POR: Bacánika Martes, 14 Julio 2015

A esta artista le gustan lo manual, las posibilidades del papel y la construcción de la percepción. Es delgada, blanca y casi nunca muestra sus manos porque tiene la huella de su arte en ellas: cortar, pegar, volver a cortar, errar y empezar de nuevo. 

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aite es bogotana, dice que es de esos casos raros de personas que se sintieron presionadas por sus papás para estudiar artes porque creció en un ambiente lleno de clases particulares. Una de ellas fue un taller con la escultora Julia Merizalde, quien le hizo entender de qué iba la cosa.

Paralelamente, en el colegio Maite tenía otros intereses. Quería estudiar biología porque le fascinaba el libro de la materia: había muchos dibujos y tocaba hacer esquemas; por otro lado, su colegio era un poco raro y los estudiantes tenían que hacer una especialización llamada La maturitá. “La mía era de biología y química; me iba muy bien en la primera pero en la segunda no tanto, así que se me frustraron los sueños y, al mismo tiempo, yo estaba en el taller de Merizalde: ahí me di cuenta de que estaba divertido hacer eso”, cuenta Ibarreche. Junto a la maestra aprendió modelado de arcilla, dibujo, escultura y pintura con técnicas muy tradicionales: “si uno va a hacer un performance o esas cosas que hacen los artistas contemporáneos, es mejor tener esos referentes”, dice Maite. Estudió artes plásticas en la Universidad Nacional y se graduó hace casi tres años. Se dedica a su obra pero también hace otras cosas, como la producción y montaje de exposiciones.

Además de su interés por rescatar los procesos manuales y los referentes clásicos del arte, a Maite le interesan la pornografía y los libros. A la primera llegó porque, cuando tuvo una crisis con un novio –en esos momentos en los que uno se siente bruto–, le preguntó qué podía hacer y él le respondió: puedes ser actriz porno. Al principio se indignó con la respuesta pero después se quedó pensando y empezó a reflexionar y a tejer una obra sobre ello. “Tenía que responderme unas preguntas al respecto, y eso no implica que sea la consumidora de porno más grande, pero tenía cierta distancia con esas imágenes y quería saber por qué”, afirma Maite.

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Este proyecto parte de una investigación histórica sobre la pornografía y su relación con los dispositivos de la mirada desarrollados a lo largo del siglo XIX. Emulando aparatos como el praxinoscopio y el kinetoscopio, las cajas contienen una sobreposición de imágenes pertenecientes a una secuencia de una película pornográfica. Así, se desarrolla una reflexión acerca de la relación entre la mirada, el conocimiento y el placer, e invita al espectador a cuestionarse sobre sus hábitos de observación y la manera en que sitúa ciertas imágenes en determinadas categorías estéticas y éticas.

Para ella, la pornografía va más allá de la penetración, cree que nada es pornográfico en sí mismo: una cosa es la imagen, otras son la experiencia pornográfica, la industria y la parafernalia que hay alrededor. “Aún hay muchos matices, y más en el mundo de los artistas donde uno es una especie de seductor profesional; y más yo: soy una mujer a la que le gusta coquetear”, confiesa Ibarreche.

En el trabajo de Maite, el collage es un elemento casi constante: imágenes se superponen entre letras, trazos, colores y texturas. Además de su apuesta por poner el cuerpo humano en su pose más natural, tiene un trabajo en el que interviene libros, sacando todo de su interior y convirtiendo esas hojas en otro ser que habita el volumen. En un momento histórico en el que casi todos tenemos la cabeza funcionando como un browser (esa capacidad de tener mil cosas en mil ventanas diferentes y poder saltar de la una a la otra), Maite se pregunta cómo conjugar eso con el conocimiento que viene desde los libros. Por eso, muchos de sus trabajos lo que hacen es preguntarse si el proyecto enciclopédico, este ideal de la modernidad, estaba destinado al fracaso porque nosotros ya teníamos la cabeza como en una red.

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Ella parte del papel, de los diferentes tipos de papel, de la historia del mismo y de su textura. “En todo hay capas, y lo chévere de esta forma de trabajar y de las posibilidades que da este mismo material es que precisamente se puede trabajar con varias capas”, afirma.

Maite además de artista es montajista; es decir, es una de las personas que se encarga de colgar las obras, de distribuirlas en el espacio y hacer que una exposición sea algo más que una vitrina de obras, sino que se convierta en una experiencia. “No tiene nada de harto, físicamente sí es muy extenuante –hay días en que no siento los brazos–, pero de resto creo que no he tenido la primera experiencia mala con eso. Y no es como que sea algo que me haya ayudado a ser mejor artista, pero sí me ha servido para darme cuenta de cómo hago y a entenderme como artista”, cuenta.

Maite ha expuesto individual y colectivamente desde el año 2010. Ha pasado por la Galería Doce Cero Cero (Sobre las palabras de otro, 2013) y la Sala de Proyectos del Museo de Arte Contemporáneo de Bogotá (H_jas de p_rra, 2013). Entres sus exposiciones colectivas se destacan Ensayos sobre la fragmentación de la forma (EAC, Montevideo, 2014), Emergencias (Fundación Teatro Odeón, 2014) y Revisión (Galería Doce Cero Cero, 2013).

Hablando de arte, exposiciones y procesos creativos, Maite nos contó cuáles son los principales mitos alrededor de los artistas:

Hay un movimiento de bohemia o de intelectuales que no siento que sean del todo sinceros y que generan inseguridad, sobre todo en la época en que uno es estudiante. Por ejemplo, si hay un profesor al que le gusta mucho Tarkovsky, todos quieren volverse fans de este director y, para mí, si no entiendes a cabalidad lo que eso significa no mereces estar con el grupito del arte. Es una bobada porque uno es una persona antes de eso y tiene derecho a que le gusten cosas estúpidas y, por eso, creo que terminé acercándome tanto al porno: digamos que es lo que se considera de mal gusto, rudimentario o para idiotas. Si yo me paso cinco horas del día jugando videojuegos (que me encantan) quién dice que eso no me está nutriendo a mí más de lo que me puede nutrir sentarme a ver El séptimo sello.

También hay como una manía jetsetera por las inauguraciones. En el mundo del arte hay mucha gente diferente y, así como a algunos les encanta farandulear, hay otros a los que no les gusta la vida social para nada y yo creo que estoy en la mitad del espectro. Por ejemplo, a mí me gusta mucho ir a exposiciones, creo que es necesario y a veces voy porque me parece chévere ver a la gente, y a veces entiendo por qué hay gente que no va. En medio de todo eso está lo bonito del arte, que uno puede ser personaje también: hay gente que hace de rockstar, de poética, de melancólica…

Otro prejuicio del arte tal vez es que en esos espacios sociales siempre se da esa pregunta de qué estás haciendo ahora o dónde vas a exhibir y por qué. Es una presión: si te quedas quieto un segundo, todos se van a olvidar de ti o algo por el estilo, como si uno no pudiera parar.

Hay algo un poco feo de la escenilla bogotana y es que todos nos damos mucho palo y todo el mundo tiene algo malo que decirle al otro, como si la gente fuera a progresar saltándole encima a los demás. Uno tiene que tratar de encontrarle el punto fuerte a todos.

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¿Cómo sabe cuándo tiene una idea para un proyecto?

Uno muchas veces tiene una idea o un juego de palabras en la cabeza o una asociación que no sabe de dónde viene, y a partir de ahí experimenta con materiales. O puede pasar al revés: uno está haciendo otra cosa y el mismo material o proceso le dice “esto tiene que ver con tal cosa”.

¿Cree que el arte es algo con lo que se nace o que se debe formar?

No creo que el arte sea algo para lo cual se requiera una sensibilidad o una disposición especial, no. Creo que es igual a cualquier otra cosa, como uno le da sentido al mundo. Pero sí requiere una resilencia y una necedad especial. 

Artistas que admira…

Gary Hume, Ghada Amer, John Stezaker, Robert Rauschenberg, Faile, El Corruptor, Julián Urrego, Andrés Felipe Castaño, Fredy Alzate, María Isabel Rueda, Ricardo Cuevas y Hermanos Hernández. 

¿Fruta o fritos?

Fresas con chocolate. 

¿Bailar? 

No, bailar me cuesta mucho trabajo, siempre me sobra una mano; pero sí hay algunas cosas que le dan a uno ganas de bailar. 

¿Qué música escucha? 

Yeah Yeah Yeahs, Pixies, algunas cosas de hip hop melódico como Atmosphere y, en los momentos serios, se me sale mi vena paternal de música para viejito, como Leonard Cohen o Nick Cave, aunque este último es como la banda sonora de mi vida.

Memes o libros…

Me gustan John Kenedy Toole, Junot Díaz y cosas que no son literatura como El museo secreto, que es un libro increíble que creo que todos los artistas deberían leer porque tiene todos los elementos que me interesan en mi obra: habla sobre el poder y las imágenes, y un poco sobre quién decide quién debe consumir ciertas imágenes y quién no.

Bicicleta, carro, Transmilenio o sus pies…

No sé si suene muy mal pero no soy la clase de persona que anda en bicicleta, lo siento. Me encanta manejar y sé que estoy contaminando al planeta pero trato de ser respetuosa en medio de eso, creo que hay mucha agresividad en la calle y uno tiene que tratar de mantenerse muy relajado, no solo como conductor sino en todo sentido. 

¿Videojuegos favoritos? 

Todos los de Call of Duty y los de carros.

Gente o momentos que la han hecho feliz…

Cuando estaba en la universidad era asistente de una Camila Echeverría, que me daba pintura o algo así, y ella compartía el taller con Miller Lagos, y él para mí es como un superejemplo: de verdad creo que es como la prueba de que uno para ser artista tiene que ser buena persona.

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