POR: Bacánika Lunes, 25 Enero 2016

Samuel nació en Pasto e hizo sus estudios en Buenos Aires. Actualmente asiste a los artistas argentinos Karina Peisajovich y Pablo Siquier. Lasso recibió el Premio Arte Joven 2015 por su obra Módulos para un sol y hablamos con él para conocer más sobre su niñez, el rol del grafito en su vida y lo que lo inspira.

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¿Cuándo o cómo se dio cuenta de que quería ser artista?

Yo creo que hubo dos instancias: la primera, que desde chiquito dibujaba, por lo que era obvio que yo iba a estar encaminado hacia las artes, pero cuando salí del colegio entré a estudiar publicidad y recuerdo que las primeras clases me parecieron horribles, por lo que paré y decidí indagar en mí y me di cuenta de que lo mío eran las artes visuales.

¿Recuerda uno o varios dibujos de cuando era pequeño?

Tengo dos dibujos muy presentes: uno que salió publicado en un periódico de Pasto que hizo una convocatoria para dibujar los 101 dálmatas y yo estaba muy feliz de verlo impreso. El otro es de Andrómeda, de los Caballeros del Zodíaco –los amo–, que hice cuando era pequeño, yo creía que me quedaba igualito y mis amigos me decían lo mismo, pero pasaron siete años y lo volví a encontrar ¡y no se parecían en nada [risas]!

¿Cómo ha influido Pasto en su trabajo?

Muchísimo porque muchas de mis obras hablan sobre el entorno como paisaje en Colombia, de hecho, hace poco hice una exposición sobre el volcán Galeras. Nariño me gusta: es frío, nublado, llueve bastante y casi todo se ve blanco y esas líneas de lápices me encantan. Yo siempre dibujo con H (tipo de lápiz ideal para esbozos, líneas guías de acuarela y dibujo técnico) para tratar de mantener ese contraste mínimo que generan esos ambientes.

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¿Cuáles son los olores, sonidos o imágenes que más tiene presentes de Pasto?

El olor a leña y a sancocho cocinado en ella me recuerda a mi mamá, el de la humedad cuando recién cae la lluvia y el de las empanadas que me encantan. En cuanto a imágenes, cuando veo un logotipo de pollo siempre me acuerdo de Pasto porque aquí hay una línea muy importante que se llama Mr. Pollo y todo pastuso sabe qué es eso.

¿Encuentra algún contraste marcado entre lo que le enseñaron en la academia y lo que ha experimentado hasta el momento como artista?

Sí, muchísimo. Estudié en Buenos Aires y era bueno porque me daba un montón de información de artistas contemporáneos y no contemporáneos, de academia o no academia, pero todo era una burbuja que brindaba conocimiento y más conocimiento. Pero me gradué y ¡pum!, se explotó y me quedé ahí con un saber que a veces es difícil aplicar y que me dejó vacíos como aprender a buscar salones alternativos de exposición o cómo presentarse a convocatorias. No se enseña esa parte más vivencial y es una cosa que creo que la universidad debería hacer porque no es nada fácil.

Es una percepción pero siento que hay algo latente en su obra y es la fragilidad como material y como eje…

Sí, totalmente, qué bueno que se sienta. Todo empezó hace años cuando quería escribir sobre la lluvia y no sabía cómo y lo que más me interesó en realidad fue ese instante en el que llueve y deja de llover, en realidad no me interesa la lluvia sino el tiempo –la caducidad del momento– y empecé a encaminarme y todos mis proyectos van hacía allí. Hay uno sobre una cascada en el que hay unas ramas puestas en equilibrio con piedritas que en la exposición se cayeron tres veces, es como eso: instantes importantes, instantes míos en los que digo: “¡qué lindo que está el cielo!” y hago una obra sobre el cielo y sobre ese instante, no sobre otra cosa. Es muy vivencial y momentáneo.

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¿Qué momentos, espacios o actos lo inspiran?

A mí me ayuda muchísimo caminar, y gasto un par de zapatos al año andando rodeado de ciudad –que es lo loco porque mi obra no trata mucho sobre la ciudad–, en esos momentos, encuentro cosas. Por ejemplo, un día estaba caminando cuando miré con detenimiento las líneas de agua que estaban fluyendo alrededor de los carros y acerqué la cámara tanto que pude ver plantitas, en ese momento todo se descontextualizó y era absolutamente un paisaje natural y cuando lo presenté en un trabajo, todos me preguntaban por el lugar y poco a poco se dieron cuenta de que era la ciudad. Y es así, la ciudad es muy importante para mí, me agrada mucho estar rodeado de eso.

Algunos tenemos unas reglas a la hora de existir y de tratar de sobrevivir en este mundo. ¿Podría decirme tres mañas o reglas que sean inamovibles para usted?

Tengo muchas. Una cosa que siempre pasa es que antes de trabajar duermo dos horas, siempre que sucede me despierto muy enérgico y ahí empiezo a trabajar hasta las cuatro o cinco de la tarde.

Además, siempre estoy escuchando música, cuando trabajo es necesario y no puedo ceder a no escuchar música, para mí es fundamental.

Y no puedo ver una película de Hollywood ni a bala, me pone de mal humor porque estudié publicidad y quedé con el rollo grotesco de las estrategias de consumo. Ni eso ni series, solo con dibujos animados.

¿Mañas en su proceso creativo?

Tengo una y es que siempre dibujo todas las instalaciones antes de montarlas –de cómo me las imagino en el espacio–, por lo que tengo una carpeta llena de mis proyectos, uno por cada obra hecha, siempre lo hago en unas hojitas de A4 blancas con lápiz H3. En el computador tengo una carpeta que se llama “Trabajos” y tiene dos carpetas: en la primera están todos los trabajos que he realizado y en la segunda, todas las ideas que se me van ocurriendo, tengo un total de 42, unas más importantes que otras.

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Cuéntenos del proyecto Módulos para un sol, ganador del premio Arte Joven 2015, ¿cómo surgió?

Ese trabajo fue bien raro porque vino de un sueño –no me suele pasar así, primero pienso en un concepto y luego lo aplico–: soñé que mis papás subían a unas sillas que parecían tronos y empezaron a querer más y más y yo me di cuenta de que las sillas estaban puestas sobre el sol y yo les quería decir que estaban empezando a quemarse cuando me desperté. Fue un sueño que tuve toda mi infancia y lo volví a tener hace unos años y quedé tan choqueado que no fui a la universidad por dos semanas, durante esos días desarrollé los grabados, uno tras otro porque quería recrear el sol.

El concepto no estaba armado, me acuerdo que yo solo tenía las piezas, las tenía en un formato más pequeño con solo color para ver si la superposición se daba y ya luego la pasé a algo grande para comenzar a trabajar en el concepto. Esta historia quería dejarla para una anécdota más personal, por lo que le pasé un texto inicial a una amiga curadora (Mariana Rodríguez Iglesias) en el que le decía que eran soles, y ella me cuestionaba: “eres muy ambicioso”. Y la palabra ambición se me quedó fija en la cabeza, esa era la palabra. A partir de ahí, armé el concepto.

¿Y sus papás saben de este sueño? ¿Qué le dijeron?

Sí, recuerdo que una vez mi mamá me mintió porque me dijo que si le contaba el sueño no lo iba a volver a tener y lo tuve.

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¿En qué espacio no convencional le gustaría exponer?

Me gustaría exponer en dos espacios: en un galpón, pero uno verdadero. En Argentina se están dando muchas exposiciones en espacios así pero son blancos y limpios –son galerías gigantes– pero me gustaría en un galpón sucio y real, de hecho al lado de mi casa hay uno y cada vez que pasó digo: ¡Dios, quiero hacer algo ahí! Y el segundo es mi casa: me gustaría tener una casa e invitar a mis amigos y generar algo ahí, eso surgió gracias a que en clase de arte nos contaron que Helio Oiticica hacía eso a veces y pensé que era genial.

¿Qué consejos le daría a los artistas que están iniciando su carrera?

Que no se cierren, que estén abiertos a todas las opciones que da el arte y que no tengan miedo a encontrar una salida laboral, que es algo que muchos tememos cuando estamos estudiando, ya sea por prejuicios familiares o sociales. De hecho, hay muchas salidas porque pueden dedicarse a la publicidad o a lo digital.

En cuanto a sus proyectos, lo más importante es que sean sinceros, que hagan sus obras con el corazón. Yo creo que eso es lo que más se valora porque uno se da cuenta cuando una persona no es sincera o es pretensiosa.

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¿A. M. o P. M.?

P. M., A. M. cuesta.

Top de materiales que le gusten mucho

Grafito y papel. Bastante básico, pero como buen grabador soy un amante del papel y tengo de todos los gramajes, de hecho, los de Módulos del sol los encontré indagando uno por uno, y di con ese papel japonés de ocho gramos que es casi nada, es como una servilleta. Y el grafito me encanta en polvo, en barras o mineral. Amo el grafito.

Recientemente, Samuel Lasso ha expuesto en HILO Galería, en Miami, en la Universidad del Museo Social Argentino, en la Universidad Torcuato Di Tella de Buenos Aires y en Bogotá se ha presentado en ARTBO, en la Galería Nueveochenta y en el Museo del Banco de la República.

Si quiere saber lo que escucha Samuel Lasso mientras dibuja, no dude en poner este playlist:

 

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Escuche este podcast en alianza con Radiónica:

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