POR: Andrea Melo Tobón VÍDEO: Andrea Melo Tobón Jueves, 23 Abril 2015

Desde un venado colgando hasta una lámpara desmembrada, Andrés Matías Pinilla explora colores, formas y patrones hablando de migraciones y mestizajes entre Europa y las Américas.
Pero también habla de la nada. 

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Andrés cogió el lápiz como escape desde que era muy pequeño, uno de sus primeros dibujos fue uno de Don Gato, personaje de Hannah Barbera, “que ahora parece un ícono adoptado por los hipsters”. Le gustan los rompecabezas de obras de arte, los Playmobil, los avestruces y los electrodomésticos. Y prácticamente todas estas obsesiones se encuentran en sus obras.

Cuando era más joven, se sentía atraído por ciencias como la química, la física o la matemática porque le gustaba mucho la manera en que se descifraba el comportamiento de algo a través de ecuaciones, se le hacía increíble. “Yo creo que soy muy disperso y no me gusta sentirme tan obligado a adoptar una actitud científica, y supe que desde el arte podía tocar todas esas cosas y ponerlas a conversar entre ellas”, afirma Andrés.

Andrés Matías Pinilla cree que en las dicotomías de nuestra cultura hay algo que explorar. Más allá de la crítica de lugares comunes, su técnica es cruda y rescata sensaciones que se pierden en el tiempo, que gustan y disgustan.

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Ha participado en diversas exposiciones colectivas e individuales desde el 2008, en las que se destacan: A la memoria del muerto!, Galería Doce Cero Cero (2014), el V y VI Salón de Arte Bidimensional de La Fundación Gilberto Alzate Avendaño (2011-2013), Artecámara, artBO, (2013), No Todo lo que Brilla es Oro, Pop-Up Art Gallery Valenzuela Klenner, Cartagena (2012), La Otra (2011), No soy un rockstar, soy un amo de casa, Galería Santa Fe (2013) y su próxima participación en la Bienal de Mercosur en Brasil. Ha sido beneficiario de la beca de circulación de la Galería Santa Fe del Instituto Distrital de las Artes, IDARTES (2012).

Le gusta desde György Ligeti hasta Pierre David Guetta –sí, el Dj–. No se complica diciendo que prefiere tal o cuál género sino que más bien le intriga esa fórmula de perfección sonora que tienen muchos de los hits actuales que hacen que sean inevitables de tararear hasta para el más alternativo y underground.

Hace seis años viajó a Alaska, donde aprendió a diferenciar los tipos de salmón que luego serían comercializados a diferentes rincones del mundo. Desde ahí, se convirtió en una de sus comidas preferidas. “La experiencia muy particular pues iba en una avioneta que parecía un cebollero con alas, vibraba y las turbinas retumbaban en los oídos, pero el paisaje era de no creer, con esos tonos que solo se dan en los polos, unos colores casi rosados saliendo de las montañas”, cuenta el artista. Tal vez por esta experiencia, muchas de sus obras muestran la carne, el pollo o el cerdo en su estado más crudo; en la sanguinolencia que aterra a muchos y en la saliva que produce en las bocas de ateos y creyentes de los animales como consumo.

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Aunque ha expuesto en varias galerías del circuito artístico de Bogotá, Andrés Matías no ha llegado a mostrar toda su obra porque estos espacios no siempre contemplan montajes que incluyan una reproducción a tamaño real de una vaca vomitando leche sobre el suelo. Así es el arte.

Por ahora tiene su taller en el Bogotá Art District, una zona escogida por el Distrito para que artistas puedan trabajar en sus obras en casas deshabitadas. Andrés y otros artistas arreglaron el espacio y lo adecuaron para que cada uno pudiera desarrollar sus ideas con tranquilidad. Incluso, una de las piezas que expondrá pronto es el cadáver de una lámpara dispuesto sobre un fórmico “azul geriátrico”, casi taxidérmico, como si fuera una mariposa.

No tiene un método específico y, de hecho, lo que más le gusta es no tener clara la manera para desarrollar cada uno de los proyectos. “Puede surgir de una conversación pequeña como una referencia a una película, una canción o una situación. Cada instante trato de reevaluar lo que hago, ser capaz de cuestionarme constantemente: eso potencia lo que hago”.

Andrés tiene una colección de lápices de colores que envidiamos, un trazo que no caricaturiza sino que atrapa en su detalle y en sus efectos de luz y el deseo de no definir el arte más que por su propia mano. Puede que lo próximo que se vea de él sea una crítica al lagartismo colombiano por lo europeo o, simplemente, la combinación de dos colores muy lindos.

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