POR: Andrea Melo Tobón Miércoles, 19 Octubre 2016

Este artista encuentra en la animación una forma de cuestionar y cuestionarse.

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A los cinco años Simón Wilches vivió en Inglaterra y allí conoció la película de los Beatles El submarino amarillo, una historia animada en la que la banda es capturada en una burbuja e intenta devolverle al mundo el color y la música robados por los Malditos Azules. Después de verla, Simón se preguntó cómo se hacía eso y le tomó cerca de diez años entenderlo.

Cuando volvió a su natal Popayán, hacía animaciones con Power Point pero no podía sacarlas de su computador. En 1998 encontró el sitio www.doodie.com –cuando Internet apenas estaba llegando al país– en el que cada día un tipo hacía “animaciones sobre cagar” y un día decidió contarles a sus visitantes cómo lo hacía: con Flash. Simón buscó el programa, lo descargó y todo cambió para él.

Años después se encontró al animador de Doodie en Los Ángeles y le dijo que su página le había cambiado la vida.
—¿La de las cagadas?— Simón asintió —Es la primera persona que me lo dice.

El papá de Simón siempre decía un chiste: “el momento más feliz fue cuando pude entregar la educación de ustedes a Los Simpson”. Y esa formación no fue gratuita: Wilches ha realizado varios proyectos de crítica y sátira como el videoblog Parodiario (2006) con Santiago Rivas y Clara Arrieta y la serie de animación Pequeño Tirano (2009) con Santiago Rocha y Diego López, en los que aprovechó las posibilidades de la web.

“Cuando hicimos Pequeño Tirano había una carencia de sátira política, a excepción de La luciérnaga y uno que otro caricaturista, pero eso cambió tanto que hoy en día está presente casi que en todas partes y empecé a darme cuenta de que la sátira es algo tan normal que pierde su función social, que es apuntar a los problemas de verdad, porque se queda solo en la forma pero de ahí la cosa no trasciende”.

Para Wilches, la verdadera rebeldía consiste en tratar de pintarle un mundo distinto a la gente, empezar a generar, desde las ficciones y desde la creatividad, ideas de un mundo mejor y cómo vamos a alcanzarlo, no solamente pensar en lo fregados que estamos sino en lo que podríamos ser.

Después de pausar sus proyectos de sátira, Wilches fue reconocido en las artes de la animación gracias a su corto Semáforo, que le dio premios como el de mejor animación en el Adobe Achievement Awards 2013, en la selección sudamericana del Festival Internacional de Animación de Melbourne en 2014, mención honorífica en el Festival Blackrock de animación y mejor película de estudiante en los Annie Awards, entre otros.

Este cortometraje surgió de una necesidad de cambiar los tonos lúgubres y el ritmo pausado de las animaciones que Wilches conocía de Colombia. Decidió coger los colores del artefacto para darles un giro imaginario: el rojo no representa siempre sangre y el verde no siempre es naturaleza y libertad y usó como escenario esos pequeños circos que se forman en las esquinas de los semáforos. “Mucha gente llegó a preguntar esto de qué se trata, y creo que esa es la función del arte, dejar a la gente con preguntas”, dice Wilches.

Aunque suene como un proceso apenas metafórico, cada pieza que elabora este colombiano tiene una extensa investigación. En el caso de Semáforo creó una asociación entre la figura del circo y la de la guerra, tomando como base un informe sobre la masacre de El Salado (Carmen de Bolívar) que se llevó a cabo en febrero del año 2000 y donde asesinaron a 60 personas, 8 mujeres y 52 hombres.

Wilches describe hacer cortos como hacer perfume: se inspira en algo que puede ser emocional o intelectual, recolecta materiales, define la historia, los elementos, la estructura y también entran a jugar las inseguridades personales: ¿es lo suficientemente bueno? El deadline y todos esos elementos que no se pueden calcular en un acto creativo, a veces actúan a su favor: mucho de lo que sale bien es producto del afán y para él genera un calor y una electricidad única en el trabajo. “Al final lo que se destila es eso, son unas goticas de algo que uno espera que huelan bueno, como el perfume, pero comienza de un universo gigante hasta comprimirlo en una cosa que ojalá sea muy contundente y que tenga peso”, afirma.

En este momento Simón Wilches realiza todo su proceso en el computador. Anima en Photoshop con una tabla y trabaja con pocas herramientas de este programa –el dedo y el borrador–. Dice que encontró un error en el sistema y descubrió que puede pintar con el dedo y eso genera una textura de pintura: “hay gente que piensa que yo pinto en lienzo, y no, es con el dedito”.

Hace poco más cinco años Simón vive en Los Ángeles, adonde llegó gracias a una beca en la Escuela de Bellas Artes y una beca Fullbright de esa ciudad y actualmente es animador de Titmouse, Inc. En este estudio se realiza anualmente un festival en el que se muestran los proyectos personales de los empleados y, en su primer año, Wilches decidió hacer algo totalmente distinto al estilo de acción o amor de los más experimentados. La tortilla vertical es una historia existencial sobre una persona a la que se le clava un Dorito en la boca. Cuando lo presentó, el ambiente estaba tenso y había mucho silencio, pero poco después entendió que había hecho bien: los productores le comenzaron a dejar proyectos cada vez más largos para dirigir. Recientemente estrenó una animación junto a Einar Baldvin para Apple sobre el relanzamiento de los ebooks de Game of Thrones en la que tuvo libertad creativa para hacer una historia visceral y rústica. Hoy está en camino de hacer una por cada libro.

Wilches se encuentra desarrollando en este momento dos proyectos, además de los encargos que recibe. Uno es un cortometraje llamado Contacto sobre la gente que ya no se mira a los ojos por estar pendiente del celular: “es experimental, estoy tratando de regresar a la estética de Semáforo pero con mucho más de berraquera”. También decidió retomar a los payasos gracias a una colega que le contó el miedo que le tenía a estos personajes porque su papá, además de ser profesor, era payaso y cada vez que lo veía ponerse el maquillaje sentía que desaparecía su padre y aparecía un monstruo. Wilches quiere hacer un corto sobre alguien que se convierte en una figura grotesca que quiere hacer reír pero en realidad asusta a todo el mundo. “Eso me rayó mucho la cabeza porque empecé a hacer una asociación con los artistas: al final todos tenemos ese rollo de tener que actuar o entretener”, afirma.

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Como inmigrante, Wilches se siente dividido en dos: por un lado extraña su familia y los proyectos con sus amigos sobre lo que ocurre en Colombia; por el otro están las infinitas oportunidades que tiene la animación en Estados Unidos. Una cosa que ha identificado es que la industria es una anestesia: “uno entra y le empiezan a pagar y se le olvidan las preocupaciones económicas y eso es maravilloso pero también hace que se acabe el hambre y el hambre para los artistas es importante”.

En el año 2006, Simón Wilches estudió Artes en la Pontificia Universidad Javeriana, obtuvo Mención honorífica para el desempeño académico en su proyecto de grado. En 2008 entró a la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños en Cuba. En 2010 y 2011 estudió en la Universidad del Sur de California y ganó el Premio Colfuturo / CNAAC para cineastas.

 

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// Imágenes cortesía Simón Wilches //

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Animación Arte Video

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