. Música, baile, sudor, alcohol, mujeres, un banano humano y un gato fotógrafo recrean la imagen de la primera parada de la noche. Antes de perder por primera vez de vista al Gato, le pregunté –mientras armaba su cámara– cómo sabía qué elementos usar en cada lugar. Esperaba que me explicara las condiciones de luz, o que la temperatura varía según… bla bla bla, esas cosas en las que suelen fijarse los expertos antes de tomar una foto. Pero él no.
 
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Para sorpresa mía, me explica que “todo depende de la fiesta. Esta —refiriéndose a la de La Villa— es una mucho más movida, de perreo, de caderas… entonces no me complico para las tomas, lo que tengo que registrar es justo eso”. Y ahí estaba, bailando con la gente y disparando sin parar cada vez que una chica accedía a beber de la botella que “el banano” estaba rotando por todo el lugar. Yo, mientras tanto, intentaba entrar en ambiente –como él me lo aconsejo–, bailando y mirando a los asistentes. Había extranjeros tomando cerveza, mujeres seductoras con sus acompañantes, hombres buscando pareja y rumberos veteranos que no abandonan el hábito nocturno. Cuando menos lo esperaba, y me empezaba a sentir más cómoda, apareció el Gato corriendo emocionado y diciéndome: “¿Listo? Vamos para otro lado”. Salí corriendo detrás de él. Íbamos en busca de un taxi que ya había pedido por alguna aplicación para el celular. En el camino me contó de su vida. Estudia Artes Visuales en la Universidad Pedagógica Nacional, lo que ha influenciado su estilo fotográfico; según el lugar y la fiesta crea un concepto alrededor en el que el color y la composición juegan un papel fundamental. Salió muy joven del colegio y entró a la Universidad Sergio Arboleda con una beca para estudiar Matemática. Sin embargo, y a pesar de su buen rendimiento, no se sentía cómodo y se retiró. Decidió estudiar actuación pero la presión del medio y los estereotipos que se han adoptado en el mismo, no le permitieron, como persona y por decisión propia, continuar en este campo.
 
Se inició tomando fotos gracias a su abuela, quien uso su poder persuasivo para que comprara la primera cámara en vez de una consola para ser DJ, como el Gato tenía en mente para ese momento (aunque él aún no descarta esa posibilidad a futuro), una Canon T3i, la misma con la que empezó a trabajar esa noche. Aprovechando que tenía amigos que trabajaban en diferentes lugares dedicados a la rumba, el Gato comenzó a trabajar tomando fotos. De manera autodidacta, y casi automática, comenzó a manejar su cámara y a realizar imágenes que no cualquiera podría hacer, aunque su modestia no le permite reconocerlo. No tardó mucho en hacerse popular en las redes sociales y, obviamente, en los bares. Además, marcas de trago comenzaron a buscarlo para registrar eventos. Desde entonces ha estado en todo tipo de fiestas. Si bien es cierto que actualmente el Gato se la pasa de rumba en rumba, no es una maroma fácil para este felino. En una noche –tres días a la semana– puede ir a cuatro lugares diferentes. Por eso lo conocen como el paparazzi de la noche.
 
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Llegamos al nuevo destino: Baum, un bar dedicado a la música electrónica, la favorita del Gato. De inmediato lo dejan entrar, y con él –como su invitada– entro yo. En un par de segundos, desaparece de mi vista otra vez. Como todo buen gato, se escabulle fácil. Intento buscarlo en los diferentes ambientes y, así como cuando se va, también aparece cuando quiere.Casi como un ritual, el Gato comienza sus fotos –esta vez con una Canon 6D y con ayuda de un flash– por los DJ. “Ellos son el motor de la fiesta”, señala en alguna de nuestras fugaces charlas de la noche. Este sitio tiene un ambiente totalmente diferente al anterior. Entre las personas priman los tonos oscuros. Cada cual está en su cuento. Hay una gran cantidad de extranjeros y gente guapa por doquier. La música estalla en el pecho y resulta inevitable bailar. Caminando hacia el otro ambiente del lugar, destinado para los fumadores, me encuentro al Gato. Lleva otro vaso en la mano y le preguntó qué está tomando, me dice que jugo de naranja –otra vez–.
 

—¿No bebes en las fiestas?

—Pierdo la noción de lo que estoy haciendo. Prefiero concentrarme en las fotos.

 

—¿Cuál es tu trago favorito? ¿Cómo haces para contenerte?

—La ginebra me encanta. Pero la verdad casi no bebo, no me gusta mucho.Mientras hablamos, no para de mirar a su alrededor. Como todo gato es inquieto. Interrumpe la charla para tomar una foto y vuelve para decirme que luego nos vemos, que va a ir a trabajar. Continúo mi camino hasta un espacio al aire libre, con un árbol de ramas largas y tronco fuerte en el centro. Ahora entiendo: Baum en alemán traduce árbol.Es un ambiente denso aunque ligero. En las miradas se evidencia la camaradería y se respira complicidad. Todos saben que allí son libres de prejuicios o incomodidades y la música es la banda sonora perfecta para cada movimiento de la noche. Luego de un rato, muchos parecen más retraídos, menos el Gato, que va y viene por todo el lugar.En un encuentro, él me confiesa que aquí piensa mucho más cada foto. Juegan muchos elementos, además de la luz o la música. La gente es más “discreta” –por decirlo de alguna manera– y no todos están dispuestos a salir en fotos o les gusta ver interrumpido su baile por un flash.

 

 
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De alguna manera, esto parece más cómodo para el Gato. Odia las fotos posadas o que le pidan una mientras, con punzadas en los hombros, alistan su mejor sonrisa. Los gatos son depredadores por naturaleza, y él no es la excepción.Cuando me lo encuentro por última vez, me dice que se va a quedar lo que queda de la noche –y el amanecer– allí.Al otro día (domingo previo a un lunes festivo) nos encontramos cerca de las siete de la noche en Usaquén, en el lugar donde se realiza la fiesta Rooftop By Gora. Cuando veo al Gato, me saluda alegre. Al igual que el día anterior, me dejan entrar sin problema. “¿Usted viene con el Gatico? Entonces siga, siga”, oigo al encargado de la entrada mientras bromea: “lo que usted diga es ley”, repite. El Gato sonríe y lo abraza.
 
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Estamos en el hotel donde se lleva a cabo una de las mejores parrandas de electrónica de la capital. Subimos al ascensor para llegar a la terraza. Apenas se abren las puertas, el Gato comienza a bailar con los brazos al aire y la cámara en una mano.La noche anterior confesó su preocupación para innovar constantemente. Aunque pocos hacen fotos como él, teme que en algún punto todas sus fotos comiencen a verse iguales. No obstante, esta noche en Rooftop entiendo por qué es el paparazzi de la noche: mientras hacía una parada en su casa para cambiarse de ropa y volver a salir (esta fiesta se caracteriza porque empieza a las dos de la tarde) se topó con una lupa de su abuela y se le ocurrió comenzar a experimentar con ella.
 
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Él ha bautizado algunas de sus creaciones como la No foto, dedicada a todos los que no quieren una foto pero caen en su lente. O también está la Selfiecat que, como su nombre lo indica, es una toma en la que él le da la cámara a alguien para que se autorretrate. O un viaje de color y movimiento, a lo que el Gato denomina Tripipic. Sin duda, estas son las imágenes más populares.
 
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Al poco tiempo de haber llegado, se escabulle. Hago un recorrido por el sitio y disfruto de la música de una DJ muy joven que, mientras mezcla de forma impecable, hace intervenciones con una voz increíble. Todos están fascinados con ella, incluyendo al Gato. Las mujeres parecen salidas de un sueño y los hombres se roban el protagonismo con su actitud relajada pero refinada. Todos bailan entre relámpagos de luces.El Gato cumple con su cuota de fotos pero no para de observar y disparar si ve la ocasión. Mientras comienza a vencerme el cansancio, él se recarga en cada baile. Decido irme. Luego me entero de que él siguió la fiesta en otro bar de Bogotá.Aunque por ahí dicen que “cuando el gato no está los ratones hacen fiesta”, definitivamente no aplica en este caso: sin este gato, el Gato fotógrafo, no hay fiesta. 

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