POR: Andrea Melo Tobón Lunes, 16 Mayo 2016

 

En Colombia, varios artistas han encontrado en el sonido la materia ideal de trabajo. Uno de ellos es Jorge Bejarano Barco, artista sonoro, gestor cultural y curador de Proyectos Especiales del Museo de Arte Moderno de Medellín (MAMM).

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Artefacto I 

Jorge se para frente a su máquina y la contempla como si fuera una criatura muy frágil. Revisa que todo esté conectado en la toma eléctrica y que los cables estén bien ajustados dentro de sus consolas –cajas que más parecen un control de detonación de bombas que un instrumento musical–. Comienza a tocar y al principio solo algunos parecen notar que un pitido anda suelto en la habitación. Respira. Concentra su mirada en las luces que parpadean y gira las resistencias para darle al ritmo a cada pieza, parece un partero a punto de hacer cesárea. Oídos de todos los rincones se aguzan ante el performance, algunos mueven la cabeza imaginando una percusión ausente. Jorge teje cables y botones una y otra vez. No mira a nadie, ha dejado de respirar.

En un mundo en el que mucho de lo que pensamos, decimos y sentimos está mediado por la imagen, es difícil entender que el ruido y el silencio hacen parte de un lenguaje de las artes que poco se conoce. Las artes sonoras son una disciplina –aunque también una indisciplina– de volver las ondas un punto de inflexión, reflexión, discurso y estética.

Jorge nació en Fresno, Tolima. Desde pequeño tuvo a la mano puntillas, martillo, segueta y trocitos de madera para construir sus propios juguetes: “yo era un maker”. Al mismo tiempo, creaba una estrecha relación con el arte montando exposiciones y aprendiendo a pintar desde los once años, de la mano de artistas de su tierra.

Llegó a Bogotá a los dieciséis años y estudió ciencias sociales en la Universidad Distrital, al mismo tiempo que asistía a cursos de arte en la ASAB. Aunque en algún momento pensó en cambiar de carrera, siempre se ha considerado un humanista, por lo que decidió seguir “artisteando” –como él lo llama– por fuera de la academia. Bejarano alcanzó a exponer sus cuadros en la capital pero, poco a poco, dejó el óleo para experimentar con aparatos como televisores y piezas de audio que ponía a sonar.

“Los ruidos de una sociedad van por delante de sus imágenes y de sus conflictos materiales. Nuestra música nos habla del mañana. Escuchémosla”, dice Jacques Attali. Este economista y teórico francés propuso en su libro Ensayo sobre la economía política de la música un lente desde el cual la historia no puede leerse sin la música y viceversa, entendiendo que existen discursos de poder en lo sonoro. “Janis Joplin, Bob Dylan y Jimi Hendrix dicen más sobre el sueño liberador de la década de 1960 que cualquier teoría de la crisis”, dice el escritor, quien también cuestiona los supuestos principios desde los que se rige la armonía musical e incluso los ritmos que nacen en contraparte.

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El ruido –entendido como manifestación artística– es uno de los pilares creativos de Jorge. Él lo relaciona con un estado de catarsis, de ritual e incluso de seguridad: “lo normal es que si estás dentro de la selva y no escuchas ni un sonido, debes asustarte pues significa que los animales, el agua y el bosque están en alerta o algo malo va a pasar”. Lo interesante del ruido para él es que es muy corporal: “una imagen no te puede destruir más que en términos simbólicos, mientras que una onda sonora sí, una onda te puede matar”.

En el año 2007 Bejarano Barco llegó a Medellín y se sumergió en el mundo de la gestión cultural y de los museos, aunque nunca se dejó de cuestionar el por qué paró de dar pincelazos. Trabajó en proyectos de cultura digital y de artes electrónicas y realizó talleres de circuit bending. Precisamente el estar de tú a tú con artistas sonoros lo impregnó de un interés más fuerte por las artes electrónicas. Dos personajes fueron cruciales para el camino que tomó: Olaf Ladousse, del laboratorio de experimentación Los Caballos de Dusseldorf (LCDD) en Madrid, quien le regaló un sintetizador; y Cristiano Rosa, artista brasileño, pionero en Latinoamérica en la experimentación con tecnologías análogicas, quien lo motivó un poco más a conocer, a descubrir y a construir. “Me di cuenta de que no era otra cosa que volver a pintar, un poco como si el cautín fuera el pincel y los componentes fueran los óleos. Le terminé cogiendo mucho gusto y aquí me quedé”, confiesa.

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Desde que empezó a “hacer ruido”, Jorge se volvió más sensitivo y no soporta muchos sonidos cotidianos. El que más le fastidia es cuando la gente chasquea con los dientes y el que más lo angustia es el llanto de los bebés; en cambio, escuchar pájaros cantar o el agua correr, le gusta bastante; de hecho, vive al lado de una quebrada y realiza retiros cerca al río Magdalena para escuchar la naturaleza. A pesar de lo ruidoso que pueda ser trabajar con máquinas, a Jorge le gusta la tranquilidad y una de las voces que más lo calman es la de Giovanny, un taita del Amazonas que visita regularmente: “tiene una forma de entonar unos cantos ceremoniales que son muy dulces y que lo tranquilizan a uno. Para mí ese sonido es muy importante”.

En el arte sonoro se han generado clasificaciones como poesía sonora, radio arte, música electroacústica, música experimental, noise o ruidismo, escultura sonora, instalaciones, perfomances y paisajes sonoros. Definir las diferencias entre esas distintas técnicas resulta complejo y enredado. Aunque pueda ser confusa la diferencia entre música y arte sonoro, sus caminos se dividen en la liberación del sonido de los discursos musicales: el arte involucra disciplinas como tecnología, ciencia, geología o biología. Aunque a veces la música también lo hace, como se puede escuchar en proyectos de John Cage, Lou Reed, Björk, John Zorn, Kraftwerk, Mr. Bungle, Sonic Youth, Melt Banana, Nine Inch Nails o Black Rebel Motorcycle Club, por mencionar unos pocos ejemplos.

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En sus perfomances, Bejarano se mantiene en el sonido analógico como principio: le brinda una riqueza que sacude los sentidos y cuerpos de otra manera. “Si uno hace un ritmo, así suene sucio o ruidista, tiene un efecto a nivel sensitivo diferente y la gente se lo disfruta mucho”, afirma. Por ejemplo, hace dos años, lo invitaron a hacer un toque en el Festival de la Imagen de Manizales y la gente bailó sin parar; también ha realizado talleres a los que –para sorpresa de él– han llegado productores y DJ reconocidos de Medellín que encontraron en estos espacios de colaboración otra forma de entender el sonido.

Como si las resonancias de los aparatos no fueran suficientes, Jorge es un amante empedernido de los sonidos del universo, como el de las ondas gravitacionales –que había predicho Einstein– y el del cometa 67P/ Churyumov-Gerasimenko –que pasó por la atmósfera terrestre–. En algunos perfomances, Bejarano Barco usa caseteras con ondas teta, que son generadas para incentivar estados de trance en las personas y se usan mucho para meditación o regresiones: “es un puente entre la ciencia y el ocultismo”.

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Cortesía. Festival Internacional de la Imagen 2016

Su continuo trabajo desde la gestión y la intervención de aparatos lo llevó al Salón Nacional de Artistas en el año 2011, en Medellín, en el que presentó un grupo de máquinas en el marco de un concierto llamado Ruido Capitalino. “Solo duró diez minutos pero fue increíble, fundacional, porque dije: esto es lo mío, voy a seguir construyendo máquinas y voy a seguir tocando en vivo y de ahí comenzaron a surgir un montón de cosas más”, confiesa. También ha trabajado con sonidos ambientes tanto en campo abierto como en espacios industriales. Hace unos años realizó un performance en la estación de tren de Medellín: puso pisos eléctricos en un vagón e invitó a un amigo bailarín para que saltara sobre ellos, lo que iba generando sonido que Jorge iba manipulando.

Más allá de un ejercicio creativo, la fabricación de aparatos para Bejarano se convierte casi en una terapia. Una de las cosas que más disfruta es cuando está soldando pues se concentra totalmente y no necesita escuchar música o atender el celular; es la única actividad cotidiana que lo pone en sintonía con en el hacer porque manipula materiales: “ahí se cruzan un montón de cosas desde el punto de vista del diseño y la actitud de hágalo usted mismo”. Pero contrario a lo que pasa muchas veces en el circuit bending, en el que los instrumentos quedan expuestos –casi visceralmente– para su interpretación, Jorge procura ir más allá y llega a un nivel estético mediado por una preocupación plástica por el objeto, casi como una escultura.

Además de realizar performances con los aparatos que construye, hace charlas más teóricas o académicas y ha construido un proyecto en torno a lo sonoro y a la educación llamado Edunoise. Junto a dos artistas españolas, han desarrollado talleres de investigación con niños y grandes en los que buscan incentivar una actitud maker sobre el uso de aparatos para generar experiencias. “Detrás de esta propuesta de promocionar el arte sonoro, queremos incentivar la escucha: si oímos mejor, estaremos desarrollando una sensibilidad que, siento, está incompleta”, manifiesta Jorge.

Jorge Bejarano Barco lleva tiempo buscando combinar el universo sonoro, el electrónico y el orgánico desde una perspectiva artesanal, rebelde y experimental que él suele llamar tecnochamanismo o tecnomagia. Una de sus obras más recientes es Skriabin, un set de aparatos que pueden conectarse de diferentes maneras produciendo secuencias de sonidos: el ensamblaje está colocado encima de un teodolito de topografía al que le quiere incorporar receptores de electromagnetismo para que la máquina lea el ambiente y capte el ruido que generan los dispositivos electrónicos y el cuerpo humano.

Jorge ha realizado residencias, exposiciones, laboratorios y performances en Sumerlab La Coruña, MediaLabPrado y MUSAC (España); Transitio_06 y Visiones Sonoras (México); Festival de Cultura Digital (Río de Janeiro); Festival de Música Experimental en Tiempo Real (Bogotá); Festival Internacional de la Imagen (Manizales); Salón Nacional de Artistas (Colombia); y El Suiche (ciclo de conciertos de música independiente de Medellín).

Artefacto II 

Un gesto solemne aparece en el rostro de Jorge a medida que los sonidos se entrecruzan, se saludan, se pelean, se besan, se escupen y se consienten. Sus cejas se relajan. Deja caer una mano a un costado, vuelve a respirar. La otra da un pequeño giro a un controlador al mismo tiempo que el estruendo disminuye hasta que desaparece. Solo se escucha el pitido del silencio. Él se aleja de la máquina y saluda a un conocido. Varias personas con cara de asombro se acercan al aparato mientras alargan su mano temerosa hacia el interruptor de encendido. Vuelve el ruido. Bombas sonoras recién nacidas empiezan a llenar el cuarto. Él sonríe mientras ve la escena, dedos de varias manos se preparan para tocar a Skriabin, aunque no sepan muy bien de qué tipo de magia se trata.

“No ocurre nada esencial en donde el ruido no está presente”.
Jacques Attali.

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